¿Por qué de risas? Alguna vez
escuchó un cuento que decía que las hadas nacían con la primera risa de un
recién nacido. Eso era muy bonito. Pero, ¿y todas las demás risas? No se le
hizo justo eso, así que decidió que también estaría hecho de risas. Y cada que
escuchaba una, se inflaba un poco, de puro gusto, y al dueño de esa risa le
mandaba en agradecimiento una ligera brisa, llena de aromas. De mar y sal y
fruta fresca y dulce. O de hojas secas y lluvia y palomitas. O de ropa tendida al
sol y sábanas calientitas y pan recién horneado.
Sí, le encantaban los olores a
comida. Eran su segunda cosa favorita.
Su más favorita era llegar justo al
final de una tormenta, para buscar el lugar más claro y brillante y hacer el
arcoíris más grande que hubiera visto. Sí, justo así, con los brazos extendidos
todo lo que pudiera, abrazando al cielo mismo.
Se pasaba el día viendo hacia
abajo, a todas esas personitas que parecían tan ocupadas yendo de un lado a otro
con mucha prisa. No entendía por qué no simplemente eran libres y se dedicaban
mejor a correr y nadar y reír y jugar. Pero no. Tenían que apurarse y subirse
en sus autos y amontonarse y chocar y estar encerrados todo el día.
Qué triste estar encerrado. Con
solo imaginarlo sentía un frío que le recorría todo el cuerpo, chupándole la
alegría. Y entonces se pasaba el resto del día entre las colinas, cantándole a
las vacas. Porque nadie escuchaba mejor ni tenía tanta paciencia como una vaca. Les
cantaba de soles y de praderas verdes y de tiempos mejores. Ellas lo
escuchaban, moviendo la cola y masticando al ritmo de su canto. Y volvía a
sonreír.
También hablaba con los niños,
susurrándoles al oído. Jugaba con ellos. Bailaban juntos, corrían, daban
vueltas y marometas sobre el pasto. Tal vez, hace mucho tiempo, él también
había sido un niño. Cuando estaba cerca de ellos, tenía destellos de recuerdos.
Se le nublaban los ojos y ahí estaban, como un hipo que aparecía repentinamente en su consciencia, reflejo de
algo que pasó hace mucho tiempo y, sin embargo, tan cercano que… No. Eso ya
había quedado atrás, en otro cuerpo, en otra vida.
Entonces se elevaba a abrazar la
noche.
Le gustaba más la noche que el
día, cuando podía recostarse hacia arriba y dejarse llevar por el viento,
mientras trataba de alcanzar el infinito de terciopelo y les hablaba a las
estrellas y a la luna y sentía que eran todavía más libres e inalcanzables que
él.
Otras veces, las menos, la
injusticia de todo a su alrededor lo superaba y se estremecía de impotencia. El
viento se calmaba por completo, anticipando un huracán y su furia elevaba la
tensión del aire hasta que los cabellos se erizaban y los latidos de su corazón
retumbaban… y nada. Silencio. Si llegaba a ese punto, elegía tranquilizarse y
no explotar. No le gustaba estar de malas.
Casi no se permitía que pasara
eso. ¿Para qué enojarse si era mejor ser un espíritu errante, sin rumbo ni destino?
Así que volaba, libre, por encima
de las preocupaciones y los problemas y las tristezas de todos allá abajo.
Libre.
Desde una angosta ventana en su
celda, sentado con la espalda contra la pared y una sonrisa ausente en el
rostro, un hombre delgado, casi esquelético y de ojos derrotados, miraba hacia
afuera. No veía el patio de la prisión, ni la reja más allá, ni las torres de
vigilancia. Todo eso no existía, no podía existir.
Ninguna soledad es absoluta,
porque siempre hay algo que nos acompaña. A veces es ese aire con sabor a risa,
a comida, a lluvia, a arcoíris, a vacas y a lunas. A veces, nosotros mismos.
El hombre miraba hacia el cielo,
no solo con sus ojos, sino con todo él. Y ahí, era libre.
Era un espíritu del aire.
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