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El peor día de mi vida

El 19 de septiembre de 1985 fue el peor día de mi vida. Mis recuerdos de ese día están ligados a una lluvia muy fuerte de la noche an...

Tuesday, May 29, 2018

La niña que veía los colores de las mariposas


Había una vez una niña que veía los colores de las mariposas.

Los veía en todos lados: en los árboles, en los animales, en las personas. No solo en las mariposas. Todos tenían alas de colores.

Algunas eran tenues, tímidas y transparentes; otras, vibrantes y escandalosas como una carcajada. Todas eran diferentes.

Los colores más bonitos siempre los tenían los niños y los novios caminando de la mano.

Los adultos más serios, de traje, corbata y portafolio tenían los colores más apagados, como de mariposas nocturnas.

Los colores de los viejitos eran de polillas. Excepto las señoras de cabello azul, rosa o morado. A ellas las seguían alas alegres por donde caminaran, como imitando su cabello.

Las personas enfermas tenían sus colores tristes, temblorosos, en volutas evaporándose al sol. No todos sabían que estaban enfermos. A ellos evitaba verlos a los ojos, no se fueran a dar cuenta. Mejor así, que no supieran.

¿Y los suyos? Ella no veía sus propios colores y siempre se había preguntado cómo serían. ¿Tal vez brillantes y cálidos, como si la primavera tuviera una bandera? ¿O del color de la selva después de llover? Le gustaban los colores después de la lluvia, como si alguien acabara de estrenar la caja de plumones.

No importaba, era una niña feliz.

“Qué bonito que todos tengan alma de mariposa,” pensaba. Cuando la descubrían con sus colores en la mano, dibujando la gente a su alrededor y le preguntaban qué quería ser cuando fuera grande, siempre decía: “¡Pintora!” Pero en realidad, quería ser maestra. Así les enseñaría a todos cómo ver los colores de las mariposas.

Ya verían todos qué bonito.

Sus papás le decían que qué bien, pero que estudiara primero. Así llegaría a ser una doctora muy importante, una astronauta o hasta presidente. Ellos solo querían lo mejor para ella.

La niña creció y, poco a poco, cambió los lápices de colores por libros con fotos de animales y planetas, de científicas famosas y mujeres importantes. Se volvió una ingeniera muy brillante y trabajó con cohetes y viajes a Marte y olvidó los colores de las mariposas.

Hasta que tuvo una hija, y su hija comenzó a dibujar a la gente rodeada de colores brillantes. Entonces recordó.

Y habló con su hija:

- “¿Sabes? Yo también veía los colores de la gente cuando tenía tu edad.”

- “¿Y ya no, mamá?”

- “No, amor.”

- “¿Por qué ya no? ¿No te gustaba?”

- “¡Claro que me gustaba! Simplemente, estuve tan ocupada que se me fue olvidando cómo hacerlo. Que nunca te pase lo mismo, por favor.”

- “¡Pues claro que no, mamá! ¿Qué no ves que nos estoy dibujando?”

En la hoja había una mamá y una hija. La niña tenía un vestido rosa brillante y unas alas enormes, como de hada de los arcoíris. La mamá tenía una bata blanca, lentes y el cabello recogido, y estaba rodeada de unos colores muy tenues, que se difuminaban hacia arriba, en dirección al sol entre las nubes azules.

Su hija terminó el dibujo con tres sonrisas gigantes: una en la niña, una en la mamá y una en el sol amarillo canario.

- “Mira mamá, el sol está feliz también de recibir tus colores. ¿Qué va a pasar cuando se te acaben?”

Ella no contestó. Sonrió y abrazó a su hija muy, muy fuerte. No la soltaría nunca.

Friday, May 25, 2018

Aniversario

Es un edificio muy viejo de cinco pisos en la esquina de Eje Central. Antes era muy bonito, muy elegante, con sus curvas y grandes ventanas. Tuvieron suerte de conseguirlo a buen precio. Hoy, la fachada antes impecable está descarapelada, tiene un grafiti de superhéroes en toda la pared de la planta baja y el rumbo ya no es lo que era antes.

Adentro, ella prepara la cena mientras lo espera a que vuelva de la tienda. Escucha que se abre la puerta y se asoma desde la cocina.

- “Perdón por haberte mandado a estas horas, pero ya casi cerraban y yo, con mis reumas, no hubiera llegado. Ya sabes que las escaleras me cuestan mucho trabajo.”

- “No te preocupes, cariño. Lo bueno es que Don Luis tenía todo. Ten, te traje tu clavel blanco.”

- “¡Ooh, viejito, te acordaste! ¡Gracias! Ponlo en el florero, ahí donde está el otro clavel que compré en la mañana.”

Ella, a sus más de ochenta años, está preparando una cena especial por su 40 aniversario. No de bodas, ni de novios, sino de que se volvieron a encontrar y regresaron. Por sus propias razones, después de varios años juntos, cada quien quiso ir por caminos separados y, afortunadamente, no funcionó. Cuando se reencontraron por casualidad en la calle un año después, bastaron una sonrisa y un tímido “Hola” simultáneo. Él traía un clavel blanco en la mano – nunca le dijo para qué y ella no preguntó – y se lo entregó, una lágrima en su mejilla. Ya hace cuarenta años de eso. Y, como dicen en los cuentos de hadas, fueron felices para siempre.

Nada de esto es necesario mencionar cada aniversario. Hay cosas que, tantos años después, todavía duelen un poco.

- “¿Puedes prender la luz, por favor, corazón? Tú que alcanzas desde ahí. Gracias. Es que ya se está oscureciendo y mi vista no es lo que era antes.”

- “La mía tampoco, no te preocupes. ¿Has visto mi pipa? No sé dónde la dejé.”

Ella le da su pipa, regañándolo con que debe dejar de fumar, mientras él la llena de tabaco. Pero, como cada aniversario, le acerca un cerillo y lo ayuda a encenderla. Aunque haga caras por el humo, sonríe con complicidad. Siempre le ha gustado el olor a tabaco de pipa, recién encendido. Le recuerda tanto a él.

- “¿Viste que reacomodé las fotos? No sé dónde quedaron las últimas que nos sacaron, así que puse puras fotos de nuestro primer viaje a Acapulco en los marcos de la repisa. Mañana que ya no me duela la espalda voy a buscar en la caja de abajo, en el clóset. Ahí deben de estar.”

- “Sí, eso estaba viendo. Se ven muy bien las que tienen los marcos dorados de madera, ¿no crees?”

- “Justo en eso pensé. ¡Qué guapo te veías de traje de baño, corazón!”

Los dos se quedan un momento contemplando la repisa llena de polvo, las fotos amarillentas. Ella inhala profundamente, nostálgica.

- “¡Pero no has probado tu ponche, cielo! Lo hice especial, como te gusta tanto, desde aquella vez hace cuarenta años. Ah, ya se te enfrió. Pérame, te lo caliento.”

- “Muchas gracias, amor.”

Ella regresa con la taza humeante, balanceándola con un poco de trabajo y derramando unas gotas en el platito.

- “¡Au! Tal vez quedó demasiado caliente,” dijo, chupándose un nudillo salpicado de ponche, deformado por la artritis.

- “No te preocupes. Así está perfecto. Siempre me has cuidado tanto. Gracias.”

Ella deja la taza frente a él.

- “Orita vengo, voy por la mía, que suena que ya está hirviendo también.”

Desde la cocina, ella sigue con la conversación.

- “¿En serio? ¿Es en esa foto? De eso sí que no me acuerdo. ¡Qué buena memoria tienes, para tu edad! ¿Seguro que fue ahí? Ah, muybien. No, no te oigo, espérame tantito, ya casi termino de servir. Sí, tienes razón, es mucho trabajo preparar una cena así. Pero solo es una vez al año, y vale la pena, ¿no crees?”


Atrás de ella, el comedor está oscuro. En la mesa, puesta para dos personas, con su mantelito a gancho y su florero con un solitario clavel rojo, no hay nadie.

Apagada y fría, tirada en el suelo, la pipa vacía es su única compañía.


Wednesday, May 23, 2018

Hacerse a un lado, y lo que implica. Un diario

Día 1

No puedo leerte sin que me explote el corazón en textos, en letras para ti. Pero aún sin leerte, no dejo de pensarte un segundo. Mis lágrimas no paran, no sé cómo hacerlo. Caen hacia adentro, ahogando mi alma. Pero es mejor así. Nunca sentirla vacía.

No quería quedarme a llorar en mi oficina a la hora de la comida, la puerta cerrada. Salí a caminar, dando vueltas y vueltas sin rumbo, por donde hubiera sombrita y, de repente, estaba frente a donde te conocí. Ay, qué feo se siente eso.

Anoche lloré hasta que se me hincharon los ojos y me quedé dormido. Solo lo había hecho una vez antes, y tampoco sirvió de nada. Es mejor sonreír y aparentar ser fuerte. Los suspiros son inevitables.

No puede ser que no deje de llorar. ¿Qué tengo, diecisiete?

Qué difícil puede ser hacerse a un lado, salirse de la vida de alguien. Y ni siquiera me lo tuviste que pedir.


Día 2

No puedo escribir. Casi no puedo ni respirar. ¿Escribir? Sí, claro.


Día 3

Si por lo menos hubieras querido hablar conmigo y decírmelo, en lugar de insinuarlo por escrito y dejar que yo lo armara todo en mi cabeza...

Todos deberíamos tener derecho a despedirnos.

No, olvídalo. Hubiéramos llegado a la misma conclusión. Por lo menos así me dejaste todo a mí. No tenemos por qué estar los dos devastados. Quiero que estés bien. Y por eso me hago a un lado.

¡Había logrado no pensar en ti por una hora! De repente, dije: ya estoy mejor. Y se me llenaron los ojos de lágrimas. Y pinche vida.

Tal vez todo esto del amor verdadero y ser feliz solo sea parte de una lotería cósmica, donde te hacen creer que lo vas a lograr y que, aunque los demás no pudieron, tú sí... solo para hacerte mierda al día siguiente. Así vamos todos por la vida, en las avenidas de la tristeza.

#PutosTodos

"Sería bueno que algo tuviera sentido, para variar." - Alicia (L. Carroll)


Día 4

Mi rutina no ha cambiado mucho: eres mi último pensamiento antes de dormir y el primero en mi mente en la mañana. Veo tu foto todo el tiempo, te añoro con el pensamiento y con el alma. Recuerdo tu risa, tu voz sexy, tu mirada. Sí, esa mirada. Y, sobre todo, te nombro. Nos nombro. Solo no te escribo. Dije que no lo haría, aunque nunca deje de estar presente.

Si algo pongo por escrito, es para mí. 

¿A quién engaño? Amo que me leas. Esto que no puedo guardarme, este sentimiento indeleble, innegable, total y profundamente. Hoy me dio un mini infarto cuando vi una notificación y creí que me habías escrito. A mí.

¿A mí? Ja.

Escucharte decir que tú también sentías lo mismo, que vivías en las nubes y que la sonrisa que te provocaba en la mañana te duraba todo el día era lo máximo. ¿Cuánto tiempo más será mutuo? ¿Todavía lo es? ¿Recordarás que aquí estaré para ti? Por lo que sea que me quede de vida. 

Sé muy, muy feliz. Y nunca te conformes con menos. Nunca. Todo esto tiene que valer la pena.


Día 6

Hoy ya dolió menos. Mmmh... No, no lo creo. Más bien, hoy mi alma amaneció cansada de sentir, adormecida. La vida pasa detrás de una cortina de tristeza.

Creo que no he comido desde hace mucho. Sí, tal vez sea eso. Tengo que acordarme de comer algo. Vuelvo.

¡Te vi, de lejos! Qué fabuloso verte feliz. Estás padrísima. Valió la pena todo esto. O, por lo menos, es lo que me repito y me repito. Nada debería doler así.

Sé que dijiste que nadie podría tomar mi lugar, pero es tan fácil desaparecer a quien no está. Aún así, aquí estoy, y aquí voy a seguir. Muero de ganas de volver a abrazarte. Abrazarte con la mirada, con el corazón, con mis besos, con todo mi ser.

Sé que no crees en un "para siempre", en gran medida porque todos los demás te han fallado, pero una parte de mí - la de más adentro, la más verdadera - siempre te estará esperando.

Ten, te doy mis suspiros. Con cuidado, que se reborujan.
*le da el universo.


Día 7

¿Y el karaoke? ¿Y las fiestas de bodas, bailando La Boa, muertos de risa? Ni siquiera alcanzamos a cantar algo juntos.

Y yo que creía que ya no me quedaban lágrimas.

Aclaro: nada de esto es reclamo. Son más bien los recuerdos que no nos alcanzaron y se quedaron en el camino. Existe en mí un agradecimiento profundo, profundísimo por lo vivido, y un coraje igualmente grande con la vida por habérmelo quitado.

¿En qué fallé?


Día 10

- Y usted, ¿cómo conjuga su tristeza?
- En presente eterno.

Qué rápidamente se resigna uno. ¿Qué te queda? ¿Seguir viviendo así, sin vivir? Si madurar es aprender a esperar, ¿cómo se dice cuando esperas algo que puede que nunca suceda, porque su momento ya pasó? ¿Esperanza? Sí, claro.

¡Ya deja de llorar!

"Soñar no te hará ningún bien, Harry, si olvidas vivir." - Albus Dumbeldore.


Día 14

Dicen que bajé de peso, que cómo le hice. ¿En serio quieren saber, o es una pregunta tan hueca como el: "¿Cómo estás?" de las mañanas en la oficina?

- "Solo estoy comiendo menos tortilla y pan," respondo. Mejor así. Qué les importa, la verdad.

Eso sí, tomo mucha agua. Toda se me va por los ojos.


Día... no sé

Mi teléfono no suena. Y no creo que lo haga.

.
.
.



Día 85

Ya no había escrito. ¿Para qué? No quiero sonar repetitivo.


Día 128

Y entonces, un día, te darás cuenta de que a tu caja de colores solo le quedan negros y grises. Y tendrás que aprender a crear con eso.

Estoy aprendiendo.

Puedes elegir vivir devastado por una pérdida, o no... y crecer. Además, nadie ha ganado nada llorando - excepto Alicia; así pasó por el ojo de la cerradura.

Anoche ya no lloré. ¿Qué sigue? Crecer.

Pero aquí voy a estar, para ti. Solo tienes que.. no sé. Con un "Hola" basta.

Sigo pendiente. Y mi corazón se salta un latido con cada vibración del celular.

Esperándote.

Tuesday, May 22, 2018

En el excusado. Fantasía

Entre los hombres, en la oficina, hay un código de etiqueta no escrito para ir al baño.

Si vas a orinar, tienes que dejar siempre, dentro de lo posible, un espacio vacío entre tú y tu vecino de al lado. Si hay, digamos, cuatro mingitorios y hay alguien en el primero, NO tomas el segundo. En todo caso, la regla más importante es: no voltear a los lados y, obviamente, no socializar en ese momento. Hay quien se encuentra a alguien al entrar, platican un poco y siguen hablando mientras hacen lo suyo. Eso queda un poco forzado – y, muy probablemente, incómodo para uno de los participantes – pero dentro de lo aceptable.

En los excusados, se conservan las mismas reglas, pero con estricto sentido de la individualidad. Esto es: NO hablas con el de al lado. Es más, haces lo posible por que no sepan quién está en el excusado vecino. Si logras conservar tu estado de inexistencia, fue una buena ida al baño.

Y si terminas antes que los demás, te apresuras a salir y lavarte las manos antes de que alguien más lo haga. Es tan incómodo platicar con el otro durante tu asunto, como encontrarlo en los lavabos y hacer como si no supieras quién hizo tanto ruido o usó tanto papel hace apenas tres minutos.

En mi nueva oficina esto no es solo etiqueta. Yo creo que es el factor por el que sigo en este mundo.

Les cuento.

De entrada, es un edificio atemporal. Por más que me he fijado, no logro identificar cuándo fue construido. Puede tener una o dos décadas, o dos siglos. Tiene muy buen mantenimiento, los elevadores son nuevos y todo es blanco, impecable. Más que oficinas, uno se queda con la impresión de estar en un laboratorio ultra secreto en medio de una película de espías. O de zombies.

Esa es otra cosa: casi nunca me topo con nadie. Salvo la recepcionista en la planta baja – una persona muy seria, vestida siempre de colores brillantes que contrastan con todo a su alrededor, relativamente joven y más bien guapa, pero lacónica a morir – podrías jurar que las oficinas no están ocupadas. Cada mañana es:

- “Buenos días, señorita.”
- “M-jm.”
- “¿No le tocó mucho tráfico para llegar? Estaba horrible. Dijeron que iba a haber manifestación.”
- “¿Ajá?”
- “Ojalá no haga tanto calor hoy. Está de muerte.”
- “M-jm.”
- “Bueno, que tenga un buen día.”

En fin, divago. Las blancas puertas de las oficinas, en cada piso, siempre están cerradas y ninguna está rotulada más que con un austero número. Las balastras son estúpidamente brillantes, pero nunca he visto a nadie de mantenimiento para quejarme. Afortunadamente solo estamos aquí temporalmente, en lo que terminan el diseño de nuestros HQ. Y siempre estoy solo. Soy el único representante de la compañía, por el momento. Somos una startup en proceso de reclutamiento, y mi tarea es asegurarme que siempre haya alguien que conteste el teléfono cuando piden informes. Sencillo.

Mencioné que no había visto a nadie, pero sí los oigo. Escucho el eco por los pasillos de puertas que se cierran, gente contestando el teléfono (aunque nunca logro escuchar qué contestan), el *clack* *clack* *clack* de tacones altos, alguna risa. Una vez, en Navidad, hasta el coro de un muy lejano “¡Feliz cumpleaños a ti!”

Esto me pone nervioso. Es como si fuera un edificio poblado por fantasmas que no se molestan en espantar.

Mentí cuando mencioné que no había visto a nadie. Bueno, tampoco puedo decir que sí. Verán, ir al baño es algo, digamos, especial.

La primera vez que pasó, llevaba yo como una semana aquí. Fui al excusado, me senté, y escuché que alguien entró. No, no exactamente. Oí la puerta abrirse y cerrarse, pero nada de pisadas que entraran. Después, la puerta del cubículo de al lado. Alguien entró, cerró, levantó la tapa y se sentó. Podría dejarlo así y ya y no decir nada al respecto, pero lo que vi fue algo que nunca antes había visto. El que entró iba descalzo, ¡y sus pies nunca tocaron el suelo! Lo vi reflejado en el azulejo blanco del piso, impecable: los pies descalzos, saliendo debajo de una túnica blanca, colgando a unos 15-20 centímetros del suelo. (¿Quién usa túnica hoy día?) Contuve un grito de asombro, pero logré conservar la etiqueta de inexistencia, sin revelar demasiado mi presencia. Digo, siempre sabes cuando el de al lado está ocupado, pero - por etiqueta - nunca haces nada al respecto. Estoy seguro que así fue para él también.

Esperé a que saliera antes de terminar. Oí cuando se lavó las manos, tomó papel del rollo para secarse, la bola de papel caer en el bote de basura y la puerta abrirse y cerrarse. Y ni una pisada.

Salí muy despacio y me asomé. Nada, como siempre.

Un par de días después, otra vez. Ahora sí se oían las pisadas, pero diminutas y rápidas, como de alguien muy pequeño. Y, efectivamente, ahí estaban esos pies. Pies de bebé, regordetes. Se subió con trabajo al excusado. Le colgaban, sin alcanzar a tocar el suelo. Salió, se lavó las manos - no me pregunten cómo alcanzó - y se fue.

¿Y ahora? Me pasa cada vez con más frecuencia. Veo los cascos del Diablo. Garras de dragón. Botas de soldado, escurriendo lodo. Una vez juraría que eran mis propios pies los que se sentaron al lado mío.

Pero nunca he sido descortés y quebrantado las leyes de etiqueta.

¿Preguntar "quién es"? No, señor.

Hay un lugar para todo.


Esperanza

- “Debes de conservar la esperanza,” dijo, quedito, y se sentó junto a él, en la banqueta.

Había llovido toda la tarde y todo estaba mojado. Seguramente aquí había estado sentado desde entonces, en la oscuridad, sin moverse de aquí. Sabía que no lo haría. Aquí es donde la había visto por última vez.

El farol de la calle estaba roto, así que no alcanzaba a ver si su ropa estaba mojada. Lo sentía junto a ella, como una presencia muy lejana. El aroma de lluvia inundó sus pulmones con un aire frío, impersonal. Siempre le había gustado esa sensación de frescura, de nuevos inicios, como si la lluvia lavara el mundo y nos dejara comenzar otra vez. Pero no hoy. Hoy era diferente. Sentía una tristeza infinita emanando de él, a su lado. Un escalofrío de empatía entró en su pecho y ahí se quedó, como ese dolor físico de extrañar a alguien. Deseó no haberse sentado en el concreto, pero no quería dejarlo a él ahí. Nadie debería sufrir solo.

- “La esperanza está mal apreciada”, respondió él, pausadamente. Perdida en sus pensamientos, a ella ya se le había olvidado haber comentado algo, pero se tragó su comentario mordaz y lo dejó seguir. 

“No tiene la definición que nos han hecho creer desde pequeños, esa que dice que te ayuda a seguir adelante y que hará que todo sufrimiento presente sea más llevadero, porque existe el sueño de que las cosas van a mejorar.”

“No. La esperanza es peligrosa. No es algo positivo.”

“De hecho, es exactamente lo contrario. Una persona que está en el fondo, en la peor situación imaginable, soportará todo y seguirá adelante por sí mismo, día a día, porque tiene que sobrevivir. Esa es nuestra naturaleza: seguir adelante.”

Sus palabras eran poco más que un susurro, pausadas, pero en el fresco aire nocturno parecían brotar de todos lados y quedarse ahí, suspendidas.

- “Pero, ella dijo que regresaría, ¿no?”, se aventuró a comentarle, ofreciendo consuelo.

- “Sí. Y eso es lo más doloroso”, contestó, monótonamente. Y continuó.

“Ofrécele esperanza a alguien derrumbado, un asomo de que su situación puede ser mejor o, inclusive, ser feliz, y lo destruirás. Porque ahora tendrá contra qué comparar su desdicha y soñará con el momento en que todo sea mejor. En vez de enfocarse en vivir, en soportar y continuar, la pasará soñando y, por primera vez, tendrá conciencia de la miseria a su alrededor. Ese autoconocimiento hará su existencia más difícil de llevar, insoportable. Y si le quitas esa esperanza, será peor todavía. Una vez que abres los ojos a la situación a tu alrededor, ya no puedes dejar de verlo. No hay vuelta atrás.”

Hizo una pausa, como quien está a punto de suspirar, pero no. Simplemente, se quedó en silencio, recordando. Ya no le quedaban suspiros.

Ella lo esperó, dándole tiempo a acomodar sus pensamientos. Quería hacerle la pregunta obvia. Después de todo este tiempo, seguramente no seguiría esperando su regreso. Pero era cruel entrometerse así y preguntarle. Solo él podía decidir si ya era suficiente. Así que se quedó ahí, junto a él, con la pregunta en los labios.

Como si estuviera escuchando sus pensamientos, él respondió:

- “¿Yo? Tengo esperanza, pero de la bonita.”

Otra pausa.

- “Eso es lo que me digo.”

Y se le nubló la vista, una sonrisa triste en el rostro y la mirada hacia adelante.

Ambos se quedaron sentados en la banqueta, sin hablar, acompañándose.

Arriba, en las nubes, un relámpago silencioso.

Empezó a llover.


Sunday, May 13, 2018

Veela. Fantasía

Terminó de encender la fogata y una onda cálida inundó el claro del bosque junto al sendero. Eso solo significaba una cosa: era hora de las historias.


- “Acérquense todos,” dijo Lukasz, el guía. “El primer relato será el mío.”


El grupo se concentró un poco más alrededor del fuego, muchos sujetando con ambas manos sus termos con café. Era una noche de principios del otoño polaco, fría para la mayoría de los bronceados turistas provenientes de lugares más cálidos. Lukasz arrojó un puñado de polvos metálicos al fuego y una lluvia ascendente de chispas brillantes asombró a sus oyentes. Sonrió, satisfecho. Era el momento perfecto para comenzar.


- “Les voy a contar una historia tal y como me lo contó el abuelo Lubo, que es, a su vez, como él recordaba que se la había contado su abuelo Jarek.”


“Jarek tenía una casa a la orilla del pueblo y vivía del bosque: recolectaba madera y hongos silvestres, ponía trampas para vender pieles de pequeños animales en otoño y de zorros blancos en invierno.”


“Una fría mañana de primavera escuchó a alguien bañándose en el manantial que está en la base de aquella colina de allá,” señaló Lucasz con la cabeza hacia una cumbre apenas visible en el cielo nocturno, recortado sobre un fondo de estrellas. Varias miradas se dirigieron hacia allá, queriendo imaginarse el lugar. “Cuando se acercó a investigar (pues no era común que alguien se metiera al agua helada), se encontró una piel de lobo junto al estanque y a una bellísima mujer nadando desnuda. En ese momento recordó las historias de los viejos de la aldea, así que rápidamente tomó la piel de lobo y la escondió. Después, se presentó ante la veela (pues eso es lo que era la mujer, un espíritu guerrero del bosque) y le dijo que él tenía su piel, así que tendría que casarse con él. La veela no tuvo opción y aceptó.”


“Vivieron varios años tranquilos y ella le dio dos hijos. Eran niños fuertes y saludables, y la gente decía que también eran hijos del bosque, porque nunca se enfermaban. Es más, a la fecha, sus descendientes son mucho más resistentes que los demás a las enfermedades. Yo mismo, cinco generaciones después, sufro de muy pocos resfriados, sin importar lo duro que sea el invierno.”


- “Y, ¿qué pasó con la veela?” preguntó una turista de piel bronceada y fuertes rasgos hindús.


- “Se dice que nunca envejeció y que Janek, antes de morir, le regresó la piel de lobo. Esperaba que la veela viera esto como un gesto de amor y lo correspondiera cuidándolo en su lecho final. Pero, en cuanto recuperó su piel, huyó y nunca se supo más de ella.”


- “Es una bella historia, pero no la creo,” dijo una turista rusa de cabello rubio. “¿Cómo va a ser que lo haya dejado así, después de todos esos años? ¿Y sus hijos? ¿Qué pasó con ellos?”


- “No se sabe,” respondió Lucasz. “Se fueron poco después, y dejaron también a sus familias. Parece que eran demasiado apegados a su madre y debieron haberla seguido a donde sea que se haya ido ella.”


- “Seguramente la veeela no abandonó a Janek”, insistió la turista rusa. “Es más, podría asegurar que se fue para conseguir cómo curarlo (por algo son seres mágicos, ¿no?), pero cuando regresó, ya era demasiado tarde. Y ya no se quiso quedar, porque sin Janek su único hogar era el bosque. Sus hijos se fueron con ella, porque también son seres de allá.”


Lukasz trató de mirar con más detenimiento a la turista rusa. Algo le resultaba conocido de ella. Y esa voz tan musical tenía un tono casi mágico…


- “Y lo que le quita toda credibilidad a tu historia es eso de la piel de lobo, Lukasz. Así no fue. Era el plumaje de un cisne, mi pequeño,” dijo la turista.


Lukasz se llevó la mano a su amuleto, colgado en su cuello desde que tenía memoria. Era una pequeña bolsa cosida de cuero. Solo la había abierto una vez y únicamente él sabía lo que contenía: una pequeña pluma de cisne que le regaló su abuelo Lubo. ¿Cómo había sabido la turista…?


- “La próxima vez cuenta la historia bien, hijo mío. Y vendré a narrarte otra y otra más y a ver cómo estás. Porque, para algo es la familia, ¿no?”

Con estas palabras, la veela giró sobre sí misma y, en un solo movimiento fluido, se transformó en un hermoso cisne, que emprendió el vuelo… hacia la oscuridad, hacia la colina que ya no se veía en la noche de otoño, y hacia su estanque.


Wednesday, May 9, 2018

Luz de luna

Despertó, y el color se había ido.

Amodorrado todavía, se sentó en el borde de la cama unos minutos, como siempre, y miró la pantalla de su celular. “Qué raro. Seguro no cargó bien y por eso se ve así. Ojalá no se descomponga, que no tengo dinero para arreglarlo hasta la quincena,” pensó, medio dormido. La luz que se filtraba del farol de la calle alrededor de la cortina del pasillo también se veía algo apagada. Se talló ambos ojos con las palmas de las manos y respiró profundo, obligándose a despertar.

Nada.

No fue sino hasta que miró hacia la tele cuando sintió un poco de nerviosismo, como le pasaba cuando las cosas no encajaban exactamente como deberían. La luz del convertidor del cable no tenía color. Estaba apagado, pero el puntito de luz de siempre no era rojo, sino gris. Se fijó mejor; tal vez lo dejó prendido y era verde y no lo había visto bien.

No, era gris. Ni siquiera sabía que la luz podía ser gris. Siempre había creído que, o era blanca o de colores. ¿Gris?

“Seguro es porque no cené anoche,” razonó. Así que, antes de tomar su toalla para meterse a bañar, fue al refri, le dio un par de tragos al bote de leche y una mordida a una manzana – cuidando de lavarla primero, claro. No fue tan sencillo, porque no quiso prender la luz hasta no tener algo en la panza.

Nada. Es más, la leche y la manzana le supieron raras. Acartonadas. El reloj del microondas marcaba  6:55a, en números grises.

“Tal vez es muy temprano todavía,” pensó. Se metió a la regadera sin prender la luz del baño. Estaba amaneciendo, así que tampoco podía decirse que estuviera a oscuras. “Dicen que el agua fría estimula la circulación.” Pero no, el agua tan fría solo sirvió para acelerar su respiración, ponerlo a temblar y hacerlo sentir miserable. Eso sí, se aseguró de que le cayera directamente en la cara y se talló los ojos más de lo normal.

Nada. La luz gris del espejo lo acompañó para peinarse y lavarse los dientes, con una pasta gris y sin sabor. Es asombroso cómo uno puede llegar a extrañar de repente esos sabores que creía que no le gustaban. Tampoco le dio mucha importancia. Iba bien con su tristeza reciente.

Se vistió rápidamente, tratando de acordarse de qué color era el traje, los calcetines y la corbata que eligió. No quería que le diera la luz del sol al rato y darse cuenta de que iba de café, negro y azul. Para estar más seguro, la camisa fue blanca.

Salió de su casa rumbo a la parada del camión, viendo todo con asombro, pero sin querer parecer muy obvio. La jacaranda de enfrente, que tanto le gustaba en esta época del año, era prácticamente invisible sin sus verdes y morados. Los bordes grises de la banqueta se confundían con el pavimento y casi tropezó. Cuando pasó frente a la casa azul de la esquina, sintió un escalofrío. Siempre se imaginaba cómo sería vivir en esa casita tan alegre, de vivos colores y con un arce protector enorme que crecía en el patio de atrás y que se asomaba por detrás y por encima del techo. Hoy la casa rezumaba una melancolía muy profunda, como si la vida se le hubiera ido junto con el color.

Lo más triste de todo – sí, más que la ahora insignificante jacaranda y que su casa de ensueño – eran las nubes. Una de las cosas que más le gustaban de salir a trabajar a esta hora era la explosión de colores en el cielo. En las dos cuadras que había hasta la parada, el cielo cambiaba de azul profundo a violeta, rosa y naranja, y las nubes hacían la vista todavía más espectacular, multiplicando tan bonito la paleta de colores al punto de que una vez se le hizo tarde por detenerse simplemente a contemplar, negándose a ignorar esa declaración a la vida que le regalaba el cielo. Hoy, las pocas nubes parecían atrapadas en un cielo de tormenta, aunque estuviera casi despejado. La sombra de una sonrisa se asomó a sus labios. Parecía que el mundo lo acompañaba en su dolor y, dentro de su tristeza, sintió un gramito de remordimiento.

Un sentimiento muy hondo de vergüenza lo invadió. Desvió la vista hacia abajo y aceleró el paso.

Estaba casi seguro de que solamente a él le había pasado esto de… como fuera que se llamara esto. ¿Sería muy grave? Había escuchado que ciertos tipos de cáncer en el cerebro te alteraban los sentidos, pero no sabía si sucedía así de rápido. ¿Sería cáncer? ¿Cuánto le quedaría por vivir? O también podía ser algo como diabetes. Dicen que afecta la retina. O tal vez le metieron una droga en la comida. Porque en la bebida, no. Hacía mucho que no iba a algún bar. La última vez fue con ella… Como sea. Ya era tarde.

En el camión tuvo cuidado de no mirar a nadie directamente. No quería que le cuestionaran, que supieran que él sabía. Estaba seguro que podía verse en sus ojos que algo no estaba bien. Además, si nadie se daba cuenta era menos real. Aun así, una muchacha debió haber visto algo, porque lo buscaba desde su lugar, del otro lado del pasillo y un lugar más atrás. Con el rabillo del ojo sentía su mirada en su nuca, insistente, como exigiendo su atención. Se hizo el dormido y fue el primero en levantarse al llegar a la base. Cuando se bajó, se arriesgó a mirar sobre su hombro. Y sí, ahí estaba ella. Lo extraño fue que su mirada no era acusatoria, como lo esperaba, sino más bien había algo como una llamada de ayuda, de necesito-tu-empatía, en esos ojos gris claro. Sin prestar más atención, se alejó.

El metro es un lugar solitario. Por más lleno que vaya, todos están solos con sus pensamientos. Nadie se ve a los ojos, nadie le sonríe a otro nadie. Perfecto para él. Bajó la vista, suspiró y se hundió en sus recuerdos.

En el trabajo fue más fácil de lo que esperaba. Casi no habló, y los demás no esperaban que lo hiciera. Absorto en sus hojas de cálculo, como cada cierre de mes, se limitó a contestar con monosílabos y a desviar la mirada. Solo puso atención a los demás al llegar, por si alguien comentaba qué había pasado con los colores, como cuando tembló y la gente no dejó de hablar de eso en días, como si todos no lo hubieran vivido también. Seguro no pasarían por alto la oportunidad de hablar de algo así tan diferente.

Pero no. Y tampoco salió a comer. Para la hora de la salida ya se había acostumbrado a su mundo gris. El excel gris, google gris, su taza de café gris, sus correos grises, la luz gris de la balastra gris brillante. La verdad, no era tan distinto de su vida últimamente.

Se fue a casa, solo.

Y gris.



En la noche, a la luz de la luna, todo se ve plateado, diáfano, puro. Se desnuda, descorre las cortinas y abre la ventana de su cuarto de par en par. La luna, llena, lo ilumina con una luz fría al tacto, luz de plata y de mercurio, que hace que se le enchine la piel. Y lo llama – como diciendo, curiosa: “¿Y esta tristeza? ¿Es para mí?” No se siente alarmado, al contrario. Le gusta lo que ve y tiene mucha curiosidad de averiguar qué sigue.

Poco a poco el mundo se va haciendo más luminoso. No, no el mundo. Él. Toma el celular para ver si puede sacar una foto. Tal vez la imagen de la foto no tenga esa aura fantasmal. Cuando su mano se cierra sobre el celular, siente un escalofrío, como si un fantasma hubiera pasado a través de él. Al segundo intento, logra sujetarlo, aunque necesita toda su concentración. Parece que todo a su alrededor es cada vez menos y menos real, y que la única realidad son él y ella, radiante y redonda y ¿feliz? en el cielo negro, negrísimo. Deja el celular. Ya no es importante.

Con cuidado, toma el vaso con agua, iluminado por un brillante rayo de luna. Beberlo es llenar su cuerpo de luna líquida, fría y serena. Ya no falta mucho. En cualquier momento. Hay tanta luz…

El vaso cae al suelo, salpica y rebota sobre la alfombra, en el cuarto vacío.

Esta vez, en esta casa, nadie llora.


Saturday, May 5, 2018

Medir el tiempo


Tengo la firme creencia de que todos medimos el tiempo de formas diferentes.

Sí, claro, antes todos teníamos relojes y era más difícil afirmar esto. Aun así, no todos los usábamos para lo mismo. Hay quien lo llevaba porque combinaba con su atuendo, aunque jamás viera la hora. O quien nunca lo consultaba – y ni le importaba – pero siempre contestaba cortésmente a un “¿Quiórason?” en la oficina con la hora exacta. Es más, alguna vez conocí a alguien que no sabía leer la hora en los de manecillas y traía un reloj así, porque “se lo habían regalado y estaba bonito; ni modo de no usarlo.”

Es curioso. Sentimos la necesidad de traer algo que nos diga con segundos de precisión a qué hora debemos despertarnos, cuándo tenemos que tener hambre, cuándo podemos descansar, jugar, ejercitarnos, hacer el amor, salir con prisa, hablar con los que queremos. Parece que necesitamos la hora exacta para saber vivir.

Y ahora que ya todos tenemos teléfonos celulares, el tiempo pareciera estar aún más en nuestra contra. No solo medimos nuestras vidas con el cambiar de los números de la pantalla, sino que asumimos que el tiempo de los demás es más valioso que el nuestro y nos desvivimos por contestar sus mensajes y comentarios. Medimos el tiempo en porcentaje de batería, en likes y en comentarios.
Debe haber algo mejor, ¿no? Una manera de medir el tiempo a nuestro ritmo, sin que se nos vaya la vida en ello y corramos como el conejo de Alicia:

“¿Lo ves? ¿Lo ves?
¡Ya son más de las tres!
¡Me voy, me voy! ¿Qué tal? ¡Adiós!
¡Me voy, me voy, me voy!”

Antes de tanta tecnología para ahorrarnos tiempo y aprovecharlo mejor, la gente se tomaba el necesario para caminar, compartir y, claro, medían el tiempo:

En charlas.

En letras.

En suspiros.

En páginas por leer.

En cafés.

¿Yo? Mido el tiempo en mundiales[1], en canciones[2], en fiestas de cumpleaños[3], en libros leídos[4] y en momentos que faltan para poder escribir, llamar, reír.

¿Será por eso que siempre se me hace tarde?




[1] “Hace un mundial que nos cambiamos de casa.” – traducción: Brasil 2014
[2] “Ya casi llegamos. Unas tres canciones, máximo.”
[3] “Hace dos cumpleaños que pintamos esa pared.”
[4] “La conocí justo cuando empecé Usted & la Canción Mixteca.”

Thursday, May 3, 2018

Suspiro

- “¿Por qué suspiras tanto?”

- “Porque ya no voy a llorar.”

Tu mirada, distante, mostraba entre líneas que no hacen falta lágrimas para vivir llorando. Quisiste explicar más. Tal vez así, compartiéndolo, el dolor se confundiera, ya no supiera con quién irse y se diluyera un poco. Abriste la boca, buscando palabras… Ninguna quiso salir.

Suspiro.

Recordaste – y bloqueaste las imágenes inmediatamente. Es mejor no recordar. Formas, olores, sonrisas, sueños sin madurar, ideas, ganas de gritar, caos. El ruido del choque. Todo se agolpaba en tu cabeza.

Un año ya. Tú mismo habías decretado lo que duraría tu duelo. Al principio era algo tan distante, que te diste el lujo de que tu dolor llevara las riendas. El hospital; los dos días encerrado en el Ministerio Público, de los que te contaban, porque no los recordabas; los trámites, eternos y sin sentido, ¿cuántas veces más te iban a preguntar algo a lo que no tenías respuesta? No, no sé qué pasó. Ella iba manejando. ¿Y el funeral?

No lo entiendes. ¡Se supone que hoy, que se cumple un año, se acababa tu tristeza! Ya se lo habías planteado muy seriamente, despidiéndola, en esas noches sin dormir llenas de los ruidos de la ciudad. Te despediste en esos lugares comunes. “Tristeza, gracias por arroparme y hacer que mis días no estuvieran vacíos, pero es hora de dejarte ir. Ya me desgarré en silencio, sin llorar. Lo acepté, como todo aquel que acepta algo que no puede cambiar. Estoy listo para seguir adelante y recordar con una sonrisa.”

En algún lugar oíste que un año era suficiente para superar. Sigues esperando. En cualquier momento ya.

¿Te has golpeado alguna vez en el momento en que tienes que hablar frente a mucha gente y no puedes demostrar tu enorme capacidad de decir el mayor número de groserías diferentes a todo pulmón sin respirar? Te tragas ese grito que hubieras dirigido a todos tus antepasados, al mueble, al que lo fabricó y al universo y, sin perder demasiado la compostura, sigues. Pues así, cuando no puedes llorar, cuando se supone que ya lo superaste. No gritas. No lloras. Solo suspiras y sigues.

Y entonces, entra el “debes ser valiente.” Lo peor es que nadie te pregunta cómo te sientes, nadie te avisa cuando ya puedes dejar de serlo. Y crees que así debe de ser siempre. Eres el fuerte. Gracias por serlo.

Ejemplos de amar en silencio sobran. El adolescente que añora con ojos tristes a la bonita del salón y la mira irse de la mano con el novio que la maltrata. El niño que ve con adoración a su maestra y se la imagina abrazándolo, orgullosa, por el garabato rojo con un 10 en su examen. La niña que adora a su ídolo juvenil, defendiéndolo en Facebook de los chismes de las revistas de puesto de periódicos. La madre cansada que encuentra el amor verdadero mientras espera en la fila del colegio a los hijos y que, resignada, lo ve alejarse tras hablar tres minutos con él; lo recordará fantaseando, mientras prepara la cena. El estudiante que va a todos los conciertos favoritos de su mejor amiga y que la consuela cuando llora porque algún patán le rompió el corazón. Los enamorados que están tan lejos que saben que lo suyo no puede ser, no por ahora, por más química que exista entre ellos. Y tú que, aunque ya lo perdiste todo, sigues amando, porque nunca te enseñaron cómo dejar de hacerlo.

"Cuánto, cuantísimo puede doler el dolor de otro ser humano," leíste hace poco,* y lo ves, disimulado, en las miradas de quienes te rodean. El dolor conecta de formas que no conoces hasta que lo vives en su mirada, sin importar cuánto haya dolido antes. El secreto es estar ahí en ese justo momento, para conectar. O tal vez el secreto sea NO estar ahí en ese justo momento. ¿De qué otra manera podríamos vivir con nosotros mismos cada que pasamos por la banqueta junto a alguien que nos pide ayuda tan solo con su tristeza?

Si nosotros somos parte del entorno, y el entorno nos está conformando a nosotros, qué entorno tan hijoeputa.

Pero compartir el dolor tampoco trae consuelo.

¿Todavía duele? No lo sabes. Por eso suspiras, para que no duela.

Sigues esperando. Y sigues así, suspirando, sin llorar. Mejor, sonríe. Así nadie te pregunta nada.

¿Qué, nunca va a parar?