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Wednesday, July 24, 2019

Espíritu del aire

Era un espíritu del aire. Era graaande, hecho de nubes, de viento, de lluvia y de risas.

¿Por qué de risas? Alguna vez escuchó un cuento que decía que las hadas nacían con la primera risa de un recién nacido. Eso era muy bonito. Pero, ¿y todas las demás risas? No se le hizo justo eso, así que decidió que también estaría hecho de risas. Y cada que escuchaba una, se inflaba un poco, de puro gusto, y al dueño de esa risa le mandaba en agradecimiento una ligera brisa, llena de aromas. A mar y sal y fruta fresca y dulce. O a hojas secas y lluvia y palomitas. O a ropa tendida al sol y sábanas calientitas y pan recién horneado.

Sí, le encantaban los olores a comida. Eran su segunda cosa favorita.

Su más favorita era llegar justo al final de una tormenta, para buscar el lugar más claro y brillante y hacer el arcoíris más grande que hubiera visto. Sí, justo así, con los brazos extendidos todo lo que pudiera.

Se pasaba el día viendo hacia abajo, a todas esas personitas que parecían tan ocupadas yendo de un lado a otro con mucha prisa. No entendía por qué no simplemente eran libres y se dedicaban mejor a correr y nadar y reír y jugar. Pero no. Tenían que apurarse y subirse en sus autos y amontonarse y chocar y estar encerrados todo el día.

Qué triste estar encerrado. Con solo imaginarlo sentía un frío que le recorría todo el cuerpo, chupándole la alegría. Y entonces se pasaba el resto del día entre las colinas, cantándole a las vacas. Nadie escuchaba mejor ni tenía tanta paciencia como una vaca. Les cantaba de soles y de praderas verdes y de tiempos mejores. Ellas lo escuchaban, moviendo la cola y masticando al ritmo de su canto. Y volvía a sonreír.

También hablaba con los niños, susurrándoles al oído. Jugaba con ellos. Bailaban juntos, corrían, daban vueltas y marometas sobre el pasto. Tal vez, hace mucho tiempo, él también había sido un niño. Cuando estaba cerca de ellos, tenía destellos de recuerdos. Se le nublaban los ojos y ahí estaban, como hipo en su consciencia, reflejo de algo que pasó hace mucho tiempo y, sin embargo, tan cercano que… No. Eso ya había quedado atrás, en otro cuerpo, en otra vida.

Entonces se elevaba a abrazar la noche.

Le gustaba más la noche que el día, cuando podía recostarse hacia arriba y dejarse llevar por el viento, mientras trataba de alcanzar el infinito de terciopelo y les hablaba a las estrellas y a la luna y sentía que eran todavía más libres e inalcanzables que él.

Otras veces, las menos, la injusticia de todo a su alrededor lo superaba y se estremecía de impotencia. El viento se calmaba por completo, anticipando un huracán y su furia elevaba la tensión del aire hasta que los cabellos se erizaban y los latidos de su corazón retumbaban… y nada. Silencio. Si llegaba a ese punto, elegía tranquilizarse y no explotar. No le gustaba estar de malas.

Casi no se permitía que pasara eso. ¿Para qué enojarse si era mejor ser libre y volar sin rumbo por ahí?

Así que volaba, libre, por encima de las preocupaciones y los problemas y las tristezas de todos allá abajo.

Libre.

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Desde una angosta ventana en su celda, sentado con la espalda contra la pared y una sonrisa ausente en el rostro, un hombre delgado, casi esquelético y de ojos derrotados, miraba hacia afuera. No veía el patio de la prisión, ni la reja más allá, o las torres de vigilancia. Todo eso no existía, no podía existir.

Ninguna soledad es absoluta, porque siempre hay algo que nos acompaña. A veces es ese aire con sabor a risa, a comida, a lluvia, a arcoíris, a vacas y a lunas. A veces, nosotros mismos.

El hombre miraba hacia el cielo, no solo con sus ojos, sino con todo él. Y ahí, era libre.

Era un espíritu del aire.