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El peor día de mi vida

El 19 de septiembre de 1985 fue el peor día de mi vida. Mis recuerdos de ese día están ligados a una lluvia muy fuerte de la noche ante...

Monday, September 19, 2016

El peor día de mi vida

El 19 de septiembre de 1985 fue el peor día de mi vida.

Mis recuerdos de ese día están ligados a una lluvia muy fuerte de la noche anterior.  Fui a una papelería en la calle de atrás, Querétaro, ya que en la de enfrente de la casa no tenían lo que estaba buscando (algo para una tarea, no recuerdo qué).  Tuve que esperar debajo de la lona de la entrada de la papelería para regresar, ya que estaba cayendo una granizada épica.  Me acuerdo porque, algún tiempo después, leí que es frecuente que antes de terremotos especialmente fuertes haya este tipo de clima.  Ya en retrospectiva, no veo la razón de esto y no lo he vuelto a encontrar, pero ayudó a fijar en mi cabeza hasta el olor de esa noche lluviosa.

Al día siguiente nos levantamos tarde, como nos pasaba de vez en cuando, más frecuentemente de lo que a mi papá le hubiera gustado.  Normalmente, el camión de la escuela pasaba por nosotros (mis dos hermanos y yo) alrededor de las 7:10, y mi papá bajaba con nosotros y llevaba a mi hermana al kínder.  A veces se nos hacía casi tarde y uno de nosotros se asomaba por la ventana (vivíamos en el quinto y último piso de nuestro edificio) y le gritaba al chofer del camión algo así como “¡Ahí vamoooos!” o “¡Vamos bajandooo!”, mientras corríamos por las escaleras con las mochilas, para bajar así más rápido que el lentísimo elevador que no siempre servía.  Aquí está mi primera laguna. Yo tenía once años y acababa de entrar a primero de secundaria, en una escuela nueva para mí, muy grande, fría e impersonal, así que no podía ser que todavía me fuera en el camión con mis hermanos.  Tal vez mi papá me llevaba en el mismo viaje que a mi hermana, no lo sé.  De lo que sí me acuerdo es que nos levantamos tarde y nos dejó el camión.  Pero no era raro.

Yo ya había salido de bañarme y estaba terminando de vestirme cuando sentí que empezó a temblar.  Me faltaba todavía un calcetín, pero me lo quedé en la mano mientras me paraba de la cama y salía del cuarto.  Antes, me gustaba cuando temblaba.  Era una sensación extraña, que se moviera lo inamovible, se columpiaran las lámparas, te marearas un poco y al día siguiente lo comentaras en la escuela.  Era divertido.  Total, terminaba rápido y a nadie le había pasado nunca nada, ¿cierto?

Así que salí del cuarto todavía con una sonrisa, para ir a donde estaban mi hermano Sergio y Mary, la esposa de mi papá, en la recámara de al lado.  Yo traté de ir a la sala, a un par de metros más allá, por unos cojines.  Todo el mundo sabe que lo que hay que hacer en esos casos es resguardarse debajo del marco de la puerta o junto a una columna y cubrirse la cabeza con algo para protegerse de lo que te pueda caer encima.  Pero no alcancé a llegar.  Me llamaron: “Rubén, ¿a dónde vas? ¡Ven acá!”  Cuando nos paramos debajo del marco de la puerta, ya estaba temblando fuertísimo.  Después, todo fue demasiado rápido.  Yo veía hacia afuera del cuarto, hacia el comedor.  La lámpara de vidrio del techo se azotaba de un lado a otro, rompiéndose en pedazos.  Y había, sobre todos los demás ruidos de cosas cayendo y rompiéndose y de los gritos de miedo detrás de mí, un sonido muy grave que retumbaba desde abajo, un crujido gigantesco.  De repente, el piso del comedor se hundió con un sonido ensordecedor y sentí que caía de frente con las manos extendidas, a la vez que giraba a la izquierda y todo se ponía completamente gris y oscuro.  No grité, pero mientras caía, pensé: “Esto es el fin,” e inmediatamente: “¡No, no puede ser el fin!”.  Después, nada. 

Aquí está mi segunda laguna.  Seguramente me desmayé unos segundos, porque no recuerdo ningún golpe.  Olía a tierra de construcción y se oían las últimas notas de una cascada de arena y pequeñas piedras, asentándose.  Estaba boca abajo y algo me aplastaba la cabeza y el hombro derecho.  – “¡Mary, quítate de encima, me estás aplastando!”  –“¡No puedo! ¡No puedo moverme!” Poco después me di cuenta de que no era ella, sino que algo más grande y pesado nos había caído encima, inmovilizándonos a ambos.  Tenía la mejilla izquierda contra el suelo y solo podía ver unos 10-20 centímetros del piso frente a mí.  No estábamos a oscuras, ya que se vía la luz del día. Podía doblar las rodillas y mover los pies, el brazo izquierdo lo tenía atrapado debajo de mí, y el derecho solo podía moverlo un poco a partir del codo.  Sergio estaba con nosotros y estaba libre, y le pedí que nos quitara eso de encima.  Lo intentó con su fuerza de siete años, pero sentí que me aplastaba la cabeza en el intento y le grité que dejara de hacerlo, que mejor pidiera ayuda.

-          - “¡Auxilio! ¡Estamos aquí!”, gritaba hacia afuera de dondequiera que estuviéramos.

De vez en cuando caían piedritas, en lo que se asentaban los escombros arriba de nosotros.  Las sentía en la planta del pie izquierdo, que era el que se había quedado sin calcetín.

Hablábamos de que no podíamos movernos, de que había que pedir ayuda.  A tientas, Mary me tomó la mano derecha, pero yo tenía todo el dorso de la mano y los dedos raspados y me dolía, pero aun así le apreté la suya.  Cuando yo dejaba de hablar, porque era difícil, ya que no podía abrir la boca, Sergio se espantaba y decía: “¡No te mueras!” y yo trataba de contestarle algo para tranquilizarlo.  También trataba de agitar los pies, para que alguien me viera.  Gesto inútil, ya que aunque no sabía dónde estábamos, era claro que no era al descubierto.  ¿Qué más podía hacer?

No tengo noción de cuánto tiempo estuvimos ahí.  Fue poco, realmente.  Pudieron haber sido quince, treinta minutos.  No más de una hora.  Empezamos a escuchar gente afuera.  Voces indistintas.  Otras que decían un par de veces: “¡No prendan un cerillo, o valemos madres!”

-         -  “¡Auxilio!  ¡Estamos aquí!  ¡Ayúdennos!”, gritaba Sergio.
-         -  “¡Aquí hay alguien!”, gritaron.
-         -  “¡Sáquennos!”

Se escuchó que movían piedras pesadas.

-  “¡Nos están tirando tierra!  ¡Nos están tirando tierra!”, repetía y repetía Sergio.

Yo no dejaba de mover los pies, para que vieran que estaba vivo.  Me dolía la planta del pie cuando caían las piedras.  Mary me apretaba la mano y me dolía, pero no la soltaba. 

De repente, se sintió que abrieron y entró más luz.  “¡Aquí abajo!  ¡Hay que levantar esto!”  Quitaron lo que sea que tuviera encima, pero no me pude levantar.  “¡No me puedo mover!”, dije.  Sentí que me tomaron de los hombros y me enderezaron.  Mi cuello se sentía de goma y vi a Mary, que levantaron al mismo tiempo.  A ella también le había caído eso en la cara y tenía una herida grande del lado del ojo izquierdo, pero se veía aliviada.

-         -  “¡Una camilla!”

Nunca vi a Sergio.  Mucho menos a mi papá y a mis otros hermanos.  Sentí que me acostaron en una puerta y me bajaron de una pila de escombros, aunque fue muy poco lo que pude ver.  Cuando llegamos al nivel de calle alguien los detuvo para tomarme una foto, me metieron en la parte de atrás de una camioneta, y me llevaron a la Cruz Roja de Polanco.

-         -   “¿Estás bien? ¿Qué es lo que más te duele? ¿Cómo te llamas?”

-          -  “El hombro derecho.  Rubén Suárez”, o algo así, porque después resultó que tenía rota la mandíbula y por eso no podía mover la boca.  Tampoco podía cerrar los labios.  Además de eso, tenía roto un ligamento cervical.  Y muchos golpes.

Estuve varias horas en la Cruz Roja.  Repetí muchas veces mi nombre a todos los que me preguntaban.  “¿Vienes del Nuevo León?”, me preguntaban también.  Yo ni siquiera sabía dónde era eso.  Me inmovilizaron la mandíbula amarrándome los dientes con alambres, y me dormí durante todo el proceso.  En algún momento de la tarde alguien de mi familia me encontró, aunque no recuerdo cuál de mis tíos fue.  Me acuerdo que iba de cama en cama viendo los nombres de sus ocupantes, porque yo estaba irreconocible, toda la cara inflamada y con collarín.  Después de un rato, me trasladaron a otro hospital, al Mocel.  Fue ahí donde la noche siguiente me encontró el segundo temblor.  La verdad, ni siquiera me espanté.  ¿Para qué?  Mi tío Paco estaba conmigo, me tranquilizó y no se movió de mi lado.  Luego me contó que lo único que quería era salir corriendo, pero se quedó.  Además, nadie baja del piso 8 a tiempo de escapar si el edificio se cae.  Ahora sé cuánto tiempo tienes antes de que eso pase.

Mis hermanos estaban bien, los tres.  Solamente tenían cortaduras y moretones.  Milagrosamente, diría, pero sigo sin creer que los milagros existan.  Varios días después nos contaron que mi papá había muerto ahí mismo.  Que no nos querían decir porque hubiera sido demasiado fuerte.  Yo creo que eso me tocaba a mí decidirlo.  Nunca pude despedirme de él, ni ir a su entierro.  Hoy, eso me sigue haciendo falta.  Él se estaba bañando con mis otros dos hermanos cuando todo pasó y parece que, de alguna forma, los protegió cuando todo se vino abajo.  Todavía estuvo hablando con ellos en lo que los rescataban hasta que, de repente, dejaron de oírlo.

Mary todavía estuvo con nosotros algo así como un mes, pero un día se fue, así sin despedirse y nunca volvimos a saber de ella.  No la culpo.  La verdad, nadie quiere estar en esas circunstancias a los 23 años con cuatro hijos ajenos.  Además, ni siquiera vivimos juntos tanto tiempo.  Un año, tal vez.

Ahora, cuando tiembla, ya no es divertido.  Tampoco salgo corriendo, en pánico.  Simplemente trato de estar tranquilo, aunque sean varias veces al día las que detengo lo que estoy haciendo para ver si las cosas se mueven y está temblando, o solo es mi imaginación.
__________


Me siento mal.  Me causó mucha angustia escribir todo esto a detalle.  Nunca lo había hecho, ni contado más que a pocas personas y a grandes rasgos.  Pero hoy, a 31 años de eso, lo sentí especialmente cercano, así que decidí ponerlo por escrito y compartirlo con todo aquél a quien le interese.  Dicen que hay que sacar las cosas.  Aunque sea 31 años después.

Wednesday, April 20, 2016

La historia del Conde

(…) en ese preciso instante, surcó el aire el terrible cuchillo de Jonathan. Grité al ver que cortaba la garganta del vampiro, mientras el puñal del señor Morris se clavaba en su corazón.

Fue como un milagro, pero ante nuestros propios ojos y casi en un abrir y cerrar de ojos, todo el cuerpo del Conde se convirtió en polvo, y desapareció.

Me alegraré durante toda mi vida de que, un momento antes de la disolución del cuerpo, se extendió sobre el rostro del vampiro una paz que nunca hubiera esperado que pudiera expresarse.

El castillo de Drácula destacaba en aquel momento contra el cielo rojizo, y cada una de las rocas de sus diversos edificios se perfilaba contra la luz del sol poniente.

(...)

Alicia: "Qué cuento tan triste."

Tweedledee, Tweedledum: "Eh, y tiene su moraleja."

Alicia: "Sí, claro. Muy buena moraleja si fuéramos vampiros. Porque toda historia tiene una moraleja, solo hay que saber encontrarla."

Thursday, January 21, 2016

Un viaje al pasado

Cuando nació mi hija, siendo sinceros, no sabía qué esperar. Nunca había cargado un bebé por más de dos minutos, ni abierto un pañal. Es más, ni siquiera había convivido más de cinco minutos con alguien menor de 5 años. Nadie había dependido tanto de mí. Ni había sentido que yo llegara a necesitar tanto estar cerca de alguien. 

Lo que sí sabía es que quería averiguarlo, y quería compartirlo con ella. Sé lo que dicen del desarrollo temprano de la memoria y cómo vamos formando nuestros recuerdos de la infancia y todo eso, pero, la verdad, no tengo ningún recuerdo de mi vida ante de los cinco años, aproximadamente. Y decidí cambiar esto para mi hija. 

Fue así como decidí regalarle un viaje al pasado. 

La noche antes de que Maya naciera abrí una cuenta de correo a su nombre y me propuse escribirle lo más que pudiera: cuando aprendiera algo nuevo, o cuando saliéramos de viaje, o cuando cumpliera años, o simplemente cuando quisiera compartir algo con ella. Mi plan es, el día en que ella cumpla siete años, darle la dirección y el password. Así podrá descubrir, a su ritmo, siete años de recuerdos: fotos, audios, cosas buenas, alegres, tristes, divertidas, interesantes y hasta aburridas. Será su viaje al pasado personal. 

 Esto tiene un doble propósito. Mi mamá murió cuando yo tenía siete años, y mi papá cuando yo tenía once. Cada vez que tengo una mudanza, vuelvo a encontrar una tarjeta de cumpleaños que me escribió mi papá cuando cumplí diez años, diciéndome cómo se sentía y que estaba orgulloso de verme crecer y platicar conmigo. Es lo único que conservo que me haya escrito él, y es como una pequeña ventana a ese momento – y es de mis objetos más preciados. Ahora, si algo malo sucede y yo ya no estoy ahí con Maya cuando crezca, será una manera con la que ella pueda viajar al pasado y conocer cómo era su papá: qué le gustaba, qué le divertía, qué le daba miedo o preocupación y, sobre todo, qué tan feliz era por estar a su lado. 

 Si a mí me hubieran regalado eso sería el regalo favorito de toda mi vida, que apreciaría cada vez más conforme fueran pasando los años. 

 Hoy, todos los que tenemos niños pequeños tenemos esa oportunidad de regalarles más que cosas o viajes: un viaje al pasado, a la vida y las alegrías de sus papás. 

 No hay que sentarse dos horas cada semana, o siquiera cada mes, a escribir un artículo completo o un reporte de actividades del mes. ¡No, relájense! Puede ser cualquier cosa que se les ocurra en el momento: algo que dice su hijo, una foto que acaban de tomar, el video que tomaron con el celular de cuando abrió sus regalos, algo que venía cante y cante en el coche y que alcanzaron a grabar… ¡lo que quieran! 

 Al principio quise escribirle cada mes. Sí, ajá. Ya sabemos todos lo que pasa con esos propósitos. Así que me fui por algo más sencillo: pasa algo que me gusta y lo escribo en un tuit. Lo publico en Tweeter y se lo reenvío a su correo. Me tardo tres minutos. Claro, a veces también le escribo uno o dos párrafos y se los mando. La cosa es no dejarlo. 

 Les dejo unos ejemplos de tuits que le he mandado a mi hija: 

 1. En el auto. Hija de 2 años histérica y mamá igual. 
Yo: “Lo siento, solo puedo aguantar a una a la vez.”
 Maya (un minuto después): “¡Yo ya toy tontenta, papá!” 

 2. Yo: -“Maya, ¿te gusta más estar todo el día con nosotros, o en la escuelita?” 
Maya (lo piensa un poco): -“¡Con la abuela!” 

 3. Distraído vendo los penales de la final, Maya me pintaba y pintaba (según ella) la cara con crayones. Y resulta que, de la cara para abajo, soy azul. 

 4. - ¡Ya estoy muy glandota!
- Y entonces, ¿por qué te estoy cargando?
- ¡Pol favooooool!
#SoySuFans 

 5. - Papá, no seas lidículo.
- ¿Huh? ¿Por qué?
- ¡Pol que eres bueno!
O sea, ¿cómo? ¡Y solo tiene dos años! 


 Aquí las instrucciones: 

 1. Abre una cuenta a nombre de tu hijo. No te quieras ver demasiado creativo. Te recomiendo que sea: sunombre.susapellidos@hotmail.com. Tal vez quiera seguirla usando después y eso no sucederá si le pones teamo.mihija_hermosa@hotmail.com (“¡No seas ridícula, mamá!”) 

 2. Utiliza una contraseña sencilla (sí, lo sé, muy difícil si tiene que ser una combinación alfanumérica-especial-mayúsculas-y-minúsculas). Anótala y guárdala. 

 3. Envíale lo que se te ocurra, en algún ratito que tengas. No tiene que ser tan frecuente. Es más, si le mandas un correo/tuit/foto por mes, son 12 al año, u 84 en siete años. Son bastantes. 

 4. De vez en cuando, cada seis meses aproximadamente (o cada que te acuerdes), entra a la cuenta de tu hijo y envíate un correo desde ahí. Si no lo haces, el sistema la identificará como “Cuenta sin movimientos” y la eliminará. Ya me pasó. Créeme, no quieres que eso suceda y tener que rescatar entre tus correos eliminados para reenviarlos. 

 5. Cuando llegue el momento, entrégale el acceso a tu hijo y confía en que él sabrá qué hacer. 

 ¡Buen viaje!

Friday, December 24, 2010

Santa Claus - Una perspectiva ingenieril

Aclaro: no soy el autor de este ensayo ingenieril, pero no hay más que aceptar los hechos duros. Lo siento.

I. Existen aproximadamente 2,000 millones de niños en el mundo. Sin embargo, como Santa no visita niños musulmanes, judíos ni budistas, esto reduce su trabajo en la noche de Navidad en un 15% (o lo que es lo mismo, 378 millones). Con una tasa promedio de 3.5 niños por casa, se convierte en 108 millones de hogares (asumiendo que al menos hay un niño bueno por casa).


II. Santa tiene alrededor de 31 horas de navidad para realizar su trabajo, gracias a las diferentes zonas horarias y a la rotación de la Tierra, asumiendo que viaja de este a oeste (lo cual parece lógico). Esto suma 967.7 visitas por segundo. Como quien dice, que para cada casa con un niño bueno que cree en él, Santa tiene alrededor de 1/1000 de segundo para estacionar el trineo, bajarse, entrar por la chimenea, llenar las botas de regalos, distribuir los demás regalos bajo el arbolito, comer los bocadillos que le dejan, trepar de nuevo por la chimenea, subirse de nuevo al trineo y llegar a la siguiente casa. Asumiendo que cada una de esas 108 millones de paradas está distribuida geográficamente (lo cual, desde luego sabemos que es falso, pero lo aceptaremos para propósitos de nuestros cálculos), estamos hablando de alrededor de 1.248 km entre casa y casa; un viaje total de 120.8 millones de kilómetros, sin contar descansos o paradas al baño. Esto significa que el trineo de Santa se mueve a una velocidad de 1,040 kilómetros por segundo; es decir 3,000 veces la velocidad del sonido. Para propósitos de comparación, el vehículo mas veloz hecho por el hombre, es la sonda espacial New Horizons, que se mueve a una velocidad de 15.1 km/s, y un reno convencional puede correr (como máximo) a 24 km por hora.


III. La carga del trineo añade otro elemento interesante. Asumiendo que cada niño sólo pidió un juguete de tamaño mediano -como un paquete científico "Mi Alegría" (1 kg), el trineo estaría cargando más de 500,000 toneladas (sin contar a Santa). En tierra, un reno normal no puede acarrear más de 150 kg. Aun asumiendo que el reno "volador" pudiera jalar diez veces el peso normal, el trabajo no podría ser hecho por 8 o 9 renos. Santa necesitaría 360,000 de ellos, lo que incrementa la carga (sin contar el peso del trineo), otras 54,000 toneladas, algo así como 7 veces el peso del Crucero del Amor.


IV. Un cuerpo de 600,000 toneladas viajando a 1,040 Km/s crea una resistencia al aire enorme, lo que calentaría los renos de la misma forma que se calienta la cubierta de una nave espacial al ingresar a la atmósfera terrestre. Los 2 renos de hasta el frente, absorberían 14.3 quintillones de joules de energía por segundo cada uno, por lo que se calcinarían casi instantáneamente, exponiendo a los renos siguientes y creando ensordecedores "booms" sónicos. El equipo entero de renos se vaporizaría en 4.26 milésimas de segundo, o mas o menos cuando Santa llegara a la casa visitada no. 5. Si no importara todo lo anterior, el resultado de la desaceleración (frenado) de 1,040 km/s en 0.001 segundos, sería que Santa estaría sujeto a una fuerza de 17,500 g (o 17,500 veces la fuerza de gravedad). Y si Santa pesara 150 kg (que, por lo gordito y rosado, resulta un peso adecuado), se incrustaría en el frente del trineo con una fuerza de 2,315,015 kg-fuerza, rompiendo instantáneamente sus huesos y sus órganos, reduciéndolo a una masa amorfa aguada y temblorosa.


V. Si Santa existía, HOY está muerto.


Monday, September 27, 2010

Oye, amor...

- Oye, amor, muchas gracias por traerme al estadio. ¿Te dije que nunca había venido antes? Esto del futbol no es tan malo como pensaba. Y no está tan aburrido. ¿Ya viste las fachas de la chava de allá? ¡Qué horror! ¿A quién se le ocurre venir con botas a ver un partido? ¿Amor?… ¡amoooor! Ay, perdón, no quería distraerte, ¡pero es que no me hacías caso, baby! Además, ni fue gol. Mmmh… ¿o sí? No, ya están jugando otra vez. Bueno, entonces, como te decía, no entiendo cómo… oye… ¡oye! ¡Ash, ya nada, olvídalo!

- ¿Huh? ¿Que olvide, qué? Perdón, pero… ¡tira, TIRA!

- Ya te dije, amor, que me gusta que me veas a la cara cuando me hablas. Sí, así. Gracias por consentirme, cosita. Pero, ¿no te distraigo, verdad? Oye, ¿por qué a ese anuncio le falta la “M”? Ahí, donde está el árbitro de allá, el que levantó la bandera. ¡Ah, ya vi! Parece que no sirve bien. Yo creo que ésos de allá son los que lo están reparando. Sí, ya sirve.

- ¡NOOOO…!

- No, ¿qué? ¿Qué tienes, amor? Ash, es que me distraje. Dime, ¿qué pasó? ¿Fue esa cosa del “afuera de lugar” que me explicaste? ¡Pues que lo amonesten! Porque siempre los amonestan, ¿no? Y entonces tienen que tener más cuidado para que no les saquen la roja. ¿Viste cómo sí te hago caso cuando me explicas, cosi? ¡Ah, mira! Ya arreglaron el anuncio. Ya se ve bien la “M”. Bueno, ya no, porque ya cambió. A ver si ya lo ponen otra vez. Éste no me gustó, como que no le veo el chiste. Oye… si los anuncios están allá, entonces las cámaras tienen que estar arriba de nosotros, ¿no? Amor, nunca me dijiste si este partido iba a salir en televisión. Y si salgo con estas fachas, ¡qué horror! ¡Ah, sí! ¡Mira, mira! Allá está la cámara. Pero, pero… ¡no nos está viendo! A ver, ayúdame a gritarle. ¡Acá! ¡Acá! Baby, ayúdame. ¿Por qué no me haces caso?

- Mi amor, estamos viendo el partido…

- Ah, sí, cierto. Oye, amor, ¿te dije que me encantó que me invitaras al estadio? ¡Gracias! ¡Eres el mejor! ¿Me das un besito? ¡Anda!

- Claro, mi v… ¡GOOOOOOOL! ¡Noooo! ¡Y no lo vi! Pero, pero… ¡GOOOOOOOOL!

- Ay, sí, ¡gol! ¡Qué bueno! Pero no te preocupes, seguro ahorita lo pasan otra vez en las pantallas. ¡Mira, mira! ¡Ahí estamos! ¡Hola, mamá! Amor, ¡amor! Mira a la cámara. Mmmh… no, ya no. Ya están los jugadores otra vez. Bueno, a ver, mi vida, ¿me explicas otra vez eso del “afuera de lugar”, porfis?

Thursday, July 22, 2010

Día 18 y último en Sudáfrica

Mi último día en Sudáfrica amaneció bastante soleado, pero con un viento muy frío. No quise hacer mucho, para tener tiempo de arreglar cómo llegar al aeropuerto sin gastar millones y millones y millones en taxis. Lo primero fue conseguir mi transporte, en el Centro de Visitantes de ahí cerca. No había podido apartar mi taxi de R100 desde ayer porque ya era muy tarde cuando llegué, como para que encontrara abierto. De hecho, lo intenté, pero me encontré no sólo con que ya no estaba abierto, sino que justamente en ese momento había una exposición fotográfica, aunque bastante agradable. Total, no pude ayer.

Valió la pena esperarme. Había mucha gente ese día que quería que la llevaran al aeropuerto. Como sólo me iba a gastar R200 en Gautrain + taxi, conseguí que me llevara el taxi hasta el aeropuerto, pero el mismo precio. Cargar tus maletas menos tiempo siempre es lo de hoy.

Todavía tenía dos pendientes antes de salir: deshacerme de una tarjeta telefónica y de mi celular. Yendo por partes: compré una tarjeta telefónica de larga distancia específicamente para llamar a México. Cuando lo intenté, resulta que servía como para 100 países, pero no para México. En fin, logré venderla en lo que me costó a SImon, en el hostal. A él sí le sirvió. Y el celular, lo necesitaba cuando llegué a Sudáfrica. Ahora, ¿para qué me lo llevaba a México? Entonces, lo ofrecí y lo ofrecí hasta que alguien en el Visitor’s Center lo quiso. Con lo que me dieron, casi casi como si fuera trueque, me llevé unos collares y todavía fui por una botella de vino.

(Paréntesis enológico: Aprendí que 2007 fue un muy buen año en Sudáfrica para el vino, así que todo vino cosecha 2007 que se encuentren los convertirá en la envidia de sus amigos, por ser grandes conocedores y escogedores de vino. Por cierto, también 2009 fue buen año, pero esos vinos todavía están muy jóvenes. Habrá que esperar un par de años más – Si dicen esto en voz alta, con aire de conocedores, obtendrán todavía mayores “Ooooh”s y “Aaaah”s).

Finalmente, al super, para gastar las últimas moneditas. Compré mis últimas Milk Tarts y todavía más especias.

(Paréntesis de cotidianeidad sudafricana: Cómo lavan los trastes. Hasta eso lo hacen diferente. Tienen dos tarjas y las dos las llenan con agua caliente. A una le ponen líquido lavatrastes y es ahí donde echan todos los trastes sucios, junto con un trapo (no usan fibras). Frotan los trastes sucios con el trapo, los enjuagan en la otra tarja y los ponen a escurrir. Si alguien de aquí lo intenta, le funciona, le dice a sus conocidos, lo comercializa y se hace millonario, no olviden dónde lo escucharon por primera vez. Si no les funciona, no importa si no me recuerdan).

Ya en el aeropuerto, entré a ver cositas a las tiendas de ahí. La zona de souvenirs/duty free es enormísima y hay unas tiendas muy grandes. El único problema es que los souvenirs cuestan un 250% más caros que lo que pagué por ellos. Y, aún así, están llenísimas. Una prueba más de que los tontos no son quienes poner los precios altísimos, sino los que los pagan con gusto. (¿A alguien le recordó a Ocesa y sus conciertos últimamente?)

Por tercera vez me tocó un Airbus de los nuevos (de esos de 580 pasajeros). Lo bueno de ese avión es que está nuevecito, tienes tele/centro de entretenimiento personal y todo eso. Lo malo es que, cuando aterrizas (en este caso, en París), tienes que pasar por inmigración junto con esas 580 personas, además de algún otro vuelo que haya llegado al mismo tiempo. Después de como una hora de espera para que me sellaran el pasaporte recogí mi equipaje y volví a documentarlo, esta vez, para Estocolmo, Suecia.

Pero, como dicen los clichés, esa es otra historia…

Monday, July 19, 2010

Día 17

El día empezó preguntando cómo llegar a algún lugar donde vendieran artesanías. En Port Elizabeth había encontrado por todos lados, pero no en Joburg. Entonces, medio me explicaron y lo demás lo tuve que averiguar. Porque había que ir en combi.

El primer problema que te encuentras es que no tienen letreros. Saber a dónde iban era un misterio, porque aparentemente todo el mundo lo sabe. El misterio resuelto es: para hacerle la parada a una combi, hay que señalar con los dedos el número de ruta que queremos. Si la combi va por esa ruta, se detiene. Así de simple. Otra cosa diferente es que los asientos están en 4 filas, todas viendo hacia el frente. Cuando se suben varios al mismo tiempo, entre todos los de la fila recolectan sus pasajes y se dan cambio. Ya consolidado el dinero, se lo pasan al pasajero que está junto al chofer, que lo ayuda a hacer cuentas y regresar cambios. Para bajarse, nada de “¿Me deja en el semáforo, por favor?” Simplemente dicen: “At the robot” y el chofer hace la típica maniobra de atravesarse 3 carriles en 5 metros para dejarlos bajar en el semáforo.

Transbordar ya es otra cosa, porque las combis llegan al centro, donde es un verdadero caos. Pero sólo hay que preguntar dónde sale nuestra combi y, como todo el mundo es muy amable, no es complicado. Sólo hay que perderle el miedo inicial al lugar. El miedo, mas no la precaución, ¿eh? Ser el único blanco caminando entre mareas de miles y miles de negros tampoco ayuda mucho a relajarse.

Al fin llegué a donde me mandaron, un mall donde estaba el African Market. Había muchísimas artesanías de todos los tipos, tamaños y colores que uno puede imaginarse, y también los que no. ¡Qué barbaridad! Y qué confusión. Tantas opciones que no hay manera de escoger algo. Y todos los vendedores son del tipo que insisten, insisten e insisten. Había joyería y animales de beadwork, esculturas de madera y de hierro soldado, pieles de animales, pinturas, escudos, máscaras, tambores, vestidos, camisas y etcéteras. ¿Por qué siempre necesito ayuda para escoger esas cosas?

Afortunadamente, con los 3 pesos que tenía para gastar todo se limitó a unas cuantas opciones. Pero, eso sí, quería todo. Me quedé con ganas de preguntarles para qué alguien querría un hipopótamo de madera de 80 kg, una máscara de madera de 2 metros o un grupo de 10 personitas de hierro soldado alrededor de una fogata, casi de tamaño natural y cómo se los llevan en el avión. Pero como son de esos vendedores atosigadores, que hasta te jalan para que veas su local, mejor ni pararse a preguntar.

Era mi última noche en Joburg y no quería gastar para salir en la noche, así que la opción fue el vino barabara de ayer. Entonces, un par de botellas, unas cervezas que alguien había llevado y la pasamos super a gusto en el hostal. Fue muy buena experiencia haberse quedado ahí (y, me imagino, como en casi cualquier otros hostal): siempre hay alguien con quien compartir el taxi, o ir a algún tour o museo o simplemente cenar, desayunar u lo que sea. Conocí a gente muy interesante, con quien me gustaría seguir en contacto, por lo menos, un par de mundiales más (Alan, Nish, Emilly, Ellen, Simon, Sam). Si van a viajar y no quieren gastar mucho, que no les dé miedo quedarse en un hostal. Realmente lo recomiendo. (Y no, no los van a descuartizar como en la película)