Thursday, September 19, 2024
Treinta segundos
Thursday, February 23, 2023
Extinción
El hombre más millonario de la Tierra dedicó todos sus recursos para comisionar la creación de una abeja reina con ingeniería genética, años después de que desaparecieran. El mundo pasa por la peor hambruna y sequía de la historia. Más del 90% de la población ha muerto.
.
Desde que me llevaban a misa y el
padre nos contaba del Apocalipsis quise saber qué se sentiría vivir en el fin
de los tiempos. No es ni remotamente como nos lo pintaban. No hay hordas de
ángeles con mil ojos descendiendo del cielo, ni grandes terremotos tragándose a
la gente que trata de escapar. Yo no he visto nada de eso. Al contrario, es tan
normal que hasta decepciona.
Contemplo la ciudad vacía desde
mi ventana en el piso más alto del edificio más alto. Cuando empezó todo, la
gente huyó de las ciudades para tratar de sobrevivir por su cuenta. Nadie lo
logró. No puedes vivir de la tierra si ya no hay nada que cosechar.
El gobierno no hizo nada. En
medio del sálvese-quien-pueda, el peso de salvar a los que quedaron cayó en los
hombros de los que teníamos el poder, los que estábamos a cargo de la
distribución de los alimentos y las fuentes de energía. Justo a lo que se
dedicó mi familia por años.
Sé que alguien tenía que hacerlo,
pero estoy cansado de cargar tanta responsabilidad. Además, ya no hay más
comida por repartir.
A una señal mía, el científico a
cargo del proyecto saca la abeja reina de su pequeño apiario de cristal y la pone
en una caja de Petri. Después, me la entrega ceremoniosamente, satisfecho y
lleno de orgullo.
- ¿Así que aquí la tenemos? -tengo
la voz seca. La pregunta se siente con más desdén del que siento. Levanto la
caja transparente para ver a contraluz el resultado de años de esfuerzo. Ahí
está. Una abeja color oscuro, sin rayas, ligeramente más larga que una abeja
común, recorriendo con curiosidad su pequeña prisión.
- Creí que se vería más
impresionante.
El científico no responde. Se ve
nervioso, inseguro de qué contestar.
- ¿Puede volar?
- Todavía no. Acaba de salir del capullo.
Hay que esperar un par de horas hasta que tenga la fuerza suficiente.
Coloco la caja de Petri sobre una
pila de libros en un escritorio y la abro. Lenta y cuidadosamente tomo la
esperanza de la humanidad con tres dedos y la pongo sobre mi palma para
contemplarla mejor. Detrás de mí, el científico contiene la respiración.
Me doy vuelta, calmado. Él
aparenta estar tranquilo, pero tiene los puños apretados y un sudor frío le
perla la frente. Su mirada está fija en la culminación del trabajo de toda su
vida, diminuta en el centro de mi mano de dedos cortos.
Sonrío. Él se tranquiliza y me
devuelve la sonrisa.
Cierro mi mano y aplasto a la
abeja. El pobre bicho ni siquiera me pica. ¿Tendrá aguijón o será exclusivo de
las obreras? No lo sé. A estas alturas ni me importa.
El científico cae de rodillas,
sus ojos llenos de incredulidad.
- ¿Pero… por qué? -pregunta con
un hilo de voz después de unos segundos interminables.
- ¿Has visto a un niño observando
una hormiga con una lupa? -explico lentamente, tomándome mi tiempo. - Al
principio todo es curiosidad y asombro pero, si hay sol, invariablemente la
utilizará para quemarla. ¿Esto significa que el niño es malvado? No. Pero si le
preguntas por qué lo hizo, lo más probable es que solamente se encoja de
hombros.
No estoy seguro si alcanzó a
escuchar todo. Tirado boca arriba, la
garganta cortada, trata de contener la sangre que se escapa entre sus dedos.
Uno de mis guardias está detrás de él, esperando instrucciones.
Me agacho brevemente para limpiar
mi mano con su bata.
- Quemen el lugar, -le ordeno al
guardia. - Asegúrense de que el fuego no salga de aquí. No queremos dañar el
resto de las instalaciones.
- ¿Cuál es el caso? Vamos a
desaparecer de todas formas.
Me encojo de hombros antes de
contestar.
- Hay que darles esperanza.
Nunca he visto una extinción.
Será mi primera vez.
Wednesday, May 4, 2022
De eternidades
¿Te imaginas vivir para siempre? No, no te lo imaginas. Es muy, muy difícil conceptualizarlo. Hay que dejar atrás las ideas de vampiros y zombies y maldiciones y fantasmas y magia y demonios y cyborgs eternos y energía espiritual interminable. Todo ese asunto viene de tiempos más románticos y suena a que sería fabuloso poder experimentarlo en carne propia, hasta que empiezas a echarle números.
Imagina vivir:
100 años más. Todos tus conocidos ya murieron. La
velocidad a la que avanza la tecnología es increíble. El mundo ha cambiado.
500 años más. Has vivido -y seguramente has
protagonizado- acontecimientos históricos de la humanidad. Eres parte del futuro y de los libros de historia. Qué bueno es estar
vivo para verlo.
1,000 años más. Has pasado por cada situación que
alguna vez hubieras pensado. En todas has tenido éxito y también en todas has
fallado. Has sido pobre, rico, fugitivo, héroe, villano, víctima, vagabundo,
ermitaño, filántropo, maestro, justiciero, poeta, rebelde, tirano, soñador,
pionero, y sobre todo, humano. Hace siglos que decidiste dejar de amar. Duele
demasiado cuando las personas más importantes para ti se van quedando atrás y
tú continúas tu camino.
5,000 años más. Es difícil seguir solo cuando todos los
demás han evolucionado hasta compartir una sola conciencia. Has decidido ser
solo un observador, y que la humanidad siga su rumbo entre las estrellas. La
ciencia ficción nunca creería lo que has visto. Estás cansado, harto de todo, pero
hay que seguir viviendo, ¿no?
10,000 años más. Dejaste de contar los siglos tiempo atrás. Todo lo que has vivido se fusiona con tu presente y solo queda esperar al futuro, que a veces choca contigo y se divide, y otras te arrastra sin piedad. Pero todo pasará.
100,000 años más. A esta escala los conflictos humanos
más grandes y terribles son prácticamente microscópicos, perdidos en el tiempo
y en la inmensidad del frío entre las estrellas. ¿Ha valido todo la pena?
¿Queda todavía algo por vivir?
Y todavía no te acercas ni remotamente a la eternidad.
Apenas has vivido 1/43,000 de la edad de la Tierra.
¿Qué tal un millón de años más?
¿O diez millones de años?
O cien veces eso último: mil millones de años. A esa edad, todavía
eres un adolescente comparado con el Sol. Tienes que vivir cuatro veces más
para verlo apagarse.
Y sigues lejos, muy lejos del concepto de eternidad,
que va más allá de que el universo se expanda hasta perderse en la oscuridad y que
se apague la última estrella y se evapore el último agujero negro.
.
.
.
Aun así, todos queremos un “felices para siempre”, ¿no?
Friday, July 30, 2021
Trastes
Julio 2021
Tengo que lavar los trastes otra vez. Mierda. No quiero. Pero hay que hacerlo.
Le
doy vueltas al asunto, pongo una película, veo las olimpiadas, una, dos, tres
premiaciones, veo mi celular. De repente, ya es de madrugada y siguen ahí,
impasibles y sucios.
Tengo
que lavar los platos antes de subirme.
Y no
quiero.
Alguien dijo que la vida es lo que pasa entre una y otra lavada de trastes. No era un famoso, pero no por eso es menos cierto. Y más en pandemia, cuando estás todo el día encerrado bajo el mismo techo con esos platos. Siempre están sucios, los lavas y lavas, aparecen más, los lavas
otra vez, aquí hay más, va de nuevo, ajá, ya hay otros. Todos sabemos que nunca
se acaban. Está bien, lo acepto.
Sí,
sí, sí. Está chistoso cuando lo cuentas, pero ponte a lavar, rey.
Muchas
veces los he dejado ahí. Sobre todo las ollas y sartenes. Es que qué flojera. Mejor luego lo hago. Es que están todos pegados. Es que ni están tan sucios. Pretextos hay más que vida. ¿Y al final? Se lavan y ya.
Pero
estos de la madrugada (¿qué son? ¿dos, tres platos, una o dos tazas, un par de
cubiertos?) realmente no los quiero lavar.
Ni
siquiera quiero admitir el porqué de mi renuencia. Porque aceptarlo en voz
alta, aunque no haya nadie que escuche, es... es... no sé. Una pequeña
derrota, tal vez.
Así
que me preparo.
Quito
primero todos los que están en el escurridor, ya secos. Y a guardarlos en su lugar. Despacio, uno por uno, haciendo tiempo.
Después, lavo los que están en la tarja. Todos. Hasta las ollas y sus tapas, la
tabla para picar y el coso de madera ése donde se ponen los cucharones mientras
cocinas para que no ensucien todo. Seguro tiene nombre. Bueno, ése también.
Sí,
como sea.
Faltan
los que están en la mesita de la cocina. Ni siquiera quiero voltear a verlos.
Esos dos, tres platos. Una o dos tazas. Un par de cubiertos.
Sí, los que me dan miedo.
Ya sé, ya lo dije. Como sea.
Me
seco las manos. Le pongo cloro al vaso gigante donde va la fibra, y más jabón.
Me pongo el cubrebocas, porque me di cuenta de que el agua que sale como
regadera de la mezcladora salpica mucho cuando enjuagas los platos extendidos (platos llanos,
como dice la hija, por una canción). No vaya a ser que me salpique a la cara y no me dé cuenta.
Ya no puedo posponerlo. Tengo miedo. Los tomo con cuidado de la mesa, para no tirar nada, y los pongo despacio en la tarja, con respeto. Los lavo concienzudamente, sin que se me pase un milímetro cuadrado sin jabón. Los tallo fuerte.
Tengo miedo.
Los enjuago con cuidado, lentamente. Que no me salpique, por favor. Sé que el jabón y el cloro destruyen al bicho. Sé que con las precauciones adecuadas se minimiza el riesgo. Sé que estoy haciendo lo mejor que puedo. Pero también sé que ahí, frente a mí, esperando a que lo lave, está el virus. Y tengo miedo.
Ceremoniosamente, los pongo a escurrir aparte, en una toalla sobre la mesa.
Sin
secarme las manos, voy al baño y me las lavo otra vez. Las seco a conciencia, mirando con recelo a la toalla tras volverla a colgar. Regreso a la cocina. Me
las froto con gel con alcohol. Me quito el cubrebocas y respiro. Qué estrés.
Solo
tengo una dosis de la vacuna, hasta ahora. Sé que no es suficiente, pero es lo que
hay.
Sí,
sí, estoy tomando "todas las medidas". Como sea. El riesgo sigue ahí.
Es pequeño, lo sé, pero también muy real. Mañana por la noche, a repetirlo otra vez.
Y es
que no me quiero morir, ¿sabes?
¿Se vale tener miedo?
Pinches trastes.
Wednesday, June 16, 2021
Mudanza
Cuando vivía con mis abuelitos y llegaba ya muy noche, en lugar de subir me quedaba en la cocina para ver qué preparar o recalentar para cenar. Invariablemente, mi abuelita escuchaba ruido y bajaba, con mucho cuidado, alternando sus pasos inseguros en los escalones: suavecito y lento, fuerte y rápido, suavecito y lento, fuerte y rápido. Ya le costaba trabajo.
- ¡Hola, m’hijito! ¿Ya llegaste?
¿Vas a cenar?
- ¡Hola! Sí, yo creo que voy a
hacer…
- Hay jamón, queso, frijoles,
tortillas, todavía hay guisado de carne, sopa, leche… ¡Ah!, te guardé pollo, o
puedes hacerte unos bisteces, o…
- Está bien, está bien, yo veo
que me preparo. ¡Gracias!
Y así era cada vez. Me recitaba
todo lo que se le ocurría que podía querer alguien con hambre, y volvía a
subirse a su cuarto a dormir. A veces yo la interrumpía jugando con un:
- Sí, ya sé, y hay jamón y platos
y servilletas, y estufa y hielos y todo. Muchas gracias. Orita veo qué hago, no te preocupes.
Y no era que yo hiciera mucho
ruido, simplemente que ella tenía oído biónico para esos casos.
Años después de que ella muriera,
nos mudamos a esa misma casa. Bueno, no era la misma. Algo faltaba. Teníamos
menos muebles, pero no era eso. No se sentía como si fuera el mismo lugar. Y es
que las casas no son solo casas, sino una parte viva de quienes las habitan:
son sus tristezas y sus risas, sus esperanzas y decepciones, sus “ahorita lo
arreglo”, su polvo y sus cuadros, sus sonidos, aromas y recuerdos. Pero el
encanto de regresar a donde viviste tanta vida estaba ahí, aunque había una
sensación de no-pertenencia, de una casa incompleta. Tal vez fuera el fantasma
de tener que pagar a tiempo las mensualidades -tan altísimas- que nos quedaron de
la hipoteca lo que hacía que no pudiera relajarme en paz y sentirme tan en mi
casa como quisiera. O tal vez era… no sé.
Otra vez llegué tarde,
directamente a la cocina a ver qué había quedado de la comida. La puerta que
daba al comedor, con una ventana con forma de cuchara, era muy grande, blanca y
abatible para ambos lados, y casi siempre se dejaba abierta. Total, yo nunca
hacía mucho ruido. Solo el sonido de las puertas de las alacenas al abrirlas y
el del refri, ese zumbido permanentemente presente; además, era cuidadoso para
que casi no chocaran los platos entre sí cuando tomaba uno. De todas formas, sabía
que iba a bajar. Y sí, en un momento más se escuchó su cadencia de costumbre:
suavecito y lento, fuerte y rápido, suavecito y lento, fuerte y rápido, bajando
con cuidado por las escaleras. Vi sus pies bajando, zapatos cafés desgastados,
el dobladillo de una falda larga y cómoda, con grandes cuadros cafés y negros.
Y le di la espalda. Sabía que era un sueño, y que ella había muerto hace varios
años. Sin embargo, ahí estaba yo, tan real como cada una de esas veces. Y ahí
estaba ella, imposible de evitar. Justo antes de que empezara a decirme qué
había para comer, di la vuelta y la abracé, sin verla a los ojos. Era muy
pequeña y frágil, como siempre, y apenas me llegaba al pecho. No recuerdo mis
palabras exactas, pero le di las gracias y le dije que yo iba a cuidar muy bien
de la casa, que estuviera tranquila, que podía descansar. Ella guardó silencio,
como si fuera lo que esperaba escuchar y sentí que justamente así se sentía,
aliviada. La abracé unos segundos más, la solté despacito y me volteé
nuevamente. No quise verla a la cara. Me bastaba saber que era ella y que
estaba ahí, conmigo. Tan solo oí cómo volvió a subir, despacito, con un paso tal
vez un poco más ligero que el de antes. Nunca dijo nada.
Y entonces, desperté.
Nunca recuerdo mis sueños y, aun
así, tengo éste grabado indeleblemente en la memoria, ahí a la vuelta de donde
están todas las cosas importantes.
Una de las primeras cosas que
hice al mudarme de vuelta a la casa que -durante tantos años- fue de mis
abuelitos fue apoyar amorosamente la mano en una de sus columnas y decir, muy
bajito: “La voy a cuidar muy bien. Gracias por todo.” Y en general, así fue
durante cinco años. No sé si me escuchó; solo supe que era lo que tenía que
hacer.
Cinco años después, vendimos la
casa. No fue la primera opción, pero resultó ser la mejor. Y atrás se quedó una
parte importante, pero no la única ni, mucho menos, la que te define.
Llegó la mudanza, se fueron todos
los muebles y una sucesión interminable de cajas y recuerdos empacados: los
libros, juegos de mesa, cuadros, plantitas, fotos, juguetes, desveladas,
fiestas de karaoke, olores de cocina, cumpleaños con tacos de canasta, estrenar
juguetes en día de reyes, noches con los amigos, tantas y tantas primeras veces.
Solamente quedaba una caja por
cargar; entre el voy y vengo y revisar que no falte nada y cerrarle al gas y
checar que las luces estén apagadas, por un instante me quedé solo en el
comedor. Respiré lentamente y sentí una tranquilidad especial, frente a la
incertidumbre que todo nuevo comenzar trae consigo. Puse la mano en la columna.
“Gracias por tanto y por todo. La cuidamos bien, ¿verdad?” -muy quedito, para
que solo escucháramos yo y quien tuviera que oírlo.
Levanté la última caja y salí por
la puerta de la cocina sin mirar atrás. Me alejé en paz.
Cuando te mudas de una casa dejas
parte de ti en ella. Pero la que te llevas, ésa que te dice que la vida
continúa a pesar de todo y que te hace levantarte todos los días, ésa que te
muestra que hay una vida por delante, te acompañará a donde vayas.
Comper. Es hora de crear nuevos
recuerdos.
Friday, June 19, 2020
Escaleras
Tuesday, May 5, 2020
Vicente
Monday, April 6, 2020
Batipensamientos
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