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El peor día de mi vida

El 19 de septiembre de 1985 fue el peor día de mi vida. Mis recuerdos de ese día están ligados a una lluvia muy fuerte de la noche ante...

Tuesday, September 19, 2017

Jano. Fantasía histórica

Cerca de Aleria, isla de Córsica.

Marcus Messalino, decurión a cargo de la guarnición romana de Aleria, se detuvo a secarse el sudor de la frente debajo de un olivo. Entre sus ramas alcanzaba a ver el Monte Cinto, majestuoso en su altura. La cumbre más alta de la isla parecía que lo retaba a alcanzar su cima. Pero no sería en esta ocasión. Al parecer, su camino lo llevaría hasta sus faldas, pero no más arriba. Si todo salía bien, iría hacia abajo en lugar de a las alturas.

Era un buen día, brillante y despejado, como todos los días en las orillas del Mare Ligusticum. Sacó su gladius de su cinturón y lo inspeccionó. Mientras le limpiaba la sangre de la hoja lamentó con pesar haber tenido que abandonar su montura. Las arpías habían atacado demasiado rápido, sin aviso, y lo habían tomado por sorpresa. Había bajado de su caballo para inspeccionar un estanque y determinar si era seguro para beber. Y antes de poder volver a montar, media docena de esas bestias aladas, con cuerpo de mujer y garras de ave, habían caído sobre el animal. Marcus Messalino logró abatir a dos con su espada antes de tener que retroceder. De todas formas, ya era demasiado tarde para salvarlo y ellas parecían estar más enfocadas en comer que en voltearse a atacarlo, así que aprovechó la distracción y corrió.

Terminó de darle mantenimiento a su gladius (porque la espada es lo más valioso de cualquier soldado - de ella dependía su vida) y, tras sacudir el polvo de sus sandalias, retomó la marcha, sin dudar el rumbo. Aún sin caballo, la ruta estaba clara en su cabeza: tomar el sendero de los pastos bajos, girar a la izquierda en el laurel alcanzado por un rayo, cruzar los terrenos de pastoreo, llenar su pellejo de agua en el arroyo y cruzarlo por ahí, para evitar las avispas, hasta el lugar donde haría un fuego para pasar la noche. Tras su cena de pan, aceite de olivo e higos, se tendió a dormir mirando las estrellas y esperando que la visión se repitiera.

Y así fue.

Al despertar, sabía que si entraba por la segunda cueva que encontrara en la base del Monte Cinto, al iluminarla la luz de la luna llena, saldría del otro lado cerca de Thessalonica, en Macedonia. Que eso estuviera del otro lado del Imperio, a varios mares de distancia, no le preocupaba ni le intrigaba. Así eran las visiones de los dioses, y ¿quién era él para dudar de ellas? Tan solo necesitaba llevar una garrafa de vino y todo le sería revelado a su tiempo. Con una plegaria para Jano, Aquel-que-Ve-el-Futuro, volvió a emprender su camino hacia su destino (cualquiera que éste fuera).

Toda su vida había estado rezando por una oportunidad así. Ser alguien en este mundo, y que los dioses se fijaran en él. Y así había sido. Las visiones habían empezado hace un año. Sabía que su camino tenía que empezar aquí, en Córsica, y había logrado que lo asignaran a esta tranquila isla, en vez de a la campaña de la Galia del ejército imperial. Mientras pensaba en todo esto tuvo la suerte de cruzarse con unos pastores que le vendieron la garrafa de vino que le faltaba. ¿Suerte? Él ya no creía en eso. Ayuda divina, más bien.

Llegó la noche y, bajo la brillante luz de la luna fue sencillo localizar la entrada de la cueva, invisible durante el día. Entró, confiado, con una antorcha en una mano, espada en la otra. Lentamente al principio, y más confiado conforme se adentraba en las profundidades de la tierra, bajó durante horas, toda la noche y quizá más, acompañado solamente por el sonido de sus pasos. Finalmente, sus pasos lo llevaron hasta una cámara donde había un espejo de agua, perfecto en su inmovilidad.

- “He llegado, Jano, tal como lo ordenaste,” exclamó en la oscuridad del lugar sagrado, un ligero temblor en la voz.

- “VIERTE tuofrendaTUOFRENDA EN EL AGUA, MARCUS MESSALINO.” La voz provenía de todos lados. Del agua, del techo de roca, del aire, de dentro de él mismo. Aunque no era una sola voz, sino una voz con eco. O dos voces simultáneas: una profunda y vieja, que parecía conocer sus secretos, y otra que era más bien un susurro y que hacía pensar en que sabía cosas aún más privadas. Sin titubear, cortó la cinta de cuero que sujetaba la garrafa a su cintura y vació el vino en la poza.

- “BIEN.”

Hubo una pausa. Marcus imaginó ver imágenes mezclándose en el agua, imágenes de su vida. Cosas que habían pasado, cosas que estaban por venir y cosas que nunca habían sucedido. Estas últimas lo desconcertaron un poco, pero no tuvo tiempo de pensar en ellas. Jano, señor de los dos rostros, dios de las puertas, del pasado y del futuro, estaba frente a él. Y al mismo tiempo, supo con toda certeza que también estaba detrás de él. Pasado y futuro.

- “¿ES tufuturoTUPASADO LO QUE BUSCAS?”, preguntó Jano en un susurro frente a él y, a la vez, en una profunda voz detrás de él, de tal manera que se mezclaron las palabras.

- “¡Salve, Jano, el que todo lo vio y lo verá con sus dos rostros!”, dijo Marcus, postrándose en el suelo y agachando la cabeza. “Lo que busco es mi destino.”

-“ENTONCES notedetengasREGRESA…
notedentengasREGRESAPORDONDEVINISTE…
entraalaguaynovuelvasYNOVUELVAS
LOS DIOSES ACEPTAN TU OFRENDA. ACEPTA TU DESTINO,” concluyó a una sola voz.

Con esto, Marcus se incorporó, dio un paso en el agua… y se encontró súbitamente bajo el rayo de sol, sobre la playa, las olas lamiéndole las sandalias.

En la cueva, Janos sonrió y se entristeció con sus dos caras, antes y ahora. Debió haberle advertido antes de dejarlo marchar. Marcus era un joven bien intencionado, pero su destino no pertenecía a Janos y lo mejor era dejarlo en las manos del muchacho. Y de las Furias. Ellas siempre tenían el destino en sus manos. Él lo había visto. Y así sería.


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