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El peor día de mi vida

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Tuesday, June 18, 2019

Hada de cementerio


“¿A qué sabe la luz de sol?”, pensó, absorto, mientras descansaba un poco y se miraba las toscas manos curtidas por el trabajo y manchadas de tierra húmeda.

Un rayo de luz se filtraba entre las ramas, pintándole las gruesas palmas de las manos con ese tono único dorado del atardecer. Las cerró lentamente, imaginando poder llevarse con él ese rayo delicioso. Un momento después, las volvió a abrir, liberándolo. Uno no debe tomar lo que no es para él. Continuó quitando la hierba de los arbustos de grosella, mientras se contestaba a sí mismo.

“Depende de la hora, sabría diferente. La mejor debe ser la de justo después de llover,” razonó.

Llevándose una mano a la cintura, enderezó la espalda para contemplar su trabajo del día. Aprovechó la sombra de su brazo mientras se secaba la frente para mirar el reloj, que se alcanzaba a ver desde esta parte del cementerio. Mmmh… la sombra del gnomon del reloj de sol casi llegaba a su punto más largo de esta época del año. Había aprovechado muy bien el tiempo hoy.  Respiró profundamente y se agachó para recoger sus herramientas y levantar las hierbas arrancadas. Si se daba prisa, estaría comiendo para cuando el eco de las campanas de la iglesia anunciara las vísperas en el monasterio, justo al anochecer.

Desde los doce años tenía el cargo de guardián del cementerio, como lo había sido su familia por varias generaciones antes que él. Su hermano lo heredó de su abuelo cuando él murió, pero nunca lo tomó como un oficio real - y pagó las consecuencias. Por eso él se hizo cargo. Además, un trabajo es un trabajo. Ahora, a los diecisiete, conocía bien muchas de las artes de su oficio y lo tomaba muy en serio.

Al igual que cada tarde al terminar, dejó con cuidado un pequeño ramo de flores silvestres como ofrenda a nadie en particular y se alejó, inmerso en sus pensamientos. Caminando entre las tumbas, podía percibir una conexión especial con sus responsabilidades heredadas. Y, si cerraba los ojos y lo pensaba muy, muy fuerte, se sentía casi como un abrazo. Un abrazo cálido, bajo el rayo del sol, pero a la vez pequeño, como concentrado.

Entre las pequeñas flores de grosella, un hada de cementerio lo observó alejarse con una sonrisa. Era pequeña, de apariencia madura y rolliza, con los colores de la tierra recién excavada, los brotes nuevos y la niebla matutina.

“Sí, tienes razón, los rayos de sol justo después de llover son los más deliciosos,” pensó, una mano en la barbilla, mientras ayudaba con un gesto de la otra a florecer a un brote obstinado. Tuvo cuidado de enviarle ese pensamiento al hombre, ya que se había esforzado hoy. Eso le divertía. Le gustaba ver cómo se arrastraban lentamente las ideas por su cabeza, aunque casi siempre llegara a la conclusión equivocada. Esperaba que algo de lo que le sembraba en su mente diera frutos. Justo así, como esta grosella – remarcó el punto acariciando con la punta de los dedos una ramita y, susurrándole en el idioma original para liberar su potencial y convencerla de hacer crecer un pequeño racimo, de un rojo muy, muy oscuro. Ojalá que el cuidador algún día se volviera, inclusive, narrador de historias. Esas personas le caían bien. A veces, los narradores venían aquí mismo, a inspirarse. Y entonces ella los ayudaba, claro.

El idioma original era el que había nacido con el mundo, y al que las plantas, los insectos, las nubes, el cielo y todo lo demás todavía respondían. Cualquiera lo sabía. Era solo cosa de usarlo, con reverencia, en el momento correcto. Todos los demás idiomas provenían de ahí. Claro, los humanos se apresuraban tanto en sacar conclusiones que lo confundían con magia. Qué tontería. Eso les pasa por no saber escuchar.

La pequeña hada se apresuró. Había pasado demasiado tiempo viendo trabajar al hombre. Todavía tenía tanto por hacer antes de que anocheciera, empezando por hacer brotar un poco de pasto nuevo en las tumbas de los que están en paz. Eso la ponía de buenas, y le gustaba todavía más cuando podía hacerlo por primera vez en una tumba nueva.

Porque había quienes morían en paz. Esos eran los más tranquilos, y sus tumbas siempre estaban verdes, con flores silvestres en los colores del sol.

Con otros, era un poco más tardado, porque dejaban una tristeza tan profunda que sus familias la asumían como propia y dejaban que los consumiera. No, así no debe manejarse el duelo – frunció el ceño. El duelo es como las alas de un hada. Debe sostenerse con fineza, despertarlo con tu aliento para hacerle saber que estás ahí y que es libre para partir. Si lo haces bien, partirá volando una mañana, sin avisar, justo a tiempo para que alcances a probar la luz del sol.

Cuando finalmente estuvieran en paz, era deber de las hadas como ella hacer reverdecer sus tumbas, para que les llegara mejor el calor del sol. Porque una tumba verde, viva, es la mejor manera de que ellos tengan luz y te lo agradezcan. Y para eso están las hadas, ¿no?

También había que mantener legibles los nombres. A nadie le gusta ser olvidado. Esos son malos modales. El truco era hacerlo con la cantidad justa de musgo y tomarse el tiempo necesario. Los nombres son poderosos, y era un error dejarlos perderse en el olvido, abandonados y resentidos.

Recogió y mordisqueó distraída una las flores ofrendadas mientras se estiraba, perezosa. Un rayo de luz de sol acarició sus alas y aprovechó la pausa para bebérselo completito.

En fin, a trabajar.

La pequeña hada se alejó con sus deberes, un rastro de rocío vespertino como único testigo de su paso.

A lo lejos, las campanas empezaron a llamar.


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