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Thursday, October 5, 2017

Historia de micro.

Esta es una historia corta que, la verdad, me dio mucha risa.

Yo soy de ésos que se duermen en los camiones. Uno de mis super poderes es sentarme, acomodarme en una posición estable (la palabra mágica es "estable") y quedarme dormido. Esto viene acompañado con la habilidad sobrenatural de despertarme justo antes de que me tenga que bajar del camión.

Dicho esto, también cabe aclarar que es de lo más molesto que el vecino de al lado se duerma y empiece a mecerse con un movimiento de campana, de un lado a otro jalado por el peso de su cabeza hasta el punto de recargarse en tu hombro, despertar ligeramente después de que te quitas, volverse a acomodar y repetir todo el proceso otra vez.

Yo no soy de ésos. No, señor.  Y si lo soy, tienen mi autorización para hacerme lo mismo que platico aquí abajo.

Regresando a la historia, una vez iba yo en un microbús sentado tranquilamente en el asiento detrás del chofer, de esos asientos que tienen una barra de metal horizontal para que te sujetes de ahí y no del respaldo del conductor cuando éste realice alguna maniobra digna del casting de una película de Rápido y Furioso.

El que iba junto a mí, sobra decirlo, iba dormido.

Este sujeto llevaba los límites del equilibro a nuevos niveles. Empezaba desde una posición sentada, derechito, luego se recargaba brevemente en mi hombro pero le ganaba el peso y poco a poco se inclinaba hacia adelante y a la derecha (hacia donde estaba yo) y, cuando parecía imposible que se sostuviera tan adelante sin estar amarrado al asiento, se sobresaltaba y regresaba rápidamente a su posición original, sin despertarse para nada y volver a empezar.  Acompañen todo esto con un ligero pero audible ronquido.  Eso sí, cada vez que llegaba a su punto máximo de inflexión, prácticamente lo tenía flotando sobre mis rodillas.

Dos, tres, cuatro ciclos de esto y ya se había convertido en lo más molesto del mes. Así que la próxima vez que el susodicho llegó a su punto máximo de equilibrio, desafiando a la gravedad, le di un toquecito con mi codo detrás de su codo - como cuando quieres llamar la atención de alguien junto a ti sin que nadie más lo note. Y ese toquecito fue todo lo que se necesitó para que las leyes de la física recobraran el control: el sujeto salió volando hacia adelante los 30 cm que faltaban para llegar a la barra de metal pasa sujetarse, y...

¡TONNNNK!

...retumbó el sonido de su frente contra la barra.

Despertó, completamente desconcertado, sin tener idea de qué había pasado (o, probablemente, sin saber qué hacía ahí, quién era él y en qué año estábamos) y se sentó con la espalda recta, disimulando perfectamente que no había pasado nada.

¿Yo? Obviamente no podía reírme sin parecer culpable, así que seguí en mi lugar sin mover ni un músculo, pero con la carcajada por dentro. Un par de minutos después, me paré y llegué a mi bajada.

¿Eso califica como mal karma?

1 comment:

Veronica Zuniga said...

No califica como mal Karma, porque no te reíste delante de él 😊