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El peor día de mi vida

El 19 de septiembre de 1985 fue el peor día de mi vida. Mis recuerdos de ese día están ligados a una lluvia muy fuerte de la noche an...

Wednesday, September 19, 2018

La más fuerte del universo


- “¿Y si me muero?”, me preguntó, cansada, con el dorso de ambas manos sobre la frente. Estábamos acostados en su cama, sobre las cobijas, en la casa nueva. Su recámara era bastante fresca. Era temprano todavía, en la tarde de un día soleado y acabábamos de llegar de algún lugar, acalorados.

No contesté. Solo me quedé ahí, acompañándola. No supe qué decir. Nunca me había puesto a considerar qué tan grave era lo que ella tenía – y nunca lo supe bien, hasta tres meses después, cuando murió. Fue de las primeras veces que la vi vulnerable, temerosa. A sus veintisiete años, era la mujer más fuerte del universo.

Yo tenía siete años, el mayor de cuatro hermanos.

No tengo muchos recuerdos de ella. Uno pensaría que sí, que tenía la edad suficiente para acordarme de tantas cosas, pero son pocas, realmente.

Como la vez que fuimos al mercado. Eso era algo frecuente, pero esa ocasión en particular es la más nítida en mi mente. Yo tenía cinco o seis años y vivíamos a unas cinco cuadras del mercado. Tengo la postal en la memoria de nosotros dos, regresando de comprar; ella, cargando la bolsa del mandado y yo, vestido de overol, abrazando una sandía enorme, sonriendo y caminando en la banqueta, junto a una barda blanca.

O como cuando íbamos a las tortillas y siempre me daba mi tortilla calientita con sal y limón. El limón es el ingrediente mágico en esa receta, ¿saben? Me lo enseñó mi mamá.

O cuando tenía pesadillas. Había unas recurrentes que, ahora que lo pienso, me duraron varios años. Eran pesadillas de sentimientos, de angustia, de algo enorme y creciente que me abrumaba físicamente a un ritmo de réquiem y siempre me despertaba en el momento en que esa oscuridad me envolvía. Ella se detenía en sus quehaceres y me preguntaba qué había soñado. Y yo no le podía contestar. A la fecha, todavía no las podría expresar en palabras. Pero me abrazaba brevemente hasta tranquilizarme, antes de regresar a lo que estaba haciendo. Eso me ayudaba.

O la vez que hice un papalote de cartulina, sin esqueleto de palitos porque nadie me había enseñado que eran necesarios. Lo coloreé, le amarré un estambre naranja y bajé al estacionamiento para hacer que volara. Le di como un metro de cuerda y corrí y corrí y corrí y corrí… y me caí. El piso estaba de bajada y yo volteé a ver mi papalote detrás de mí (que nunca voló), y la conclusión fue que me raspé la rodilla. Lloré mucho y mi mamá me curó (¿no será esa la cicatriz que tengo en la rodilla izquierda? Tal vez. No tengo idea de dónde salió).

O todas las veces que me recogía de la escuela. A veces se le hacía tarde y yo la esperaba, sentadito en la banqueta y recargado en la pared. Cuando no llegaba y me había sobrado cambio del recreo, me cruzaba la calle y le hablaba del teléfono de la esquina. En ese entonces, costaba veinte centavos. Finalmente llegaba en su camioneta Fairmont café, se paraba enfrente, sin estacionarse, y yo me subía del lado del copiloto.

O cuando, más pequeño, aprendí a la mala que uno no debe de pararse en el excusado, no importa la razón. Fue la primera vez que me descalabré y ella, toda asustada, me puso mis vendoletes en la cabeza.

Como dije, mi mamá era la más fuerte del universo. Y así fue hasta un poco después de que nació mi hermana Katya, la más pequeña.

Entonces se empezó a enfermar. Recuerdo un par de veces que la acompañamos al hospital para lo que, ahora sé, eran radioterapias. La verdad, no me acuerdo si me explicaron qué tenía. Tal vez no creían que yo entendiera bien qué era el cáncer, o por qué había sido tan agresivo, o por qué no se lo habían detectado antes. No lo sé. Pero pasaba cada vez más tiempo en el hospital. Cuando Katya e Iván cumplieron uno y cinco años, su fiesta fue en el hospital - era una sola fiesta, porque cumplen con dos días de diferencia. Mi papá nos metió de contrabando (o eso siempre creí) a los cuatro al mismo tiempo, junto con un pastel redondo con un tren hecho de betún. Ella sonreía mucho, pero se veía tan cansada.

Después salió del hospital, nos cambiamos de casa y parecía que todo iba mejor.

¿Ustedes habrían podido contestarle a su mamá cuando, con angustia, les decía que se podía morir? Yo no pude.

En diciembre, el día después de Navidad, estábamos en casa de Abue cuando mi papá nos llamó (estaba en el hospital, cuidando a mi mamá) y nos preguntó si queríamos ir a un parque nuevo que todavía no abrían. Y nos llevaron a Reino Aventura. La mitad de los juegos todavía no funcionaban, estaba casi vacío, pero la pasamos increíble.

Al día siguiente, temprano, nos llevaron a un parque que está en Félix Cuevas y Gabriel Mancera. No pudimos jugar porque, apenas llegando, nos alcanzó mi papá. Venía desde el otro lado de la avenida, traía su chaqueta de piel con forro de borrega – la que más recuerdo – y se veía muy triste. Nos llamó a los cuatro y se hincó junto a nosotros, una rodilla en piso de adoquines.

- “¿Se acuerdan que su mamá estaba enferma?” hizo una pausa y tomó aire. “Pues se puso mal. Y se murió.”

Mis hermanos no entendían bien qué pasaba. Mientras escribo esto no imagino la fuerza que tuvo que tener en ese momento. Nos tomó de la mano y nos llevó a Gayosso, de donde lo único que recuerdo es la seriedad de todos ahí y que nos llevó directo al ataúd a verla.

Ahí estaba, igual de bonita que siempre, con una rosa en el pecho y su blusa favorita, una verde muy clarito, satinada y con unas flores bordadas en un semicírculo debajo del cuello. Sabía que era la última vez que la vería. Creo que no lloré. Solo la vi y fui fuerte, a mis ocho años.

Después, en el panteón, tampoco lloré. En algún momento de los días que siguieron, mi papá habló conmigo y me dijo que tenía que ser fuerte por mis hermanos.

No siempre maduramos cuando debemos hacerlo. Puede ser que la necesidad de madurez nos llegue de golpe y le hagamos caso. Pero, al mismo tiempo, algunos nunca maduramos en esta vida. No son conceptos opuestos. Y está bien.

A veces me dicen que soy fuerte. Pero no. Solo soy quien me tocó ser. En la vida tomamos muchas decisiones. Afortunado es quien puede decir que tomó las que lo llevaron a donde quiso llegar, hayan sido correctas o no. Yo digo que es igual de afortunado quien tuvo la opción de tomarlas. Y, si se equivocó en el camino, aun así aprendió.

Pero no haber podido tomarlas, ya sea porque alguien lo hizo por ti o porque simplemente, la vida se entrometió, apesta.

Entonces, no tienes que ser fuerte. Sé quien eres, ni más ni menos.

Y está bien.

Friday, August 17, 2018

En el bosque


Abres los ojos, desorientada.

Usas ambas manos para levantarte del montón de hojas secas en el que despiertas. Escuchas un zumbido metálico en tu cabeza, y los sonidos del bosque suenan apagados. Con un resoplido te quitas unas hebras de pasto de la nariz, observando a tu alrededor. El piso se siente seco, por lo que te tomas tu tiempo. Sentada, te ajustas los guantes y el gorro mientras evalúas tu situación. El aire se siente muy frío, pero por lo menos no hay nieve. Bien. La luz es gris y apagada y alcanzas a ver unas densas nubes entre las copas de los árboles. Falta poco para que anochezca y parece que va a llover. Eso no es bueno. No estás segura cuánto tiempo te mantendrá caliente tu chamarra si se moja.

Te invade un momento de pánico cuando te das cuenta de que tampoco está tu mochila. Como estás en montaña, el suelo está sumamente inclinado. Te pones de pie con cuidado y revisas en tus bolsillos. Nada. Ni una barra energética, o una botella de agua. Ni siquiera tu linterna. Encuentras una pequeña navaja suiza en tu bolsillo trasero izquierdo. Claramente, no es suficiente. El zumbido en tu cabeza ya casi desaparece y se empiezan a aclarar tus ideas.

No recuerdas por qué estás en este claro en el bosque. Sabes que, en estos casos, lo más importante es no caer en la desesperación, así que tratas de recordar cómo llegaste aquí. Nada, en blanco. Respiras profundamente, para tranquilizarte. Seguramente te caíste del sendero y te golpeaste la cabeza con un tronco o una piedra. Te revisas por encima del gorro, pero no te duele nada. En fin.

Lo principal ahora es estar en movimiento. Recuerdas uno de los consejos de Alex: “En la montaña, si no sabes dónde estás, ve hacia abajo y busca un camino. Eventualmente encontrarás uno.”

“¡ALEX! ¡ALEEEEEX!” gritas con mucha potencia, usando tus manos como bocina. Pones mucha atención a la respuesta. No hay ninguna. Seguramente te están buscando en otro lado. ¡Qué frío! Te ajustas bien el botón del cuello y te cubres la nariz y la boca con una mano, para calentar un poco el aire. ¿Y tu bufanda? Debes de haberla perdido en la caída, pero no tienes tiempo de regresar a buscarla. Tienes que aprovechar lo último de la luz del día.

Empiezas a caminar hacia abajo, con pasos firmes y rápidos.

Con el aire frío y la caminata, tu mente termina de despejarse. Recuerdas un poco. Dejaron el campamento todavía bajo la luz de las estrellas, visibles entre las nubes, para poder llegar a la cumbre antes del mediodía. Las tiendas de campaña se quedaron, junto con todo lo que fuera peso extra, para recoger todo ya de regreso. Iban a buen paso – la ventaja de que todo el grupo fuera experimentado. Pero, antes de llegar a la cima, algo sucedió. Alguien tuvo un accidente y tuvieron que detenerse. O algo así.

Llevas un buen ritmo, tal vez más rápido de lo prudente. Bajas casi corriendo, ayudándote con los troncos de los árboles: unas veces para frenarte y, otras, como palanca para cambiar de dirección. Necesitas encontrar algún sendero o algo reconocible mientras todavía lo puedas ver. Dejas un poco de tu nerviosismo atrás y te concentras en tus movimientos: pasos largos, casi brincando, para bajar, echando tu cuerpo para atrás y así conservar el equilibrio, pisando con cuidado entre los mechones de pasto amarillo y usándolos para amortiguar tus pisadas. Se siente bien. Sigues y sigues. Te detienes un momento para recuperar el aliento. Es extraño, pero no estás cansada ni acalorada. Al contrario, todavía tienes frío. Siempre se te ha hecho curioso que, lo que de subida te tomó un par de horas y mucho esfuerzo, de bajada lo haces en unos cuantos minutos. Aprovechas para volver a llamar.

“¡ALEX! ¡ALEEEEEX!” Nada. Ni siquiera el eco te responde.

La temperatura sigue bajando. A lo lejos, muy arriba, se oye el eco de un par de truenos.

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Recuerdas los relámpagos de anoche. A la luz de la fogata y las historias, la tormenta se escuchaba muy lejana. Probablemente no llegaría hasta acá, pero la montaña tiene su propio clima, decía Alex.

“Hay que tratarla con respeto, porque es caprichosa,” dijo.

Te reíste, provocándolo. “¿Caprichosa? Así le dices a todas, ¿verdad?” Juguetona, le avientas el malvavisco que estabas insertando en una varita.

“No, solo a las que se lo merecen,” sonrió, mirándote directamente. “¿A dónde vas?”

“A quitarme las botas. Y por más malvaviscos. Ése era el último.”

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Auch. La sonrisa que evocó el recuerdo te parte el labio inferior, reseco por el frío. Valió la pena. Tienes un gusto metálico y ligeramente dulce en la boca, como a lo que sabría el arrepentimiento cuando faltas a tu palabra. Y sabes bien por qué.  Un par de horas después de salir el sol, todavía sin salir del bosque, se pelearon por cualquier tontería. No estás segura si fue tu culpa, pero no hiciste nada por solucionarlo. Ahora, no sabes si alguna vez podrás. ¿Dónde quedó el “Vamos a hablarlo todo, hasta solucionarlo”? No. No hay que ser pesimista. Solo es cosa de encontrar el camino, o el campamento. En el peor de los casos, podrías llegar hasta la base de la montaña, al albergue. El problema es que no estás segura en qué dirección está. Alex es el que se encargaba de eso y tú solo lo seguías. Si llegara a pasar algo, podías utilizar el GPS de tu celular y seguir la aplicación de los mapas topográficos de la zona. Claro, si tuvieras tu celular, que está ¿dónde? En tu mochila.

¡Si tan solo te sentaste un minuto a descansar! Ibas hasta atrás del grupo, cerrando la marcha. No querías hablar con Alex. Ni siquiera querías que se disculpara. No ahora. Mejor que el cansancio y el esfuerzo por subir se encargaran de ocupar tu mente. Caminando en el sendero de pedrejones por donde subían ahora, sentiste que una de tus botas no estaba bien ajustada. “¡Un momento!”, dijiste en voz alta justo cuando alguien adelante hizo algún comentario gracioso y dos o tres se rieron. Claramente, no te oyeron. No importa. Estaban llegando a la orilla de una pequeña barranca e iban a tener que caminar más despacio para rodearla. Los alcanzarías ahí.

Te sentaste en una roca grande, te quitaste la bota y aprovechaste para ajustarte la calceta. Después, un poco de agua y una foto mental del suelo de nubes a tus pies, dispersas un poco por el sol de mediodía, los árboles asomándose por entre los espacios que dejaban. Detrás de ti, la montaña, majestuosa y desafiante, con su paciencia infinita. Las vistas así son, definitivamente, una de las mejores razones para subir aquí. A tu alrededor ya no había bosque, tan solo hierba amarilla a la altura de tus rodillas y esas malditas piedras sueltas que hacían más difícil pisar firme y lastimaban los pies. Ya no veías a los últimos del grupo, pero todavía oías sus voces. Tal vez alguno mencionó tu nombre. Momento de apurarse. Doble nudo en la agujeta y listo.

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“¿Por qué siempre deben tener doble nudo estas cosas?”, te quejaste en voz alta, quitándote las botas y aventándolas sobre tu bolsa de dormir.

“Porque si no, se aflojarían y tendrías que volver a amarrarlas diez veces en un ascenso,” respondió Alex con una sonrisa, asomándose desde afuera de la tienda de campaña. Odiabas que siempre tuviera razón en esas cosas. “Ya, apúrate, que van a empezar con las historias de fantasmas. A propósito, pusiste la tienda al revés.” Y desapareció rápidamente, antes de que pudieras aventarle una bota en la cara.

¡Por supuesto que no estaba al revés! Bueno, tal vez sí. ¿Había alguna regla que decía que la entrada de la tienda siempre tenía que estar viendo hacia la fogata y no hacia afuera? Mmmh… probablemente sí, en alguna guía de boy scouts. Pero así podías ver las estrellas, sin que te deslumbrara el fuego… si no fuera por el techo de la tienda y los árboles. ¿Y si durmieras con la cabeza afuera, viendo al cielo? Está bien, sí estaba al revés. Pero no lo ibas a admitir tan fácilmente.

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La barranca no era tan pequeña como parecía. A esta altura tenía solamente unos diez metros de ancho, pero se abría conforme bajaba por la ladera y llegaba lejos, hasta donde comenzaban los árboles. Principalmente de arena suelta en el centro y rocas en las orillas, sería una gran forma de bajar de no ser porque te acercaba demasiado al borde de una caída vertical del otro lado, un poco más debajo de donde estabas. Se veía fácil de cruzar de ser necesario, simplemente plantando los pies firmemente en la arena, pero el grupo había subido por este borde. Ya te llegaban sus voces. Podías escucharlos bromeando, probablemente detrás de esas rocas grandes allá arriba. Debían de estar esperándote. Comenzaste a subir con un poco de prisa, para no atrasar a todos.

“¡Ya voy! ¡Espérenme!” Sujetaste fuertemente una roca como apoyo y trepaste… pero se desmoronó entre tus dedos y caíste hacia atrás, en medio de una lluvia de arena y piedras.

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“Te tardaste mucho,” dijo Alex.

“No encontraba los malvaviscos. Y no puede haber fogata sin malvaviscos,” respondiste, bajito para no interrumpir la historia que ya estaba contando el guía. Viste esa sonrisa debajo de la mirada regañona y sonreíste también. Sabías que muchas veces tenían prioridades diferentes, pero eso era lo mejor, ¿no? Se complementaban.

Además, siempre iban a estar ahí el uno para el otro.

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Te sientes más sola que nunca, con tanto frío que se te entumen los brazos. La montaña ya está en penumbra.  Levantas la vista, buscando una esperanza entre las ramas de los árboles; la parte baja de las nubes forma la superficie de un mar en ebullición, dispuesto a caer sobre ti. Con el cielo tan cerrado y sin luna o estrellas para iluminar el paisaje, te quedan pocos minutos a media luz. Te abres paso entre arbustos y llegas al lecho seco de una caída de agua, alfombrado con piedras en el centro. Un poco más abajo, el tronco de un árbol, caído hace muchos ayeres, atraviesa tu camino. ¡Lo reconoces! ¡Ahí descansaron en la mañana! Te apoyas en él con ambas manos y te dejas caer para colgarte y pasar por debajo, pero está demasiado podrido – más de lo que recuerdas – y se deshace con el movimiento. Caes rodando, para no golpearte con alguna roca. Tu inercia te lleva sobre el borde del cauce y resbalas más allá sobre una capa de agujas de pino y musgo. Cuando te levantas, no sabes dónde estás.

“¡AAAARGHHHH!” le gritas al cielo, desesperada, los puños en el pecho. “¿HAY ALGUIEN AQUÍ?” El gris bosque se traga tu llamado y te regresa un silencio angustiante. El cielo te contesta con el eco de un trueno.

Volteas rápidamente a tu alrededor. Nada. Las sombras se hacen más profundas cada vez. Alguien podría estar sentado bajo alguna de ellas, mirándote en silencio, y nunca lo sabrías. Das un par de vueltas, desorientada. Te llevas las manos a la cabeza y te sientas un segundo, tratando de calmarte. Sientes como si tu corazón quisiera explotar y salirse. Respiras profundamente una, dos veces. Ya. Todavía hay tiempo. Te pones de pie y sigues, siempre hacia abajo.

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“Y los siguió en silencio hasta abajo, sin emitir… ni un solo ruido. Callada. Como. Una. Tumba.” La voz del guía se volvió poco menos que un susurro. Todos en el círculo estaban atentos, nerviosos, esperando saber qué pasaba. Tu malvavisco se derritió y cayó en el fuego, olvidado en el momento. El guía continuó, midiendo sus palabras: “Cuando todos alcanzaron la seguridad de la fogata, ya sabían que estaban a salvo. Nunca se atrevería a seguirlos hasta la luz. Se vieron a los ojos, inquietos pero aliviados. Los seis habían podido regresar. ‘¿Seis?’, dijo alguien, en un murmullo casi imperceptible sobre el crujido de la madera encendida. ‘Pero. Si. Solo. Éramos…’

“¡CINCOOO!” gritó el guía, arrojando un puñado de polvos a la fogata y provocando una pequeña explosión. Todos pegaron de alaridos. Tú hasta te caíste del tronco donde estabas sentada.

Qué risa.

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Se te escapa una pequeña risa de alivio cuando encuentras la tienda de campaña. Casi te pasas sin verla, hasta que pisas algo que se siente diferente. Te agachas para analizarlo. Un pequeño círculo de piedras con lo que parece madera quemada. Sí, se rompe entre tus dedos. Son los restos de una fogata. Pero no es reciente. Y esa sombra de ahí… ¡una tienda de campaña! ¡Sí!

“¿Hola? Necesito ayuda. ¿Hay alguien?”

Tu única respuesta es un relámpago entre las nubes, justo sobre ti. En su breve destello alcanzas a ver a tu alrededor y se congela la sonrisa en tu rostro. Esperas un poco más. Ahí, otro rayo. Esto no es un campamento. Solo hay una tienda de campaña, pero está maltratada y rota por el viento, deslavada y abandonada hace mucho tiempo. Te dejas caer de rodillas junto al círculo de piedras. Tu angustia es absoluta. Ni siquiera te salen lágrimas.

“Por favor, Alex, ¿dónde estás?” dices entre dientes, la cabeza baja. Cierras los puños entumidos con desesperación, enterrándote las uñas. No sientes dolor, pero no vas a llorar. “Ayúdame, por favor. No me conviertas en un recuerdo.”

Una sucesión de flashes te confirma la llegada de la tormenta eléctrica, pero afortunadamente sigue sin caer una gota de lluvia. A su luz, ves algo que te desconcierta: la entrada de la tienda de campaña está hacia el otro lado. ¿Será la tuya? Recuerdas que acamparon muy cerca del camino asfaltado, unos cien metros arriba.

Determinada a no rendirte y sin tiempo para confirmar tu sospecha, caminas colina abajo a tientas entre los árboles, con cuidado, esperando cada relámpago para ver hasta dónde puedes avanzar. Después, te quedas quieta en la oscuridad, tiritando de frío y sintiéndote miserable, hasta que el siguiente te alumbra y bajas otro poco. No sabes cuánto tiempo continúas así hasta que sientes el suelo firme y horizontal. Te agachas para tocarlo con la mano, porque ya no sientes los pies. Lo lograste. Ahora, ¿qué tan lejos estaban las cabañas? Recuerdas bien que caminaron como una hora antes de alejarse de la carretera y acampar. Deben ser unos tres o cuatro kilómetros. Perfecto.

Avanzas hacia la izquierda, un poco más confiada. De repente, una oleada de pánico hace que te detengas en seco. Con los latidos de tu corazón en los oídos, esperas. Extiendes la mano al frente, tentando. Sientes vértigo. Y mucho frío. Una corriente de viento helado te jala hacia adelante, pero te quedas quieta. Ahí, un rayo. Lo que alumbra te deja helada, desde adentro. Frente a ti no hay nada más que una caída vertical. Es imposible saber qué tan profunda es, pero las copas de los árboles están a la altura de tu cabeza. Las puntas de tus botas se asoman sobre el borde.

Das un par de pasos hacia atrás, muerta de miedo. Te llevas las manos al cuello, conteniendo un grito y tomas aire a bocanadas. Sabes que, si comienzas a llorar, ya no pararás. “¿Por qué me pasa esto?”, piensas. “¿No fui una buena persona?”

La carretera serpentea abrazando las faldas de la montaña. Creías que sería más rápido que en el bosque, pero no puedes arriesgarte, estando tan cerca de lograrlo. Das diez, doce pasos y te detienes a esperar otro relámpago. Te orientas en un segundo, tratas de aprenderte dónde está la próxima curva, caminas otro poco y aguardas al siguiente destello. Otra y otra y otra vez. Caes en una rutina, pero es todo tan estresante que te imaginas que no estás sola y no puedes hacer nada para ahuyentar esa idea de tu mente. Sientes que las sombras te acompañan, atrás de ti, a un susurro de distancia, esperando a que te detengas un poco más para abrazarte. O tal vez aguarden el momento en el que estés tan cerca del albergue que te sientas segura, y entonces te alcanzarán.

Y sigues adelante, sin atreverte a voltear, más miserable y helada que antes. No puedes desperdiciar ni un instante de luz.

No sabes cuánto llevas así, con un sudor frío permanentemente en la espalda cuando, adelante, a una distancia indeterminada, distingues un área cálida entre las copas de los árboles. ¡Sí! ¡El resplandor de las luces de las cabañas! Te da un breve ataque de angustia cuando ves que la carretera se desvía a la derecha y lo pierdes de vista. No puedes arriesgarte a meterte otra vez al bosque y volver a perderte, así que te quedas en el camino.

Un par de vueltas después, reaparece la luz, ahora más cerca. Te animas a ir un poco más rápido, pero tropiezas y te rasguñas la frente con la rama de un árbol en la cuneta. Casi estás segura de que alguien detrás de ti sonrió, burlón. Das un paso hacia atrás y te obligas a serenarte. Continúas sin permitirte confiarte, pero con una anticipación por llegar que recorre todo tu cuerpo entumido. Te abrazas con fuerza, para regresar la circulación a tus miembros y, cuando menos lo esperas, sales de entre los árboles y llegas al albergue.

No hay nadie afuera. Hace demasiado frío para eso. Olvidando las sombras detrás de ti, corres hacia la ventana de la primera cabaña. Estás casi segura que es en ésta donde se quedaron y te asomas adentro. ¡Ahí está Alex! De pie frente a la chimenea y dándote la espalda, pero no hay manera de que lo confundas. ¡Es él! Pero no se ve preocupado de que no estés ahí. Es más, parece que está contando la historia del fantasma, en un susurro deliberado y lento. Todos lo ven con mucha atención, sentados en la orilla de sus asientos, sin moverse. Eso es lo de menos. ¡Llegaste!

Con un alivio infinito, te abalanzas sobre la puerta y la abres de golpe, en el momento exacto en el que Alex grita: “¡CINCOOO!”, levantando las manos para espantar a todos. Todos pegan de alaridos y voltean a la puerta. Sería cómico de no ser por sus caras. Nadie está aliviado de verte. Siguen espantados. Parece que no te reconocen. O no te ven.

Instintivamente, Alex abraza a alguien junto a él… ¿como protegiéndola? ¡Cómo se atreve! Estás a punto de romper el silencio cuando la miras bien. ¡Es idéntica a ti! Bueno, casi. Es un poco más alta que tú, el cabello más claro – como el de Alex – y sus rasgos son un poco más finos, como… como… ¿los de tu hija? Pero ella es todavía una niña, y la que tienes frente a ti estará rozando los dieciocho. No comprendes.

Ambos están viendo atrás de ti, hacia la puerta. Alex la suelta y avanza en tu dirección, pero pasa a tu lado sin hacerte caso y cierra la puerta, despacio. Cuando lo hace, y sin saber cómo reaccionar, lo observas con atención. Está un poco más delgado y más canoso de lo que recuerdas, con las entradas del pelo más amplias. Y en las arrugas de sus ojos ves una tristeza que no había antes.

No puedes aceptar lo que ves frente a ti. Es imposible que haya pasado tanto tiempo. Pero, efectivamente, esa chica es tu hija.

Te das cuenta de que el fantasma eres tú.

Impactada y sin saber qué está pasando, los ojos se te llenan de lágrimas.

"Pero, pero... nunca pude despedirme," susurras para ti. La escena frente a ti se nubla y todo se pone oscuro.

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Abres los ojos, desorientada.

Usas ambas manos para levantarte del montón de hojas secas en el que despiertas. Escuchas un zumbido metálico en tu cabeza, y los sonidos del bosque suenan apagados.

Con un resoplido te quitas unas hebras de pasto de la nariz, observando a tu alrededor.

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Monday, August 6, 2018

Cómo ir con una cabezota por la vida


Primero, lo primero: Tengo una cabezota.

Hay mucha gente cabezona por ahí, pero ninguno con una cabeza como la mía. No exagero cuando digo que es un cabezota notoriamente grande. Tal vez notorio no sea la palabra porque es tan grande, que la gente no lo nota.

Sí, ya lo sé: suena contradictorio, pero mi cabeza es tan grande, tan inmensa, que parece que todo el que la ve elige no verla, por más extraño que suena. Es como si, en un intento por vivir en la normalidad, tu subconsciente ve solamente que soy cabezón, pero dentro de los límites comunes. Parecido a lo que pasa con los espíritus, con las sombras en la calle o con las coincidencias sobrenaturales: nuestro cerebro elige no verlos. Así es más fácil ir por la vida, sin preocupaciones extra.

No, no estoy exagerando. Mis orejas están, ambas, a la altura de mis hombros. Ajá, justo como botarga. Sí, siempre ha sido así. Y no, no estoy haciéndome la víctima ni quiero llamar la atención. No, tampoco me duele.

Eso sí, para la mitad de la tarde ya me duele el cuello por el peso de mi cabeza. Es entonces cuando me tomo un descanso de la computadora y me desconecto. “Jaquecas,” siempre digo. “¿Ya fuiste a ver al doctor?” me dicen. “Sí, que es estrés y que con descansar ya tengo.” ¿Para qué explicar lo que es tan claro que nadie quiere ver?

¿Que si me da pena? La verdad, ya no. No negaré que durante muchos años llegué a sentirme un rechazado, un inadaptado y traté de llamar la atención de los demás, con resultados ridículos. Pero luego vi que tenía ciertas ventajas y que, por lo general, prefería que la gente me dejara en paz.

De chiquito todos pensaban que era más torpe de lo normal, cuando en realidad era que me ganaba el peso de mi cabeza y terminaba perdiendo el equilibrio y cayéndome por cualquier cosa. Casi siempre era muy chistoso para los demás, claro. Aunque mis papás me llevaron más de una vez a que me revisaran (“No sé qué le pasa, pero te digo que algo tiene este niño”, “Ay, claro que no. Son ideas tuyas, pero vamos a que lo vean”), los doctores nunca se enfocaban en mi cabeza – como todos – sino en que el oído, que los pies planos, que la postura, que la presión, que no debe ver bien y es por eso, y nunca le pudieron atinar. Hasta me mandaron por lentes una vez.

¡Uy, los lentes! Eso fue, digamos, incómodo. Primero, con el cartelito ése de las letras. Ya saben, el que tiene E F P T O Z, etcétera, de enormes a chiquititas. Ahí, todo bien. Leí todas perfectamente. Después, “Pon la cabeza aquí, m’ijo, y mira por aquí.” Y empezaron los problemas.

Resulta que el coso ése está hecho para sujetarte la cabeza mientras te miden no-sé-qué en el ojo. Entonces, me dicen que ponga la barbilla ahí, pero parece que el aparato no cierra. El doctor pone cara de “¡Qué raro!”, mientras me resigno a lo que sea que vaya a pasar. Me dice que me quite, por favor, que va a arreglarlo. Mueve unas perillas, me vuelve a colocar… y sigue sin poder sujetarme la cabeza. Llama a alguien más, llega el otro, le pregunta si ya hizo lo que ya hizo, discuten un poco y les dicen a mis papás que parece que se desajustó, pero que me van a hacer unas pruebas con unos lentes. Entonces, sacan una maleta llena de lentes y me dan unos. Lo intento, pero no puedo ponérmelos. No entran. Me dan otros, y lo mismo. Me dan los más grandes que tienen y tampoco. A estas alturas, ya se están desesperando.

Al segundo de ellos se le ocurre una gran idea: me dan unos sin patitas. Me los pongo y les digo que veo igual, es decir, bastante bien. Me dan otros, pero con esos veo borroso. Otros más, y ahora veo todo raro. Les digo que ya me duele la cabeza. Parece que fue lo que esperaban oír, me declaran vista de 20/20 (sea lo que sea que signifique), felicitan a mis papás y nos vamos. Ni una sola vez se les ocurrió ver bien mi cabeza.

Otra cosa que siempre sale mal es cuando tengo que sacarme fotos. Ya sé qué es lo que va a pasar: me sacan las fotos, espero a que las revelen y, cuando ven si ya están listas, ponen la misma cara que todos los demás cuando se dan cuenta de que algo no es como esperaban. Me sacan las fotos otra vez, pero desde más atrás (para que quepa bien la imagen en la foto) y vuelven a poner la misma mirada de “no entiendo” cuando ven los resultados. A veces me dicen que van a tomarlas una última vez, ya medio desesperados, pero siempre les digo que así están bien, que muchas gracias. Cuando las entrego donde me las pidieron, invariablemente me dicen que están mal sacadas, que no les sirven y que necesitan que lleve otras. Así que regreso al mismo lugar, pido que me saquen otras y me muevo un poquito justo cuando la toman. El fotógrafo está tan confundido que así me las entrega, medio borrosas. Total, no pueden salir peor. Y justo como salen las entrego y casi siempre me las aceptan.

No soy muy fan de salir en las fotos. Ni de salir a ningún lado, en general.

Se sorprenderían con todo lo que puede hacer uno desde su casa. Prácticamente no tienes que salir para nada, si no es lo que quieres.

Por eso trabajo desde mi casa, en la computadora, para no tener que ver a nadie. Especialmente a desconocidos. ¡Ah!, y a niños. Los niños me ven tal cual, sin complejos y sin prejuzgar, y siempre, siempre preguntan. Primero, a sus papás, mientras me señalan con el dedo. Los papás ni siquiera voltean hacia mí y, por reflejo, les dicen que eso no se hace, que no puedes señalar a la gente y siguen de largo. A veces, los niños insisten y hacen que volteen. Me ven, sin verme, y siguen de largo, arrastrando de la mano a sus hijos. Algunas veces el niño los suelta y corre hacia mí, se para enfrente y hace un comentario de mi cabeza, algo como:

- “¿Esa es tu cabeza?”

- “¿Por qué tienes una cabeza tan grande?”

- “Tu cabeza es grandísima. ¿Cómo te llamas?”

- “¡Wow!”

Solamente sonrío, les explico que sí, que es mi cabeza y que no me pasa nada, en lo que llegan sus papás, que los regañan entre dientes y se disculpan en mi dirección.

He llegado a pensar que debería sacar ventaja de que la gente elija no verme. Ser invisible puede ser muy interesante. Podría ir a donde quisiera y, con tal de no reconocer que estoy ahí, me dejarían pasar. Después lo negarían, supongo. ¿Con qué cara lo aceptarían ante sus superiores? ¿Quién ignora a alguien a propósito, con tal de no verlo?

No me decido todavía. Así que, si dentro de poco ves en las noticias que pasó algo imposible y nadie se explica cómo fue o quién lo hizo, tal vez haya sido yo, probando mis límites. Sería bueno hacer cosas famosas por el bien de la gente, ¿no lo crees? O volverme un supervillano, como los de las películas.

Tú, ¿qué harías?


Wednesday, August 1, 2018

Probar de todo


Despertaste. O, por lo menos, eso es lo que crees.

El sueño había sido tan vívido – y tan extraño – que es difícil convencerte de que terminó.

Desorientado, te frotas los ojos con los nudillos y tratas de evocar nuevamente la sensación, el gusto de ese sueño. Sí, ahí está. La boca la sientes pastosa y seca, casi como siempre recién abrir los ojos, antes de despejar por completo las telarañas de tu cabeza. Te quedas unos instantes de más en ese curioso momento en el que quieres quitarte las lagañas y te das cuenta de que están en tu mente y no en tus ojos. Hay algo que no cuadra.

Ahí está otra vez. Abres y cierras la boca un par de veces y detectas un sabor diferente. Como a… a… mal aliento… y lágrima… y sueño y… ¡LIMA! ¡Eso es! Qué trabajo identificar algo tan fuera de lugar, y más en esa combinación tan extraña. Una lima madura, verde intenso, amarga y fresca. Una vez que la identificas se convierte en el único sabor que importa en ese momento. No recuerdas cuándo comiste una por última vez, pero ese es exactamente el gusto que tienes en la garganta.

Y, hablando de eso, te das cuenta de que hay algo en la parte de atrás de tu lengua, casi en la garganta. Lo sacas con dos dedos y es un pequeño trozo de… ¿algodón? No. Estiras la otra mano y, a tientas, sin perderlo de vista, prendes la luz de tu buró para revisarlo. Viéndolo detenidamente, no es algodón, sino algo sintético, como si fuera relleno de almohada. Incrédulo, revisas rápidamente y, efectivamente, a tu almohada le falta un trozo circular, del tamaño de una mordida.

No lo puedes creer. Dejas lo que sacaste de tu boca sobre el despertador y tomas tu almohada con las dos manos, lentamente. La hueles, despacito, no muy convencido. Pero no, solo huele a almohada. Tal vez le hace falta una lavada, pero nada fuera de lo normal. Entonces, ¿de dónde salió ese sabor a lima?

Incrédulo por siquiera considerar lo que vas a hacer, pero sin dudarlo para no parecer ridículo, le pegas un mordisco a la esquina de tu almohada. Inmediatamente, te invade una fuerte oleada de sabor. Cierras los ojos y te concentras completamente en disfrutar la sensación. Es cítrico, amargo, fresco, con una textura como… como… lo perdiste. Vuelves a abrir los ojos, porque ya no tienes nada en la boca. Ni siquiera te diste cuenta cómo te lo pasaste, pero ya no hay nada ahí. Sin creerte mucho lo que acaba de pasar, vuelves a morderle un pedazo. Con mucho trabajo, tratas de ignorar el sabor (¡Qué difícil! ¡Sabe increíble!) y te enfocas en sentir el bocado, en su textura. No lo logras a la primera, pero finalmente… ¡sí, ahí! Casi no tienes que masticarlo, porque se siente como comerse una nube, como algodón de azúcar disolviéndose en agua tibia. Por eso desaparece tan rápidamente.

Dejas la almohada en su lugar y buscas probar algo más que esté a la mano. ¿Tu celular? No, porque lo necesitas. ¿Tu cartera? ¡Claro que no!

¡Una pila! ¡Eso es! La dejaste ahí porque ni modo de tirarla a la basura. No, hay que ser responsable y llevarla a un contenedor especial. Bueno, como sea, la metes en tu boca ansiosamente, como un niño chiquito lo haría con un dulce.

WOW. La misma intensidad de sabor, pero ahora es como a vainilla y limón, con un gusto a quemado. ¿Será por lo eléctrico?

Los próximos minutos los pasas en un frenesí alimenticio. Simplemente, TIENES que probar todo lo que esté a tu alcance. ¡La novela de Stephen King que no has podido terminar! Sabe a cacahuates bien tostados. El cable del cargador de tu celular: a orilla de pizza.

¡Oh, cielos! ¡El cargador! Nota mental: seguramente no debiste haberte comido ése.

La gran decepción fue la pluma Bic. Tantos años de escuela mordisqueándolas, para que al final resulta que tiene el gusto de un chicle sin sabor. Mmmmh… Qué mal.

No entiendes qué relación puede haber entre los objetos y sus sabores.

¿La esquina de la pared? Helado de coco. ¿La columna junto a la puerta? Crema de menta. ¿Huh? O sea, ¿cómo? ¡Si las dos son parte de la pared! ¡Ah! Pero una es blanca y la otra, azul. Entonces, debe de ser por el color. Haces otra prueba. El frasquito con botones que estabas juntando para regalarlos en su cumpleaños a alguien especial: casi todos resultaron tener sabores diferentes, fresa, frambuesa, cereza, betabel. ¿Y el frasquito de vidrio? Muy dulce, como a caramelo.

Entonces, eso es.

Hay algo de lo que te acabas de dar cuenta: Aunque las cosas tienen sabores diferentes, relacionados a su color y (probablemente) de qué estén hechos, todos tienen, extrañamente, la misma textura al momento de morderlos y saborearlos. ¿No estarás alucinando todo esto?, piensas, mientras le das vuelta entre tus manos y observas detenidamente un florero de barro al que le falta un pedazo circular en la parte de en medio (a propósito, sabor a tequila y tierra). Pero si así fuera, y simplemente imaginaras el sabor de las cosas, no podrías morderlas tan fácilmente, y tampoco les faltarían esos pedazos.

Te sientas un momento en la cocina, para procesar todo esto en tu cabeza. No sabes qué está pasando y, definitivamente, tampoco por qué. ¿Será cosa de un día? ¿Ya le habrá pasado antes a alguien? ¿Cómo averiguarlo sin parecer loco? Ni siquiera estás seguro de cómo buscarlo en Google.

Tomas distraídamente una manzana y la muerdes – siempre es más fácil pensar mordiendo algo. Sabe a manzana. Y también se siente como manzana. Qué extraño. Abres rápidamente un paquete de galletas y te comes una, completita. Sabe a galleta y se siente como galleta. Tomas otra y la miras, extrañado. No estás seguro de qué debería haber pasado, pero que te supiera a galleta no era una de las opciones. Vacías el resto sobre la mesa y te metes la envoltura a la boca. ¡Ahí está otra vez! El plástico se difumina en tu lengua, como el recuerdo de un beso, y un sabor intenso a canela en rama te hace cerrar los ojos para no distraerte y disfrutarlo.

Recuerdas haber leído sobre gente que tiene… mmmh… somato-algo. No. Mmmh… cinemato… No, qué wey, ni que fueran películas. Sines-algo. ¿Sinestesia? Sí, eso te suena. Se supone que es una condición con la que ves la música y saboreas palabras. O algo parecido. ¿Podría ser lo que tienes? Pero crees recordar que la gente ya nace con eso. Y no suena a que sea contagioso, o que te hayas contagiado. Pues quién sabe entonces.

Distraído, te paras junto a la ventana simplemente para ver, sin enfocarte en nada, la calle, el cielo, los cables de luz, las nubes naranjas.

¡En la madre! ¡Ya es de día!

¡Es tardísimo! ¡Te van a colgar en el trabajo! Corres a la recámara para vestirte y, en menos de diez minutos, ya estás en la esquina esperando el camión.

Afortunadamente la jefa llegó después que tú, así que te salvaste del regaño. Y qué bueno que ha estado muy ocupada y no te ha puesto atención. No has podido hacer nada hoy. Ni siquiera puedes concentrarte. Es más, cuando te das cuenta, ya no está tu taza (sabía a chocolate blanco), los clips (a pretzels sin sal), las tijeras (a higo verde), ni el cable del teléfono (a espagueti con mantequilla).

Pensativo, te tocas las comisuras de la boca con dos dedos. ¡Au! Tienes muy adolorida la parte derecha de la boca. Seguramente está hinchada. Recordando, la peor idea que tuviste esta mañana de camino al trabajo fue, definitivamente, la llanta de ese camión (a corteza de pan de pueblo). Nunca se te ocurrió que fuera a tronar tan fuerte. Te dejó medio sordo un buen rato y, sentando en la banqueta, te tardaste un par de minutos en poderte levantar.

Hay otra cosa que te inquieta. Después de todo el día así, te da miedo y curiosidad cuando finalmente tengas que ir al baño. No puedes arriesgarte a que sea en la oficina. Quién sabe qué es lo que pueda pasar.

Decides no decir nada, tomarte el resto del día y no regresar al trabajo después de la hora de la comida. ¡Hay tanto por probar! Total, tienes el mundo por delante.

Sonríes. Esto va a ser interesante.


Thursday, July 19, 2018

Esperando


- “Te voy a contar una leyenda urbana, Chino,” dijo, metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón. “Si pasas tu tarjeta en una estación vacía de ecobici, primero te va a poner eso de que: ‘Lo sentimos. Por el momento no hay unidades disponibles.’ Pero dicen que, si en vez de quitarla, la dejas cinco segundos más, pasa algo.”

- “¿Qué, we?” Respondió el Chino, encogiéndose de hombros y frotándose las manos para entrar en calor. Volteó a ver las pocas bicis estacionadas en la estación en la que estaban recargados, como deseando a medias que no estuvieran para poder comprobar la historia.

- “Algo raro.”

- “Sí, pero, ¿qué, we?”

- “Ni idea. Nunca lo he hecho.”

Se quedaron unos momentos en silencio, viendo su respiración condensarse en el aire frío. La lluvia casi había terminado, pero todavía seguía cayendo ligeramente. Las luces de un taxi pasaron por la avenida, a media cuadra, y se alejaron.

- “¿Tienes tarjeta de ecobici, Chino?”

- “No, we. ¿Tú?”

- “Tampoco.”

Los charcos en la calle reflejaban las luces del alumbrado, con pequeñas ondas donde las últimas gotas de lluvia rezagadas terminaban su viaje, persistentes. Todo olía a fresco, la sensación presente de que la lluvia se había llevado con ella la suciedad del día.

¡PLICK! Una gota gorda cayó de un árbol, justo en el charco entre ellos. Los dos la siguieron con la mirada y se quedaron en silencio hasta que el agua quedó quieta otra vez.

- “Oye, Chino, ¿no ibas a ver hoy a la Sandy?”

- “Pos sí, pero ya no. Se fue con el gordo de la motoneta. Resulta que ya andan.”

- “¡Uuuuu! ¡Qué mal! ¿Con el gordo? ¿En serio? ¿Por qué?”

- “Quesque porque yo la dejaba mucho en visto, we. ¿Tú crees? Pero a mí me late más bien que fue porque el gordo tiene motoneta y pasaba siempre por ella saliendo del trabajo. A eso no le puedo ganar.”

- “Pero ya llevabas un rato con ella, ¿no?”

- “Pos algo. Como dos meses. Ya hasta me estaba encariñando con sus niñas.”

- “Estás de la verga, Chino. Siempre te pasa lo mismo. Y ora, ¿qué vas a hacer? ¿Quieres que le demos una calentadita?”

- “¿A la Sandy? ¿¡Cómo crees, we!?”

- “¡No seas wey, Chino! ¡Al gordo de la motoneta!”

- “¡Ah! Pos sí, estaría chingón. Así chance y se da cuenta de que yo soy el que le conviene mejor y regresa conmigo. Mmmh… Va, lo vemos con la banda.”

- “Les paso el pitazo y lo vemos.”

- “Yastás. Gracias, we.”

Volvieron a esperar, cada uno con sus pensamientos. En algún lugar fuera de la vista, un carrito de camotes lanzó su desafiante silbido al encapotado cielo nocturno. Si todavía estaba vendiendo, no podía ser tan tarde como parecía.

El eco del silbido se apagó y se perdió en la noche. Ambos se miraron, esperando que el otro rompiera el silencio primero.

- “Nacimos para ser bateados, we.”

- “Neta.”

Otra pausa. El aire ya calaba, sin respetar sus playeras de manga corta y sus pantalones rotos de las rodillas. El mundo se sentía más real que antes, como si la lluvia hubiera sido más bien una cortina y ya estuvieran del otro lado, donde cosas como el frío y la noche se sentían más presentes y, si quisieran, podrían hacerte daño.

- “Así las cosas, Chino.”

- “Así las cosas, we.”

La calle estaba muy oscura. Los faroles estaban encendidos, pero los árboles a su alrededor habían crecido tan espesos que sus luminarias jugaban a ser la luna escondida detrás de las nubes y ni siquiera intentaban despejar la oscuridad debajo. El resultado era que el foco desnudo de un zaguán rojo era el único oasis de luz en la noche encharcada.

Se sentaron en el escalón del zaguán, refugiándose en el círculo de luz.

- “Cuéntame algo, we, pal frío.”

- “¿Sabes cómo nos despertaba mi papá en nuestro cumpleaños?”

- “No. ¿Cómo?”

- “Se levantaba un poco antes, para poner el disco de Las Mañanitas y te dejaba tu regalo en tus pies, sobre la cama. Lo podías abrir y verlo rápido, porque había que bañarse para ir a la escuela.”

- “¿Lo hacía con tus hermanos también, we?”

- “Sí, por lo regularmente.”

El Chino se quedó callado unos momentos, los ojos al frente, como imaginándose algo.

- “¿Te acuerdas de lo último que te regaló, we?”

- “Sí, el disco del Michael Jackson, donde salía con su chamarra ésa. Acababa de salir. Me acuerdo que lo abrí y la etiqueta también era negra como el disco y decía BAD, en rojo. Lo puse luego luego y lo oímos en lo que nos apurábamos a salir. A él no le gustaba esa música, pero aun así me lo compró. Ya no sé dónde quedó. Y mi papá se fue ese año, así que ese fue mi último regalo de cumpleaños.”

Dejó la historia sin terminar y esperó un poco, para contestar alguna pregunta del Chino.

- “¡JAJAJAJA! ¡No mames! ¿Te regaló un disco? ¿De los grandes, de tocadiscos? ¡Qué viejo estás, we!”

- “Eres un idiota, Chino.” Le dio un manotazo al charco que estaba a sus pies, para salpicarlo. La respuesta fue inmediata: el Chino reaccionó dando un pisotón en el charco y mojándolos a los dos. Ambos se pararon de un salto.

- “¡Ora, Chino!”

- “¡Ora tú, we! ¿Qué no ves que hace frío?”

- “Está bien, está bien. ¿’Ai muere?”

- “Va, chido.”

Ya no se volvieron a sentar. Se recargaron en lados opuestos de la entrada, viendo hacia la banqueta de enfrente y entrecerrando los ojos, tratando de distinguir las formas. Cuando estás en la luz, cuesta trabajo ver más allá.

- “¿Sabes, Chino? Ya no recuerdo la voz de mis papás.”

Chino se cruzó de brazos, pensativo. Suspiró. “Yo nunca oí la voz de ninguno de los dos, we. Me dijeron que me abandonaron cuando nací.”

- “No, pos ahí sí me ganaste. Pero, entonces, ¿no era tu mamá la de las quesadillas?”

- “¿Cuáles quesadillas? No mames, ¿de qué hablas?”

- “¡Donde cenamos ayer, pendejo!”

- “¡Aaah!” Soltó la carcajada. “¡No, we! Así les digo a todas las señoras, desde chiquito: ‘Hola má, buenas noches. ¿Te encargo dos de chicharrón?’ Dicen que así les decía a todas las mujeres con las que hablaba, y se me quedó.”

- “Ah, con razón.”

Un perro ladró a la distancia. Trataron de localizar de qué lado venía el sonido, sin mucho éxito. No que importara demasiado.

- “¿Crees que tarde mucho todavía, we?”

- “Ni idea, Chino.”

- “Oye, ¿y quién te contó lo de las ecobici?”

- “No sé. Lo escuché por ahí. ¿Por?”

- “Nomás.”

- “Ah.”

En la esquina, otro taxi pasó por la avenida, salpicando la banqueta. El sonido del escape se alejó hasta dejarlos en silencio, con sus recuerdos.


Wednesday, July 4, 2018

Hambre


¡Buenos días! ¡Ya es de día! ¡Ya es de día! ¡Qué emoción!

Corres hasta la ventana y te asomas entre las cortinas para ver la calle. El vidrio está frío y tu respiración lo empaña y nubla un poco la vista hacia afuera. Todo tiene ese tono oscuro de después de la lluvia, invitándote, esperándote.  ¡Ya no está lloviendo! ¡Vas a salir! ¡Qué alegría!

Casi te tropiezas con tu cama, pero ni cuenta te das en tu prisa. Corres a la recámara, empujas la puerta entreabierta y miras arriba, entre las cobijas. Sí, sigue dormido.

Le das los buenos días, fuerte y claro. Como de costumbre, no reacciona todavía, así que tomas el edredón y lo jalas hasta dejarlo en el suelo. Te acercas a la orilla de la cama, te sientas y vuelves a dar los buenos días, más fuerte.

Nada.

Qué raro. A estas alturas siempre se levanta con una sonrisa, te saluda y te besa amorosamente la nariz. Después, te sirve el desayuno. Pero hoy no. Ya que lo piensas, huele un poco raro, como a enfermo. Le tocas la mano y está muy caliente. Tal vez sea por eso.

Quieres ayudar, así que sales al pasillo a buscar algo. Regresas con una pelota, una de las nuevas, de las que chillan cuando las muerdes. La dejas en la cama y vuelves a ladrar.

¡WOOF!

La pelota es una idea genial. A ti siempre te alegra. Más, porque significa salir a correr en el pasto. La empujas con la nariz hasta su mano.

Nada otra vez.

Hundes la nariz en la palma de su mano y aspiras profundamente. Sí, ahí está. Enfermo, del tipo caliente y débil. No hay duda. Qué mal. Tendrás que jugar solo.

Lames su mano hasta que reacciona. “No estés triste. Despierta. ¿Estás cansado? Ven, yo te ayudo. Vamos a jugar con la pelota.” Muerdes cariñosamente su manga y lo jalas un poco. Él te acaricia suavemente detrás de las orejas, como te gusta, y te sonríe desde su almohada. Te dice cosas, lo interrumpe un ataque de tos y te sigue platicando, sonriendo y con ojos tristes al mismo tiempo.

Te gusta cuando platica contigo. Como solo son ustedes dos, lo hace muy a menudo. Y tú siempre le pones mucha atención y le contestas con uno o dos ladridos. Eso lo hace feliz.

Pero no hoy. Ya se volvió a dormir. Esto de estar enfermo es aburrido. Y ya tienes hambre.

Vas a la cocina, a revisar tu plato. Qué desilusión. Sigue tan vacío como hace rato. Todavía huele a tus croquetas de anoche y a sopa de pollo. Olfateas alrededor, empujando el plato, y tomas un poco de agua del otro plato. En fin.

Regresas a la recámara y te subes a los pies de la cama. Das un par de vueltas para acomodarte y te acuestas con la cara recargada en tus patas delanteras. La pelota se cae, rebota una vez con un chillido débil y rueda debajo de la cama. Duermes.

...

La cocina, anoche a la hora de cenar. Te está sirviendo sopa de pollo, mezclándola con tus croquetas. Te gusta mucho cuando comparte contigo su comida. Aunque está caliente, te la terminas antes de que él regrese a su silla y pides más. Él se ríe y te contesta algo, pero no te vuelve a servir. Eso es frustrante, porque todavía tienes hambre. Aunque, la verdad, siempre tienes hambre. Vuelves a ladrar, esta vez invitándolo a jugar y corres hacia la puerta, para que te abra y salgan al parque. Él te dice algo y señala a la ventana. Corres hacia allá, te levantas en dos patas y te recargas contra el vidrio para ver hacia afuera. Qué mal. Está lloviendo.

Aun así, no te desanimas.

¡WOOF!

Quieres salir. Ya van un par de días en que él se siente mal y se duerme temprano, por lo que no han salido. Quieres correr y perseguir pájaros y disfrutar olores y hacer hoyos en la tierra y mordisquear el pasto mojado y buscar gatos y ardillas. Quizá hasta atrapar alguno.

Él te regaña, un poco en broma, pero mueve la cabeza y no te abre la puerta. Termina su cena y recoge sus platos. Los lava, despacio, y abre la ventana frente a él para regar la flor que acaba de crecer en esa maceta de ahí, donde siempre se mueren las plantas. En eso, se le cae algo al piso. Últimamente se la pasa tirando cosas todo el tiempo. Se agacha para recogerlo…

¡Es tu oportunidad! Te levantas rápidamente y, de un solo movimiento, brincas a la silla, luego a donde pone los platos para lavarlos y de ahí, de un solo salto, por la ventana abierta hasta el pasto del otro lado.

¡Lo lograste! ¡Qué felicidad! De la emoción, olvidas por un momento que está lloviendo. Corres y corres y corres. Oyes, de muy lejos, que abre la puerta y te llama. Pero no vas a regresar tan pronto y desperdiciar la diversión. Brincas sobre los charcos y salpicas, muy contento, corriendo en círculos bajo la lluvia.

De repente, una luz muy intensa te paraliza y el ruido ensordecedor de algo muy grande casi encima de ti hace que brinques hacia un lado en el último momento. Te detienes, jadeando y espantado…

...

Despiertas, sobresaltado. ¿Qué fue ese ruido?

Silencio. Levantas una oreja, para oír mejor. ¡Sí! ¡Ahí está otra vez! Es él, tosiendo. Recuerdas que después del susto de ayer, te alcanzó y te habló muy fuerte y serio, arrodillado junto a ti. Te dijo que no muchas veces. Te abrazó y lloró. Le lamiste las lágrimas y lloró más, luego menos, hablándote todo el tiempo. Los dos se mojaron mucho y regresaron a la casa, caminando despacito.

Ahora está enfermo. Eso debe ser. Tú te sientes bien, solo que con hambre.

Él sigue sin levantarse. Ni siquiera se ha vuelto a tapar. Qué mal. Todavía huele a enfermo.

Al día siguiente, tiene un olor un poco diferente, dulzón. Sigue caliente y tosiendo. Platica mucho, pero no te contesta cuando le ladras.

¡WOOF!

No, nada. Husmeas por la casa. En la cocina, te comes unas hormigas de un lengüetazo. ¡El baño está abierto! Bebes mucha agua del excusado, ¡y nadie te regaña! ¡Qué genial! Te comes el rollo de papel y muerdes el jabón. ¡Qué mal sabe! Corres por la casa. Te sientes más confiado y, como no escuchas ninguno de los gritos de siempre, te subes a la mesa de la cocina, donde te encuentras un pedazo de pan. Pero ya no hay más comida.

Aburrido, te acuestas a sus pies. Ojalá se levante pronto.

Duermes intranquilo.

Al día siguiente, ya no se mueve. Por lo menos ya no está caliente. Corres más por la casa. Destrozas el tapete de la entrada, muy meticulosamente. Rasgas los cojines de la sala y tratas de comer lo de adentro. No, no se puede. Sigues buscando. Sacas la planta del pasillo de su maceta y pruebas la tierra. No, tampoco. Escarbas en el bote de basura de la cocina. Todo lo que podía comerse ya se acabó. Estás triste.

¡Idea! ¡La ventana por donde saltaste! No, cerrada. Lloras mucho y recargas la cabeza sobre tus patas delanteras. Tienes hambre.

Otra idea se abre paso y hace que te levantes lentamente, con las orejas muy paradas: la recámara.

Desde la puerta, tratas de despertarlo otra vez.

¡WOOF!

Nada. Esa idea ya es más fuerte, abriéndose paso desde lo más profundo del instinto carnívoro. Además, ya no huele a enfermo.

Y tienes hambre.

Con decisión y esa alegría del descubrimiento, olvidas que eres un perro come-croquetas y entras a la recámara, hacia la cama.

Tuesday, May 29, 2018

La niña que veía los colores de las mariposas


Había una vez una niña que veía los colores de las mariposas.

Los veía en todos lados: en los árboles, en los animales, en las personas. No solo en las mariposas. Todos tenían alas de colores.

Algunas eran tenues, tímidas y transparentes; otras, vibrantes y escandalosas como una carcajada. Todas eran diferentes.

Los colores más bonitos siempre los tenían los niños y los novios caminando de la mano.

Los adultos más serios, de traje, corbata y portafolio tenían los colores más apagados, como de mariposas nocturnas.

Los colores de los viejitos eran de polillas. Excepto las señoras de cabello azul, rosa o morado. A ellas las seguían alas alegres por donde caminaran, como imitando su cabello.

Las personas enfermas tenían sus colores tristes, temblorosos, en volutas evaporándose al sol. No todos sabían que estaban enfermos. A ellos evitaba verlos a los ojos, no se fueran a dar cuenta. Mejor así, que no supieran.

¿Y los suyos? Ella no veía sus propios colores y siempre se había preguntado cómo serían. ¿Tal vez brillantes y cálidos, como si la primavera tuviera una bandera? ¿O del color de la selva después de llover? Le gustaban los colores después de la lluvia, como si alguien acabara de estrenar la caja de plumones.

No importaba, era una niña feliz.

“Qué bonito que todos tengan alma de mariposa,” – pensaba. Cuando la descubrían con sus colores en la mano, dibujando la gente a su alrededor y le preguntaban qué quería ser cuando fuera grande, siempre decía: “¡Pintora!” Pero en realidad, quería ser maestra. Así les enseñaría a todos cómo ver los colores de las mariposas.

Ya verían todos qué bonito.

Sus papás le decían que qué bien, pero que estudiara primero. Así llegaría a ser una doctora muy importante, una astronauta o hasta presidente. Ellos solo querían lo mejor para ella.

La niña creció y, poco a poco, cambió los lápices de colores por libros con fotos de animales y planetas, de científicas famosas y mujeres importantes. Se volvió una ingeniera muy brillante y trabajó con cohetes y viajes a Marte y olvidó los colores de las mariposas.

Hasta que tuvo una hija, y su hija comenzó a dibujar a la gente rodeada de colores brillantes. Entonces recordó.

Y habló con su hija:

- “¿Sabes? Yo también veía los colores de la gente cuando tenía tu edad.”

- “¿Y ya no, mamá?”

- “No, amor.”

- “¿Por qué ya no? ¿No te gustaba?”

- “¡Claro que me gustaba! Simplemente, estuve tan ocupada que se me fue olvidando cómo hacerlo. Que nunca te pase lo mismo, por favor.”

- “¡Pues claro que no, mamá! ¿Qué no ves que nos estoy dibujando?”

En la hoja había una mamá y una hija. La niña tenía un vestido rosa brillante y unas alas enormes, como de hada de los arcoíris. La mamá tenía una bata blanca, lentes y el cabello recogido, y estaba rodeada de unos colores muy tenues, que se difuminaban hacia arriba, en dirección al sol entre las nubes azules.

Su hija terminó el dibujo con tres sonrisas gigantes: una en la niña, una en la mamá y una en el sol amarillo canario.

- “Mira mamá, el sol está feliz también de recibir tus colores. ¿Qué va a pasar cuando se te acaben?”

Ella no contestó. Sonrió y abrazó a su hija muy, muy fuerte. No la soltaría nunca.