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El peor día de mi vida

El 19 de septiembre de 1985 fue el peor día de mi vida. Mis recuerdos de ese día están ligados a una lluvia muy fuerte de la noche an...

Friday, July 18, 2008

Fotos atrasadas de Coachella



La portada del Dark Side of the Moon



Acabando la canción, lo soltaron



Roger Waters (difícil foto, así que no criticar)



Metric



El escenario principal



Con mi amiga Nayeli (Awww...)



¿Alguna vez han visto dos libélulas copulando?  Se ven exactamente así, pero sin ruedas



Perry Farrell.  Con o sin Jane's Addiction, muy, muy bueno



Las francesitas de Plasticines



Entre Village People y Prince






Monday, July 7, 2008

El espejo

Ander resbaló y volvió a caer, el rostro en el lodo. Corría, tropezándose, entre ramas muertas y agua fétida. Sus alrededores estaban iluminados débilmente por el resplandor verdoso del pantano que, más que guiarlo, hacía que todo a su alrededor le pareciera familiar, de la misma manera en que una pesadilla recurrente nos parece conocida.

Huía sin rumbo, la mirada perdida. El lazo mental que compartía más fuertemente con su hermano que con los otros kithkin lo sumía en un mar de sentimientos encontrados… confusión, desesperación, lejanía, dolor, abandono… silencio.

Soledad.

No recordaba mucho. Las pocas imágenes que llegaban a su mente sólo lo confundían más. Estaban cruzando la montaña, a lo largo del borde de un risco. Desde ahí se veía el pantano que querían evitar a toda costa. Entonces, los atacaron. Boggarts, probablemente. En la emboscada, se separó de Mika y Bowen. Alcanzó a ver cómo Mika caía herido. Además, creyó haber visto una puca en lo alto de un risco, observando la pelea. ¡Una puca! Lo que les faltaba. No sólo los boggarts, sino un espíritu de la montaña se resistía a su presencia. Después, un gran estruendo. El derrumbe lo hizo caer, girando, hacia el pantano.

Oscuridad.

Lo despertó una risa lejana. Pero no la risa de un depredador, dispuesto a brincarle por sorpresa, ni de uno de esos espantapájaros que tan toscamente imitan la vida. No, la risa que lo despertó era mucho más sencilla y pura. Tal vez por eso lo sobrecogió tanto, por estar tan fuera de lugar. Era la risa de un niño.

Hizo lo único que podía hacer: correr en la dirección opuesta.

A lo lejos, una luz amarillenta, como si se tratara del fruto de uno de los árboles enanos del pantano. Más allá, al nivel de unas rocas, un resplandor rosado. Y otro aún más adelante. Por supuesto, siguió el sendero que le marcaban. No tenía otra opción.

¿Acaso esas luces le mostraban el camino de regreso, o marcaban el camino para que alguien más las siguiera?

Poco a poco el suelo comenzó a sentirse más firme bajo sus pies. Bien. Eso significaba que estaba saliendo del pantano y se estaba adentrando en terrenos más familiares. Lo inquietaba lo que le hubiera pasado a su hermano y a Bowen. Todavía podía percibirlos a través del lazo mental, aunque a Mika lo sentía muy débilmente, como si estuviera muy, muy lejos. O muriendo.

Poco tiempo después, se encontró con una cerca, del tipo que usan los kithkin para mantener alejadas a las criaturas del pantano. Pero estaba seguro que algo había pasado, no era normal que estuviera en tan mal estado como ésta. Probablemente el clachán estaba abandonado. No se le ocurría otra razón.
Pero los kithkin nunca abandonan sus aldeas.

Entonces recordó la leyenda del clachán vacío. Una vieja historia que se le cuenta a los niños para que no descuiden sus deberes. Cuando llegaron los comerciantes del clachán vecino, simplemente no había nadie en toda la aldea. Parece que una gwyllion atacó a los habitantes en su sueño. Todos los espejos estaban rotos. Supersticiosamente, Ander hizo la antigua señal de protección con la mano izquierda, tapándose momentáneamente los ojos y se detuvo a medio movimiento. ¿Habría sido ése el origen de la superstición? Todas las supersticiones tienen algo de verdad detrás de ellas.

Ander creyó ver un movimiento con el rabillo del ojo. Nervioso, volteó, pero sólo vio un campo de cultivo abandonado. “Probablemente fue el viento”, pensó.

Repentinamente sintió un gran dolor fantasma en las extremidades y en la garganta. Un dolor de tal intensidad a través del lazo mental sólo podía significar una cosa: Mika había muerto.

“Todo esto es un mal augurio”, pensó. Cuando se dispuso a dar la vuelta para alejarse, escuchó el eco de la risa de una puca. “Las pucas sólo se ríen de noche y únicamente cuando van a alimentarse”, recordó. Tenía que refugiarse.

Brincó la cerca, que todavía seguía en pie. Una figura se levantó, con un movimiento no natural y desarticulado, en medio del sembradío, como para recibirlo. Cuando la figura vio que no era a quien esperaba, el espantapájaros se dejó caer nuevamente, haciendo un ruido espantoso, repetitivo, como si una niña pequeña se estuviera ahogando en secreciones. Con un escalofrío, Ander se dio cuenta que el espantapájaros se estaba riendo.

Había una pequeña torre frente a él. En caso de un ataque, sería la estructura más fácilmente defendible. Ander se rio amargamente. Como si él solo fuera suficiente para defenderla de una puca. “Ojalá no tenga que hacerlo,” pensó, fatídicamente.

Ander volvió a lamentarse en silencio, por centésima vez, “No debimos haber salido. Y mucho menos debimos haber confiado en ese boggart para que nos guiara a través de la montaña.”

Entró sigilosamente a la torre. Al mismo tiempo que sintió un frío que le recorría los huesos, helándole el alma, un estremecimiento lejano hizo temblar su luz interna. Un profundo terror y dolor lo asaltaron, dejando después sólo una gran tristeza y un vacío en su ser. La luz de Bowen se había apagado también. Ahora estaba realmente solo.

El frío que sintió al entrar parece que reaccionó a su estado de ánimo, hablándole a su alma, atrayéndolo, dándole la bienvenida a los últimos momentos de su vida. “Debe haber un espejo cerca,” razonó.

Sintió un miedo irracional. No quería mirar hacia atrás. Giró ligeramente la cabeza y trató de torcer los ojos para mirar detrás de su hombro, retrasando lo inevitable. Lo inundó un frío repentino, pero no sabía si provenía de la habitación o de dentro de él mismo. El sudor le mojaba la frente y se agitó su respiración. Lo invadió una gran tristeza, porque sabía lo que va a encontrar. Tenía que voltear hacia atrás. Levantó la mirada, dispuesto a encontrar su destino de frente y giró hacia la derecha, de un solo movimiento, donde sabía que le esperaba la muerte, o algo peor.

Justo atrás de donde estaba parado había un gran marco circular, colgado en la pared. Y, reflejado en él… no había nada.

Eso le causó un miedo irracional. Era lo que menos se esperaba. Lentamente, dentro de su terror, se dio cuenta de que no había un espejo en ese marco. Probablemente se había roto, junto con los demás, hacía ya mucho tiempo.

“En el espejo siempre estamos solos,” recitó. Era parte de una vieja rima, para enseñarle a los niños a alejarse de su reflejo.

Un poco más tranquilo, se dispuso a buscar un lugar que fuera fácilmente defendible, en caso de un ataque. Probablemente en el piso de arriba.

Subió las escaleras y, un poco más confiado, entró en la primera puerta…

Shock.

Confusión.

Reflejo.

Trampa.

Soledad.

Prisión.

Sueños rotos.

El espejo lo estaba esperando. Se vio a sí mismo, como si el reflejo estuviera en el umbral y él, dentro de la fría superficie reflejante. Su imagen se detuvo y, sin poder mantener el equilibrio por ser tan solo una imagen plana, empezó a caer muy lentamente. Lo último que tuvo en su mente fue una sensación helada en sus pies, cuando su imagen tocó el piso y se quebró en miles de astillas de plata.

“No entres en la oscuridad, por si acaso decide no dejarte ir.”