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El peor día de mi vida

El 19 de septiembre de 1985 fue el peor día de mi vida. Mis recuerdos de ese día están ligados a una lluvia muy fuerte de la noche anter...

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Tuesday, May 5, 2020

Vicente

Vicente está ladrando. Se escucha desesperado, histérico. No pienso asomarme.
Antes de mudarte, deben informarte si en esa casa ha habido algún asesinato, ¿no? O algo sobrenatural. Es lo que dicen en la tele. He visto suficientes películas de asesinos seriales y de casas poseídas para declararme un cuasi experto en el tema. Las historias siempre tienen los mismos puntos en común: Se mudan, empiezan a pasar cosas que poco a poco son más y más notorias, nadie les cree, pasa algo horrible, investigan, descubren una tragedia pasada, los atacan abiertamente y descubren que: o regresó el villano anterior, o es alguien imitándolo. Al final, los sobrevivientes escapan y todo vuelve a comenzar.
A mí nadie me advirtió. Y menos que volverían a terminar lo que empezaron. Parece que no quieren a nadie en su antigua casa.
Todo estaba saliendo tan bien: terminé la maestría y no tenía otra responsabilidad más que mi nuevo trabajo, el gato y Vicente, lejos de los problemas de siempre. El proceso de reclutamiento fue relativamente sencillo: me contactaron a través de la bolsa de trabajo de la universidad y, antes de graduarme, ya había pasado la última entrevista. ¿Qué si estaría dispuesto a mudarme? ¡Claro que sí! No lo pensé dos veces. Después de tantos años soportando el tráfico, la contaminación, la inseguridad, sonaba a buena idea eso de alejarse de la ciudad.
Me explicaron que la compañía se dedica a desarrollar lentes y espejos de muy alta precisión para telescopios, hornos solares y proyectos militares. Como los equipos son muy susceptibles a los efectos de la contaminación, partículas suspendidas en el aire y vibraciones no deseadas, las instalaciones están muy alejadas de cualquier centro urbano grande y a una buena distancia de la autopista más cercana. Por mí, mejor. Siempre quise vivir en un lugar aislado de las multitudes, y toda mi vida fue un lujo poder disponer de tiempo y espacio suficientes. Ya no más. Ahora, tendría todo el que quisiera.

Encontrar una casa en renta resultó más sencillo de lo que esperaba. Había varias propiedades disponibles en la zona (al parecer, desocupadas por los empleados anteriores), así que pude elegir una de dos plantas, pequeña pero muy luminosa, con grandes ventanas que daban a un jardín trasero bastante amplio, a unos cien metros del vecino más cercano. El jardín era perfecto para que corriera Vicente, con una ladera que descendía hacia un arroyuelo que se adivinaba (y se escuchaba) más allá de la sombra de los árboles en la cañada.
El gato desapareció en cuanto llegamos. ¿Por qué “el gato”? No sé, nunca estuvimos muy cómodos el uno con el otro. Traté de nombrarlo un par de veces y así darle su lugar, pero con cada nombre con el que lo llamaba parecía que me odiaba un poco más. Así que mejor llegamos a un acuerdo tácito: yo le decía “el gato” y él me toleraría lo suficiente para permitirme servirle de comer, siempre y cuando lo dejara en paz.
Para cuando bajamos la última caja del camión, al anochecer, ya estaba extremadamente inquieto y maullaba lastimosamente. Se veía que se sentía especialmente miserable. Le serví comida y lo dejé salir de su transportadora, para que reconociera su nueva casa. Con un corto gruñido de protesta, corrió entre mis piernas y salió disparado hacia los arbustos. Era evidente que no le gustó nadita la mudanza. Ya regresará, pensé.
Parado en la entrada, viendo al gato desaparecer, me llegó un olor extraño. Parece que a Vicente también, porque empezó a ladrarle a todo, como si quisiera ahuyentar algo que estaba en todas direcciones. No sé cómo no me había dado cuenta antes, pero el lugar tenía un aroma peculiar. Como a aceite caliente y a café. No solo en la puerta; era como si esa fragancia permeara todo: la casa de madera, el pasto, la tierra, las piedras, el aire, las estrellas que empezaban a brillar. Nada desagradable, pero curioso, porque no había cerca alguna planta procesadora, fábrica de alimentos o algo parecido. Y ni siquiera había viento en ese momento.
Tranquilicé a Vicente rascándole detrás de las orejas y entramos a la casa. Los trabajadores de la mudanza habían hecho un buen trabajo desempacando y acomodando todo y solo dejaron unas cuatro o cinco cajas en la sala. Ya las abriría al día siguiente. Antes de subirme con Vicente a dormir, dejé una ventana de la cocina abierta para el gato, y ahí mismo puse su plato con comida. Nota mental: Ya solo olía a polvo, a la madera de la casa y a pintura nueva. Tal vez había sido algo en el río.

El gato nunca regresó.

El día siguiente fue domingo y aproveché para terminar de desempacar todo y acomodar mis libros y mis recuerdos. Dedicado siempre a mis estudios, había vivido pocas cosas emocionantes en mi vida, y se notaba: la foto de graduación, una foto con mi papá en el zoológico, un par de medallas de matemáticas, la portada enmarcada de la revista de la escuela donde me publicaron un artículo por primera vez, una alcancía roja de cabina telefónica del único viaje que hice a Londres, la foto del día que adopté a Vicente.
Por cierto, hacía un buen rato que no lo escuchaba. Salí a buscarlo por la puerta de atrás – la comida del gato estaba intacta – y lo llamé un par de veces. Bajé hacia la línea de árboles y lo encontré escarbando en la base del tronco seco de un… ¿olmo? ¿sauce? ¿haya? No sé. Nunca he podido distinguirlos. Todos los árboles son iguales. Pero ya no estaba rascando la tierra. Estaba quieto, agazapado, como cuando jugábamos y esperaba a que le aventara algo para salir corriendo a traerlo.
Lo alcancé y vi lo que desenterró: una figura de nuestra casa tallada en madera. Se veía antigua, porque la madera estaba muy gastada, los bordes redondeados y tierra húmeda en las ventanas. En cuanto la tomé, una sensación de vértigo me envolvió, junto con el olor de la noche anterior, abrumador, multiplicado miles de veces: aceite caliente, café, aire viejo, el sabor a moneda de cobre en la boca inundando mi garganta; los ojos y las manos los sentía calientes, muy calientes. El olor me inundaba, era demasiado, tan fuerte que no podía respirar, los árboles dieron vueltas a mi alrededor, me caía, me caía. Tuve un segundo de lucidez antes de desvanecerme, y mi reacción fue arrojar lejos de mí la figura que me quemaba, con todas mis fuerzas, hacia la cañada, a donde se escuchaba que corría el río. Todo a mi alrededor se oscureció, de modo que solo quedó en el centro un punto de luz cada vez más lejano, y me desmayé.
Cuando abrí los ojos, estaba boca abajo sobre la tierra removida. Tosí, escupí tierra y vi sangre en ella. Me había mordido la lengua antes de caer. Ya solamente olía a bosque, a humedad, a río, a árboles. Al levantarme, me di cuenta de que Vicente había escarbado en el centro de un círculo de unos tres metros de diámetro donde no había pasto, ni hierbas, ni nada. Solo un tronco muerto. Había leído sobre algo así alguna vez. Un círculo de hadas, creo. Se dan naturalmente en el bosque y traen muchas supersticiones. Dicen que lo mejor es alejarse de ellos y dejarlos como los encontraste. Mmmh… difícil a estas alturas.
Caminé a tropezones por la bajada hacia el río, buscando la figura de madera entre la escasa hierba con una desesperación creciente. Nunca he sido especialmente crédulo, pero, ¿para qué arriesgarse? Maldita sea. No estaba por ninguna parte. Debió caer en el agua y, si fue así, la corriente la arrastró a quién sabe dónde.
Ya no había nada más que hacer. Ojalá se tratara de supersticiones y que todo eso de la casita de juguete fuera solo cosa de niños, una anécdota de hace mucho tiempo y ya. Sonreí, nervioso. Vicente estaba demasiado dócil junto a mí, como regañado. Me arrodillé para que se sintiera seguro y dejé que su cercanía me tranquilizara a mí también.
Con mi brazo alrededor de su cabezota y rascándole debajo del cuello, traté de sonreír y no darle tanta importancia al asunto. Además, él me defendería de lo que fuera, ¿no?
Esa noche, regresaron.

No puedo decir mucho, principalmente por que no sé bien qué es lo que pasó, si es que realmente ocurrió algo. Recuerdo fragmentos, como en un sueño: anochecía cuando entré a la regadera para quitarme el olor a tierra húmeda. Vicente estaba inquieto. Daba vueltas alrededor de mi cama, olisqueando el aire. Me metí al chorro de agua caliente y sentí cómo el aroma a tierra brotaba de mi piel, flotando con el vapor a mi alrededor. La ventana del baño es pequeña y muy alta, así que solo me deja ver el cielo. La vi estremecerse con una ráfaga de aire y escuché rechinar la reja de la entrada. Vicente ladraba tímidamente. Creí escuchar algo abajo, en la cocina. Cerré la llave del agua para estar seguro y, en ese momento, todo se calló. Como si el sonido se hubiera ido del mundo. El viento, la reja, Vicente, la ventana, nada hacía ruido. Ni siquiera oía el agua escurrirse en ese plic, plic, plic, que normalmente llena esos momentos entre los silencios.
En ese momento, más que olerlo, sentí un olor a café recién hecho escurriéndose por los resquicios de la ventana cerrada. Entré en un pánico irracional. Abrí la cortina del baño de un manotazo, di una larga zancada para salir de la tina mientras me estiraba por la toalla... y todo se volvió de cabeza. Me golpeé en el pómulo izquierdo con algo sólido, escuché un crack cuando mi cara rebotó hacia atrás y el silencio nuevamente se llenó de ruido.
Me quedé tirado en el piso, desorientado y adolorido. Y entonces se me heló la sangre. Vi de reojo que Vicente entró por la puerta que dejé abierta y se sentó atento, la cabeza ladeada, mirando arriba, hacia la ventana.
No había nada ahí.
Me paralicé y contuve la respiración. Después de un largo, larguísimo momento de tensión, Vicente se levantó de golpe y se interpuso entre la ventana y yo, enseñando los colmillos, gruñendo. De pronto empezó a ladrar, y supongo que lo que sea que haya estado ahí se alejó – aparentemente.
La cara me palpitaba y punzaba dolorosamente, así que muy lentamente, revisando todas las esquinas y encendiendo todas las luces, bajé a la cocina por algo frío para que no se inflamara tanto. Vicente iba tranquilo a mi lado, como si nada hubiera pasado. Tal vez todo era culpa de mi descuido y mis nervios. Sí, seguro exageré mi reacción. Tomé una bolsa de verduras congeladas, me la puse en el ojo y subimos a dormir.
La ventana del baño estaba entreabierta.

Al día siguiente, no quise saber nada. Hablé a la oficina con cualquier pretexto, y no salimos en todo el día.
En cuanto la luz de la tarde envejeció, encendí todas las luces de la casa y me encerré con Vicente en mi habitación. Una de las razones por las que me decidí por la casa fue la vista desde esta ventana. Era muy bella desde ahí: el jardín rodeado por altos árboles frondosos (investigué en la mañana y eran principalmente pinos y olmos), las colinas que bajaban hasta la orilla del terreno mientras se doblaban y doblaban sobre sí mismas a la distancia. Antes de que los tonos dorados del atardecer se fundieran y se escurrieran entre las hojas de los árboles, cerré las persianas y encendí la tele para distraerme, dejándola en cualquier cosa que hiciera ruido. Era un talk show sin sentido, monótono y de política. Todos vestidos de negro, discutían acerca de las implicaciones del precio del petróleo sobre no-sé-qué, y era ligeramente interesante. Seguramente en otras circunstancias le hubiera puesto atención. Pero no esta vez.
Afuera ya estaba oscuro, tal vez más de lo normal. Una ráfaga de viento empezó a castigar las copas de los árboles.
Y entonces, regresaron.
El olor. Ese mismo aroma tan presente en todo, como si nunca se hubiera ido. Algo pesado se cayó en la cocina y sentí una explosión de adrenalina en el pecho, de miedo puro. Vicente se puso frenético y corrió hacia las escaleras. Yo, más por no quedarme solo y contra toda precaución, salí detrás de él, con la energía del momento.
Al llegar abajo me paralicé. La puerta de atrás estaba abierta.
Vicente salió disparado por la cocina, persiguiendo algo que… no sé. No quise ver qué era. Di media vuelta y prácticamente volé de vuelta hacia arriba. Cerré la puerta de mi cuarto de un golpe y le recargué la silla de mi escritorio. No la atranqué, simplemente la puse ahí, como si fuera suficiente para defenderme de lo que sea que venía por mí. Busqué rápidamente algo pesado. ¿Un libro? No, qué infantil. Arranqué del baño el tubo de aluminio para colgar la toalla, me aseguré que la ventana estuviera cerrada con seguro…
Y esperé.

No sé cuánto tiempo ha pasado. Solo unos instantes, tal vez. Ya no siento esa adrenalina, solo un pánico frío en el estómago y en las palmas de las manos. Me las limpio en el pantalón y vuelvo a sujetar el tubo con fuerza. Vicente está ladrando. Se escucha desesperado, histérico. No pienso asomarme.
Pienso en todo lo que ha pasado para llegar a esto, y honestamente no comprendo por qué. Podría irme un par de días a casa de alguien – pero no conozco a nadie por aquí – o a un hotel. Debe haber alguno por aquí, supongo. ¿Qué me dirán en la oficina? Divago un poco.
Ya no escucho ladridos. Discúlpame, Vicente. No supe cómo protegerte, mientras que tú lo hiciste hasta el último aliento.
¿Y el gato? ¿Dónde estará? No sé qué pasó, pero ya no está conmigo. ¿Fui tan mal dueño? Dicen que ellos saben cosas, que te protegen o algo así.
Me arriesgo a asomarme por el borde inferior de la ventana. La luz de abajo está apagada. ¡Maldita sea!
¿Qué fue eso? Algo crujió en las escaleras.
Creo que están en la puerta de mi recámara. Tengo mucho vértigo y un fuerte gusto a café quemado en la garganta. Curioso. A mí ni me gusta el café. Llevo como cinco años sin probar uno.
¿Qué hice mal? ¿Fue mi culpa?
Ya están aquí.




Wednesday, July 4, 2018

Hambre

¡Buenos días! ¡Ya es de día! ¡Ya es de día! ¡Qué emoción!
Corres hasta la ventana y te asomas entre las cortinas para ver la calle. El vidrio está frío y tu respiración lo empaña y nubla un poco la vista hacia afuera. Todo tiene ese tono oscuro de después de la lluvia, invitándote, esperándote.  ¡Ya no está lloviendo! ¡Vas a salir! ¡Qué alegría!
Casi te tropiezas con tu cama, pero ni cuenta te das en tu prisa. Corres a la recámara, empujas la puerta entreabierta y miras arriba, entre las cobijas. Sí, sigue dormido.
Le das los buenos días, fuerte y claro. Como de costumbre, no reacciona todavía, así que tomas el edredón y lo jalas hasta dejarlo en el suelo. Te acercas a la orilla de la cama, te sientas y vuelves a dar los buenos días, más fuerte.
Nada.
Qué raro. A estas alturas siempre se levanta con una sonrisa, te saluda y te besa amorosamente la nariz. Después, te sirve el desayuno. Pero hoy no. Ya que lo piensas, huele un poco raro, como a enfermo. Le tocas la mano y está muy caliente. Tal vez sea por eso.
Quieres ayudar, así que sales al pasillo a buscar algo. Regresas con una pelota, una de las nuevas, de las que chillan cuando las muerdes. La dejas en la cama y vuelves a ladrar.
¡WOOF!
La pelota es una idea genial. A ti siempre te alegra. Más, porque significa salir a correr en el pasto. La empujas con la nariz hasta su mano.
Nada otra vez.
Hundes la nariz en la palma de su mano y aspiras profundamente. Sí, ahí está. Enfermo, del tipo caliente y débil. No hay duda. Qué mal. Tendrás que jugar solo.
Lames su mano hasta que reacciona. “No estés triste. Despierta. ¿Estás cansado? Ven, yo te ayudo. Vamos a jugar con la pelota.” Muerdes cariñosamente su manga y lo jalas un poco. Él te acaricia suavemente detrás de las orejas, como te gusta, y te sonríe desde su almohada. Te dice cosas, lo interrumpe un ataque de tos y te sigue platicando, sonriendo y con ojos tristes al mismo tiempo.
Te gusta cuando platica contigo. Como solo son ustedes dos, lo hace muy a menudo. Y tú siempre le pones mucha atención y le contestas con uno o dos ladridos. Eso lo hace feliz.
Pero no hoy. Ya se volvió a dormir. Esto de estar enfermo es aburrido. Y ya tienes hambre.
Vas a la cocina, a revisar tu plato. Qué desilusión. Sigue tan vacío como hace rato. Todavía huele a tus croquetas de anoche y a sopa de pollo. Olfateas alrededor, empujando el plato, y tomas un poco de agua del otro plato. En fin.
Regresas a la recámara y te subes a los pies de la cama. Das un par de vueltas para acomodarte y te acuestas con la cara recargada en tus patas delanteras. La pelota se cae, rebota una vez con un chillido débil y rueda debajo de la cama. Duermes.

La cocina, anoche a la hora de cenar. Te está sirviendo sopa de pollo, mezclándola con tus croquetas. Te gusta mucho cuando comparte contigo su comida. Aunque está caliente, te la terminas antes de que él regrese a su silla y pides más. Él se ríe y te contesta algo, pero no te vuelve a servir. Eso es frustrante, porque todavía tienes hambre. Aunque, la verdad, siempre tienes hambre. Vuelves a ladrar, esta vez invitándolo a jugar y corres hacia la puerta, para que te abra y salgan al parque. Él te dice algo y señala a la ventana. Corres hacia allá, te levantas en dos patas y te recargas contra el vidrio para ver hacia afuera. Qué mal. Está lloviendo.
Aun así, no te desanimas.
¡WOOF!
Quieres salir. Ya van un par de días en que él se siente mal y se duerme temprano, por lo que no han salido. Quieres correr y perseguir pájaros y disfrutar olores y hacer hoyos en la tierra y mordisquear el pasto mojado y buscar gatos y ardillas. Quizá hasta atrapar alguno.
Él te regaña, un poco en broma, pero mueve la cabeza y no te abre la puerta. Termina su cena y recoge sus platos. Los lava, despacio, y abre la ventana frente a él para regar la flor que acaba de crecer en esa maceta de ahí, donde siempre se mueren las plantas. En eso, se le cae algo al piso. Últimamente se la pasa tirando cosas todo el tiempo. Se agacha para recogerlo…
¡Es tu oportunidad! Te levantas rápidamente y, de un solo movimiento, brincas a la silla, luego a donde pone los platos para lavarlos y de ahí, de un solo salto, por la ventana abierta hasta el pasto del otro lado.
¡Lo lograste! ¡Qué felicidad! De la emoción, olvidas por un momento que está lloviendo. Corres y corres y corres. Oyes, de muy lejos, que abre la puerta y te llama. Pero no vas a regresar tan pronto y desperdiciar la diversión. Brincas sobre los charcos y salpicas, muy contento, corriendo en círculos bajo la lluvia.
De repente, una luz muy intensa te paraliza y el ruido ensordecedor de algo muy grande casi encima de ti hace que brinques hacia un lado en el último momento. Te detienes, jadeando y espantado…

Despiertas, sobresaltado. ¿Qué fue ese ruido?
Silencio. Levantas una oreja, para oír mejor. ¡Sí! ¡Ahí está otra vez! Es él, tosiendo. Recuerdas que después del susto de ayer, te alcanzó y te habló muy fuerte y serio, arrodillado junto a ti. Te dijo que no muchas veces. Te abrazó y lloró. Le lamiste las lágrimas y lloró más, luego menos, hablándote todo el tiempo. Los dos se mojaron mucho y regresaron a la casa, caminando despacito.
Ahora está enfermo. Eso debe ser. Tú te sientes bien, solo que con hambre.
Él sigue sin levantarse. Ni siquiera se ha vuelto a tapar. Qué mal. Todavía huele a enfermo.
Al día siguiente, tiene un olor un poco diferente, dulzón. Sigue caliente y tosiendo. Platica mucho, pero no te contesta cuando le ladras.
¡WOOF!
No, nada. Husmeas por la casa. En la cocina, te comes unas hormigas de un lengüetazo. ¡El baño está abierto! Bebes mucha agua del excusado, ¡y nadie te regaña! ¡Qué genial! Te comes el rollo de papel y muerdes el jabón. ¡Qué mal sabe! Corres por la casa. Te sientes más confiado y, como no escuchas ninguno de los gritos de siempre, te subes a la mesa de la cocina, donde te encuentras un pedazo de pan. Pero ya no hay más comida.
Aburrido, te acuestas a sus pies. Ojalá se levante pronto.
Duermes intranquilo.
Al día siguiente, ya no se mueve. Por lo menos ya no está caliente. Corres más por la casa. Destrozas el tapete de la entrada, muy meticulosamente. Rasgas los cojines de la sala y tratas de comer lo de adentro. No, no se puede. Sigues buscando. Sacas la planta del pasillo de su maceta y pruebas la tierra. No, tampoco. Escarbas en el bote de basura de la cocina. Todo lo que podía comerse ya se acabó. Estás triste.
¡Idea! ¡La ventana por donde saltaste! No, cerrada. Lloras mucho y recargas la cabeza sobre tus patas delanteras. Tienes hambre.
Otra idea se abre paso y hace que te levantes lentamente, con las orejas muy paradas: la recámara.
Desde la puerta, tratas de despertarlo otra vez.
¡WOOF!
Nada. Esa idea ya es más fuerte, abriéndose paso desde lo más profundo del instinto carnívoro. Además, ya no huele a enfermo.
Y tienes hambre.
Con decisión y esa alegría del descubrimiento, olvidas que eres un perro come-croquetas y entras a la recámara, hacia la cama.