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El peor día de mi vida

El 19 de septiembre de 1985 fue el peor día de mi vida. Mis recuerdos de ese día están ligados a una lluvia muy fuerte de la noche an...

Monday, August 21, 2017

Dragona. Fantasía

Despertó muy lenta, pero inevitablemente, como una gran tormenta que se aproxima y apenas se puede percibir en el viento. ¿Qué la despertó? Hambre. Mucha hambre. Más fuerte aún que el sueño inquieto que hacía que se moviera, intranquila, haciendo estremecer la montaña entera. Eso, y un olor ligeramente acre. Ése olor que, una vez que se ha probado, nunca se olvida. Olor a humano.

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Se apeó del caballo y le examinó la pata. No se veía muy bien. ¡Maldito sendero de piedras! Podría haber tomado la ruta alrededor de la montaña, pero se dejó llevar por las promesas del gran tesoro que obtendría y tomó la ruta más directa, hasta donde el bosque terminaba e iniciaba el páramo desolado. Tendría que continuar subiendo a pie. Ató las riendas de su yegua a un árbol bajo, cuidando de dejar que alcanzara suficientes hierbas y terminó de ponerse su armadura. Una vez más, no le importó que las alforjas estuvieran vacías. Regresarían rebosantes de oro, estaba seguro de eso. Además, ¿qué tan difícil podría ser? Distraído, sintió un ligero estremecimiento del suelo. Mmmh… Tal vez un derrumbe cercano.

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Trató de ignorar el aroma. Todavía era muy tenue y no quería tener que levantarse. Seguramente ni siquiera valdría la pena. Se enroscó más sobre su cola, agitando las escamas para sentir cómo se deslizaban las monedas sobre ella, como un manantial de oro. No, ni el frío del metal la distrajo. Abrió los ojos, se limpió los párpados internos con un lento movimiento de su larga lengua y estiró las puntas de las alas hacia atrás, para terminar de despertarse. Con una agilidad imposible para algo de su tamaño, se puso de pie en un solo movimiento fluido. En medio de un sonido parecido a un gran susurro, las monedas terminaron de caer a su alrededor.

Ya. Había despertado. Alguien tendría que pagarlo.

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Por enésima vez, se tropezó con una roca al subir. Todo hubiera sido mucho más sencillo si alguno de los habitantes del pueblo se hubiera ofrecido como guía. Claro que la armadura metálica no ayudaba. Y no era precisamente silenciosa. Hace ya varias caídas que se había resignado a no pasar desapercibido. Pero, como todo gran héroe sabe, con una gran espada en el cinturón… (¡Ouch! ¡Otra vez! ¡Maldita espada estorbosa!… ¡Está bien!, no en el cinturón: en la mano…) no necesitas ser silencioso como una sombra.

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El intruso hacía cada vez más ruido.  Era evidente su falta de experiencia. Además, olía a miedo. Suspiró y exhaló una tenue nube de aire caliente. Si seguía esperándolo, nunca iba a llegar. Con las alas replegadas, se deslizó sin perturbar ni un guijarro hacia la entrada secundaria de la cueva.

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Hablando de sombras, esa zona oscura de allá adelante no era otra pared impasable de roca. Parecía la entrada de una cueva. ¡Finalmente! Y era bastante grande. Hasta podría haber entrado montando, si tan solo la tonta yegua no se hubiera lastimado la pata allá abajo.  El musgo de las rocas estaba chamuscado y seco conforme se acercaba. ¡Bestia estúpida! Ni siquiera podía controlar su fuego lo suficiente para mantener oculta su guarida. Se limpió el sudor de la frente con la manga. O lo intentó, porque en el movimiento se pegó en el pómulo con la guarda de la espada. ¡Tonto! Está bien, lo admitía. Estaba un poco nervioso. Y no lo había notado antes, pero hacía demasiado calor. Tal vez era hora de pensar en una estrategia de ataque.

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El intruso caminó torpemente hacia la entrada de la cueva. No quería sorprenderlo. Quería disfrutar su pánico, y por eso lo esperaba, acurrucada y disfrutando de los rayos del sol, viéndolo acercarse desde arriba. ¡Pero él ni siquiera se detuvo a mirar a su alrededor! Esto ya era una falta de respeto. Respiró profundamente, haciendo despertar el fuego en su pecho. De un poderoso salto hacia arriba con sus poderosas piernas, tomó impulso, desplegó sus alas escarlatas en toda su magnificencia, abrió el hocico y exhaló.

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Algo lo hizo voltear hacia arriba. Tal vez fue el movimiento que captó con el rabillo del ojo. O el súbito viento y el sonido de un poderoso aleteo. Algo imposiblemente grande bloqueaba el sol. Casi por reflejo, levantó la espada, tratando de protegerse. Pero no tuvo tiempo porque, en medio de un rugido ensordecedor, una ardiente muerte líquida cayó sobre él.


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