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El peor día de mi vida

El 19 de septiembre de 1985 fue el peor día de mi vida. Mis recuerdos de ese día están ligados a una lluvia muy fuerte de la noche anter...

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Tuesday, June 18, 2019

Hada de cementerio

“¿A qué sabe la luz de sol?”, pensó, absorto, mientras descansaba un poco y se miraba las toscas manos curtidas por el trabajo y manchadas de tierra húmeda.
Un rayo de luz se filtraba entre las ramas, pintándole las gruesas palmas de las manos con ese tono único dorado del atardecer. Las cerró lentamente, imaginando poder llevarse con él ese rayo delicioso. Un momento después, las volvió a abrir, liberándolo. Uno no debe tomar lo que no es para él. Continuó quitando la hierba de los arbustos de grosella, mientras se contestaba a sí mismo.
“Depende de la hora, sabría diferente. La mejor debe ser la de justo después de llover,” razonó.
Llevándose una mano a la cintura, enderezó la espalda para contemplar su trabajo del día. Aprovechó la sombra de su brazo mientras se secaba la frente para mirar el reloj, que se alcanzaba a ver desde esta parte del cementerio. Mmmh… la sombra del gnomon del reloj de sol casi llegaba a su punto más largo de esta época del año. Había aprovechado muy bien el tiempo hoy.  Respiró profundamente y se agachó para recoger sus herramientas y levantar las hierbas arrancadas. Si se daba prisa, estaría comiendo para cuando el eco de las campanas de la iglesia anunciara las vísperas en el monasterio, justo al anochecer.
Desde los doce años tenía el cargo de guardián del cementerio, como lo había sido su familia por varias generaciones antes que él. Su hermano lo heredó de su abuelo cuando él murió, pero nunca lo tomó como un oficio real - y pagó las consecuencias. Por eso él se hizo cargo. Además, un trabajo es un trabajo. Ahora, a los diecisiete, conocía bien muchas de las artes de su oficio y lo tomaba muy en serio.
Al igual que cada tarde al terminar, dejó con cuidado un pequeño ramo de flores silvestres como ofrenda a nadie en particular y se alejó, inmerso en sus pensamientos. Caminando entre las tumbas, podía percibir una conexión especial con sus responsabilidades heredadas. Y, si cerraba los ojos y lo pensaba muy, muy fuerte, se sentía casi como un abrazo. Un abrazo cálido, bajo el rayo del sol, pero a la vez pequeño, como concentrado.
Entre las pequeñas flores de grosella, un hada de cementerio lo observó alejarse con una sonrisa. Era pequeña, de apariencia madura y rolliza, con los colores de la tierra recién excavada, los brotes nuevos y la niebla matutina.
“Sí, tienes razón, los rayos de sol justo después de llover son los más deliciosos,” pensó, una mano en la barbilla, mientras ayudaba con un gesto de la otra a florecer a un brote obstinado. Tuvo cuidado de enviarle ese pensamiento al hombre, ya que se había esforzado hoy. Eso le divertía. Le gustaba ver cómo se arrastraban lentamente las ideas por su cabeza, aunque casi siempre llegara a la conclusión equivocada. Esperaba que algo de lo que le sembraba en su mente diera frutos. Justo así, como esta grosella – remarcó el punto acariciando con la punta de los dedos una ramita y, susurrándole en el idioma original para liberar su potencial y convencerla de hacer crecer un pequeño racimo, de un rojo muy, muy oscuro. Ojalá que el cuidador algún día se volviera, inclusive, narrador de historias. Esas personas le caían bien. A veces, los narradores venían aquí mismo, a inspirarse. Y entonces ella los ayudaba, claro.
El idioma original era el que había nacido con el mundo, y al que las plantas, los insectos, las nubes, el cielo y todo lo demás todavía respondían. Cualquiera lo sabía. Era solo cosa de usarlo, con reverencia, en el momento correcto. Todos los demás idiomas provenían de ahí. Claro, los humanos se apresuraban tanto en sacar conclusiones que lo confundían con magia. Qué tontería. Eso les pasa por no saber escuchar.
La pequeña hada se apresuró. Había pasado demasiado tiempo viendo trabajar al hombre. Todavía tenía tanto por hacer antes de que anocheciera, empezando por hacer brotar un poco de pasto nuevo en las tumbas de los que están en paz. Eso la ponía de buenas, y le gustaba todavía más cuando podía hacerlo por primera vez en una tumba nueva.
Porque había quienes morían en paz. Esos eran los más tranquilos, y sus tumbas siempre estaban verdes, con flores silvestres en los colores del sol.
Con otros, era un poco más tardado, porque dejaban una tristeza tan profunda que sus familias la asumían como propia y dejaban que los consumiera. No, así no debe manejarse el duelo – frunció el ceño. El duelo es como las alas de un hada. Debe sostenerse con fineza, despertarlo con tu aliento para hacerle saber que estás ahí y que es libre para partir. Si lo haces bien, partirá volando una mañana, sin avisar, justo a tiempo para que alcances a probar la luz del sol.
Cuando finalmente estuvieran en paz, era deber de las hadas como ella hacer reverdecer sus tumbas, para que les llegara mejor el calor del sol. Porque una tumba verde, viva, es la mejor manera de que ellos tengan luz y te lo agradezcan. Y para eso están las hadas, ¿no?
También había que mantener legibles los nombres. A nadie le gusta ser olvidado. Esos son malos modales. El truco era hacerlo con la cantidad justa de musgo y tomarse el tiempo necesario. Los nombres son poderosos, y era un error dejarlos perderse en el olvido, abandonados y resentidos.
Recogió y mordisqueó distraída una de las flores ofrendadas mientras se estiraba, perezosa. Un rayo de luz de sol acarició sus alas y aprovechó la pausa para bebérselo completito.
En fin, a trabajar.
La pequeña hada se alejó con sus deberes, un rastro de rocío vespertino como único testigo de su paso.
A lo lejos, las campanas empezaron a llamar.

Wednesday, August 1, 2018

Probar de todo

Despertaste. O, por lo menos, eso es lo que crees.
El sueño había sido tan vívido – y tan extraño – que es difícil convencerte de que terminó.
Desorientado, te frotas los ojos con los nudillos y tratas de evocar nuevamente la sensación, el gusto de ese sueño. Sí, ahí está. La boca la sientes pastosa y seca, casi como siempre recién abrir los ojos, antes de despejar por completo las telarañas de tu cabeza. Te quedas unos instantes de más en ese curioso momento en el que quieres quitarte las lagañas y te das cuenta de que están en tu mente y no en tus ojos. Hay algo que no cuadra.
Ahí está otra vez. Abres y cierras la boca un par de veces y detectas un sabor diferente. Como a… a… mal aliento… y lágrima… y sueño y… ¡LIMA! ¡Eso es! Qué trabajo identificar algo tan fuera de lugar, y más en esa combinación tan extraña. Una lima madura, verde intenso, amarga y fresca. Una vez que la identificas se convierte en el único sabor que importa en ese momento. No recuerdas cuándo comiste una por última vez, pero ese es exactamente el gusto que tienes en la garganta.
Y, hablando de eso, te das cuenta de que hay algo en la parte de atrás de tu lengua, casi en la garganta. Lo sacas con dos dedos y es un pequeño trozo de… ¿algodón? No. Estiras la otra mano y, a tientas, sin perderlo de vista, prendes la luz de tu buró para revisarlo. Viéndolo detenidamente, no es algodón, sino algo sintético, como si fuera relleno de almohada. Incrédulo, revisas rápidamente y, efectivamente, a tu almohada le falta un trozo circular, del tamaño de una mordida.
No lo puedes creer. Dejas lo que sacaste de tu boca sobre el despertador y tomas tu almohada con las dos manos, lentamente. La hueles, despacito, no muy convencido. Pero no, solo huele a almohada. Tal vez le hace falta una lavada, pero nada fuera de lo normal. Entonces, ¿de dónde salió ese sabor a lima?
Incrédulo por siquiera considerar lo que vas a hacer, pero sin dudarlo para no parecer ridículo, le pegas un mordisco a la esquina de tu almohada. Inmediatamente, te invade una fuerte oleada de sabor. Cierras los ojos y te concentras completamente en disfrutar la sensación. Es cítrico, amargo, fresco, con una textura como… como… lo perdiste. Vuelves a abrir los ojos, porque ya no tienes nada en la boca. Ni siquiera te diste cuenta cómo te lo pasaste, pero ya no hay nada ahí. Sin creerte mucho lo que acaba de pasar, vuelves a morderle un pedazo. Con mucho trabajo, tratas de ignorar el sabor (¡Qué difícil! ¡Sabe increíble!) y te enfocas en sentir el bocado, en su textura. No lo logras a la primera, pero finalmente… ¡sí, ahí! Casi no tienes que masticarlo, porque se siente como comerse una nube, como algodón de azúcar disolviéndose en agua tibia. Por eso desaparece tan rápidamente.
Dejas la almohada en su lugar y buscas probar algo más que esté a la mano. ¿Tu celular? No, porque lo necesitas. ¿Tu cartera? ¡Claro que no!
¡Una pila! ¡Eso es! La dejaste ahí porque ni modo de tirarla a la basura. No, hay que ser responsable y llevarla a un contenedor especial. Bueno, como sea, la metes en tu boca ansiosamente, como un niño chiquito lo haría con un dulce.
WOW. La misma intensidad de sabor, pero ahora es como a vainilla y limón, con un gusto a quemado. ¿Será por lo eléctrico?
Los próximos minutos los pasas en un frenesí alimenticio. Simplemente, TIENES que probar todo lo que esté a tu alcance. ¡La novela de Stephen King que no has podido terminar! Sabe a cacahuates bien tostados. El cable del cargador de tu celular: a orilla de pizza.
¡Oh, cielos! ¡El cargador! Nota mental: seguramente no debiste haberte comido ése.
La gran decepción fue la pluma Bic. Tantos años de escuela mordisqueándolas, para que al final resultara que tiene el gusto de un chicle sin sabor. Mmmmh… Qué mal.
No entiendes qué relación puede haber entre los objetos y sus sabores.
¿La esquina de la pared? Helado de coco. ¿La columna junto a la puerta? Crema de menta. ¿Huh? O sea, ¿cómo? ¡Si las dos son parte de la pared! ¡Ah! Pero una es blanca y la otra, azul. Entonces, debe de ser por el color. Haces otra prueba. El frasquito con botones que estabas juntando para regalarlos en su cumpleaños a alguien especial: casi todos resultaron tener sabores diferentes, fresa, frambuesa, cereza, betabel. ¿Y el frasquito de vidrio? Muy dulce, como a caramelo.
Entonces, eso es.
Hay algo de lo que te acabas de dar cuenta: Aunque las cosas tienen sabores diferentes, relacionados a su color y (probablemente) de qué estén hechos, todos tienen, extrañamente, la misma textura al momento de morderlos y saborearlos. ¿No estarás alucinando todo esto?, piensas, mientras le das vuelta entre tus manos y observas detenidamente un florero de barro al que le falta un pedazo circular en la parte de en medio (a propósito, sabor a tequila y tierra). Pero si así fuera, y simplemente imaginaras el sabor de las cosas, no podrías morderlas tan fácilmente, y tampoco les faltarían esos pedazos.
Te sientas un momento en la cocina, para procesar todo esto en tu cabeza. No sabes qué está pasando y, definitivamente, tampoco por qué. ¿Será cosa de un día? ¿Ya le habrá pasado antes a alguien? ¿Cómo averiguarlo sin parecer loco? Ni siquiera estás seguro de cómo buscarlo en Google.
Tomas distraídamente una manzana y la muerdes – siempre es más fácil pensar mordiendo algo. Sabe a manzana. Y también se siente como manzana. Qué extraño. Abres rápidamente un paquete de galletas y te comes una, completita. Sabe a galleta y se siente como galleta. Tomas otra y la miras, extrañado. No estás seguro de qué debería haber pasado, pero que te supiera a galleta no era una de las opciones. Vacías el resto sobre la mesa y te metes la envoltura a la boca. ¡Ahí está otra vez! El plástico se difumina en tu lengua, como el recuerdo de un beso, y un sabor intenso a canela en rama te hace cerrar los ojos para no distraerte y disfrutarlo.
Recuerdas haber leído sobre gente que tiene… mmmh… somato-algo. No. Mmmh… cinemato… No, qué wey, ni que fueran películas. Sines-algo. ¿Sinestesia? Sí, eso te suena. Se supone que es una condición con la que ves la música y saboreas palabras. O algo parecido. ¿Podría ser lo que tienes? Pero crees recordar que la gente ya nace con eso. Y no suena a que sea contagioso, o que te hayas contagiado. Pues quién sabe entonces.
Distraído, te paras junto a la ventana simplemente para ver, sin enfocarte en nada, la calle, el cielo, los cables de luz, las nubes naranjas.
¡En la madre! ¡Ya es de día!
¡Es tardísimo! ¡Te van a colgar en el trabajo! Corres a la recámara para vestirte y, en menos de diez minutos, ya estás en la esquina esperando el camión.
Afortunadamente la jefa llegó después que tú, así que te salvaste del regaño. Y qué bueno que ha estado muy ocupada y no te ha puesto atención. No has podido hacer nada hoy. Ni siquiera puedes concentrarte. Es más, cuando te das cuenta, ya no está tu taza (sabía a chocolate blanco), los clips (a pretzels sin sal), las tijeras (a higo verde), ni el cable del teléfono (a espagueti con mantequilla).
Pensativo, te tocas las comisuras de la boca con dos dedos. ¡Au! Tienes muy adolorida la parte derecha de la boca. Seguramente está hinchada. Con una sonrisa, recuerdas que la peor idea que tuviste esta mañana de camino al trabajo fue, definitivamente, la llanta de ese camión (a corteza de pan de pueblo). Nunca se te ocurrió que fuera a tronar tan fuerte. Te dejó medio sordo un buen rato y, sentando en la banqueta, te tardaste un par de minutos en poderte levantar.
Hay otra cosa que te inquieta. Después de todo el día así, te da miedo y curiosidad cuando finalmente tengas que ir al baño. No puedes arriesgarte a que sea en la oficina. Quién sabe qué es lo que pueda pasar.
Decides no decir nada, tomarte el resto del día y no regresar al trabajo después de la hora de la comida. ¡Hay tanto por probar! Total, tienes el mundo por delante.
Sonríes. Esto va a ser interesante.

Tuesday, May 29, 2018

La niña que veía los colores de las mariposas

Había una vez una niña que veía los colores de las mariposas.
Los veía en todos lados: en los árboles, en los animales, en las personas. No solo en las mariposas. Todos tenían alas de colores.
Algunas eran tenues, tímidas y transparentes; otras, vibrantes y escandalosas como una carcajada. Todas eran diferentes.
Los colores más bonitos siempre los tenían los niños y los novios caminando de la mano.
Los adultos más serios, de traje, corbata y portafolio tenían los colores más apagados, como de mariposas nocturnas.
Los colores de los viejitos eran de polillas. Excepto las señoras de cabello azul, rosa o morado. A ellas las seguían alas alegres por donde caminaran, como imitando su cabello.
Las personas enfermas tenían sus colores tristes, temblorosos, en volutas evaporándose al sol. No todos sabían que estaban enfermos. A ellos evitaba verlos a los ojos, no se fueran a dar cuenta. Mejor así, que no supieran.
¿Y los suyos? Ella no veía sus propios colores y siempre se había preguntado cómo serían. ¿Tal vez brillantes y cálidos, como si la primavera tuviera una bandera? ¿O del color de la selva después de llover? Le gustaban los colores después de la lluvia, como si alguien acabara de estrenar la caja de plumones.
Bueno, no le importaba realmente, era una niña feliz.
“Qué bonito que todos tengan alma de mariposa,” pensaba. Cuando la descubrían con sus colores en la mano, dibujando la gente a su alrededor y le preguntaban qué quería ser cuando fuera grande, siempre decía: “¡Pintora!” Pero en realidad, quería ser maestra. Así les enseñaría a todos cómo ver los colores de las mariposas.
Ya verían todos qué bonito.
Sus papás le decían que qué bien, pero que estudiara primero. Así llegaría a ser una doctora muy importante, una astronauta o hasta presidente. Ellos solo querían lo mejor para ella.
La niña creció y, poco a poco, cambió los lápices de colores por libros con fotos de animales y planetas, de científicas famosas y mujeres importantes. Se volvió una ingeniera muy brillante y trabajó con cohetes y viajes a Marte y olvidó los colores de las mariposas.
Hasta que tuvo una hija, y su hija comenzó a dibujar a la gente rodeada de colores brillantes. Entonces recordó.
Y habló con su hija:
- ¿Sabes? Yo también veía los colores de la gente cuando tenía tu edad.
- ¿Y ya no, mamá?
- No, amor.
- ¿Por qué ya no? ¿No te gustaba?
- ¡Claro que me gustaba! Simplemente, estuve tan ocupada que se me fue olvidando cómo hacerlo. Que nunca te pase lo mismo, por favor.
- ¡Pues claro que no, mamá! ¿Qué no ves que nos estoy dibujando?
En la hoja había una mamá y una hija. La niña tenía un vestido rosa brillante y unas alas enormes, como de hada de los arcoíris. La mamá tenía una bata blanca, lentes y el cabello recogido, y estaba rodeada de unos colores muy tenues, que se difuminaban hacia arriba, en dirección al sol entre las nubes azules.
Su hija terminó el dibujo con tres sonrisas gigantes: una en la niña, una en la mamá y una en el sol amarillo canario.
- Mira mamá, el sol está feliz también de recibir tus colores. -Hizo una pausa, pensativa.- ¿Qué va a pasar cuando se te acaben?
Ella no contestó. Sonrió y abrazó a su hija muy, muy fuerte. 
No la soltaría nunca.

Tuesday, May 22, 2018

En el excusado

Entre los hombres, en la oficina, hay un código de etiqueta no escrito para ir al baño.
Si vas a orinar, tienes que dejar siempre, dentro de lo posible, un espacio vacío entre tú y tu vecino de al lado. Si hay, digamos, cuatro mingitorios y hay alguien en el primero, NO tomas el segundo. En todo caso, la regla más importante es: no voltear a los lados y, obviamente, no socializar en ese momento. Hay quien se encuentra a alguien al entrar, platican un poco y siguen hablando mientras hacen lo suyo. Eso queda un poco forzado – y, muy probablemente, incómodo para uno de los participantes – pero dentro de lo aceptable.
En los excusados, se conservan las mismas reglas, pero con estricto sentido de la individualidad. Esto es: NO hablas con el de al lado. Es más, haces lo posible por que no sepan quién está en el excusado vecino. Si logras conservar tu estado de inexistencia, fue una buena ida al baño.
Y si terminas antes que los demás, te apresuras a salir y lavarte las manos antes de que alguien más lo haga. Es tan incómodo platicar con el otro durante tu asunto, como encontrarlo en los lavabos y hacer como si no supieras quién hizo tanto ruido o usó tanto papel hace apenas tres minutos.
En mi nueva oficina esto no es solo etiqueta. Yo creo que es el factor por el que sigo en este mundo.
Les cuento.
De entrada, es un edificio atemporal. Por más que me he fijado, no logro identificar cuándo fue construido. Puede tener una o dos décadas, o dos siglos. Tiene muy buen mantenimiento, los elevadores son nuevos y todo es blanco, impecable. Más que oficinas, uno se queda con la impresión de estar en un laboratorio ultra secreto en medio de una película de espías. O de zombies.
Esa es otra cosa: casi nunca me topo con nadie. Salvo la recepcionista en la planta baja – una persona muy seria, vestida siempre de colores brillantes que contrastan con todo a su alrededor, relativamente joven y más bien guapa, pero lacónica a morir – podrías jurar que las oficinas no están ocupadas. Cada mañana es:
- Buenos días, señorita.
- M-jm.
- ¿No le tocó mucho tráfico para llegar? Estaba horrible. Dijeron que iba a haber manifestación.
- ¿Ajá?
- Ojalá no haga tanto calor hoy. Está de muerte.
- M-jm.
- Bueno, que tenga un buen día.
En fin, divago. Las blancas puertas de las oficinas, en cada piso, siempre están cerradas y ninguna está rotulada más que con un austero número. Las balastras son estúpidamente brillantes, pero nunca he visto a nadie de mantenimiento para quejarme. Afortunadamente solo estamos aquí temporalmente, en lo que terminan el diseño de nuestros HQ. Y siempre estoy solo. Soy el único representante de la compañía, por el momento. Somos una startup en proceso de reclutamiento, y mi tarea es asegurarme que siempre haya alguien que conteste el teléfono cuando piden informes. Sencillo.
Mencioné que no había visto a nadie, pero sí los oigo. Escucho el eco por los pasillos de puertas que se cierran, gente contestando el teléfono (aunque nunca logro escuchar qué contestan), el *clack* *clack* *clack* de tacones altos, alguna risa. Una vez, en Navidad, hasta el coro de un muy lejano “¡Feliz cumpleaños a ti!”
Esto me pone nervioso. Es como si fuera un edificio poblado por fantasmas que no se molestan en espantar.
Mentí cuando mencioné que no había visto a nadie. Bueno, tampoco puedo decir que sí. Verán, ir al baño es algo, digamos, especial.
La primera vez que pasó, llevaba yo como una semana aquí. Fui al excusado, me senté, y escuché que alguien entró. No, no exactamente. Oí la puerta abrirse y cerrarse, pero nada de pisadas que entraran. Después, la puerta del cubículo de al lado. Alguien entró, cerró, levantó la tapa y se sentó. Podría dejarlo así y ya y no decir nada al respecto, pero lo que vi fue algo que nunca antes había visto. El que entró iba descalzo, ¡y sus pies nunca tocaron el suelo! Lo vi reflejado en el azulejo blanco del piso, impecable: los pies descalzos, saliendo debajo de una túnica blanca, colgando a unos 15-20 centímetros del suelo. (¿Quién usa túnica hoy día?) Contuve un grito de asombro, pero logré conservar la etiqueta de inexistencia, sin revelar demasiado mi presencia. Digo, siempre sabes cuando el de al lado está ocupado, pero - por etiqueta - nunca haces nada al respecto. Estoy seguro que así fue para él también.
Esperé a que saliera antes de terminar. Oí cuando se lavó las manos, tomó papel del rollo para secarse, la bola de papel caer en el bote de basura y la puerta abrirse y cerrarse. Y ni una pisada.
Salí muy despacio y me asomé. Nada, como siempre.
Un par de días después, otra vez. Ahora sí se oían las pisadas, pero diminutas y rápidas, como de alguien muy pequeño. Y, efectivamente, ahí estaban esos pies. Pies de bebé, regordetes. Se subió con trabajo al excusado. Le colgaban, sin alcanzar a tocar el suelo. Salió, se lavó las manos - no me pregunten cómo alcanzó - y se fue.
¿Y ahora? Me pasa cada vez con más frecuencia. Veo los cascos del Diablo. Garras de dragón. Botas de soldado, escurriendo lodo. Una vez juraría que eran mis propios pies los que se sentaron al lado mío.
Pero nunca he sido descortés y quebrantado las leyes de etiqueta.
¿Preguntar "quién es"? No, señor.
Hay un lugar para todo.

Sunday, May 13, 2018

Veela. Fantasía

Terminó de encender la fogata y una onda cálida inundó el claro del bosque junto al sendero. Eso solo significaba una cosa: era hora de las historias.
- Acérquense todos, -dijo Lukasz, el guía. - El primer relato será el mío.
El grupo se concentró un poco más alrededor del fuego, muchos sujetando con ambas manos sus termos con café. Era una noche de principios del otoño polaco, fría para la mayoría de los bronceados turistas provenientes de lugares más cálidos. Lukasz arrojó un puñado de polvos metálicos al fuego y una lluvia ascendente de chispas brillantes asombró a sus oyentes. Sonrió, satisfecho. Era el momento perfecto para comenzar.
- Les voy a contar una historia tal y como me lo contó el abuelo Lubo, que es, a su vez, como él recordaba que se la había contado su abuelo Jarek.
- Jarek tenía una casa a la orilla del pueblo y vivía del bosque: recolectaba madera y hongos silvestres, ponía trampas para vender pieles de pequeños animales en otoño y de zorros blancos en invierno.
Una fría mañana de primavera escuchó a alguien bañándose en el manantial que está en la base de aquella colina de allá, -señaló Lucasz con la cabeza hacia una cumbre apenas visible en el cielo nocturno, recortado sobre un fondo de estrellas. Varias miradas se dirigieron hacia allá, queriendo imaginarse el lugar. 
- Cuando se acercó a investigar (pues no era común que alguien se metiera al agua helada), se encontró una piel de lobo junto al estanque y a una bellísima mujer nadando desnuda. En ese momento recordó las historias de los viejos de la aldea, así que rápidamente tomó la piel de lobo y la escondió. Después, se presentó ante la veela (pues eso es lo que era la mujer, un espíritu guerrero del bosque) y le dijo que él tenía su piel, así que tendría que casarse con él. La veela no tuvo opción y aceptó.
- Vivieron varios años tranquilos y ella le dio dos hijos. Eran niños fuertes y saludables, y la gente decía que también eran hijos del bosque, porque nunca se enfermaban. Es más, a la fecha, sus descendientes son mucho más resistentes que los demás a las enfermedades. Yo mismo, cinco generaciones después, sufro de muy pocos resfriados, sin importar lo duro que sea el invierno.
- Y, ¿qué pasó con la veela? -preguntó una turista de piel bronceada y fuertes rasgos hindús.
- Se dice que nunca envejeció y que Janek, antes de morir, le regresó la piel de lobo. Esperaba que la veela viera esto como un gesto de amor y lo correspondiera cuidándolo en su lecho final. Pero, en cuanto recuperó su piel, huyó y nunca se supo más de ella.
- Es una bella historia, pero no la creo, -dijo una turista rusa de cabello rubio. -¿Cómo va a ser que lo haya dejado así, después de todos esos años? ¿Y sus hijos? ¿Qué pasó con ellos?
- No se sabe, -respondió Lucasz. -Se fueron poco después, y dejaron también a sus familias. Parece que eran demasiado apegados a su madre y debieron haberla seguido a donde sea que se haya ido ella.
- Seguramente la veeela no abandonó a Janek, -insistió la turista rusa. -Es más, podría asegurar que se fue para conseguir cómo curarlo (por algo son seres mágicos, ¿no?), pero cuando regresó, ya era demasiado tarde. Y ya no se quiso quedar, porque sin Janek su único hogar era el bosque. Sus hijos se fueron con ella, porque también son seres de allá.
Lukasz trató de mirar con más detenimiento a la turista rusa. Algo le resultaba conocido de ella. Y esa voz tan musical tenía un tono casi mágico…
- Y lo que le quita toda credibilidad a tu historia es eso de la piel de lobo, Lukasz. Así no fue. Era el plumaje de un cisne, mi pequeño, -dijo la turista.
Lukasz se llevó la mano a su amuleto, colgado en su cuello desde que tenía memoria. Era una pequeña bolsa cosida de cuero. Solo la había abierto una vez y únicamente él sabía lo que contenía: una pequeña pluma de cisne que le regaló su abuelo Lubo. ¿Cómo había sabido la turista…?
- La próxima vez cuenta la historia bien, hijo mío. Y vendré a narrarte otra y otra más y a ver cómo estás. Porque, para algo es la familia, ¿no?
Con estas palabras, la veela giró sobre sí misma y, en un solo movimiento fluido, se transformó en un hermoso cisne, que emprendió el vuelo… hacia la oscuridad, hacia la colina que ya no se veía en la noche de otoño, y hacia su estanque.


Wednesday, May 9, 2018

Luz de luna

Despertó, y el color se había ido.
Amodorrado todavía, se sentó en el borde de la cama unos minutos, como siempre, y miró la pantalla de su celular. “Qué raro. Seguro no cargó bien y por eso se ve así. Ojalá no se descomponga, que no tengo dinero para arreglarlo hasta la quincena,” pensó, medio dormido. La luz que se filtraba del farol de la calle alrededor de la cortina del pasillo también se veía algo apagada. Se talló ambos ojos con las palmas de las manos y respiró profundo, obligándose a despertar.
Nada.
No fue sino hasta que miró hacia la tele cuando sintió un poco de nerviosismo, como le pasaba cuando las cosas no encajaban exactamente como deberían. La luz del convertidor del cable no tenía color. Estaba apagado, pero el puntito de luz de siempre no era rojo, sino gris. Se fijó mejor; tal vez lo dejó prendido y era verde y no lo había visto bien.
No, era gris. Ni siquiera sabía que la luz podía ser gris. Siempre había creído que, o era blanca o de colores. ¿Gris?
“Seguro es porque no cené anoche,” razonó. Así que, antes de tomar su toalla para meterse a bañar, fue al refri, le dio un par de tragos al bote de leche y una mordida a una manzana – cuidando de lavarla primero, claro. No fue tan sencillo, porque no quiso prender la luz hasta no tener algo en la panza.
Nada. Es más, la leche y la manzana le supieron raras. Acartonadas. El reloj del microondas marcaba  6:55a, en números grises.
“Tal vez es muy temprano todavía,” pensó. Se metió a la regadera sin prender la luz del baño. Estaba amaneciendo, así que tampoco podía decirse que estuviera a oscuras. “Dicen que el agua fría estimula la circulación.” Pero no, el agua tan fría solo sirvió para acelerar su respiración, ponerlo a temblar y hacerlo sentir miserable. Eso sí, se aseguró de que le cayera directamente en la cara y se talló los ojos más de lo normal.
Nada. La luz gris del espejo lo acompañó para peinarse y lavarse los dientes, con una pasta gris y sin sabor. Es asombroso cómo uno puede llegar a extrañar de repente esos sabores que creía que no le gustaban. Tampoco le dio mucha importancia. Iba bien con su tristeza reciente.
Se vistió rápidamente, tratando de acordarse de qué color era el traje, los calcetines y la corbata que eligió. No quería que le diera la luz del sol al rato y darse cuenta de que iba de café, negro y azul. Para estar más seguro, la camisa fue blanca.
Salió de su casa rumbo a la parada del camión, viendo todo con asombro, pero sin querer parecer muy obvio. La jacaranda de enfrente, que tanto le gustaba en esta época del año, era prácticamente invisible sin sus verdes y morados. Los bordes grises de la banqueta se confundían con el pavimento y casi tropezó. Cuando pasó frente a la casa azul de la esquina, sintió un escalofrío. Siempre se imaginaba cómo sería vivir en esa casita tan alegre, de vivos colores y con un arce protector enorme que crecía en el patio de atrás y que se asomaba por detrás y por encima del techo. Hoy la casa rezumaba una melancolía muy profunda, como si la vida se le hubiera ido junto con el color.
Lo más triste de todo – sí, más que la ahora insignificante jacaranda y que su casa de ensueño – eran las nubes. Una de las cosas que más le gustaban de salir a trabajar a esta hora era la explosión de colores en el cielo. En las dos cuadras que había hasta la parada, el cielo cambiaba de azul profundo a violeta, rosa y naranja, y las nubes hacían la vista todavía más espectacular, multiplicando tan bonito la paleta de colores al punto de que una vez se le hizo tarde por detenerse simplemente a contemplar, negándose a ignorar esa declaración a la vida que le regalaba el cielo. Hoy, las pocas nubes parecían atrapadas en un cielo de tormenta, aunque estuviera casi despejado. La sombra de una sonrisa se asomó a sus labios. Parecía que el mundo lo acompañaba en su dolor y, dentro de su tristeza, sintió un gramito de remordimiento.
Un sentimiento muy hondo de vergüenza lo invadió. Desvió la vista hacia abajo y aceleró el paso.
Estaba casi seguro de que solamente a él le había pasado esto de… como fuera que se llamara esto. ¿Sería muy grave? Había escuchado que ciertos tipos de cáncer en el cerebro te alteraban los sentidos, pero no sabía si sucedía así de rápido. ¿Sería cáncer? ¿Cuánto le quedaría por vivir? O también podía ser algo como diabetes. Dicen que afecta la retina. O tal vez le metieron una droga en la comida. Porque en la bebida, no. Hacía mucho que no iba a algún bar. La última vez fue con ella… Como sea. Ya era tarde.
En el camión tuvo cuidado de no mirar a nadie directamente. No quería que le cuestionaran, que supieran que él sabía. Estaba seguro que podía verse en sus ojos que algo no estaba bien. Además, si nadie se daba cuenta era menos real. Aun así, una muchacha debió haber visto algo, porque lo buscaba desde su lugar, del otro lado del pasillo y un lugar más atrás. Con el rabillo del ojo sentía su mirada en su nuca, insistente, como exigiendo su atención. Se hizo el dormido y fue el primero en levantarse al llegar a la base. Cuando se bajó, se arriesgó a mirar sobre su hombro. Y sí, ahí estaba ella. Lo extraño fue que su mirada no era acusatoria, como lo esperaba, sino más bien había algo como una llamada de ayuda, de necesito-tu-empatía, en esos ojos gris claro. Sin prestar más atención, se alejó.
El metro es un lugar solitario. Por más lleno que vaya, todos están solos con sus pensamientos. Nadie se ve a los ojos, nadie le sonríe a otro nadie. Perfecto para él. Bajó la vista, suspiró y se hundió en sus recuerdos.
En el trabajo fue más fácil de lo que esperaba. Casi no habló, y los demás no esperaban que lo hiciera. Absorto en sus hojas de cálculo, como cada cierre de mes, se limitó a contestar con monosílabos y a desviar la mirada. Solo puso atención a los demás al llegar, por si alguien comentaba qué había pasado con los colores, como cuando tembló y la gente no dejó de hablar de eso en días, como si todos no lo hubieran vivido también. Seguro no pasarían por alto la oportunidad de hablar de algo así tan diferente.
Pero no. Y tampoco salió a comer. Para la hora de la salida ya se había acostumbrado a su mundo gris. El excel gris, google gris, su taza de café gris, sus correos grises, la luz gris de la balastra gris brillante. La verdad, no era tan distinto de su vida últimamente.
Se fue a casa, solo.
Y gris.

En la noche, a la luz de la luna, todo se ve plateado, diáfano, puro. Se desnuda, descorre las cortinas y abre la ventana de su cuarto de par en par. La luna, llena, lo ilumina con una luz fría al tacto, luz de plata y de mercurio, que hace que se le enchine la piel. Y lo llama – como diciendo, curiosa: “¿Y esta tristeza? ¿Es para mí?” No se siente alarmado, al contrario. Le gusta lo que ve y tiene mucha curiosidad de averiguar qué sigue.
Poco a poco el mundo se va haciendo más luminoso. No, no el mundo. Él. Toma el celular para ver si puede sacar una foto. Tal vez la imagen de la foto no tenga esa aura fantasmal. Cuando su mano se cierra sobre el celular, siente un escalofrío, como si un fantasma hubiera pasado a través de él. Al segundo intento, logra sujetarlo, aunque necesita toda su concentración. Parece que todo a su alrededor es cada vez menos y menos real, y que la única realidad son él y ella, radiante y redonda y ¿feliz? en el cielo negro, negrísimo. Deja el celular. Ya no es importante.
Con cuidado, toma el vaso con agua, iluminado por un brillante rayo de luna. Beberlo es llenar su cuerpo de luna líquida, fría y serena. Ya no falta mucho. En cualquier momento. Hay tanta luz…
El vaso cae al suelo, salpica y rebota sobre la alfombra, en el cuarto vacío.
Esta vez, en esta casa, nadie llora.

Wednesday, September 13, 2017

Demogorgon. Fantasía

INT. SET DE TELEVISIÓN DE LOS 80. NIEBLA ARTIFICIAL.

CÉSAR (25 años), delgado, vestido de esmoquin, cabello estilo ochentero, canta. Una mujer con ropa de bailarina de cabaret baila la canción detrás de él, moviendo las caderas.

CÉSAR
Cada vez que mi corazón
Late en busca de una ilusión
¡Ring, ring! ¡Ding dalíng!
Voy a amarte a ti
Uo uo uo uoooo…
Beso para ti *muack* *muack*
Beso para ti *muack* *muack*

Entra Beto y se pone a bailar con él, interrumpiéndolo. César deja de cantar. La bailarina se va.

CÉSAR
¡Ya, Beto!

BETO (45 años), robusto, de esmoquin y lentes.
¿Qué no ves que me estaba gustando la canción?

CÉSAR
¡Déjame cantar! ¡Déjame terminarla, hombre!

Beto le da la mano, sonriente. César la estrecha, firme pero con una expresión cansada.

BETO
No es posible, porque, porque perdemos ya la onda. Buenas noches, querido público (dirigiéndose al público) ¡Súbanle! Va a estar muy bueno.

CÉSAR
Y, ¿por qué no me dejas cantar, Beto?

BETO
¿Eres cantante?

CÉSAR
¡Claro! Soy cantante.

BETO
¡Ah, pues yo soy mago! Si vamos a hacernos publicidad aquí… Yo te voy a hacer magia. Y, es más, magia rápida. ¿Qué horas tienes?

César ve que no trae su reloj y lo busca en su saco.

CÉSAR
Oh, mi reloj. Lo dejé en el camerino. Pérame.

BETO
¡Shh, shh, shhh! Calma. I got it! De la pura saludada.

Beto saca un reloj de su saco y se lo entrega a César.

CÉSAR
¡Esto no es magia, Beto! Bonito truco, ¿eh?

BETO
Es que soy muy rápido. Ha llegado la hora cuchi cuchi para todos ustedes. La hora chimengüenchona. La hora “Ya vas que chutas”. Tengo aquí esta sal, que voy a esparcir alrededor formando un círculo.

Beto esparce sal de una bolsa alrededor de los dos, tropieza con César y los llena a ambos de sal.

CÉSAR
¡Beto!

BETO
Lo siento, es que esto de la magia pura no es para todos. Pero ya quedó. Ahora, voy a prender estas velas…

Beto saca de otra bolsa de su saco un par de velas negras y le da una a César. Las enciende.

CÉSAR
¿Velas negras?

BETO
Eran normales, pero se me ensuciaron de grasa de zapatos, las quise limpiar y ve cómo quedaron. Pero así sirven. Don’t be afraid. Y ahora, ¡las palabras mágicas! Fíjate bien, que éstas me las acaba de enseñar un brujo de Catemaco. Nomás les puse mi toque personal. Sostén la otra vela, que no me quiero volver a cortar con el papel y ya lo manché todo.

Beto le da la vela a César y saca un papel arrugado para leer.

BETO
¡Sint mihi dei Acherontis propitii! ¡Valeat numen triplex Jehovae! ¡Ignei, aerii, aquatani spiritus, salvete! ¡Orientis princeps Belzebub, inferni ardentis monarcha, et Demogorgon, propitiamus vos, ut appareat et surgat tu. ¿Quid tu moraris?...

CÉSAR
¿Ya vas a acabar? ¡Y yo que te creí lo de la magia rápida!

BETO
Oh, pérate. Be patient. Lo bueno siempre vale la pena…
Per Jehovam, Gehennam et consecratum aquam quam nunc spargo, signumque crucis quod nunc facio, et per vota nostra, ipse nunc ¡surgat nobis dicatus Demogorgon!

Aparece Demogorgon, en una nube de humo amarillo.

DEMOGORGON (8000 años), cinco metros de altura, dos cabezas de mono con lenguas verdes, cola larga, tentáculos.
(Desconcertado) ¡Aaaarrrghhhhh! ¡FWAAAAAAAAAAHHHH!

BETO
¡Ah, caray!

CÉSAR
Beto, ¿qué hiciste? Esto no se ve de utilería.

BETO
Te dije que era magia de a deveras. Esteee… me gustaría mucho quedarme, pero tengo una reunión en el sindicato de magos y ya se hace tarde.

César mira su reloj, visiblemente nervioso.

CÉSAR
¿Me llevas? Este señor que llamaste tampoco me va a dejar can…

Demogorgon les corta la cabeza con un solo movimiento casual y mira hacia la cámara. Se escucha ruido de gente corriendo.

DEMOGORGON
¡PFHHHAAAARRGGGGHHH! ¡GRAAAAAAAAAAHHH!

Demogorgon avanza hacia la cámara. Se corta la señal.



Thursday, August 31, 2017

Vodyanoy, o la otra historia del Laberinto y Ofelia. Fantasía

Sentada entre las ramas de una haya al otro lado del río, lo vio todo, desde el principio. El árbol, el sapo, la niña, la tormenta.
El árbol, le contó su abuela, había estado ahí desde siempre. Y se notaba. Era un olmo inmenso y no tenía más arboles a su alrededor, como si quisiera demostrar su dominio en las colinas. Sus raíces llegaban a la orilla del arroyo y era difícil saber cuál de los dos había estado ahí primero. Parecía que el río necesitaba a ese árbol más que el árbol a sus frías aguas. Seguramente las ramas del árbol alguna vez habían llegado también hasta el viejo molino abandonado. Pero eso era antes. Ahora, el árbol se moría. Sus ramas se han secado; las pocas hojas que le quedan se aferran todavía, como si no hubieran sabido nunca cuándo debían haber caído y ahora que es demasiado tarde no se deciden a hacerlo.
Pero ella sabía qué le había pasado al árbol. Lo había visto. La primera vez, fue hace varios años. Ella todavía era muy chica como para sorprenderse. Fue junto al molino, cuando todavía la gente llevaba sus granos para “enconvertirlos” en harina. Esa mañana el molinero había recibido a un visitante. Desde donde ella estaba, parecía como si vistiera un abrigo de musgo debajo de una barba pantanosa y un largo cabello verde.  El molinero salió muy enojado, gesticulando y persiguiendo al visitante hasta hacerlo saltar al río. Recogió unas rocas de la orilla y las arrojó al agua, gritando: “¡Ya no más, entiende! ¡Esto es para ti, disfrútalas!”. Ella no entendió qué pasaba, así que se quedó ahí y observó. Se le daba muy bien eso de quedarse mucho tiempo quieta entre las ramas sin que nadie la encontrara. Y justamente al medio día (lo supo porque fue el momento en que las rocas del río dejaron de tener sombras), la corriente simplemente dejó de pasar por la rueda del molino. Lentamente, el molino se detuvo por última vez. El río no se había secado. Simplemente, decidió cambiar su recorrido y dejar de pasar por ahí. Como si el molino hubiera sido construido un par de brazas antes de donde debería haber estado. El molinero se mudó poco después.
Ella nunca supo realmente qué había sucedido, pero algo tenía muy claro: el río era de él, del visitante vestido de verde con una cara que te hacía pensar en un sapo, aunque no era necesariamente fea. Además, ese rostro se le hacía familiar. ¿Dónde lo había visto antes? Ahora que lo pensaba, se parecía a alguien que a veces visitaba a su madre. No podía asegurarlo, porque ella siempre la mandaba fuera de la casa antes de que él llegara, pero había alcanzado a verlo de reojo en un par de ocasiones. Ese andar disparejo era muy peculiar. En fin…
Hace un par de meses, lo volvió a ver. Vio cómo salió lentamente del río, se estiró, se lamió el ojo izquierdo de un lengüetazo y se acostó sobre una raíz del gran árbol a tomar el sol. Ahora parecía más un sapo enorme, pero esa barba era difícil de olvidar. Ella se quedó inmóvil, más que de costumbre. Después de un rato, el visitante… (o, más bien, los hombres eran los visitantes, razonó. Este era su hogar desde antes que llegáramos nosotros, con nuestros molinos, nuestras iglesias, nuestros borregos y nuestras peleas). Después de un rato, él (porque no sabía cómo llamarlo. ¿Qué sería? ¡Seguramente un hada!) se estiró y caminó con calma por las raíces, hacia el tronco, hasta desaparecer por el túnel que ella había descubierto alguna vez. Era un túnel, sabía, que llegaba hasta lo más profundo del árbol. Y algo le pasó al árbol. No supo cómo describirlo, pero le pareció que se estremeció completo en un segundo. Y él ya no salió.
Al día siguiente, cuando ella regresó a su escondite, el árbol parecía muerto, sin hojas en plena primavera. Se atrevió a acercarse a la entrada del túnel, pero un olor espantoso le impidió entrar, como si algo salido de un pantano se estuviera fermentando ahí abajo. Mejor se alejó y regresó a su casa.
Regresaba cada dos o tres días, pero no vio ningún cambio. Hoy, más por costumbre, estaba entre las ramas de su árbol favorito cuando vio a alguien acercarse de colina abajo. Era una niña, como de su edad y de su misma estatura, con un vestido verde de seda muy bonito, zapatos relucientes y una diadema. Llegó directamente al árbol viejo. Se detuvo un momento, como dudando. Y es que había un gran charco de lodo alrededor del árbol. Aparentemente no le importó. Como si estuviera en una misión, se sacó el vestido por arriba de la cabeza y lo colocó cuidadosamente, junto con la diadema, en las ramas del árbol, quedándose en un sencillo fondo de algodón y sus zapatos negros, muy brillantes. Abrió una bolsa de cuero que traía con ella y sacó algo que parecían tres esferas de ámbar muy grandes. Las puso de vuelta en la bolsa y, con mucha determinación, sin considerar que arruinaría sus zapatos, entró a gatas en el túnel.
Con mucha curiosidad, decidió esperar a que la niña saliera, aunque el cielo estuviera encapotado y empezaba a retumbar. Una fría ráfaga tiró el vestido al lodo. ¡Qué lástima! ¡Tan bonito que era! ¿Qué iría a hacer la niña? ¿Y por qué querría molestarlo a él? ¡Si no le hacía mal a nadie! Además, ¡estaba en su casa!
Se escuchó un rugido apagado, como de un sapo enorme. ¿No sería un trueno distante? No, estaba segura que lo había oído salir del árbol. ¡Ahí estaba otra vez! Después, por más que aguzó el oído, nada.
La niña salió nuevamente, completamente cubierta de ... algo. Lodo, tal vez. Se limpió la frente con el dorso de la mano, buscó su vestido y, con una mirada resignada, lo levantó del charco y se lo volvió a poner. Como el cielo seguía tronando, se fue corriendo colina abajo y se perdió de vista.
¿Qué había pasado? De alguna manera, la niña del vestido bonito debió haber matado al sapo-hada, estaba segura. Se veía en la actitud de satisfacción de la niña. ¡Qué mal! ¡Eso no se hace! Mañana lo averiguaría.
En fin, estaba comenzando a llover. Unas gruesas gotas le cayeron sobre los ojos. Esta sería una tormenta grande. Más valía apurarse, o la regañarían otra vez. De un lengüetazo se limpió los ojos, brincó los tres metros que la separaban del suelo, y corrió hacia su casa.

Monday, August 21, 2017

Dragona. Fantasía

Despertó muy lenta, pero inevitablemente, como una gran tormenta que se aproxima y apenas se puede percibir en el viento. ¿Qué la despertó? Hambre. Mucha hambre. Más fuerte aún que el sueño inquieto que hacía que se moviera, intranquila, haciendo estremecer la montaña entera. Eso, y un olor ligeramente acre. Ése olor que, una vez que se ha probado, nunca se olvida. Olor a humano.

Se apeó del caballo y le examinó la pata. No se veía muy bien. ¡Maldito sendero de piedras! Podría haber tomado la ruta alrededor de la montaña, pero se dejó llevar por las promesas del gran tesoro que obtendría y tomó la ruta más directa, hasta donde el bosque terminaba e iniciaba el páramo desolado. Tendría que continuar subiendo a pie. Ató las riendas de su yegua a un árbol bajo, cuidando de dejar que alcanzara suficientes hierbas para comer y terminó de ponerse su armadura. Una vez más, no le importó que las alforjas estuvieran vacías. Regresarían rebosantes de oro, estaba seguro de eso. Además, ¿qué tan difícil podría ser? Distraído, sintió un ligero estremecimiento del suelo. Mmmh… Tal vez un derrumbe cercano.

Trató de ignorar el aroma. Todavía era muy tenue y no quería tener que levantarse. Seguramente ni siquiera valdría la pena. Se enroscó más sobre su cola, agitando las escamas para sentir cómo se deslizaban las monedas sobre ella, como un manantial de oro. No, ni el frío del metal la distrajo. Abrió los ojos, se limpió los párpados internos con un lento movimiento de su larga lengua y estiró las puntas de las alas hacia atrás, para terminar de despertarse. Con una agilidad imposible para algo de su tamaño, se puso de pie en un solo movimiento fluido. En medio de un sonido parecido a un gran susurro, las monedas terminaron de caer a su alrededor.
Ya. Había despertado. Alguien tendría que pagarlo.

Por enésima vez, se tropezó con una roca al subir. Todo hubiera sido mucho más sencillo si alguno de los habitantes del pueblo se hubiera ofrecido como guía. Claro que la armadura metálica no ayudaba. Y no era precisamente silenciosa. Hace ya varias caídas que se había resignado a no pasar desapercibido. Pero, como todo gran héroe sabe, con una gran espada en el cinturón… (¡Ouch! ¡Otra vez! ¡Maldita espada estorbosa!… ¡Está bien!, no en el cinturón: en la mano…) nadie necesita ser silencioso como una sombra.
¡Clank!

El intruso hacía cada vez más ruido.  Era evidente su falta de experiencia. Además, olía a miedo. Suspiró y exhaló una tenue nube de aire caliente. Si seguía esperándolo, nunca iba a llegar. Con las alas replegadas, se deslizó sin perturbar ni un guijarro hacia la entrada secundaria de la cueva.

Hablando de sombras, esa zona oscura de allá adelante no era otra pared impasable de roca. Parecía la entrada de una cueva. ¡Finalmente! Y era bastante grande. Hasta podría haber entrado montando, si tan solo la tonta yegua no se hubiera lastimado la pata allá abajo.  El musgo de las rocas estaba chamuscado y seco conforme se acercaba. ¡Bestia estúpida! Ni siquiera podía controlar su fuego lo suficiente para mantener oculta su guarida. Se limpió el sudor de la frente con la manga. O lo intentó, porque en el movimiento se pegó en el pómulo con la guarda de la espada. ¡Tonto! Está bien, lo admitía. Estaba un poco nervioso. Y no lo había notado antes, pero hacía demasiado calor en esta parte de la montaña. Tal vez era hora de pensar en una estrategia de ataque.

El intruso caminó torpemente hacia la entrada de la cueva. No quería sorprenderlo. Quería disfrutar su pánico, y por eso lo esperaba, acurrucada y disfrutando de los rayos del sol, viéndolo acercarse desde arriba. ¡Pero él ni siquiera se detuvo a mirar a su alrededor! Esto ya era una falta de respeto. Respiró profundamente, haciendo despertar el fuego en su pecho. De un poderoso salto hacia arriba con sus poderosas piernas, tomó impulso, desplegó sus alas escarlatas en toda su magnificencia, abrió el hocico y exhaló.

Algo lo hizo voltear hacia arriba. Tal vez fue el movimiento que captó con el rabillo del ojo. O el súbito viento y el sonido de un poderoso aleteo. Algo imposiblemente grande bloqueaba el sol. Casi por reflejo, levantó la espada, tratando de protegerse. Pero no tuvo tiempo porque, en medio de un rugido ensordecedor, una ardiente muerte líquida cayó sobre él.


Monday, July 7, 2008

El espejo

Ander resbaló y volvió a caer, el rostro en el lodo. Corría, tropezándose, entre ramas muertas y agua fétida. Sus alrededores estaban iluminados débilmente por el resplandor verdoso del pantano que, más que guiarlo, hacía que todo a su alrededor le pareciera familiar, de la misma manera en que una pesadilla recurrente nos parece conocida.

Huía sin rumbo, la mirada perdida. El lazo mental que compartía más fuertemente con su hermano que con los otros kithkin lo sumía en un mar de sentimientos encontrados… confusión, desesperación, lejanía, dolor, abandono… silencio.

Soledad.

No recordaba mucho. Las pocas imágenes que llegaban a su mente sólo lo confundían más. Estaban cruzando la montaña, a lo largo del borde de un risco. Desde ahí se veía el pantano que querían evitar a toda costa. Entonces, los atacaron. Boggarts, probablemente. En la emboscada, se separó de Mika y Bowen. Alcanzó a ver cómo Mika caía herido. Además, creyó haber visto una puca en lo alto de un risco, observando la pelea. ¡Una puca! Lo que les faltaba. No sólo los boggarts, sino un espíritu de la montaña se resistía a su presencia. Después, un gran estruendo. El derrumbe lo hizo caer, girando, hacia el pantano.

Oscuridad.

Lo despertó una risa lejana. Pero no la risa de un depredador, dispuesto a brincarle por sorpresa, ni de uno de esos espantapájaros que tan toscamente imitan la vida. No, la risa que lo despertó era mucho más sencilla y pura. Tal vez por eso lo sobrecogió tanto, por estar tan fuera de lugar. Era la risa de un niño.

Hizo lo único que podía hacer: correr en la dirección opuesta.

A lo lejos, una luz amarillenta, como si se tratara del fruto de uno de los árboles enanos del pantano. Más allá, al nivel de unas rocas, un resplandor rosado. Y otro aún más adelante. Por supuesto, siguió el sendero que le marcaban. No tenía otra opción.

¿Acaso esas luces le mostraban el camino de regreso, o marcaban el camino para que alguien más las siguiera?

Poco a poco el suelo comenzó a sentirse más firme bajo sus pies. Bien. Eso significaba que estaba saliendo del pantano y se estaba adentrando en terrenos más familiares. Lo inquietaba lo que le hubiera pasado a su hermano y a Bowen. Todavía podía percibirlos a través del lazo mental, aunque a Mika lo sentía muy débilmente, como si estuviera muy, muy lejos. O muriendo.

Poco tiempo después, se encontró con una cerca, del tipo que usan los kithkin para mantener alejadas a las criaturas del pantano. Pero estaba seguro que algo había pasado, no era normal que estuviera en tan mal estado como ésta. Probablemente el clachán estaba abandonado. No se le ocurría otra razón.
Pero los kithkin nunca abandonan sus aldeas.

Entonces recordó la leyenda del clachán vacío. Una vieja historia que se le cuenta a los niños para que no descuiden sus deberes. Cuando llegaron los comerciantes del clachán vecino, simplemente no había nadie en toda la aldea. Parece que una gwyllion atacó a los habitantes en su sueño. Todos los espejos estaban rotos. Supersticiosamente, Ander hizo la antigua señal de protección con la mano izquierda, tapándose momentáneamente los ojos y se detuvo a medio movimiento. ¿Habría sido ése el origen de la superstición? Todas las supersticiones tienen algo de verdad detrás de ellas.

Ander creyó ver un movimiento con el rabillo del ojo. Nervioso, volteó, pero sólo vio un campo de cultivo abandonado. “Probablemente fue el viento”, pensó.

Repentinamente sintió un gran dolor fantasma en las extremidades y en la garganta. Un dolor de tal intensidad a través del lazo mental sólo podía significar una cosa: Mika había muerto.

“Todo esto es un mal augurio”, pensó. Cuando se dispuso a dar la vuelta para alejarse, escuchó el eco de la risa de una puca. “Las pucas sólo se ríen de noche y únicamente cuando van a alimentarse”, recordó. Tenía que refugiarse.

Brincó la cerca, que todavía seguía en pie. Una figura se levantó, con un movimiento no natural y desarticulado, en medio del sembradío, como para recibirlo. Cuando la figura vio que no era a quien esperaba, el espantapájaros se dejó caer nuevamente, haciendo un ruido espantoso, repetitivo, como si una niña pequeña se estuviera ahogando en secreciones. Con un escalofrío, Ander se dio cuenta que el espantapájaros se estaba riendo.

Había una pequeña torre frente a él. En caso de un ataque, sería la estructura más fácilmente defendible. Ander se rio amargamente. Como si él solo fuera suficiente para defenderla de una puca. “Ojalá no tenga que hacerlo,” pensó, fatídicamente.

Ander volvió a lamentarse en silencio, por centésima vez, “No debimos haber salido. Y mucho menos debimos haber confiado en ese boggart para que nos guiara a través de la montaña.”

Entró sigilosamente a la torre. Al mismo tiempo que sintió un frío que le recorría los huesos, helándole el alma, un estremecimiento lejano hizo temblar su luz interna. Un profundo terror y dolor lo asaltaron, dejando después sólo una gran tristeza y un vacío en su ser. La luz de Bowen se había apagado también. Ahora estaba realmente solo.

El frío que sintió al entrar parece que reaccionó a su estado de ánimo, hablándole a su alma, atrayéndolo, dándole la bienvenida a los últimos momentos de su vida. “Debe haber un espejo cerca,” razonó.

Sintió un miedo irracional. No quería mirar hacia atrás. Giró ligeramente la cabeza y trató de torcer los ojos para mirar detrás de su hombro, retrasando lo inevitable. Lo inundó un frío repentino, pero no sabía si provenía de la habitación o de dentro de él mismo. El sudor le mojaba la frente y se agitó su respiración. Lo invadió una gran tristeza, porque sabía lo que va a encontrar. Tenía que voltear hacia atrás. Levantó la mirada, dispuesto a encontrar su destino de frente y giró hacia la derecha, de un solo movimiento, donde sabía que le esperaba la muerte, o algo peor.

Justo atrás de donde estaba parado había un gran marco circular, colgado en la pared. Y, reflejado en él… no había nada.

Eso le causó un miedo irracional. Era lo que menos se esperaba. Lentamente, dentro de su terror, se dio cuenta de que no había un espejo en ese marco. Probablemente se había roto, junto con los demás, hacía ya mucho tiempo.

“En el espejo siempre estamos solos,” recitó. Era parte de una vieja rima, para enseñarle a los niños a alejarse de su reflejo.

Un poco más tranquilo, se dispuso a buscar un lugar que fuera fácilmente defendible, en caso de un ataque. Probablemente en el piso de arriba.

Subió las escaleras y, un poco más confiado, entró en la primera puerta…

Shock.

Confusión.

Reflejo.

Trampa.

Soledad.

Prisión.

Sueños rotos.

El espejo lo estaba esperando. Se vio a sí mismo, como si el reflejo estuviera en el umbral y él, dentro de la fría superficie reflejante. Su imagen se detuvo y, sin poder mantener el equilibrio por ser tan solo una imagen plana, empezó a caer muy lentamente. Lo último que tuvo en su mente fue una sensación helada en sus pies, cuando su imagen tocó el piso y se quebró en miles de astillas de plata.

“No entres en la oscuridad, por si acaso decide no dejarte ir.”

Thursday, June 12, 2008

Alrededor de la fogata...

La fogata da una luz muy tenue alrededor, como si la niebla que sube lentamente por la colina se aferrara a la oscuridad, resistiéndose a desvanecerse. Las pocas hierbas que crecen del duro suelo parece que juegan con las sombras, cada vez más profundas y densas, como aprovechando que la luna no hubiera salido todavía, burlándose de ella.

De espaldas al fuego, como buen vigía, Bowen monta guardia. Una de las primeras lecciones que les enseñaba a sus cadetes era la de nunca mirar directamente a una fuente de luz, por más tentador que fuera. Debían ser capaces de distinguir las amenazas escondidas entre las sombras, sin estar cegados por el resplandor.

- "Todo saldrá bien, Mika," susurra mientras observa a su hermano herido, acostado cerca de la luz.

Un matorral se agita ligeramente. En silencio, moviéndose fluidamente al ritmo de las danzantes sombras, retrocede y se oculta, fundiéndose con la oscuridad fuera del círculo de luz. Observando…

Justo antes de que el invasor entre al claro de la fogata, Bowen percibe su fuerte olor: sudor, sangre, orines, piel mal curtida. “Un boggart”, piensa el soldado.

Confirmando su sospecha, un boggart se acerca sin la menor precaución a la fogata, con la atención puesta en la figura inconsciente tendida a un lado de la fuente de luz. De piel verdosa, grisácea bajo la luz de la fogata; baja estatura, por debajo del metro y medio; piernas y brazos cortos y delgados pero musculosos; con una cabeza calva desproporcionadamente grande y de rasgos afilados, se mueve toscamente. En ese momento, el viento cambia, justamente en dirección al intruso, quien se detiene y husmea el aire, con recelo.

Con el elemento sorpresa perdido, Bowen brinca desde las sombras rápidamente, con la espada desenfundada. El intruso reacciona antes de recibir el golpe y se avienta en dirección al ataque, para interceptarlo. Los dos chocan en el aire y caen en una confusión de piernas y gruñidos.

- “¡No atacarrrme! ¡No atacarrrme! ¡Regrrresé!”

Bowen se incorpora, enfundando lentamente la espada sin dejar nunca de mirar al boggart.

- “No atacarrrme… no atacarrrme,” continúa reclamando, entre susurros.

- “¿Encontraste la raíz de la flor de arena?” pregunta Bowen, con una mirada de preocupación hacia donde yace Mika, bañado en sudor a pesar de lo seco de la noche.

El recién llegado asiente, sin dejar de mirar a Mika. Con la cabeza hace una seña para indicar que la dejó detrás de los árboles. Entre delirios y bajo una delgada manta que no alcanza a cubrirlo del todo, Mika se retuerce en sueños, inquieto. Por centésima vez esa noche, Bowen susurra el mantra: "Un pétalo para detectar la maldición. Una raíz para liberarla del alma. Una bocanada de humo para absorberla y purificarla."

El boggart vuelve a asentir, estúpidamente, una expresión completamente en blanco en el rostro.

Bowen exhala profundamente, desesperado por tener que tratar con alguien tan distinto a él mismo. Aunque tiempos difíciles engendran aliados dispares, nunca se puede ser demasiado cauteloso.

Lo cual le hace recordar algo acerca de una daga…

Y siempre podría usar un arma extra...

- "Escucha," dice Bowen, "cuando encontramos a ese par de ladrones..."

- "¿Parr de larrrones?" contesta el boggart, muy lentamente.

- "El par de ladrones con el que nos encontramos."

- "¡Oh, oh! Parr de larrrones."

- "En fin, cuando los encontramos, tenían una daga con empuñadura de hueso y tú la tomaste. ¿Dónde está?"

- "¿Daaaga...?"

- "Sí. La que tomaste. ¿Dónde la tienes?"

En ese momento, lo recuerda. Cuando recogió la daga, el pequeño traidor se la había colgado del cinturón. Pero este ni siquiera lleva pantalón. Sin decir palabra, Bowen desenfunda su espada, atento a cualquier reacción. Después de todo, no son tan tontos como parecen.

Al verse descubierto, el impostor toma una rama encendida de la fogata y ataca con un alarido de guerra. No es rival para el soldado, quien lo abate de un solo tajo. Pero alrededor del improvisado campamento hay ahora un círculo de ojos brillantes y crueles.

Atacan los boggart. Con los reflejos de un veterano, Bowen mata a los dos primeros con un par de movimientos fluidos de su espada. Pero se siguen acercando.

Tres más se interponen entre él y Mika. Bowen reconoce la daga con empuñadura de hueso en las garras de uno de ellos, el que originalmente lo ayudó a cargar a Mika. Ese es el problema con los boggart. Todos se ven iguales. Otro trae un mazo descomunal. Tal vez sea el líder.

El líder de la banda blande su mazo en círculos sobre su cabeza, para tomar impulso, pero falla el golpe dirigido al cráneo de Bowen. No puede detener su movimiento a tiempo y, despreocupadamente, golpea con él en el pecho a su compañero que tiene a la izquierda, el cual, sorprendido y sin aliento, cae en la fogata con un alarido de dolor, esparciendo las brasas y avivando el fuego con sus ropas secas. A la luz del nuevo resplandor, Bowen ve impotente cómo media docena más caen sobre Mika, quien, sin quejarse siquiera, desaparece de su vista. Afortunadamente, el crujido del cuerpo sobre las brasas y los gruñidos de los que están por atacarlo casi logran ahogar el sonido de los boggart masticando y quebrando huesos. Tratando de desviar su atención e intentando cerrarse a los últimos vestigios del lazo mental que todavía lo unen con su hermano, alcanza a degollar al más temerario con un golpe de izquierda a derecha. Sin detener el movimiento de la espada, la empuña ahora con las dos manos, dándole un mayor impulso en un revés descendente y partiendo a otro enemigo desde la clavícula hasta el otro lado del pecho. No tiene tiempo de recuperar el aliento, porque llegan cuatro más.

Da la espalda a la fogata, utilizándola para cubrir su retaguardia. Error. Un boggart, los ojos inyectados de sangre y ciego al peligro, brinca sobre las flamas. Bowen lo alcanza a ver con el rabillo del ojo y, en un movimiento fluido, suelta su espada y gira sobre sí mismo, sujetándolo de las grandes orejas, aprovechando su mismo impulso. Continúa con su giro, dando una vuelta completa de derecha a izquierda, manteniendo a raya a los demás atacantes. Al completar el movimiento circular, suelta al boggart sobre la fogata, utilizando el mismo giro para salir proyectado en la dirección opuesta, dándole con la cabeza a un oponente muy sorprendido por la maniobra y escuchando con satisfacción un crunch al romperle la nariz y la mandíbula. Bien. Todavía quedan cuatro.

Repentinamente, se siente un temblor muy fuerte, que hace que sus contrincantes caigan al suelo. Bowen apenas se estaba levantando, así que logra aprovechar el desconcierto de sus adversarios para robar un escudo de uno de los cuerpos. Aunque no se lo puede ceñir al brazo, lo pone entre él y sus adversarios mientras tienta con la otra mano el suelo, en busca de un arma. Sus dedos se cierran alrededor de la empuñadura de una espada enemiga. Con alivio, la levanta a la altura de sus ojos, desafiando a sus enemigos a acercarse. Escucha sus risas, burlonas. Se da cuenta de que recogió una espada con la hoja partida un palmo por arriba de la empuñadura. No importa. Lo que cuenta es que sigue vivo y que tiene todavía una oportunidad. El líder sonríe vorazmente, acentuando con ese gesto un tatuaje tribal que tiene en la frente y le desciende por la nariz. Con un brillo malicioso en los ojos, vuelve a blandir su mazo y da una señal a los demás de que avancen sobre el soldado.

El suelo se vuelve a estremecer, ahora agitándose como si fuera un barco atrapado entre dos corrientes. Bowen pierde el equilibrio y, para no caer, se sujeta de un arbusto con la mano que aferraba el escudo robado. Esa distracción la aprovechan dos boggart para brincar enfurecidos, apoyándose en los cuerpos de dos de los caídos para alcanzar una altura mayor y tener la ventaja sobre él. El veterano, con la experiencia de cien batallas, recibe al de la derecha con la espada rota, haciéndole perder el impulso y la cabeza, mientras suelta el arbusto y gira al otro lado para recibir a su nuevo contrincante con un sólido puñetazo… que no alcanza a conectar, porque el escurridizo bastardo se retuerce desesperadamente tratando de ganarle la iniciativa al soldado. En lugar del sólido golpe que esperaba conectar, Bowen siente unas quijadas cerrándose sobre la parte externa de su mano. Se escucha un crujido húmedo cuando los afilados colmillos le cercenan dos dedos. De un tirón, logra sacudírselo de encima y dar un paso atrás, mientras se concentra en no gritar. Ya habrá tiempo para lamentarse después.

En lugar de aprovechar la situación, los boggart se quedan paralizados, con una expresión de desconcierto. El líder deja caer su mazo a su costado, toda idea de atacar olvidada. Bowen, con un terrible escalofrío recorriéndole la espalda, voltea hacia atrás de su hombro…

…y alcanza a ver, sobrecogido de terror, algo que parece una mano colosal que se levanta de entre las sombras y, en un movimiento tan inevitable como el derrumbe de una montaña, cae con un estruendo sobre la fogata y todo lo que estaba a su alrededor.

*

El gigante apaga la molesta fogata que tenía en la espalda, mientras lentamente se despereza y termina de aplastar y sacudirse las molestas criaturitas que tenía ahí, incomodándolo.

Con un pensamiento tan lento como el crecer de la hierba, el gigante se dispone a buscar otra aldea para dejarse caer sobre ella a dormir…

*



A veces, los cuentos no son contados por grandes narradores alrededor de una fogata, sino por las pálidas víctimas o los testigos ocultos, temblorosos después de cerrar la puerta de su casa.

Saturday, March 29, 2008

Y ahora, un relato...

- “El reflejo es verdadero. Eres tú quien está distorsionado.”

Mika se sobresaltó al escuchar a su hermano. Aún así, no desvió la vista de su imagen en el espejo. Algo era diferente. Aunque no podía decir exactamente qué, había cierto no-sé-qué que le resultaba desconcertantemente poco familiar. Le intrigaba ser el único que no lo pudiera ver. ¡Él mismo!

Ander volvió a interrumpir sus pensamientos.

- “Podrías intentar aplastar a un hada. Se supone que no lo puedes ver. Deja de perder tu tiempo contemplándote.”

- “Sí, sé que es imposible,” - respondió Mika, “pero no puedes culparme por intentarlo.”

Sonriendo, Ander ayudó a su hermano menor a terminar de ponerse el atuendo formal para la ceremonia del nombramiento.

- “Pero recuerda que no hay nada de qué preocuparse" - trató de tranquilizarlo Ander. "La llama de un guerrero nunca se extingue. Y, aunque así fuera, no podrías saberlo. No tú, por lo menos.”

Aunque trataba de irradiar la serenidad que su mayor experiencia le confería, Mika no podía negar que se sentía un poco inquieto. Pero, después de todo, era de esperarse. Finalmente había llegado el día del último ritual. Y su hermano había sido el elegido por el consejo del Clachán, hace ya un año. La formalidad de la ceremonia requería compostura. Pero su corazón siempre albergaría esa pequeña duda. Y, por supuesto, parte de esa incertidumbre la percibía Mika, aunque como probablemente seguía un poco distante, era lógico pensar que la confundiría con su propio nerviosismo.

A veces, Ander se preguntaba cómo sería vivir como los Merrow o como los Elfos, sin compartir las emociones o los sentimientos de los demás e incluso poder ocultarle sus temores a su hermano. Seguramente sería como estar completamente solo dentro de uno mismo. “Qué triste debe ser poder aislarse así y no llegar a soñar los sueños de los demás,” pensó. Además, una voz no es más que un guijarro para el resto del mundo. Miles de voces al unísono son una avalancha. Y eso es lo que somos los kithkin…

-“¿Y cómo puedes estar seguro de que sigo siendo yo mismo?” Esta vez fue Mika quien lo sacó de su contemplación. “Es extraño verte en el espejo y no saber si eres tú quien te regresa la mirada.”

- “Sé cómo te sientes, Mika…”

- “¡Claro que no puedes saberlo!” – explotó Mika. “¡No hay nada más perturbador que cruzar espadas con algo que se ve exactamente como tú! ¿Cómo sabes que el que murió en el duelo fue el cambiaformas y no yo? Después de haberlo sentido entrar en mi mente, hay momentos en que ni yo mismo lo sé.” Su voz bajó de intensidad, hasta convertirse en un susurro. “Fue entonces que me di cuenta de que no todos nuestros pensamientos son transparentes para el clachán. Pensamientos oscuros nacen y latigan en la mente, tratando de salir volando.”

Mika permaneció unos momentos perdido en sus pensamientos, con la mirada fija, pero sin ver, reviviendo seguramente los eventos pasados. Cuando volvió a hablar, fue con un hilo de voz…

- “En el momento de mi muerte, tuve una visión del mundo, oscuro y aterrador. Quise esconderme en el meandro más profundo, pero la luz me trajo de vuelta...”

- “Pero no te preocupes, hermano,” – continuó Mika, con una voz mucho más firme y repuesta. “Recuerda lo que decía el viejo Cenn… Hay todo tipo de fortalezas, pero si tienes fortaleza de alma, el resto vendrá.”

Ante esto, Ander se limitó a terminar de ajustar los últimos broches del uniforme de Mika, quien estaba a punto de ser nombrado como el nuevo embajador ante Oona, Reina de las Hadas. Pero, de haber sabido las pruebas por las que tendría que pasar, tal vez no le hubiera permitido a su hermano ofrecerse para ocupar el puesto. La purificación de la mente. La búsqueda y la cacería. Y, sobre todo, el duelo contra el cambiaformas.

Ahora sólo faltaba la última prueba, durante la ceremonia misma. Y no podía estar presente nadie más, porque en ella la misma Oona, desde su palacio, entraría en los sueños de Mika, aceptándolo como embajador o rechazándolo definitivamente.

Con una última mirada de aliento y una mano en el hombro de su hermano, Ander se despidió de su hermano afuera del salón de ceremonias, sin palabras. Con el lazo mental que los unía, las palabras no eran necesarias para expresar sus sentimientos.

Mientras lo veía alejarse por el largo pasillo, flanqueado por dos guardias, Ander pensaba en la prueba en la que no podría estar presente para ayudar a su hermano.

“¿Y si los sueños no son exclusivos de quienes duermen? ¿Y si, sin saberlo, también estamos soñando mientras estamos despiertos? Todo lo que nuestros sentidos nos dicen podría estar ahogando esos sueños, mucho más débiles que la realidad a nuestro alrededor. Eso explicaría las alucinaciones de los borrachos, los delirantes y los locos, para quienes los sentidos se pierden en los límites de la realidad.”

¡De ser así, Mika podría estar en peligro durante el ritual! Las hadas son especialistas en ilusiones, engaños… y sueños. Los sueños son tentadores porque en ellos uno es poderoso. Los sueños son peligrosos porque ese poder es mentira.

No podía quedarse ahí, sin hacer nada. Tenía que advertir a su hermano.

Pero había algo extraño con los guardianes de la ceremonia. Estaba seguro de que no eran los guardias kithkin que aparentaban ser. Por un lado, nunca los había visto antes. Además, no podía sentirlos con el pensamiento. Aun cuando fueran miembros de otro clachán, debería compartir con ellos el lazo mental. No, no eran lo que aparentaban. Pero, ¿qué otra cosa se podría esperar de los enviados del reino de las hadas? Tenía que ser muy cuidadoso. Cuanto mejor vestida esté una ilusión, más indecente será su forma desnuda.

Una vez pasado ese obstáculo, entre los dos se las arreglarían para pasar la prueba. Las reglas decían que el solicitante no podría ayudarse más que con sus propios recursos. Pero, ¿qué no el lazo mental de los kithkin formaba parte de su ser? Y, ¿qué mejor manera de representar ese lazo que el vínculo con su hermano? Les habían enseñado que es parte de la naturaleza de las almas arder más fuertemente juntas que separadas y era hora de ponerlo a prueba.

“Todos los seres llevan el fuego en su interior. El desafío es liberarlo antes de desaparecer en el olvido” – recordó Ander, de una de sus lecciones con su maestra Illulia. “Parece que finalmente llegó el momento de liberar el mío.”

Si aún así juntos no lo lograban, tal vez era porque no estaban destinados a hacerlo. Después de todo, todas las historias, hasta los cuentos de hadas, terminan.

Empuñando su espada y con una sonrisa de determinación en los labios, Ander se dirigió a paso firme hacia los guardias y hacia su hermano…