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El peor día de mi vida

El 19 de septiembre de 1985 fue el peor día de mi vida. Mis recuerdos de ese día están ligados a una lluvia muy fuerte de la noche an...

Thursday, June 12, 2008

Alrededor de la fogata...

La fogata da una luz muy tenue alrededor, como si la niebla que sube lentamente por la colina se aferrara a la oscuridad, resistiéndose a desvanecerse. Las pocas hierbas que crecen del duro suelo parece que juegan con las sombras, cada vez más profundas y densas, como aprovechando que la luna no hubiera salido todavía, burlándose de ella.

De espaldas al fuego, como buen vigía, Bowen monta guardia. Una de las primeras lecciones que les enseñaba a sus cadetes era la de nunca mirar directamente a una fuente de luz, por más tentador que fuera. Debían ser capaces de distinguir las amenazas escondidas entre las sombras, sin estar cegados por el resplandor.

- "Todo saldrá bien, Mika," susurra mientras observa a su hermano herido, acostado cerca de la luz.

Un matorral se agita ligeramente. En silencio, moviéndose fluidamente al ritmo de las danzantes sombras, retrocede y se oculta, fundiéndose con la oscuridad fuera del círculo de luz. Observando…

Justo antes de que el invasor entre al claro de la fogata, Bowen percibe su fuerte olor: sudor, sangre, orines, piel mal curtida. “Un boggart”, piensa el soldado.

Confirmando su sospecha, un boggart se acerca sin la menor precaución a la fogata, con la atención puesta en la figura inconsciente tendida a un lado de la fuente de luz. De piel verdosa, grisácea bajo la luz de la fogata; baja estatura, por debajo del metro y medio; piernas y brazos cortos y delgados pero musculosos; con una cabeza calva desproporcionadamente grande y de rasgos afilados, se mueve toscamente. En ese momento, el viento cambia, justamente en dirección al intruso, quien se detiene y husmea el aire, con recelo.

Con el elemento sorpresa perdido, Bowen brinca desde las sombras rápidamente, con la espada desenfundada. El intruso reacciona antes de recibir el golpe y se avienta en dirección al ataque, para interceptarlo. Los dos chocan en el aire y caen en una confusión de piernas y gruñidos.

- “¡No atacarrrme! ¡No atacarrrme! ¡Regrrresé!”

Bowen se incorpora, enfundando lentamente la espada sin dejar nunca de mirar al boggart.

- “No atacarrrme… no atacarrrme,” continúa reclamando, entre susurros.

- “¿Encontraste la raíz de la flor de arena?” pregunta Bowen, con una mirada de preocupación hacia donde yace Mika, bañado en sudor a pesar de lo seco de la noche.

El recién llegado asiente, sin dejar de mirar a Mika. Con la cabeza hace una seña para indicar que la dejó detrás de los árboles. Entre delirios y bajo una delgada manta que no alcanza a cubrirlo del todo, Mika se retuerce en sueños, inquieto. Por centésima vez esa noche, Bowen susurra el mantra: "Un pétalo para detectar la maldición. Una raíz para liberarla del alma. Una bocanada de humo para absorberla y purificarla."

El boggart vuelve a asentir, estúpidamente, una expresión completamente en blanco en el rostro.

Bowen exhala profundamente, desesperado por tener que tratar con alguien tan distinto a él mismo. Aunque tiempos difíciles engendran aliados dispares, nunca se puede ser demasiado cauteloso.

Lo cual le hace recordar algo acerca de una daga…

Y siempre podría usar un arma extra...

- "Escucha," dice Bowen, "cuando encontramos a ese par de ladrones..."

- "¿Parr de larrrones?" contesta el boggart, muy lentamente.

- "El par de ladrones con el que nos encontramos."

- "¡Oh, oh! Parr de larrrones."

- "En fin, cuando los encontramos, tenían una daga con empuñadura de hueso y tú la tomaste. ¿Dónde está?"

- "¿Daaaga...?"

- "Sí. La que tomaste. ¿Dónde la tienes?"

En ese momento, lo recuerda. Cuando recogió la daga, el pequeño traidor se la había colgado del cinturón. Pero este ni siquiera lleva pantalón. Sin decir palabra, Bowen desenfunda su espada, atento a cualquier reacción. Después de todo, no son tan tontos como parecen.

Al verse descubierto, el impostor toma una rama encendida de la fogata y ataca con un alarido de guerra. No es rival para el soldado, quien lo abate de un solo tajo. Pero alrededor del improvisado campamento hay ahora un círculo de ojos brillantes y crueles.

Atacan los boggart. Con los reflejos de un veterano, Bowen mata a los dos primeros con un par de movimientos fluidos de su espada. Pero se siguen acercando.

Tres más se interponen entre él y Mika. Bowen reconoce la daga con empuñadura de hueso en las garras de uno de ellos, el que originalmente lo ayudó a cargar a Mika. Ese es el problema con los boggart. Todos se ven iguales. Otro trae un mazo descomunal. Tal vez sea el líder.

El líder de la banda blande su mazo en círculos sobre su cabeza, para tomar impulso, pero falla el golpe dirigido al cráneo de Bowen. No puede detener su movimiento a tiempo y, despreocupadamente, golpea con él en el pecho a su compañero que tiene a la izquierda, el cual, sorprendido y sin aliento, cae en la fogata con un alarido de dolor, esparciendo las brasas y avivando el fuego con sus ropas secas. A la luz del nuevo resplandor, Bowen ve impotente cómo media docena más caen sobre Mika, quien, sin quejarse siquiera, desaparece de su vista. Afortunadamente, el crujido del cuerpo sobre las brasas y los gruñidos de los que están por atacarlo casi logran ahogar el sonido de los boggart masticando y quebrando huesos. Tratando de desviar su atención e intentando cerrarse a los últimos vestigios del lazo mental que todavía lo unen con su hermano, alcanza a degollar al más temerario con un golpe de izquierda a derecha. Sin detener el movimiento de la espada, la empuña ahora con las dos manos, dándole un mayor impulso en un revés descendente y partiendo a otro enemigo desde la clavícula hasta el otro lado del pecho. No tiene tiempo de recuperar el aliento, porque llegan cuatro más.

Da la espalda a la fogata, utilizándola para cubrir su retaguardia. Error. Un boggart, los ojos inyectados de sangre y ciego al peligro, brinca sobre las flamas. Bowen lo alcanza a ver con el rabillo del ojo y, en un movimiento fluido, suelta su espada y gira sobre sí mismo, sujetándolo de las grandes orejas, aprovechando su mismo impulso. Continúa con su giro, dando una vuelta completa de derecha a izquierda, manteniendo a raya a los demás atacantes. Al completar el movimiento circular, suelta al boggart sobre la fogata, utilizando el mismo giro para salir proyectado en la dirección opuesta, dándole con la cabeza a un oponente muy sorprendido por la maniobra y escuchando con satisfacción un crunch al romperle la nariz y la mandíbula. Bien. Todavía quedan cuatro.

Repentinamente, se siente un temblor muy fuerte, que hace que sus contrincantes caigan al suelo. Bowen apenas se estaba levantando, así que logra aprovechar el desconcierto de sus adversarios para robar un escudo de uno de los cuerpos. Aunque no se lo puede ceñir al brazo, lo pone entre él y sus adversarios mientras tienta con la otra mano el suelo, en busca de un arma. Sus dedos se cierran alrededor de la empuñadura de una espada enemiga. Con alivio, la levanta a la altura de sus ojos, desafiando a sus enemigos a acercarse. Escucha sus risas, burlonas. Se da cuenta de que recogió una espada con la hoja partida un palmo por arriba de la empuñadura. No importa. Lo que cuenta es que sigue vivo y que tiene todavía una oportunidad. El líder sonríe vorazmente, acentuando con ese gesto un tatuaje tribal que tiene en la frente y le desciende por la nariz. Con un brillo malicioso en los ojos, vuelve a blandir su mazo y da una señal a los demás de que avancen sobre el soldado.

El suelo se vuelve a estremecer, ahora agitándose como si fuera un barco atrapado entre dos corrientes. Bowen pierde el equilibrio y, para no caer, se sujeta de un arbusto con la mano que aferraba el escudo robado. Esa distracción la aprovechan dos boggart para brincar enfurecidos, apoyándose en los cuerpos de dos de los caídos para alcanzar una altura mayor y tener la ventaja sobre él. El veterano, con la experiencia de cien batallas, recibe al de la derecha con la espada rota, haciéndole perder el impulso y la cabeza, mientras suelta el arbusto y gira al otro lado para recibir a su nuevo contrincante con un sólido puñetazo… que no alcanza a conectar, porque el escurridizo bastardo se retuerce desesperadamente tratando de ganarle la iniciativa al soldado. En lugar del sólido golpe que esperaba conectar, Bowen siente unas quijadas cerrándose sobre la parte externa de su mano. Se escucha un crujido húmedo cuando los afilados colmillos le cercenan dos dedos. De un tirón, logra sacudírselo de encima y dar un paso atrás, mientras se concentra en no gritar. Ya habrá tiempo para lamentarse después.

En lugar de aprovechar la situación, los boggart se quedan paralizados, con una expresión de desconcierto. El líder deja caer su mazo a su costado, toda idea de atacar olvidada. Bowen, con un terrible escalofrío recorriéndole la espalda, voltea hacia atrás de su hombro…

…y alcanza a ver, sobrecogido de terror, algo que parece una mano colosal que se levanta de entre las sombras y, en un movimiento tan inevitable como el derrumbe de una montaña, cae con un estruendo sobre la fogata y todo lo que estaba a su alrededor.

*

El gigante apaga la molesta fogata que tenía en la espalda, mientras lentamente se despereza y termina de aplastar y sacudirse las molestas criaturitas que tenía ahí, incomodándolo.

Con un pensamiento tan lento como el crecer de la hierba, el gigante se dispone a buscar otra aldea para dejarse caer sobre ella a dormir…

*



A veces, los cuentos no son contados por grandes narradores alrededor de una fogata, sino por las pálidas víctimas o los testigos ocultos, temblorosos después de cerrar la puerta de su casa.

2 comments:

Aendor said...

You have great avatar!

Sporch said...

Entretenido. Buen final. Me agrada como pierden importancia súbitamente los personajes iniciales.
Y la descripción de la batalla me remite mucho a las descritas en los libros de spacewolf hehe