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El peor día de mi vida

El 19 de septiembre de 1985 fue el peor día de mi vida. Mis recuerdos de ese día están ligados a una lluvia muy fuerte de la noche an...

Wednesday, April 1, 2020

Estrella fugaz

- Oye, Mike, responde. Cambio.
Se tardó un par de segundos en contestar, como si supiera qué era lo que seguía, pero finalmente Mike rompió el silencio en el comunicador, con un: - Roger.
- Desde aquí se ve tu casa. Cambio.
Mike respondió con tono cansado, pero ligeramente divertido. - ¿Sabes que eso dejó de ser gracioso hace como tres semanas?
- Roger. Ja. Y sabes que no por eso voy a dejar de decirlo cada que salga a una caminata, ¿verdad? En fin, prosigo con la reparación. Cambio.
- Síguenos informando. ¿Cómo se ve desde allá afuera? Cambio.
- El daño que causó el satélite al salir no fue muy extenso. Dejó una línea a lo largo de la compuerta, pero todo se ve funcional. Voy a revisar el conector y tratar de averiguar por qué no se soltó a tiempo. Cambio.
- Recuerda que lo principal es volver a fijar la cámara externa, para que puedan evaluar qué tan factible es reemplazarlo. Cambio.
- Roger. Al parecer hay pocos escombros. Procedo a recolectarlos. Cambio.
- Roger. ¿Escucharon eso, Houston? Cambio.
- Eso coincide con nuestros datos. Infórmenos del estatus de la reparación conforme vaya avanzando. Y, chicos, ya no decimos “Roger” ni “Cambio” desde la última misión del Columbia. Ya no es necesario.
- Roger.
- Roger.
El astronauta sonrió y casi pudo escuchar la sonrisa de Mike y de allá en Houston, mientras contemplaba la magnificencia del orbe azul y blanco de la Tierra, que abarcaba casi todo su campo de visión. Definitivamente, la parte favorita de su trabajo, y a la que no creía llegar a acostumbrarse nunca. Un profundo respiro, una última mirada y se enfocó en lo suyo. No importa cuántas caminatas espaciales has hecho, todas son igualmente peligrosas, y más con la mente en otro lado.
Un último inventario rápido. Brazo izquierdo, control maestro de los propulsores en la espalda: 98% de carga. Brazo derecho, monitor de signos vitales: oxígeno al 95%. Las herramientas, sujetas con velcro en las piernas, cintura y pecho. Bien. Las manos siempre deben estar libres cuando te estás moviendo afuera de la estación. Venía la parte más peligrosa de esta caminata: acercarse a los escombros del pequeño satélite fallido. Eran pocos, y aparentemente, ninguno mayor de un metro. Todos flotaban en la zona del impacto, casi inmóviles en relación con la estación. El problema es el silencio. En la Tierra, en cuanto escuchamos que algo se acerca, o incluso si sentimos que “algo” no está bien, reaccionamos y evitamos el peligro. Ese algo puede ser una corriente de aire, una vibración, un ligero cambio en la temperatura, o un objeto grande que bloquea el sonido desde esa dirección. En el espacio no existe nada de eso. Estás solo con el sonido de tu respiración y nada que te advierta que la muerte está a un parpadeo de distancia.
Volteó a ver a Mike, que lo observaba desde la pequeña ventana y le hizo la señal con el pulgar de “Todo bien”. En fin, a trabajar.

. . .

El Capitán Mikhail Skvortsov le devolvió el saludo con el pulgar y lo observó detenerse un momento a contemplar la Tierra, antes de verlo encender los propulsores y salir lentamente del limitado campo de visión de su ventana en la cámara de descompresión. Seguiría su progreso por los monitores de las cámaras exteriores. Ayudándose con los brazos, Mike flotó hasta el módulo de control de la estación. Se angustió ligeramente cuando no pudo localizarlo en ninguna de las pantallas, pero recordó de inmediato que la cámara de esa zona había sido desprendida de su lugar con el choque y ahora apuntaba a la oscuridad del espacio.
- Ya no te veo. ¿Todo bien? Cambio.
- Todo bien. Estoy llegando a la cámara. Parece que… parece que… sí, solo se desprendió de su base. Un par de tornillos y listo. ¿Ya me ves? Cambio.
Mike vio la imagen de la cámara 4E dejar de apuntar al vacío y enfocar una cara sonriente, en su casco espacial.
- Roger. Te veo claramente. Ahora, a fijar la cámara, recoger el tiradero y de regreso por una cerveza. Cambio.
- Roger. ¿Sin gas? Cambio.
- Sin gas. Sabes bien que en microgravedad, el gas no es tu amigo. Cambio.
- Roger. No me estaba quejando. Acepto la cerveza. Dame unos cuarenta minutos. Cambio.
- Roger.
- Chicos.
- ¿Sí, Houston? Cambio.
- ¿En qué quedamos con lo de Roger y Cambio? No, ¿saben qué? Ya olvídenlo.
- Roger.
- Roger.
Se escucharon risas de todos los participantes. Siempre era bueno dejar salir la presión.

. . .

Cerró los ojos y dejó escapar toda su frustración en un alarido:
- ¡AAAARGHHHH!
Se quedó sin aire, respiró muy profundamente y volvió gritar, una y otra y otra vez, hasta que le dolió la garganta y solo quedó en sus oídos el eco de ese grito dentro de su casco espacial, su respiración jadeante y el ensordecedor retumbar de su corazón.
¿Cómo había podido ser tan descuidado? Sabía perfectamente que tenía que estar pendiente de su alrededor EN TODO MOMENTO.
- ¡AAAARGHHHH!
¡Estúpido! ¿Por qué no se había encargado de los escombros del satélite ANTES de utilizar herramientas? ¡IDIOTA!
Ni siquiera era tan urgente fijar la cámara. Hay prioridades, y la seguridad siempre es primero. Pero se veía tan fácil lo de la cámara, que se apresuró a tomar el taladro de la cinta de su pierna izquierda. Miró rápidamente alrededor por precaución, estiró el brazo, sujetó la cámara y comenzó a perforar para fijarla al fuselaje.
Nunca sintió el golpe. Más bien, como si alguien se le encimara en la espalda repentinamente. Reaccionó con reflejos producto de innumerables horas de entrenamiento, agachándose y absorbiendo el impacto. Aun así, se quedó sin aire. Lo último que vio antes de perder la conciencia fue la cámara 4E, suelta y apuntando nuevamente a la negrura del espacio.


Con una angustia que le dejaba un sabor metálico en la boca, vio a la estación espacial alejarse hacia arriba en cámara lenta, inalcanzable desde el primer segundo. En realidad, él era quien estaba cayendo. Tenía miedo, mucho miedo.
Lo intentó por décima vez. Nada. Los propulsores en su mochila nunca habían fallado antes, estaba seguro. Pero, ¿de qué le servía eso?
Bajó la vista, pero lo voluminoso de su traje espacial le impedía ver al causante de su desgracia. Levantó un poco los brazos. El taladro con el que había perforado el control de los propulsores, en su brazo izquierdo, seguía en sus manos, inútil ya. Además, el impacto en su espalda había dañado también la antena.
Todavía quedaba una última luz en ese vacío, y era que Mike se hubiera puesto el traje a tiempo. Era difícil, lo sabía, pero no imposible. Tendría que haberse dado cuenta justo en el momento, asumido lo peor y equipado lo más rápidamente posible. Aún con ayuda, ponerse el traje llevaba hasta 45 minutos. Después, tendría que adivinar la trayectoria en la que cayó tras el accidente para salir a buscarlo y confiar en que estuviera dentro del rango de combustible de los propulsores.
Solo quedaba esperar a ver a Mike llegar, antes de que se acabara el oxígeno en su traje. Estimaba que todavía tuviera unas seis horas para esto, y que no estuviera cayendo demasiado rápido, o empezaría a entrar en la atmósfera y se quemaría.
Así que tendría paciencia. Y fe en su amigo.
Esperó en silencio, con una plegaria en los labios.
Y esperó.
Y esperó.


Abajo, en un campo de arroz, el anciano se tomó un respiro de sus labores. Quitándose el sombrero, se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano. Estaba anocheciendo y era hora de regresar a casa, con su viejita. Levantó la vista, como buscando algo, esperanzado.  ¡Sí, ahí! Justo en ese momento, con un trazo largo y rápido: la primera estrella fugaz de la noche. El corazón se le llenó de paz. Había pocas cosas más románticas que eso. 
Qué bien.