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El peor día de mi vida

El 19 de septiembre de 1985 fue el peor día de mi vida. Mis recuerdos de ese día están ligados a una lluvia muy fuerte de la noche ante...

Monday, September 4, 2017

El Cid. Fantasía histórica

El soldado estaba cansado. Habían sido las dos semanas más calurosas del año.  Aunque dos semanas era poco tiempo para una campaña, siempre es más difícil cuando no te quieren recibir, so pena de la ira regia. ¡Qué más daba si el rey le había dado la espalda, si había prestado oídos sordos a lo que todos sabían eran las necesidades de Castilla! ¡Si le habían difamado!  Y, además, ¡le había forzado de sus propias tierras, de sus heredades en Vivar!

Él sabía cuál era su deber, y lo cumpliría, así fuese menester echar hasta el último moro de la ciudad de Valencia – el final objetivo de la esta campaña. No se rebajaría a aposentarse por la fuerza en una posada en Burgos, así se le fuera la vida en ello. No. Eso es de un soldado común, o hasta de un desertor (“¡No lo permita Santi Yagüe!”), no de un Campeador.

Como cada fría noche, sus pensamientos iban hacia su familia. ¡Doña Ximena! ¡Elvira! ¡Sol! Ya habría de regresar con el abad Sancho a por ellas, que seguro estaba serían destinadas a la más alta cuna.

Sus recuerdos del día en que cumplió sus diez veranos hoy estaban más vivos que nunca. Cuando no era Don Rodrigo, sino tan solo Ruy Díaz y su borrica, en el camino de Vivar.  Esa tarde se había cruzado con la compañía de un magnífico caballero, cincuenta o sesenta pendones, armaduras, espadas, escudos, ¡todo un contingente! ¡Y tan magníficos que le habían parecido! Tan solo un saludo y sus nombres intercambiaron, pensando en cuál habría sido la intención de los hados para hacer encontrarse a dos personas tan diferentes, y curiosamente, con nombres similares.

Esta tarde, lo había vuelto a vivir. Pero en lugar de la grandeza recordada, más en mente tenía el polvo del camino, el cansado andar de sus hombres, el peso en todas las espaldas del rechazo real, y la pesadez del que se sabe paria. Y entonces interrumpiendo sus pensamientos, oyó la voz del muchacho, el familiar acento castellano:

-       -  “¡Santi Yagüe sea con vos, Don Caballero! ¿Cuál será vuestro nombre y destino?”

Con media sonrisa bajo su yelmo y los ánimos levantados nuevamente, se forzó a contestar tal y como lo recordaba:

-       -  “Rodrigo, el Cid Campeador y Burgos, muchacho. ¡Que con vos sea también!”


No bajaron la marcha, que su destino esperaba en lontananza. Tan solo miró de reojo al joven que los veía pasar con tal admiración, sin saber en ese momento que, ciertamente, a riendas del futuro grandes cosas les esperaban.

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