Featured Post

El peor día de mi vida

El 19 de septiembre de 1985 fue el peor día de mi vida. Mis recuerdos de ese día están ligados a una lluvia muy fuerte de la noche an...

Friday, June 19, 2020

Escaleras


Un crujido.
Una casa de madera, típica norteamericana. Hay algunos tablones desgastados en las paredes que crujen con el viento y el sol, le falta un poco de pintura, pero en general está en buen estado. Si la casa fuera una persona, sería esa mamá cincuentona cuyos hijos ya crecieron y dejaron el nido y vive sola, en las afueras, a quien todos los vecinos acuden simplemente porque siempre ha estado ahí. A todos nos da cierta seguridad la permanencia ajena. Nos hace sentir que hay algo de qué enorgullecernos, aunque nunca haya estado ahí para nosotros.
Hay que bajar al sótano.
Se puede entrar a las escaleras por la parte de atrás, al otro extremo del pasillo que viene de la cocina, por la salida al patio trasero, donde alguna vez hubo un jardín para que los niños cultivaran sus propias verduras. Hoy, es solo tierra seca y polvo.
El cubo de las escaleras es de la misma madera que la casa y está iluminado por la luz natural de la ventana junto a la entrada. Abajo, en el sótano, hay un umbral a un pasillo gemelo al de arriba, y las escaleras bajan otro nivel. Poco frecuente, pero no inaudito en estas construcciones a las orillas de la ciudad. Más abajo, otro umbral a otro pasillo igual, pero sin luz. El cubo de las escaleras, con paredes de tablones de madera, está iluminado por una bombilla vieja, de luz amarillenta y débil, que envuelve todo en sombras pronunciadas y texturas exageradas. En el silencio, el viejo foco se queja con un zumbido eléctrico, amenazando con apagarse.
Un crujido.
Hay más escalones hacia abajo. Continúan uno, dos pisos, tal vez más. Los umbrales correspondientes ahora abren a pasillos que van en diferentes direcciones a las de arriba, todos con pisos y paredes de tablas viejas, y todos oscuros.
Sigues bajando. Una vuelta más de las escaleras y en el siguiente descanso ya no hay pasillo lateral. La única opción es descender. Los escalones son más altos, más angostos, y en un par de zancadas se vuelve una escalera en espiral. Ahora hay que sujetarse del soporte central, a la izquierda, para no tropezar. Aun así, tus piernas ceden un par de veces, tambaleándose. Los pasillos están en intervalos no equivalentes a la distancia entre un piso y otro. Algunos te invitan tardíamente a elegirlos, sugiriendo techos altos y paredes angostas, otros están más arriba de lo que deberían para mantener la integridad de la estructura. El aire es seco, rancio, viejo; la luz que se filtra entre los tablones de los escalones de arriba es escasa y poco confiable. Si la luz pudiera dar la sensación de vieja y rancia, así la sentirías.
Tienes que seguir bajando. No estás seguro de qué pasaría si trataras de regresar. El peso de todos los pisos de arriba se siente denso en el aire sobre tus hombros, en un frágil equilibrio de casa de naipes, e igualmente a punto de derrumbarse sobre ti.
Un crujido.
La madera está demasiado seca y vieja y amenaza con desmoronarse bajo tus pasos. Con los pies de lado, caminas lo más pegado posible a la columna central, que no es más que el punto donde se apilan los angostos extremos de todos los escalones. Inevitablemente, uno de ellos cede debajo de ti y caes con los pies por delante, con un tirón en el estómago y la desesperación de no tener de dónde asirte.
Caes dando tumbos, sin ver nada, la nariz inundada con el aroma de astillas secas, polvo y el rancio olor del pánico.
Caes hacia la oscuridad, hacia la desesperación, hacia el miedo.
Caes. Y mueres.
Todo queda en silencio.
Un crujido.
Despiertas.
La cama es dura, angosta. La luz de un día caluroso entra por la ventana sin cortinas y cae en tu cara. Abres los ojos, desorientado. Maldición. Otra vez te quedaste dormido. De un manotazo te quitas las sábanas, ásperas y delgadas, y te levantas de un golpe.
Sin apresurarte demasiado, caminas descalzo hasta la ventana, de mal humor y rogando que no sea muy tarde.
“¡Puta madre!” Te ves a ti mismo entrando por la puerta de atrás, justo debajo de tu ventana. Ni siquiera puedes abrirla y gritarte algo para detenerte, porque lleva años atascada, la madera del marco deformada por el sol.
Un crujido.
Ya empezó. Frustrado, golpeas con los puños cerrados el alféizar de la ventana. Maldita sea. Te gustaba este cuerpo, y tenías planes de conservarlo por un buen tiempo.
En fin. Era hora de preparar todo, otra vez.