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El peor día de mi vida

El 19 de septiembre de 1985 fue el peor día de mi vida. Mis recuerdos de ese día están ligados a una lluvia muy fuerte de la noche ante...

Friday, June 16, 2017

Tipos de estrellas

¿Todas las estrellas son iguales? Obviamente, como no todas están a la misma distancia, hay algunas que se ven más brillantes que otras. Por lo demás, una bola de fuego de miles de kilómetros de diámetro en el espacio es bastante similar a otra bola de fuego de miles de kilómetros, ¿cierto?

Mmmh… no exactamente.

Antes, bajo el sistema de Ptolomeo, se creía en Europa que la Tierra era plana, y que el Sol, la Luna y los planetas giraban a su alrededor, con las estrellas fijas en una gran esfera que englobaba a las demás. Como estaban inmóviles, obviamente se encontraban a la misma distancia de nosotros y las diferencias en sus brillos se debían a que unas eran más brillantes que otras, sin mayor explicación.

Ahora, sabemos que no solamente son su brillo y su distancia, sino que las estrellas también son diferentes entre sí por su tamaño, luminosidad, temperatura, color, edad, desarrollo, asociación con otras estrellas en sistemas estelares y hasta en su composición química.

¿Cómo se sabe eso, si las estrellas están demasiado lejos como para poder medirlas con tanto detalle?

Gracias a su espectro.

Y, ¿qué es un espectro? Así como al calentar un metal, éste cambia de color, de rojo a naranja, a amarillo y hasta blanco, el color de una estrella varía según la temperatura de su superficie. Las estrellas más frías son las rojas y, las más calientes, las azules. Y todas emiten luz de su color.

Al pasar un rayo de luz a través de un prisma, éste separa la luz en los colores que la forman. La luz blanca se transforma en una multitud de colores. Estos colores se denominan espectro. Podemos obtener este espectro mediante muchas maneras: a través de un prisma, con pequeñas gotas de agua (como en el arcoiris), o a través de rejillas o ranuras muy estrechas. Existen instrumentos especiales, llamados espectrógrafos, que se utilizan para separar la luz. Cuando los astrónomos pasan la luz de una estrella a través del espectrógrafo, obtienen el espectro de la estrella, que se ve como una banda con los colores del arcoiris, solo que con algunas líneas negras verticales.



Estas líneas oscuras se deben a que cada elemento absorbe la luz de un color en específico. Cuando la luz sale de la estrella, si cierto elemento se encuentra en ella, sus átomos absorben la luz en ese color y producen esas líneas tan características. Cada elemento tiene una “firma” especial, sin importar de dónde venga esa luz; si el elemento está presente, se reflejará en el espectro. Así, es posible saber de qué está compuesta la atmósfera de cada estrella – y de cada planeta y cometa y cualquier astro que veamos.

Al combinar la escala de temperaturas con los espectros, se obtiene la clasificación estelar siguiente, ordenadas de más calientes a menos calientes:



+
   Temperatura 
 -
Tipo
Color
Ejemplo
O
Azul violeta
Alniak A, del cinturón de Orión
B
Azul
Rigel, constelación Orión
A
Blanco
Sirio A, constelación Can Mayor
F
Blanco amarillo
Polaris, constelación Osa Menor
G
Amarillo
Sol
K
Amarillo naranja
Aldebarán, constelación Tauro
M
Rojo naranja
Betelgeuse, constelación Orión


Dentro de cada tipo de estrella, existen subclases, que van de 0 (la más caliente) a 9 (la menos caliente). 

En el caso del Sol, su clasificación espectral completa es G2 V, es decir, una estrella enana amarilla de temperatura alta (alrededor de 5,800 K), de secuencia principal.



¿Qué es una estrella de secuencia principal?

La secuencia principal es el periodo de vida de una estrella durante el cual mantiene una reacción nuclear estable quemando hidrógeno. Esta es la etapa en la que una estrella pasa la mayor parte de su vida. Nuestro Sol es una estrella de secuencia principal y, de hecho, la mayoría de las estrellas son de secuencia principal. Estas estrellas pueden variar en tamaño, masa y luminosidad, pero todas están haciendo básicamente lo mismo: convertir hidrógeno en helio en sus núcleos, y liberando una enorme cantidad de energía en forma de luz y calor.

Una estrella de secuencia principal está en un estado de equilibrio. La gravedad (debida a su gran masa) la comprime hacia adentro, mientras que la presión de la fusión nuclear en su centro la empuja hacia afuera. Estas dos fuerzas se contrarrestan, haciendo que la estrella conserve su forma.

Lo más pequeño que puede ser una estrella de secuencia principal es un 8% la masa del Sol – o aproximadamente 80 veces la masa de Júpiter. Esta es la masa mínima para encender el proceso de fusión en el núcleo. Los objetos de masa inferior simplemente nunca pueden detonar esa reacción: generan calor, pero debido solamente a la presión en sus núcleos. Son las llamadas enanas marrones. Desafortunadamente, brillan tan débilmente que es muy difícil detectarlas de manera directa. Aún así, se han detectado cientos de ellas, y se sabe que son las estrellas más comunes en el universo. Eso sí, no es lo mismo las estrellas que más hay, que las estrellas que mejor se ven en la galaxia. Las enanas marrones son muy pequeñas (para ser estrellas). En comparación, la estrella más grande que se conoce es diez mil veces más grande que la estrella marrón más pequeña.

Al terminarse su reserva de hidrógeno, las estrellas salen de la secuencia principal. El tiempo que pasen en la secuencia principal varía según la masa de la estrella; entre más grande y brillante sea una estrella, más rápido consumirá su combustible de hidrógeno y llegará al final de su vida, tal vez tan rápido como en un millón de años (para las estrellas super gigantes). 

¿Y eso es mucho o poco? Si las comparamos, el Sol se formó hace unos 4,600 millones de años, así que una estrella que vive solamente un millón de años es como un suspiro en comparación. Pero no hace falta que se preocupen porque el Sol se acerque al final de su vida, pues tiene combustible para otros 5,000 millones de años más.



Friday, June 9, 2017

Las galaxias

Una galaxia es un conjunto de estrellas y sus planetas, nubes de gas y polvo cósmico, materia oscura y energía que se mantiene unido debido a la acción de la gravedad. Una galaxia típica contiene unos 100 mil millones de estrellas. Además, hay aproximadamente 100 mil millones de galaxias dentro del universo observable. A pesar de existir tantas, no se supo de su existencia sino hasta ya entrado el siglo XX.

Desde el principio de la humanidad el hombre le ha dado diferentes nombres y explicaciones a la gran franja de tenue luz que cruza el cielo nocturno en las noches sin Luna. El nombre Via Lactea proviene directamente del latín y significa “camino de leche”, ya que creían que se originó cuando una diosa (Hera en algunas versiones, Opis - esposa de Saturno - en otras) derramó su leche divina en el cielo nocturno.

Más adelante, en 1610, Galileo fue el primero que apuntó su telescopio hacia la Vía Láctea (o simplemente, la Galaxia, como también se le conocía), y descubrió que estaba formada por innumerables estrellas, indistinguibles a simple vista.

Para el siglo XVIII, solo se conocía una Galaxia (la nuestra), pero había muchos cuerpos celestes llamados nebulosas, término que se refería a objetos astronómicos difusos.

A finales de los 1700s, Messier hizo un catálogo de 109 nebulosas, para que los cazadores de cometas no las confundieran. Ahora sabemos que unas 40 de ellas son galaxias; muchas otras son nebulosas que están dentro de la Vía Láctea, como la Nebulosa de Orión; y algunas son cúmulos estelares (es decir, enjambres de miles de estrellas), como las Pléyades.

En 1917, Heber Curtis observó un tipo de estrella llamado nova en la nebulosa de Andrómeda y calculó, correctamente, que se encontraba tan lejos que debían pertenecer a un “universo isla” distinto de la Vía Láctea. Llegó a la conclusión de que las nebulosas espirales que se conocían eran en realidad otras galaxias.

A principios de los años veinte, Edwin Hubble comprobó que las nebulosas espirales eran ciertamente otras galaxias y que Andrómeda se encontraba a una distancia de dos millones de años luz de nosotros. Ambas, junto con las Nubes de Magallanes, forman parte del grupo local, que está compuesto por más de 54 galaxias cercanas, dentro de un diámetro de 10 millones de años luz. 



Hubble clasificó las galaxias en 6 tipos distintos y hasta nuestros días esa clasificación sigue vigente.



Galaxias elípticas.

Forman aproximadamente el 20% de las galaxias. Tienen una forma que va de esférica a elipse alargada (como un balón de americano) y una de sus características es que se encuentran agrupadas en cúmulos. 



Galaxias lenticulares.

Son un punto medio entre las elípticas y las espirales. Tienen un disco que rota alrededor de un núcleo abultado, y no poseen brazos ni líneas de polvo prominentes. Ejemplo: Galaxia del Sombrero.



Galaxias espirales.

Nombradas así debido a sus brillantes brazos en espiral, que resaltan debido a líneas de polvo muy marcadas o a líneas de estrellas jóvenes, en formación. Ejemplo: Andrómeda.




Galaxias barradas.

Son galaxias espirales con una banda central de estrellas brillantes, que abarca de un lado a otro de la galaxia. Son aproximadamente la mitad de las galaxias con forma de disco. Ejemplo: nuestra Vía Láctea.



Galaxias enanas.

Son de baja luminosidad, masa y tamaño, por lo que son difíciles de encontrar. ¿Por qué son importantes? ¡Porque la mayoría de las galaxias son enanas! Estas galaxias pueden ser los residuos de los procesos de formación de galaxias, en donde galaxias “proto-enanas” se unen para formar galaxias mayores. 



Choques de galaxias.

Aún a pesar de estar separadas por distancias enormes, las galaxias también llegan a chocar entre sí. Pese a que suena como un proceso muy violento y rápido (¡vamos, son dos o más galaxias estrellándose!), en realidad, son tan grandes que tardan varios millones de años en colisionar. El espacio entre las estrellas de cada una es tan grande, que es muy raro que las estrellas individuales o sus sistemas planetarios choquen. Las mediciones indican que Andrómeda y nuestra Vía Láctea están acercándose y terminarán por colisionar y fusionarse; pero no hay que preocuparse, porque esto sucederá dentro de cuatro mil millones de años.



Es fácil imaginarse que las galaxias están compuestas solamente de estrellas, pero las estrellas no son el objeto más numeroso dentro de ellas. Un estudio llevado a cabo durante seis años que abarcó millones de estrellas concluyó que los planetas alrededor de las estrellas son la regla, más que la excepción. El número promedio de planetas por estrella es mayor a uno. Es decir, hay más planetas que estrellas. Esto significa que probablemente hay un mínimo de 1,500 planetas a tan solo 50 años luz de la Tierra.



Y todavía hay quien pregunta si estamos solos. 



“Si fuéramos los únicos en este Universo, sería un gran desperdicio de espacio”

- Carl Sagan



Wednesday, June 7, 2017

Distancias estelares

En astronomía, las distancias son tan grandes que no es práctico medirlas en kilómetros. 


Aquí hay unos cuantos ejemplos:

· Distancia de la Tierra a la Luna: 384,400 km


· Distancia de la Tierra al Sol: 150,000,000 km (1 AU [Unidad Astronómica])

· Distancia del Sol a Plutón: 5,900,000,000 km (39.48 AU)

· Distancia a Proxima Centauri, la estrella más cercana al sol: 40,170,261,586,578 km (4.246 ly [años luz])

· Distancia al centro de la galaxia: 255,439,722,759,681,600 km (27,000 ly)

Imagen de la región central de la galaxia. Al centro a la derecha está
Sagitarius A*, que es el agujero negro supermasivo del centro de la Vía Láctea

Claramente, después de las dos primeras, las demás distancias dejan de tener sentido. Entonces, ¿cómo podemos comprender mejor esos números tan grandes? Aquí es donde son muy útiles las comparaciones:

SI el Sol cupiera dentro de una habitación promedio (2.30 m), la Tierra sería del tamaño de una moneda de un peso (2.1 cm), y estaría a una distancia de 248 metros. El planeta rojo, Marte, estaría a 378 metros, y Júpiter, a unos 1,300 metros de distancia. Plutón estaría a casi diez kilómetros del Sol. Pero esto no es nada comparado con la estrella más cercana, que estaría a 66,420 kilómetros de aquí.

Llegamos al punto en que tampoco es práctico seguir comparando en esa escala. Y es cuando hay que introducir dos nuevas unidades de distancia: la Unidad Astronómica (AU, por sus siglas en inglés) y el año luz (ly, en inglés). Si te fijas, ya están en la lista de arriba y son números mucho más sencillos.

Dentro del sistema solar es bastante práctico designar a la distancia entre la Tierra y el Sol como una Unidad Astronómica, que equivale a 150 millones de kilómetros. Así, podemos medir las distancias entre los planetas (y el planeta enano Plutón) y el Sol en términos de AU:

Mercurio: 0.39 AU

Venus: 0.72 AU

Tierra: 1 AU

Marte: 1.52 AU

Júpiter: 5.2 AU

Saturno: 9.5 AU

Urano: 19.19 AU

Neptuno: 30.07 AU

Plutón: 39.48 AU

(Pueden darse una idea de estas distancias en este link)

Más allá de nuestro sistema solar, las distancias son tan grandes que tenemos que utilizar el año luz. Pese a lo que parezca, un año luz es una medida de distancia, no de tiempo. Se define como el espacio que recorre la luz en un año, a una velocidad de 300,000 kilómetros por segundo. Eso es, unas 7.5 vueltas a la Tierra en un segundo. 

Pero vayamos despacio. Cuando vemos el Sol, en realidad lo que vemos es dónde estaba el Sol hace poco más de 8 minutos – que es el tiempo que tarda la luz en recorrer los 150 millones de kilómetros a la Tierra. Así que estamos a 8 minutos luz del Sol. A Plutón, la luz del astro rey llega hasta después de cinco horas de haber salido del sol. Es decir, cinco horas luz. La nave más rápida que ha construido el hombre es New Horizons, que llegó a Plutón en julio de 2015, después de un viaje de nueve años – el tiempo que le tomó recorrer la distancia que la luz viaja en 5 horas. 

Y a esa misma luz le toma cuatro años y medio llegar a Proxima Centauri, la estrella más cercana al Sol, que está a cuatro y medio años luz. Hay más de 100 estrellas a una distancia de 20 años luz o menos – nuestras vecinas más próximas. Este número se ve insignificante junto a los 27,000 años luz que hay del Sol al centro de la galaxia – y ni siquiera estamos a la orilla de la Vía Láctea, sino más bien a la mitad de uno de sus brazos espirales. Nuestra galaxia mide, aproximadamente, unos 100,000 años luz de diámetro. 

Un año luz equivale a 9,460,730,472,580 km. Entonces, el diámetro de la Vía Láctea es esta cifra multiplicada por 100 mil – es decir, agréguenle cinco ceros al número de arriba.

Si quisiéramos recorrerla a la velocidad de la luz (que es miles de veces más rápida que nuestra nave más veloz), nos tardaríamos 27,000 años en llegar a su centro, y unos 100,000 años en atravesarla de extremo a extremo. Y mejor ni mencionamos los DOS MILLONES de años luz a la galaxia más cercana. Claramente, con nuestra tecnología actual, los viajes intergalácticos no son una opción.


Por ahora.

Tuesday, June 6, 2017

El Sol

¿Qué es el Sol?

El Sol es una estrella, una bola de fuego compuesta por plasma, con una temperatura en su superficie de 5,500°C – aunque la temperatura en su núcleo es mucho mayor, y llega hasta los 15 millones de grados. Como comparación, la lava en un volcán llega a los 1,000°C, y el carbón y el acero se vuelven líquidos al alcanzar los 1,500°C.

El sol tiene seis regiones. De adentro hacia afuera, son: el núcleo, la zona radiativa y la zona convectiva, la superficie visible (o fotósfera), la cromósfera y la corona (podemos ver estas dos últimas durante los eclipses de sol). El sol no tiene una superficie sólida; es decir, aunque la temperatura no fuera un problema, no podrías pararte en el sol, porque no hay un piso que te sostenga.




En la corona, la temperatura aumenta con la altitud, y llega a alcanzar los 2 millones de grados centígrados. Para imaginarte mejor este fenómeno, imagina un horno encendido con la puerta abierta y, cuando nos alejamos de él, la temperatura aumenta unas 350 veces. La fuente del calentamiento de la corona solar ha sido un misterio científico por más de 50 años. Probablemente tiene que ver con los campos magnéticos del Sol, pero la respuesta completa todavía no la conocemos.

El Sol es extremadamente grande en comparación con la Tierra, con un diámetro 109 veces mayor. Si el Sol cupiera dentro de una recámara común y corriente (2.30m), la Tierra sería del tamaño de una moneda de un peso (2.1cm), y estaría a una distancia de 248 metros. ¡Eso es equivalente a dos y media canchas de futbol! Aun a esta distancia tan grande, su energía es indispensable para el desarrollo de la vida en la Tierra y su gravedad afecta a todos los cuerpos que conforman el sistema solar, desde Mercurio hasta los que se encuentran más allá de la órbita de Plutón.

Esta imagen muestra la distancia a escala real entre la Tierra y la Luna. 
El sol está a unas 400 veces esta distancia.

En el año 150 AC, un filósofo griego, Ptolomeo, formuló la teoría geocéntrica (de Geo: Tierra), que decía que la Tierra era el centro del universo, y el Sol, la Luna y los planetas giraban alrededor de ella en una gran esfera en la cual estaban fijas las estrellas. Apoyada por la iglesia católica, esta teoría perduró por casi 1,700 años, hasta que Nicolás Copérnico, un sacerdote y astrónomo polaco, publicó en 1543 su modelo heliocéntrico (de helios: Sol). En él, planteó que el Sol, y no la Tierra, era el centro del universo, y los planetas (incluidas la Tierra y la Luna) giraban a su alrededor.

Hoy sabemos que el Sol no sólo no es el centro del universo, sino que es simplemente una más de los miles de millones de estrellas que componen la Vía Láctea.

En comparación con otras estrellas, el Sol es una estrella promedio, de tamaño medio, aproximadamente a la mitad de su vida. Las estrellas de este tipo son las terceras más comunes que se conocen. Así que, a diferencia de lo que se pensaba en la antigüedad, el Sol tampoco es particularmente especial. 



¿De qué está hecho? 

La mayoría de la materia que conforma el universo visible se encuentra concentrada en las estrellas y, dado que el elemento más común en el universo es el hidrógeno, no es ninguna sorpresa que el Sol esté compuesto en un 92.1% de hidrógeno. Otro 7.8% es helio (el segundo elemento más común). A pesar de estar formado por gases, éstos no se dispersan debido a la gran fuerza de gravedad que lo mantiene unido, además de producir una inmensa presión y temperatura en su núcleo. Dentro del Sol sucede una de las reacciones más impresionantes del universo: la fusión nuclear. En ella, se combinan constantemente cuatro núcleos de hidrógeno para formar un núcleo de helio, y esta reacción genera tanta energía que ha mantenido al Sol encendido y brillando por 4,650 millones de años.

El Sol se encuentra todavía a la mitad de su vida, y seguirá prácticamente igual por los próximos 5,000 millones de años. Esto es muchísimo más tiempo que el que lleva la vida en la Tierra. Llegado ese momento, el Sol agotará el hidrógeno que usa como combustible y se volverá una gigante roja, expandiéndose más allá de la órbita de Mercurio, tragándose también a Venus y carbonizando a la Tierra. Después, expulsará la mayoría de su masa (en forma de una nebulosa planetaria) y se encogerá hasta aproximadamente el diámetro de nuestro planeta, convirtiéndose en una enana blanca.

¿Y los seres humanos? ¿Crees que todavía estaremos aquí?

Monday, September 19, 2016

El peor día de mi vida

El 19 de septiembre de 1985 fue el peor día de mi vida.

Mis recuerdos de ese día están ligados a una lluvia muy fuerte de la noche anterior.  Fui a una papelería en la calle de atrás, Querétaro, ya que en la de enfrente de la casa no tenían lo que estaba buscando (algo para una tarea, no recuerdo qué).  Tuve que esperar debajo de la lona de la entrada de la papelería para regresar, ya que estaba cayendo una granizada épica.  Me acuerdo porque, algún tiempo después, leí que es frecuente que antes de terremotos especialmente fuertes haya este tipo de clima.  Ya en retrospectiva, no veo la razón de esto y no lo he vuelto a encontrar, pero ayudó a fijar en mi cabeza hasta el olor de esa noche lluviosa.

Al día siguiente nos levantamos tarde, como nos pasaba de vez en cuando, más frecuentemente de lo que a mi papá le hubiera gustado.  Normalmente, el camión de la escuela pasaba por nosotros (mis dos hermanos y yo) alrededor de las 7:10, y mi papá bajaba con nosotros y llevaba a mi hermana al kínder.  A veces se nos hacía casi tarde y uno de nosotros se asomaba por la ventana (vivíamos en el quinto y último piso de nuestro edificio) y le gritaba al chofer del camión algo así como “¡Ahí vamoooos!” o “¡Vamos bajandooo!”, mientras corríamos por las escaleras con las mochilas, para bajar así más rápido que el lentísimo elevador que no siempre servía.  Aquí está mi primera laguna. Yo tenía once años y acababa de entrar a primero de secundaria, en una escuela nueva para mí, muy grande, fría e impersonal, así que no podía ser que todavía me fuera en el camión con mis hermanos.  Tal vez mi papá me llevaba en el mismo viaje que a mi hermana, no lo sé.  De lo que sí me acuerdo es que nos levantamos tarde y nos dejó el camión.  Pero no era raro.

Yo ya había salido de bañarme y estaba terminando de vestirme cuando sentí que empezó a temblar.  Me faltaba todavía un calcetín, pero me lo quedé en la mano mientras me paraba de la cama y salía del cuarto.  Antes, me gustaba cuando temblaba.  Era una sensación extraña, que se moviera lo inamovible, se columpiaran las lámparas, te marearas un poco y al día siguiente lo comentaras en la escuela.  Era divertido.  Total, terminaba rápido y a nadie le había pasado nunca nada, ¿cierto?

Así que salí del cuarto todavía con una sonrisa, para ir a donde estaban mi hermano Sergio y Mary, la esposa de mi papá, en la recámara de al lado.  Yo traté de ir a la sala, a un par de metros más allá, por unos cojines.  Todo el mundo sabe que lo que hay que hacer en esos casos es resguardarse debajo del marco de la puerta o junto a una columna y cubrirse la cabeza con algo para protegerse de lo que te pueda caer encima.  Pero no alcancé a llegar.  Me llamaron: “Rubén, ¿a dónde vas? ¡Ven acá!”  Cuando nos paramos debajo del marco de la puerta, ya estaba temblando fuertísimo.  Después, todo fue demasiado rápido.  Yo veía hacia afuera del cuarto, hacia el comedor.  La lámpara de vidrio del techo se azotaba de un lado a otro, rompiéndose en pedazos.  Y había, sobre todos los demás ruidos de cosas cayendo y rompiéndose y de los gritos de miedo detrás de mí, un sonido muy grave que retumbaba desde abajo, un crujido gigantesco.  De repente, el piso del comedor se hundió con un sonido ensordecedor y sentí que caía de frente con las manos extendidas, a la vez que giraba a la izquierda y todo se ponía completamente gris y oscuro.  No grité, pero mientras caía, pensé: “Esto es el fin,” e inmediatamente: “¡No, no puede ser el fin!”.  Después, nada. 

Aquí está mi segunda laguna.  Seguramente me desmayé unos segundos, porque no recuerdo ningún golpe.  Olía a tierra de construcción y se oían las últimas notas de una cascada de arena y pequeñas piedras, asentándose.  Estaba boca abajo y algo me aplastaba la cabeza y el hombro derecho.  – “¡Mary, quítate de encima, me estás aplastando!”  –“¡No puedo! ¡No puedo moverme!” Poco después me di cuenta de que no era ella, sino que algo más grande y pesado nos había caído encima, inmovilizándonos a ambos.  Tenía la mejilla izquierda contra el suelo y solo podía ver unos 10-20 centímetros del piso frente a mí.  No estábamos a oscuras, ya que se vía la luz del día. Podía doblar las rodillas y mover los pies, el brazo izquierdo lo tenía atrapado debajo de mí, y el derecho solo podía moverlo un poco a partir del codo.  Sergio estaba con nosotros y estaba libre, y le pedí que nos quitara eso de encima.  Lo intentó con su fuerza de siete años, pero sentí que me aplastaba la cabeza en el intento y le grité que dejara de hacerlo, que mejor pidiera ayuda.

-          - “¡Auxilio! ¡Estamos aquí!”, gritaba hacia afuera de dondequiera que estuviéramos.

De vez en cuando caían piedritas, en lo que se asentaban los escombros arriba de nosotros.  Las sentía en la planta del pie izquierdo, que era el que se había quedado sin calcetín.

Hablábamos de que no podíamos movernos, de que había que pedir ayuda.  A tientas, Mary me tomó la mano derecha, pero yo tenía todo el dorso de la mano y los dedos raspados y me dolía, pero aun así le apreté la suya.  Cuando yo dejaba de hablar, porque era difícil, ya que no podía abrir la boca, Sergio se espantaba y decía: “¡No te mueras!” y yo trataba de contestarle algo para tranquilizarlo.  También trataba de agitar los pies, para que alguien me viera.  Gesto inútil, ya que aunque no sabía dónde estábamos, era claro que no era al descubierto.  ¿Qué más podía hacer?

No tengo noción de cuánto tiempo estuvimos ahí.  Fue poco, realmente.  Pudieron haber sido quince, treinta minutos.  No más de una hora.  Empezamos a escuchar gente afuera.  Voces indistintas.  Otras que decían un par de veces: “¡No prendan un cerillo, o valemos madres!”

-         -  “¡Auxilio!  ¡Estamos aquí!  ¡Ayúdennos!”, gritaba Sergio.
-         -  “¡Aquí hay alguien!”, gritaron.
-         -  “¡Sáquennos!”

Se escuchó que movían piedras pesadas.

-  “¡Nos están tirando tierra!  ¡Nos están tirando tierra!”, repetía y repetía Sergio.

Yo no dejaba de mover los pies, para que vieran que estaba vivo.  Me dolía la planta del pie cuando caían las piedras.  Mary me apretaba la mano y me dolía, pero no la soltaba. 

De repente, se sintió que abrieron y entró más luz.  “¡Aquí abajo!  ¡Hay que levantar esto!”  Quitaron lo que sea que tuviera encima, pero no me pude levantar.  “¡No me puedo mover!”, dije.  Sentí que me tomaron de los hombros y me enderezaron.  Mi cuello se sentía de goma y vi a Mary, que levantaron al mismo tiempo.  A ella también le había caído eso en la cara y tenía una herida grande del lado del ojo izquierdo, pero se veía aliviada.

-         -  “¡Una camilla!”

Nunca vi a Sergio.  Mucho menos a mi papá y a mis otros hermanos.  Sentí que me acostaron en una puerta y me bajaron de una pila de escombros, aunque fue muy poco lo que pude ver.  Cuando llegamos al nivel de calle alguien los detuvo para tomarme una foto, me metieron en la parte de atrás de una camioneta, y me llevaron a la Cruz Roja de Polanco.

-         -   “¿Estás bien? ¿Qué es lo que más te duele? ¿Cómo te llamas?”

-          -  “El hombro derecho.  Rubén Suárez”, o algo así, porque después resultó que tenía rota la mandíbula y por eso no podía mover la boca.  Tampoco podía cerrar los labios.  Además de eso, tenía roto un ligamento cervical.  Y muchos golpes.

Estuve varias horas en la Cruz Roja.  Repetí muchas veces mi nombre a todos los que me preguntaban.  “¿Vienes del Nuevo León?”, me preguntaban también.  Yo ni siquiera sabía dónde era eso.  Me inmovilizaron la mandíbula amarrándome los dientes con alambres, y me dormí durante todo el proceso.  En algún momento de la tarde alguien de mi familia me encontró, aunque no recuerdo cuál de mis tíos fue.  Me acuerdo que iba de cama en cama viendo los nombres de sus ocupantes, porque yo estaba irreconocible, toda la cara inflamada y con collarín.  Después de un rato, me trasladaron a otro hospital, al Mocel.  Fue ahí donde la noche siguiente me encontró el segundo temblor.  La verdad, ni siquiera me espanté.  ¿Para qué?  Mi tío Paco estaba conmigo, me tranquilizó y no se movió de mi lado.  Luego me contó que lo único que quería era salir corriendo, pero se quedó.  Además, nadie baja del piso 8 a tiempo de escapar si el edificio se cae.  Ahora sé cuánto tiempo tienes antes de que eso pase.

Mis hermanos estaban bien, los tres.  Solamente tenían cortaduras y moretones.  Milagrosamente, diría, pero sigo sin creer que los milagros existan.  Varios días después nos contaron que mi papá había muerto ahí mismo.  Que no nos querían decir porque hubiera sido demasiado fuerte.  Yo creo que eso me tocaba a mí decidirlo.  Nunca pude despedirme de él, ni ir a su entierro.  Hoy, eso me sigue haciendo falta.  Él se estaba bañando con mis otros dos hermanos cuando todo pasó y parece que, de alguna forma, los protegió cuando todo se vino abajo.  Todavía estuvo hablando con ellos en lo que los rescataban hasta que, de repente, dejaron de oírlo.

Mary todavía estuvo con nosotros algo así como un mes, pero un día se fue, así sin despedirse y nunca volvimos a saber de ella.  No la culpo.  La verdad, nadie quiere estar en esas circunstancias a los 23 años con cuatro hijos ajenos.  Además, ni siquiera vivimos juntos tanto tiempo.  Un año, tal vez.

Ahora, cuando tiembla, ya no es divertido.  Tampoco salgo corriendo, en pánico.  Simplemente trato de estar tranquilo, aunque sean varias veces al día las que detengo lo que estoy haciendo para ver si las cosas se mueven y está temblando, o solo es mi imaginación.
__________


Me siento mal.  Me causó mucha angustia escribir todo esto a detalle.  Nunca lo había hecho, ni contado más que a pocas personas y a grandes rasgos.  Pero hoy, a 31 años de eso, lo sentí especialmente cercano, así que decidí ponerlo por escrito y compartirlo con todo aquél a quien le interese.  Dicen que hay que sacar las cosas.  Aunque sea 31 años después.

Wednesday, April 20, 2016

La historia del Conde

(…) en ese preciso instante, surcó el aire el terrible cuchillo de Jonathan. Grité al ver que cortaba la garganta del vampiro, mientras el puñal del señor Morris se clavaba en su corazón.

Fue como un milagro, pero ante nuestros propios ojos y casi en un abrir y cerrar de ojos, todo el cuerpo del Conde se convirtió en polvo, y desapareció.

Me alegraré durante toda mi vida de que, un momento antes de la disolución del cuerpo, se extendió sobre el rostro del vampiro una paz que nunca hubiera esperado que pudiera expresarse.

El castillo de Drácula destacaba en aquel momento contra el cielo rojizo, y cada una de las rocas de sus diversos edificios se perfilaba contra la luz del sol poniente.

(...)

Alicia: "Qué cuento tan triste."

Tweedledee, Tweedledum: "Eh, y tiene su moraleja."

Alicia: "Sí, claro. Muy buena moraleja si fuéramos vampiros. Porque toda historia tiene una moraleja, solo hay que saber encontrarla."

Thursday, January 21, 2016

Un viaje al pasado

Cuando nació mi hija, siendo sinceros, no sabía qué esperar. Nunca había cargado un bebé por más de dos minutos, ni abierto un pañal. Es más, ni siquiera había convivido más de cinco minutos con alguien menor de 5 años. Nadie había dependido tanto de mí. Ni había sentido que yo llegara a necesitar tanto estar cerca de alguien. 

Lo que sí sabía es que quería averiguarlo, y quería compartirlo con ella. Sé lo que dicen del desarrollo temprano de la memoria y cómo vamos formando nuestros recuerdos de la infancia y todo eso, pero, la verdad, no tengo ningún recuerdo de mi vida ante de los cinco años, aproximadamente. Y decidí cambiar esto para mi hija. 

Fue así como decidí regalarle un viaje al pasado. 

La noche antes de que Maya naciera abrí una cuenta de correo a su nombre y me propuse escribirle lo más que pudiera: cuando aprendiera algo nuevo, o cuando saliéramos de viaje, o cuando cumpliera años, o simplemente cuando quisiera compartir algo con ella. Mi plan es, el día en que ella cumpla siete años, darle la dirección y el password. Así podrá descubrir, a su ritmo, siete años de recuerdos: fotos, audios, cosas buenas, alegres, tristes, divertidas, interesantes y hasta aburridas. Será su viaje al pasado personal. 

 Esto tiene un doble propósito. Mi mamá murió cuando yo tenía siete años, y mi papá cuando yo tenía once. Cada vez que tengo una mudanza, vuelvo a encontrar una tarjeta de cumpleaños que me escribió mi papá cuando cumplí diez años, diciéndome cómo se sentía y que estaba orgulloso de verme crecer y platicar conmigo. Es lo único que conservo que me haya escrito él, y es como una pequeña ventana a ese momento – y es de mis objetos más preciados. Ahora, si algo malo sucede y yo ya no estoy ahí con Maya cuando crezca, será una manera con la que ella pueda viajar al pasado y conocer cómo era su papá: qué le gustaba, qué le divertía, qué le daba miedo o preocupación y, sobre todo, qué tan feliz era por estar a su lado. 

 Si a mí me hubieran regalado eso sería el regalo favorito de toda mi vida, que apreciaría cada vez más conforme fueran pasando los años. 

 Hoy, todos los que tenemos niños pequeños tenemos esa oportunidad de regalarles más que cosas o viajes: un viaje al pasado, a la vida y las alegrías de sus papás. 

 No hay que sentarse dos horas cada semana, o siquiera cada mes, a escribir un artículo completo o un reporte de actividades del mes. ¡No, relájense! Puede ser cualquier cosa que se les ocurra en el momento: algo que dice su hijo, una foto que acaban de tomar, el video que tomaron con el celular de cuando abrió sus regalos, algo que venía cante y cante en el coche y que alcanzaron a grabar… ¡lo que quieran! 

 Al principio quise escribirle cada mes. Sí, ajá. Ya sabemos todos lo que pasa con esos propósitos. Así que me fui por algo más sencillo: pasa algo que me gusta y lo escribo en un tuit. Lo publico en Tweeter y se lo reenvío a su correo. Me tardo tres minutos. Claro, a veces también le escribo uno o dos párrafos y se los mando. La cosa es no dejarlo. 

 Les dejo unos ejemplos de tuits que le he mandado a mi hija: 

 1. En el auto. Hija de 2 años histérica y mamá igual. 
Yo: “Lo siento, solo puedo aguantar a una a la vez.”
 Maya (un minuto después): “¡Yo ya toy tontenta, papá!” 

 2. Yo: -“Maya, ¿te gusta más estar todo el día con nosotros, o en la escuelita?” 
Maya (lo piensa un poco): -“¡Con la abuela!” 

 3. Distraído vendo los penales de la final, Maya me pintaba y pintaba (según ella) la cara con crayones. Y resulta que, de la cara para abajo, soy azul. 

 4. - ¡Ya estoy muy glandota!
- Y entonces, ¿por qué te estoy cargando?
- ¡Pol favooooool!
#SoySuFans 

 5. - Papá, no seas lidículo.
- ¿Huh? ¿Por qué?
- ¡Pol que eres bueno!
O sea, ¿cómo? ¡Y solo tiene dos años! 


 Aquí las instrucciones: 

 1. Abre una cuenta a nombre de tu hijo. No te quieras ver demasiado creativo. Te recomiendo que sea: sunombre.susapellidos@hotmail.com. Tal vez quiera seguirla usando después y eso no sucederá si le pones teamo.mihija_hermosa@hotmail.com (“¡No seas ridícula, mamá!”) 

 2. Utiliza una contraseña sencilla (sí, lo sé, muy difícil si tiene que ser una combinación alfanumérica-especial-mayúsculas-y-minúsculas). Anótala y guárdala. 

 3. Envíale lo que se te ocurra, en algún ratito que tengas. No tiene que ser tan frecuente. Es más, si le mandas un correo/tuit/foto por mes, son 12 al año, u 84 en siete años. Son bastantes. 

 4. De vez en cuando, cada seis meses aproximadamente (o cada que te acuerdes), entra a la cuenta de tu hijo y envíate un correo desde ahí. Si no lo haces, el sistema la identificará como “Cuenta sin movimientos” y la eliminará. Ya me pasó. Créeme, no quieres que eso suceda y tener que rescatar entre tus correos eliminados para reenviarlos. 

 5. Cuando llegue el momento, entrégale el acceso a tu hijo y confía en que él sabrá qué hacer. 

 ¡Buen viaje!