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El peor día de mi vida

El 19 de septiembre de 1985 fue el peor día de mi vida. Mis recuerdos de ese día están ligados a una lluvia muy fuerte de la noche anter...

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Tuesday, May 5, 2020

Vicente

Vicente está ladrando. Se escucha desesperado, histérico. No pienso asomarme.
Antes de mudarte, deben informarte si en esa casa ha habido algún asesinato, ¿no? O algo sobrenatural. Es lo que dicen en la tele. He visto suficientes películas de asesinos seriales y de casas poseídas para declararme un cuasi experto en el tema. Las historias siempre tienen los mismos puntos en común: Se mudan, empiezan a pasar cosas que poco a poco son más y más notorias, nadie les cree, pasa algo horrible, investigan, descubren una tragedia pasada, los atacan abiertamente y descubren que: o regresó el villano anterior, o es alguien imitándolo. Al final, los sobrevivientes escapan y todo vuelve a comenzar.
A mí nadie me advirtió. Y menos que volverían a terminar lo que empezaron. Parece que no quieren a nadie en su antigua casa.
Todo estaba saliendo tan bien: terminé la maestría y no tenía otra responsabilidad más que mi nuevo trabajo, el gato y Vicente, lejos de los problemas de siempre. El proceso de reclutamiento fue relativamente sencillo: me contactaron a través de la bolsa de trabajo de la universidad y, antes de graduarme, ya había pasado la última entrevista. ¿Qué si estaría dispuesto a mudarme? ¡Claro que sí! No lo pensé dos veces. Después de tantos años soportando el tráfico, la contaminación, la inseguridad, sonaba a buena idea eso de alejarse de la ciudad.
Me explicaron que la compañía se dedica a desarrollar lentes y espejos de muy alta precisión para telescopios, hornos solares y proyectos militares. Como los equipos son muy susceptibles a los efectos de la contaminación, partículas suspendidas en el aire y vibraciones no deseadas, las instalaciones están muy alejadas de cualquier centro urbano grande y a una buena distancia de la autopista más cercana. Por mí, mejor. Siempre quise vivir en un lugar aislado de las multitudes, y toda mi vida fue un lujo poder disponer de tiempo y espacio suficientes. Ya no más. Ahora, tendría todo el que quisiera.

Encontrar una casa en renta resultó más sencillo de lo que esperaba. Había varias propiedades disponibles en la zona (al parecer, desocupadas por los empleados anteriores), así que pude elegir una de dos plantas, pequeña pero muy luminosa, con grandes ventanas que daban a un jardín trasero bastante amplio, a unos cien metros del vecino más cercano. El jardín era perfecto para que corriera Vicente, con una ladera que descendía hacia un arroyuelo que se adivinaba (y se escuchaba) más allá de la sombra de los árboles en la cañada.
El gato desapareció en cuanto llegamos. ¿Por qué “el gato”? No sé, nunca estuvimos muy cómodos el uno con el otro. Traté de nombrarlo un par de veces y así darle su lugar, pero con cada nombre con el que lo llamaba parecía que me odiaba un poco más. Así que mejor llegamos a un acuerdo tácito: yo le decía “el gato” y él me toleraría lo suficiente para permitirme servirle de comer, siempre y cuando lo dejara en paz.
Para cuando bajamos la última caja del camión, al anochecer, ya estaba extremadamente inquieto y maullaba lastimosamente. Se veía que se sentía especialmente miserable. Le serví comida y lo dejé salir de su transportadora, para que reconociera su nueva casa. Con un corto gruñido de protesta, corrió entre mis piernas y salió disparado hacia los arbustos. Era evidente que no le gustó nadita la mudanza. Ya regresará, pensé.
Parado en la entrada, viendo al gato desaparecer, me llegó un olor extraño. Parece que a Vicente también, porque empezó a ladrarle a todo, como si quisiera ahuyentar algo que estaba en todas direcciones. No sé cómo no me había dado cuenta antes, pero el lugar tenía un aroma peculiar. Como a aceite caliente y a café. No solo en la puerta; era como si esa fragancia permeara todo: la casa de madera, el pasto, la tierra, las piedras, el aire, las estrellas que empezaban a brillar. Nada desagradable, pero curioso, porque no había cerca alguna planta procesadora, fábrica de alimentos o algo parecido. Y ni siquiera había viento en ese momento.
Tranquilicé a Vicente rascándole detrás de las orejas y entramos a la casa. Los trabajadores de la mudanza habían hecho un buen trabajo desempacando y acomodando todo y solo dejaron unas cuatro o cinco cajas en la sala. Ya las abriría al día siguiente. Antes de subirme con Vicente a dormir, dejé una ventana de la cocina abierta para el gato, y ahí mismo puse su plato con comida. Nota mental: Ya solo olía a polvo, a la madera de la casa y a pintura nueva. Tal vez había sido algo en el río.

El gato nunca regresó.

El día siguiente fue domingo y aproveché para terminar de desempacar todo y acomodar mis libros y mis recuerdos. Dedicado siempre a mis estudios, había vivido pocas cosas emocionantes en mi vida, y se notaba: la foto de graduación, una foto con mi papá en el zoológico, un par de medallas de matemáticas, la portada enmarcada de la revista de la escuela donde me publicaron un artículo por primera vez, una alcancía roja de cabina telefónica del único viaje que hice a Londres, la foto del día que adopté a Vicente.
Por cierto, hacía un buen rato que no lo escuchaba. Salí a buscarlo por la puerta de atrás – la comida del gato estaba intacta – y lo llamé un par de veces. Bajé hacia la línea de árboles y lo encontré escarbando en la base del tronco seco de un… ¿olmo? ¿sauce? ¿haya? No sé. Nunca he podido distinguirlos. Todos los árboles son iguales. Pero ya no estaba rascando la tierra. Estaba quieto, agazapado, como cuando jugábamos y esperaba a que le aventara algo para salir corriendo a traerlo.
Lo alcancé y vi lo que desenterró: una figura de nuestra casa tallada en madera. Se veía antigua, porque la madera estaba muy gastada, los bordes redondeados y tierra húmeda en las ventanas. En cuanto la tomé, una sensación de vértigo me envolvió, junto con el olor de la noche anterior, abrumador, multiplicado miles de veces: aceite caliente, café, aire viejo, el sabor a moneda de cobre en la boca inundando mi garganta; los ojos y las manos los sentía calientes, muy calientes. El olor me inundaba, era demasiado, tan fuerte que no podía respirar, los árboles dieron vueltas a mi alrededor, me caía, me caía. Tuve un segundo de lucidez antes de desvanecerme, y mi reacción fue arrojar lejos de mí la figura que me quemaba, con todas mis fuerzas, hacia la cañada, a donde se escuchaba que corría el río. Todo a mi alrededor se oscureció, de modo que solo quedó en el centro un punto de luz cada vez más lejano, y me desmayé.
Cuando abrí los ojos, estaba boca abajo sobre la tierra removida. Tosí, escupí tierra y vi sangre en ella. Me había mordido la lengua antes de caer. Ya solamente olía a bosque, a humedad, a río, a árboles. Al levantarme, me di cuenta de que Vicente había escarbado en el centro de un círculo de unos tres metros de diámetro donde no había pasto, ni hierbas, ni nada. Solo un tronco muerto. Había leído sobre algo así alguna vez. Un círculo de hadas, creo. Se dan naturalmente en el bosque y traen muchas supersticiones. Dicen que lo mejor es alejarse de ellos y dejarlos como los encontraste. Mmmh… difícil a estas alturas.
Caminé a tropezones por la bajada hacia el río, buscando la figura de madera entre la escasa hierba con una desesperación creciente. Nunca he sido especialmente crédulo, pero, ¿para qué arriesgarse? Maldita sea. No estaba por ninguna parte. Debió caer en el agua y, si fue así, la corriente la arrastró a quién sabe dónde.
Ya no había nada más que hacer. Ojalá se tratara de supersticiones y que todo eso de la casita de juguete fuera solo cosa de niños, una anécdota de hace mucho tiempo y ya. Sonreí, nervioso. Vicente estaba demasiado dócil junto a mí, como regañado. Me arrodillé para que se sintiera seguro y dejé que su cercanía me tranquilizara a mí también.
Con mi brazo alrededor de su cabezota y rascándole debajo del cuello, traté de sonreír y no darle tanta importancia al asunto. Además, él me defendería de lo que fuera, ¿no?
Esa noche, regresaron.

No puedo decir mucho, principalmente por que no sé bien qué es lo que pasó, si es que realmente ocurrió algo. Recuerdo fragmentos, como en un sueño: anochecía cuando entré a la regadera para quitarme el olor a tierra húmeda. Vicente estaba inquieto. Daba vueltas alrededor de mi cama, olisqueando el aire. Me metí al chorro de agua caliente y sentí cómo el aroma a tierra brotaba de mi piel, flotando con el vapor a mi alrededor. La ventana del baño es pequeña y muy alta, así que solo me deja ver el cielo. La vi estremecerse con una ráfaga de aire y escuché rechinar la reja de la entrada. Vicente ladraba tímidamente. Creí escuchar algo abajo, en la cocina. Cerré la llave del agua para estar seguro y, en ese momento, todo se calló. Como si el sonido se hubiera ido del mundo. El viento, la reja, Vicente, la ventana, nada hacía ruido. Ni siquiera oía el agua escurrirse en ese plic, plic, plic, que normalmente llena esos momentos entre los silencios.
En ese momento, más que olerlo, sentí un olor a café recién hecho escurriéndose por los resquicios de la ventana cerrada. Entré en un pánico irracional. Abrí la cortina del baño de un manotazo, di una larga zancada para salir de la tina mientras me estiraba por la toalla... y todo se volvió de cabeza. Me golpeé en el pómulo izquierdo con algo sólido, escuché un crack cuando mi cara rebotó hacia atrás y el silencio nuevamente se llenó de ruido.
Me quedé tirado en el piso, desorientado y adolorido. Y entonces se me heló la sangre. Vi de reojo que Vicente entró por la puerta que dejé abierta y se sentó atento, la cabeza ladeada, mirando arriba, hacia la ventana.
No había nada ahí.
Me paralicé y contuve la respiración. Después de un largo, larguísimo momento de tensión, Vicente se levantó de golpe y se interpuso entre la ventana y yo, enseñando los colmillos, gruñendo. De pronto empezó a ladrar, y supongo que lo que sea que haya estado ahí se alejó – aparentemente.
La cara me palpitaba y punzaba dolorosamente, así que muy lentamente, revisando todas las esquinas y encendiendo todas las luces, bajé a la cocina por algo frío para que no se inflamara tanto. Vicente iba tranquilo a mi lado, como si nada hubiera pasado. Tal vez todo era culpa de mi descuido y mis nervios. Sí, seguro exageré mi reacción. Tomé una bolsa de verduras congeladas, me la puse en el ojo y subimos a dormir.
La ventana del baño estaba entreabierta.

Al día siguiente, no quise saber nada. Hablé a la oficina con cualquier pretexto, y no salimos en todo el día.
En cuanto la luz de la tarde envejeció, encendí todas las luces de la casa y me encerré con Vicente en mi habitación. Una de las razones por las que me decidí por la casa fue la vista desde esta ventana. Era muy bella desde ahí: el jardín rodeado por altos árboles frondosos (investigué en la mañana y eran principalmente pinos y olmos), las colinas que bajaban hasta la orilla del terreno mientras se doblaban y doblaban sobre sí mismas a la distancia. Antes de que los tonos dorados del atardecer se fundieran y se escurrieran entre las hojas de los árboles, cerré las persianas y encendí la tele para distraerme, dejándola en cualquier cosa que hiciera ruido. Era un talk show sin sentido, monótono y de política. Todos vestidos de negro, discutían acerca de las implicaciones del precio del petróleo sobre no-sé-qué, y era ligeramente interesante. Seguramente en otras circunstancias le hubiera puesto atención. Pero no esta vez.
Afuera ya estaba oscuro, tal vez más de lo normal. Una ráfaga de viento empezó a castigar las copas de los árboles.
Y entonces, regresaron.
El olor. Ese mismo aroma tan presente en todo, como si nunca se hubiera ido. Algo pesado se cayó en la cocina y sentí una explosión de adrenalina en el pecho, de miedo puro. Vicente se puso frenético y corrió hacia las escaleras. Yo, más por no quedarme solo y contra toda precaución, salí detrás de él, con la energía del momento.
Al llegar abajo me paralicé. La puerta de atrás estaba abierta.
Vicente salió disparado por la cocina, persiguiendo algo que… no sé. No quise ver qué era. Di media vuelta y prácticamente volé de vuelta hacia arriba. Cerré la puerta de mi cuarto de un golpe y le recargué la silla de mi escritorio. No la atranqué, simplemente la puse ahí, como si fuera suficiente para defenderme de lo que sea que venía por mí. Busqué rápidamente algo pesado. ¿Un libro? No, qué infantil. Arranqué del baño el tubo de aluminio para colgar la toalla, me aseguré que la ventana estuviera cerrada con seguro…
Y esperé.

No sé cuánto tiempo ha pasado. Solo unos instantes, tal vez. Ya no siento esa adrenalina, solo un pánico frío en el estómago y en las palmas de las manos. Me las limpio en el pantalón y vuelvo a sujetar el tubo con fuerza. Vicente está ladrando. Se escucha desesperado, histérico. No pienso asomarme.
Pienso en todo lo que ha pasado para llegar a esto, y honestamente no comprendo por qué. Podría irme un par de días a casa de alguien – pero no conozco a nadie por aquí – o a un hotel. Debe haber alguno por aquí, supongo. ¿Qué me dirán en la oficina? Divago un poco.
Ya no escucho ladridos. Discúlpame, Vicente. No supe cómo protegerte, mientras que tú lo hiciste hasta el último aliento.
¿Y el gato? ¿Dónde estará? No sé qué pasó, pero ya no está conmigo. ¿Fui tan mal dueño? Dicen que ellos saben cosas, que te protegen o algo así.
Me arriesgo a asomarme por el borde inferior de la ventana. La luz de abajo está apagada. ¡Maldita sea!
¿Qué fue eso? Algo crujió en las escaleras.
Creo que están en la puerta de mi recámara. Tengo mucho vértigo y un fuerte gusto a café quemado en la garganta. Curioso. A mí ni me gusta el café. Llevo como cinco años sin probar uno.
¿Qué hice mal? ¿Fue mi culpa?
Ya están aquí.




Tuesday, November 5, 2019

Microsueños

UN PANDA EN UNA TIROLESA NO PUEDE SOSTENER SU CAFÉ Y SE LE CAE, SALPICÁNDOLE LA CARA. Abrió los ojos, en un rush de adrenalina. No, todavía no se había pasado de su parada. Qué temprano se veía la ciudad a esta hora. Como hacía frío, todos tenían una actitud de “Qué hago aquí y por qué no estoy en mi cama”.
CLOSE-UP DE UNA BALLENA AZUL, BAJO EL AGUA. Sacudió la cabeza, para despejarla. Aquí era. Perfecto. Su récord impecable de dormirse en el camión sin pasarse ni una sola vez seguía intacto.
Ya eran pasadas las nueve, pero todavía estaba en sus minutos de tolerancia. El reto iba a ser no quedarse dormido en las tres o cuatro juntas que tenía hoy. Ya sabía que no había sido buena idea no irse dormir anoche a su hora. “Pero no me arrepiento,” pensó, mientras se recargaba en el frío costado de acero inoxidable y el elevador subía hasta su oficina. ENTRA UNA MUJER VESTIDA DE PARAMÉDICO A UNA JUNTA Y SE SIENTA EN UNA MESA REDONDA. TODOS TRAEN CAPAS ROJAS, CON UNA FILA DE ESTRELLAS DORADAS DE HOMBRO A HOMBRO, EN LA ESPALDA.
Plínnn. Se sobresaltó. Abrió los ojos como platos y se acomodó el nudo de la corbata. Listo, cuarto piso.
Despabilándose, caminó hasta su cubículo mientras buscaba una excusa. Ya nadie hace crucigramas. Ni los viejitos. No podía explicar que se había desvelado hasta las tres de la mañana con crucigramas, terminando el Matatiempo especial del mes. Pero ni modo que un simple “nueve letras, sinónimo de perfecto” le ganara. No, señor.
Alguna vez había intentado con esas cosas de los sudoku. No le funcionó. Es que, qué manera de complicarse la vida, la verdad. ¿En serio, números? De haber querido dedicarse a eso en sus tiempos libres, habría estudiado algo científico, como astrónomo o contador.
Se sentó frente a la computadora y la encendió, esperando a que se iluminara la pantalla, con ese zumbidito que hacen las máquinas cuando ya les cuesta trabajo. 
THE LUNATIC IS ON THE GRASS. 
THE LUNATIC IS ON THE GRASS. 
Sintió que se caía y dio un brinquito involuntario. Hace mucho que no escuchaba esa canción de Pink Floyd. "Brain Damage es de las mejores de ese disco, aunque sea de las más ignoradas," pensó. Le dio click al Excel del día anterior y se puso a revisar columnas y columnas y columnas. CORRES Y CORRES Y TE TIRAS DE RODILLAS, DESLIZÁNDOTE EN EL PISO, EL PELO LARGO CAYÉNDOTE EN LA CARA. TE ENSUCIAS LAS RODILLAS CON LODO.
Despertó. ¿Qué es ese ruido?
Tóctoc. Ahí está otra vez. Tocaron en el marco de la puerta. 
- Vamos a adelantar la primera junta diez minutos. ¿Está bien?
- ¿Eh? Sí, claro. Solo deja encuentro mi pluma, -dijo, sacudiendo la cabeza. Se sirvió un café de camino a la sala de juntas. 
Iba a ser un largo día.

UNA SIRENA SE DESMAYÓ PORQUE NO LA ELEGISTE PARA BAILAR. Abrió los ojos mientras respiraba profundamente y, sin llamar la atención de los demás asistentes a la reunión, se reacomodó en la silla, para despertar.
Bla. Bla. Blá. 
Esa exposición monótona del ingeniero lo despertaba y adormilaba al mismo tiempo. Y apenas llevaban diez minutos.
Se examinó las uñas de la mano izquierda. "¿Y este pellejito? Hay que jalarlo con cuidado," se dijo, distraído.
Bla. Bla. Blá. 
“Ay, ya me lastimé. Hasta sangre me salió. Ya ni modo. Voy a hacer como que estoy concentrado en el tema de la junta para chuparme el dedo, distraídamente.” UN PANDA FRENTE A UN PAYASO, OBSERVÁNDOSE MUTUAMENTE DEBAJO DE UNA JACARANDA.
Levantó la cabeza, rápida pero disimuladamente, la mirada confundida. Sabía que no lo iba a lograr. El día se veía cuesta arriba.
“Ya dejó de sangrar, pero todavía me duele. Voy a traer el dedo hinchado todo el día. Por lo menos así no me dormí.”
Continúa la presentación, con un lentísimo y muy tedioso bla, bla, blá.
LOLA BUNNY, SONRIENDO, CON EL UNIFORME DE SPACE JAM. Reaccionó. ¿Qué habían dicho? La sala estaba en silencio, como esperando a que les respondiera. ¡Ah! Alguien contestó del otro lado. Fiu. La pregunta no había sido para él. Se levantó tranquilamente, llevándose el celular a la oreja, como si hubiera recibido una llamada. Tenía que echarse agua en la cara.
En el baño, frente al espejo. El agua fría ayudó. Se veía desvelado. Parecía como si su rostro se hubiera quedado afuera del refri desde ayer, la piel con un tono poco saludable y los ojos hinchados. Se quedó viéndolos fijamente. BAJANDO POR LAS ESCALERAS ALFOMBRADAS METIDO EN UNA CAJA DE CARTÓN. MUY, MUY RÁPIDO. BAJABA Y BAJABA. ANTES DE DAR LA VUELTA EN EL ÚLTIMO SEGUNDO, ABRIÓ LOS OJOS PARA NO CHOCAR CON LA PARED. Su reflejo lo miró de vuelta tratando de enfocar bien. Se sorprendió a sí mismo, mojado, desgastado y confundido.
En fin, a regresar a la junta.

UNA CADENA HUMANA BALANCEÁNDOSE COMO COLUMPIO, CADA VEZ MÁS ALTO. Levantó el dedo de la tecla de flecha hacia abajo. Ya iba en la celda 1,220 de un documento en blanco. Maldito Excel. Estaba en su escritorio, sin estar completamente seguro de cómo terminó la junta. Tenía que ir por un espresso triple. Solo necesitaba un esfuerzo para terminar de despertar y levantarse de su UNA MUJER CON CUERPO DE SERPIENTE EN UNA TIENDA DE CAMPAÑA ROJA DE CUATRO PAREDES, EN EL DESIERTO. LE SONRÍE.
¡Ya, por favor! No lo volvería a hacer. A estas alturas, todo lo que quería era irse a su casa. Así podría descansar.
- EN REALIDAD, VAMOS A USAR SOMBRITA, -DIJO EL ENCARGADO CUANDO LE PREGUNTÓ SI HABÍA SOMBRILLAS EN EL BARCO. Se levantó tan rápido que se pegó en la espinilla. Café. Ahora.
Sí, era lo que necesitaba. De pie afuera del Cielito Querido de la esquina, aspiró profundamente el aire fresco. Los aromas eran limpios y fríos, los colores con ese tono intenso que solo tiene el mundo después de llover toda la noche. Había algo en ese olor a mañanas frías que solo el café recién hecho puede evocar. Con la mirada fija en ningún punto en especial, se recargó en la corteza húmeda de una jacaranda y se dejó llevar por el recuerdo del jardín de su casa visto desde la cocina. SE ESCUCHA EN EL FONDO WHEN I’M 64 DE LOS BEATLES, MIENTRAS SUBE EN UN GLOBO AEROSTÁTICO POR EL CIELO CLARO Y DESPEJADO, SALVO POR ALGUNAS VIRUTAS DE ALGODÓN DESGARRADO. Parpadeó tres veces, lentamente y apretando los párpados, para deshacer las telarañas de su cabeza. ¿De dónde había salido eso? Ni siquiera se sabía esa canción.
A junta otra vez. Se le quedó viendo distraídamente a un ciclista con playera de Space Jam, que se acercaba.
Suspiró, dándose ánimos. Ya casi era mediodía. Decidió que, en vez de comer, cerraría la puerta de su oficina para poder cerrar los ojos, aunque fuera por una hora. No faltaba tanto. Si tan solo pudiera…
Mantener.
Los.
Ojos.
Abiert…UNA NIÑA PEQUEÑA HACIENDO PARKOUR ENTRE DOS EDIFICIOS, VISTA DESDE EL CALLEJÓN DE ABAJO. TRAE UN ABRIGO BLANCO Y GRUESO.
De repente, alguien gritó “¡Cuidado!”, seguido de mucho ruido, un fuerte crujido… y el mundo se volvió de cabeza.

Aunque hubiera estado alerta, nada habría cambiado. Simplemente, estaba en el lugar equivocado, al final de una larga serie de improbabilidades. Una bicicleta que cruzaba el camellón se patinó al frenar en un charco con lodo, producto de la lluvia de la noche anterior. El repartidor cayó de costado junto a la banqueta, el vaso grande de café caliente que traía afuera de su mochila se aplastó y explotó con el impacto, salpicando por la ventana al chofer de una ambulancia que pasaba y quemándole la cara. Él, por reflejo, giró violentamente el volante hacia el otro lado, hacia un árbol. Sintió el golpe de las llantas cuando se subió a la banqueta, pero tuvo suerte de alcanzar a frenar y solo haberle pegado al espejo derecho. Nunca vio que hubiera alguien recargado en el árbol. Fue entonces cuando la gente empezó a gritar.

- ¿Qué pasó?
- ¡Alguien llame una ambulancia!
- ¡No lo toquen!
- ¿Eso es sangre?
- ¡Un doctor!
- ¡Necesitamos un doctor!
MORDISQUEANDO LA PLUMA. LA PLUMA SE QUEJA, CON VOZ DE NIÑA PEQUEÑA, Y LO MUERDE DE REGRESO. Ouch. Eso duele más que una mordida.
- ¡Paramédico! ¡Aquí!
FLAN DESPUÉS DE COMER, PEQUEÑO PERO MUY DULCE.
- Amigo, amigo, ¿te encuentras bien?
CREO QUE TENGO UN HERMANO GEMELO.
- Tuviste un accidente. Trata de no moverte. ¡Denle espacio!
LA VISTA AÉREA DE UNA PRESA.
- Amigo, voy a revisarte. ¿Dónde te duele?
- ¿Qué es eso? ¿Dónde está su mano?
- ¡Háganse para atrás!
COMIENDO CARNE MOLIDA CRUDA, CON TENEDOR.
- ¡Traigan la camilla!
VIENDO UNOS ZAPATOS POR ARRIBA, JUSTO PARA PONÉRSELOS. SON CAFÉS Y SUAVES POR DENTRO, DE PIEL. ¿Por qué tenía frío en los pies? ¿Y sus zapatos?
- ¡El collarín, rápido! Esperen…esperen… ¡Tú, el de playera de sirena, ayúdanos a cargarlo! A mi cuenta lo levantamos: una, dos, ¡tres! Aprieta aquí.
UN CRIADERO DE PECES BEBÉ EN UNA PILETA. TRATA DE METER LA MANO, PERO NO SIENTE EL AGUA. ESTÁN LLORANDO. ¿ESTÁN EN UN FUNERAL? 
“¿Qué me pasó? ¿Por qué no puedo ver?”
VOY MANEJANDO. JUSTO ANTES DE CHOCAR CONTRA UN CUBO DE UN METRO HECHO DE ADOQUINES, SE VAN VOLANDO, COMO DIENTE DE LEÓN. 
“Tengo frío. Y sueño. Mucho sueño. Yo creo que me voy a dormir.”
SE CAE BOCA ABAJO UNA SEÑAL LUMINOSA DE BULBOS QUE DICE “BETTER THAN YOU”, EN UNA NUBE DE CHISPAS Y VIDRIO QUEBRADO, MIENTRAS SUENA ESA LÍNEA DE LA CANCIÓN DE NIRVANA. LA FRASE SE REPITE Y SE REPITE, BAJANDO EL VOLUMEN MIENTRAS ALGUIEN APAGA LA LUZ.
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