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El peor día de mi vida

El 19 de septiembre de 1985 fue el peor día de mi vida. Mis recuerdos de ese día están ligados a una lluvia muy fuerte de la noche an...

Tuesday, June 25, 2019

Gis


“Santa María, madre de Dios
Ruega por nosotros los pecadores
Ahora y en l’ora de nuestra muerteamén.”

Desde su cama, Gis escuchó pacientemente a mamá terminar su rosario afuera de su cuarto. Como cada noche, estaba en el pasillo, arrodillada con la mano sobre la puerta. No tenía que levantarse para saberlo. La sentía desde ahí, acostada. Pero eso nunca se lo había contado. Para qué.

No quería angustiarla más. Ni espantarla. Además, ya estaban bien, ¿no?

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Después de terminar el último avemaría, se incorporó lentamente. Como siempre, las rodillas le dolían, pero era un pequeño sacrificio. A su edad, era poco lo que ya no le dolía después de terminar el quehacer, ir al mercado y conseguir algo para que comiera su pequeña. Todo fuera por la salvación del alma inmortal de Gisela. Si eso en el cuarto de su hija todavía seguía siendo Gisela.

Se limpió las manos en el delantal con un gesto ausente, le transfirió un beso con la punta de los dedos al crucifijo de la puerta y, silenciosamente, fue a la sala a recostarse un poco y levantar los pies en su taburete de flores.

Estaba cansada pero, como lo había dicho ayer en la confesión al padre, no eran sus huesos los que le pesaban. Sentía el alma agotada y sabía que, para eso, nadie iba a llegar a ayudarla.

“Ya no sé qué hacer con mi hija, padre. Cada vez se pone peor. A veces pienso que tiene el Diablo adentro.”

“Está entrando a la edad difícil, hija. Paciencia, que todo se resolverá con tiempo y amor.”

“Si tan solo fuera tan fácil, padre.”

“Recuerda que no hay hija mala, solo rebelde o mal encaminada. Y para eso estamos nosotros aquí.”

“Estoy muy cansada, padre. Solo quiero dejar de preocuparme y descansar. Pero mi Gis me necesita. Hay que hacer todo lo que esté en nuestras manos por nuestros hijos, ¿cierto?”

“Te refieres a protegerlos y corregirlos, ¿no, hija?”

Ella no respondió de inmediato. “Sí, padre. Justo a eso”, contestó finalmente, la mirada cansada.

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Gis quería seguir yendo a la escuela. No era justo que ya ni siquiera la dejaran ir a las fiestas de cumpleaños de sus amigas. Sí, sí, mamá ya se lo había explicado, que no podía andar por ahí atacando por impulso a alguna otra niña. Además, ningún festejo infantil era en la noche. Qué complicado. Le entró una angustia repentina. Faltaban solo dos semanas para su cumpleaños. ¿Y si tampoco la dejaba hacer SU FIESTA? Nonono. Eso no podría ser.

Y entonces se le ocurrió una idea genial. Ella planearía todo: los invitados, el pastel, la piñata (no importa que ya estuviera grande para eso, como decían sus amigas – era su parte favorita), la música, los juegos; en fin, todos los detalles. Y se los enseñaría a mamá, para que no pudiera decir que no. Ya vería qué bien iba a salir. Después de todo –  levantó un dedo y recitó con aire solemne – “Una solo cumplía once años una vez en la vida,” como escuchó alguna vez decir a mamá.

Si se organizaban bien, segurito que podían hacerla en la noche. Se sentó en la orilla de la cama para alcanzar su cuaderno de unicornios, tomó el lápiz con goma de Mickey Mouse y empezó a anotar su lista de invitados.

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Sintió que se caía del sillón y despertó en una explosión de adrenalina, ahogando un gritito. Tensa, miró rápidamente a su alrededor, una mano en el rosario que colgaba de su cuello, pero todo estaba igual. Revisó las manecillas del reloj cucú junto a la puerta. Solo habían pasado tres minutos desde que se sentó. Se secó el sudor de las manos en el regazo, suspiró y creyó escuchar algo que la dejó inmóvil.

¿Qué había sido eso? Alguien había pasado por el pasillo. Tal vez. No lo sabía. Exhaló, dejando escapar un poco esa presión que sentía en la cabeza.

Fue al baño a mojarse la cara. Todavía no amanecía, así que no había llegado la hora de dormir. La luz amarilla del único foco en el techo le acentuaba las arrugas y las bolsas negras de los ojos.

Ahora que ponía atención, podía distinguir algo en esos ojos apagados, intensos, tristes. Algo que no podía decir en voz alta.

Respiró profundamente y dejó pasar varios segundos hasta que, con un temblor en la voz, le susurró a su reflejo rápidamente, para no poder arrepentirse:

“TengomiedoGis.” Hizo otra pausa y después corrigió, con más decisión: “NO. Te tengo miedo, Gisela.”

Y era cierto. Le tenía miedo a su hija. Listo, ahí estaba. Finalmente lo había admitido. No se sintió más tranquila, pero “un demonio nombrado es un demonio más fácilmente derrotado.” Ya sabía por qué pedir en la misa de mañana.

En fin, ya casi era hora de servir el desayuno. Más le valía mantenerse ocupada. Así no pensaría en cosas.

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Terminó la lista justo a tiempo y la dejó sobre su escritorio, justo encima de todo su tiradero, como decía mamá. Emocionada, hizo un esfuerzo para contenerse y esperar, mientras los cerrojos de su puerta se iban abriendo, uno por uno. Debía tener paciencia. Una señorita no anda brincoteando por todos lados, por más emocionada que esté. Aunque tenga hambre.

Se abrió el último pasador de la puerta.

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“¿Todavía tiene gatitos en adopción, Don Julio?”

“Buenas noches, Doña Gisela. Sí, nos quedan dos pequeños y la mamá. Ya estaba a punto de cerrar. ¿Qué, viene por otro?”

“Sí, si no es mucha molestia. Fíjese que el que me llevé ayer le encantó a mi sobrinito y se lo tuve que regalar. Lo bueno es que no me había encariñado todavía con él. ¿Cómo ve? Va a decir que me estoy volviendo una señora de los gatos, pero es que me siento muy sola desde que perdí a mi Gis. Necesito a alguien que me reciba en la casa, y no me gusta llegar al departamento vacío y que esté todo en silencio.”

“Lo sé, y lo recuerdo. Lo siento mucho, Doña Gisela. Sé que es difícil. Escoja el que quiera. Van a estar mucho mejor con usted que encerrados en esta jaula.”

“Muchas gracias, Don Julio. No quisiera separar a los gatitos de su mamá. ¿Está bien si me llevo a los tres?”

“Claro, no hay problema. Faltaba más. Solo recuerde de traerlos cuando cumplan los tres meses para operarlos. ¿Va a querer un costalito de comida?”

“No, no hace falta. Así está bien, gracias. ¿Cuánto va a ser?”

“No se preocupe por eso, con que vayan a estar bien con usted me basta. Solo cuídelos bien, que ya se le han perdido muchos. Hoy por usted, mañana por mí. Van a acompañarla años y años, ya verá que todo va a estar mejor.”

Ella sonrió, los ojos hundidos delatando su tristeza. “Dios lo oiga, Don Julio. Dios lo oiga,” susurró.

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Gis terminó de desayunar y puso el resto de vuelta en el plato, confundida. No entendía por qué mamá no se había alegrado con su plan. ¡Si era perfecto! Ni siquiera había invitado a todo su salón, para que no fuera tan caro. Ahora que lo pensaba, sí la veía preocupada por algo. Estrés, seguramente. Eso lo decían los adultos para todo.

En fin, ya se preocuparía de eso en la noche y seguiría planeando la fiesta perfecta. Moría de sueño. Los párpados le pesaban y el cuerpo ya no le respondía muy bien. La luz grisácea que se colaba por debajo de las gruesas cortinas revelaba que estaba a punto de amanecer. Recordó revisar que estuvieran bien cerradas antes de caer rendida sobre la cama, mientras una pesada niebla invadía sus pensamientos.

Durmió el sueño de los inocentes.

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Después de esperar unos minutos, volvió a entrar para recoger el plato de Gis y se quedó viendo al cuaderno abierto sobre el escritorio. El dibujo de la piñata la hizo sonreír con una tristeza infinita. Así como el año pasado y el anterior a ése, tenía que pensar cómo convencerla de olvidarse de la fiesta. Afortunadamente, desde el cambio, parece que Gis recordaba el paso de los días como si todos fueran iguales y apenas acabara de dejar de ir a la escuela por enfermedad.

Claro que también había días malos, y era cuando no podía olvidarse de cerrar la puerta y la ventana con todos los pasadores, para que no fuera a pasar otra vez el desastre de hace dos años en el departamento de abajo. Y más, si finalmente habían logrado rentarlo nuevamente. Parece que en estos días llegarían los nuevos vecinos.

Tomó el plato con el gato seco, ya sin sangre, y cerró la puerta con un gesto ausente. Tenía que apresurarse a echarlo con el resto de los desperdicios orgánicos antes de que pasara el camión de la basura.

Besó, pensativa, la cruz de su rosario. “Efectivamente, lo que fuera por nuestros hijos, padre. Lo que fuera.”

Afuera, un nuevo día había comenzado.



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