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El peor día de mi vida

El 19 de septiembre de 1985 fue el peor día de mi vida. Mis recuerdos de ese día están ligados a una lluvia muy fuerte de la noche anter...

Thursday, September 19, 2024

Treinta segundos


          — Estuvo fuerte, ¿no?
          — ¿Qué?
          — Pues el temblor.
          ­— Sí.
          — Qué horror. Pobre gente.
          — Ajá.
          — Ah, pero ahí vamos de necios tentando a la suerte y diciendo: “Septiembre, sorpréndeme”.
          — ¿Sí?
          — Le digo que eso de manifestar sí se cumple cuando somos tantos. Y ahora aquí estamos todos a medio Reforma.
          — No, no todos.
          — Bueno, no. Pobre gente.
          — Ajá.
          — Yo estaba terminando el reporte de gastos mensuales cuando sentí que me mareaba. Lo peor es que no me tocaba a mí, pero la secretaria del jefe pidió sus vacaciones pendientes del año pasado, y pues nos repartieron su trabajo. Después del temblor del 17, la verdad, quedé muy ciscada, así que luego luego volteé a ver nuestro sismógrafo. Es nomás un marcatextos verde colgado del techo con un estambre, que pusimos junto a la cocineta. ¿Y qué cree? Sí funciona. A veces se me hace que está temblando y lo veo para cerciorarme y ahí está como si nada y entonces sigo con lo que estaba haciendo. Aunque ahora le digo que me fijé y ya se estaba empezando a menear. ¿Y la alerta sísmica? Pues bien, gracias. No lo pensé dos veces. Cuál protocolo de seguridad ni qué ocho cuartos. Que dejo todo -menos mi celular, ese no lo suelto ni para bañarme- y me voy derechito a las escaleras. Fui la primera en reaccionar de mi piso. Siempre he sabido que tengo suerte de estar nomás en el primer piso y no hasta arriba. ¿Sabe? En un temblor fuerte tenemos treinta segundos para salir. Si sientes que se empieza a mover, y puedes estar afuera en treinta segundos, salte de inmediato. Pero si te vas a tardar más, mejor quédate en tu lugar y busca una zona segura, un triángulo de la vida o una columna maciza. Cuando me cambiaron de lugar de la recepción a contabilidad del primer piso lo primero que hice fue tomarme el tiempo que hacía desde mi silla hasta afuera, a la banqueta. Veintiséis segundos medidos. Así que ya no lo pienso y en cuanto oigo la alerta sísmica estoy afuera antes siquiera de que me volteen a ver. Nada de esperarme en mi lugar, qué, aunque me regañen los de Protección Civil. Más vale que digan aquí corrió. Eso de los treinta segundos lo oí de una conocida, una vez que… ¿cómo?
          — Le digo que ella cómo sabe.
          — Ah, pues es que a ella le tocó que se cayera su edificio en el sismo del 85. Dice que se fijó bien en su reloj cuando empezó a moverse todo y salió corriendo. Tuvo suerte, porque aunque vivía en el segundo piso alcanzó a salir.
          — Y se cayó su edificio.
          — No, el suyo no, pero el de enfrente sí.
          — ¡Pero me acaba de decir…!
          — Sí, pero así suena mejor la historia, ¿no? Bueno, la cosa es que apenas salió y que le toca ver cómo se caía el edificio de enfrente, completito. ¿Y qué fue lo primero que hizo? Checar su reloj, no me pregunte por qué.
          — Déjeme adivinar. ¿Treinta segundos?
          — Treinta segundos. Cuando me lo contó se me quedó muy grabado, y ahora ya siempre veo mi reloj cuando tiembla. ¿Le cuento algo? El sismo del 17 me agarró en la calle. Me habían mandado a la Suiza a comprar el pastel para el cumpleaños del jefe, ahí en Álvaro Obregón. Ajá, justo en la Roma. Bueno, apenas iba llegando a la pastelería cuando empieza a temblar y que me fijo en mi reloj. Y qué bueno que todavía no compraba el pastel, porque de repente se puso tan fuerte que si lo hubiera traído cargando seguro que se me hubiera caído, de tan recio que se movía todo. Me agarré de un poste como pude y nomás veía cómo la gente gritaba cada que daba un tirón. Lo peor fue cuando se cayó el edificio del otro lado del semáforo. Nunca me había tocado ver algo tan feo.
          — ¿Y no vio su reloj?
          — Ajá.
          — Y no me diga que…
          — Treinta segundos.
          — Cómo cree.
          — Le digo que ya me lo sé. Así que ahora me levanté y salí corriendo a la primera de cambio. Bueno, no corriendo, corriendo, porque no se podía, pero sí lo más rápido que pude. Cuando llegué al cubo de las escaleras alcancé a oír detrás de mí a Yorch de RH, con la voz esa que pone cuando trae el chaleco de brigadista, diciendo que todos tranquilos a las zonas de seguridad.
— ¿Y no le hizo caso?
— ¡Naranjas, qué! Yo ya estaba más pallá que pacá. No me iba a regresar. Que empiezo a bajarme por las escaleras, pero todo tronaba muy feo. Nomás atiné a agarrarme del barandal y seguí bajando. Ya iban como diez segundos, y ni modo de quedarme ahí. Además, ¡en buena hora se me ocurrió andar de tacones hoy! Casi me caigo un par de veces, de tanto que se movía. Algo oí que me gritaron cuando pasé enfrente de administración, y que me sigo sin voltear. Ya me lo dirán luego.
— ¡Qué estrés! ¿Y luego?
— ¡Péreme, le digo! Ya andaba en veinte segundos y no podía ir tan rápido como en mi simulacro. El último tramo de escaleras fue el más difícil. Justo cuando iba a llegar hasta abajo, ¡que se caen unos plafones del techo y unas luces! No, no me quedé a oscuras. La luz entraba por los ventanales, aunque sí me estaba muriendo de miedo. Tuve que pasar por la orillita de los escalones mientras todo se movía y se movía y el piso crujía horrible. Si no hubiera estado ya en la planta baja me hubiera sentado a llorar. Veinticinco segundos. Corrí lo mejor que pude por el pasillo de salida. No tengo idea cómo pasé los torniquetes pero conté hasta treinta justo cuando pisé la banqueta, frente a la jardinera.
— Y entonces, escuchó el estruendo.
— Sí, igualito que en el del 17, solo que ahora se oía alrededor de mí. No pude ni voltear y caí de rodillas ahí mismo mientras todo se derrumbaba detrás. La luz del día se puso gris tierra y ya no puede ver nada. No vi quién más alcanzó a salir, si estaba sola, si ya había alguien en la calle, no supe nada más. Me eché a llorar.
— Por lo menos le queda el consuelo de que dio su mejor esfuerzo.
— Pues sí. Estuvo fuerte. ¿Usted vio todo?
— Sí. Y casi lo logra.
— Ya sé. Casi lo logro. ¿Fueron los tacones?
— Puede ser.
— ¿Cuánto tiempo hice?
— ¿En serio quiere saber?
— Sí.
— Treinta segundos. ¿Lista? ¿Nos vamos ya?
— Sí, vámonos. Pobre gente.
— Pobre gente.

Thursday, February 23, 2023

Extinción

El hombre más millonario de la Tierra dedicó todos sus recursos para comisionar la creación de una abeja reina con ingeniería genética, años después de que desaparecieran. El mundo pasa por la peor hambruna y sequía de la historia. Más del 90% de la población ha muerto.

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Desde que me llevaban a misa y el padre nos contaba del Apocalipsis quise saber qué se sentiría vivir en el fin de los tiempos. No es ni remotamente como nos lo pintaban. No hay hordas de ángeles con mil ojos descendiendo del cielo, ni grandes terremotos tragándose a la gente que trata de escapar. Yo no he visto nada de eso. Al contrario, es tan normal que hasta decepciona.

Contemplo la ciudad vacía desde mi ventana en el piso más alto del edificio más alto. Cuando empezó todo, la gente huyó de las ciudades para tratar de sobrevivir por su cuenta. Nadie lo logró. No puedes vivir de la tierra si ya no hay nada que cosechar.

El gobierno no hizo nada. En medio del sálvese-quien-pueda, el peso de salvar a los que quedaron cayó en los hombros de los que teníamos el poder, los que estábamos a cargo de la distribución de los alimentos y las fuentes de energía. Justo a lo que se dedicó mi familia por años.

Sé que alguien tenía que hacerlo, pero estoy cansado de cargar tanta responsabilidad. Además, ya no hay más comida por repartir.

A una señal mía, el científico a cargo del proyecto saca la abeja reina de su pequeño apiario de cristal y la pone en una caja de Petri. Después, me la entrega ceremoniosamente, satisfecho y lleno de orgullo.

- ¿Así que aquí la tenemos? -tengo la voz seca. La pregunta se siente con más desdén del que siento. Levanto la caja transparente para ver a contraluz el resultado de años de esfuerzo. Ahí está. Una abeja color oscuro, sin rayas, ligeramente más larga que una abeja común, recorriendo con curiosidad su pequeña prisión.

- Creí que se vería más impresionante.

El científico no responde. Se ve nervioso, inseguro de qué contestar.

- ¿Puede volar?

- Todavía no. Acaba de salir del capullo. Hay que esperar un par de horas hasta que tenga la fuerza suficiente.

Coloco la caja de Petri sobre una pila de libros en un escritorio y la abro. Lenta y cuidadosamente tomo la esperanza de la humanidad con tres dedos y la pongo sobre mi palma para contemplarla mejor. Detrás de mí, el científico contiene la respiración.

Me doy vuelta, calmado. Él aparenta estar tranquilo, pero tiene los puños apretados y un sudor frío le perla la frente. Su mirada está fija en la culminación del trabajo de toda su vida, diminuta en el centro de mi mano de dedos cortos.

Sonrío. Él se tranquiliza y me devuelve la sonrisa.

Cierro mi mano y aplasto a la abeja. El pobre bicho ni siquiera me pica. ¿Tendrá aguijón o será exclusivo de las obreras? No lo sé. A estas alturas ni me importa.

El científico cae de rodillas, sus ojos llenos de incredulidad.

- ¿Pero… por qué? -pregunta con un hilo de voz después de unos segundos interminables.

- ¿Has visto a un niño observando una hormiga con una lupa? -explico lentamente, tomándome mi tiempo. - Al principio todo es curiosidad y asombro pero, si hay sol, invariablemente la utilizará para quemarla. ¿Esto significa que el niño es malvado? No. Pero si le preguntas por qué lo hizo, lo más probable es que solamente se encoja de hombros.

No estoy seguro si alcanzó a escuchar todo.  Tirado boca arriba, la garganta cortada, trata de contener la sangre que se escapa entre sus dedos. Uno de mis guardias está detrás de él, esperando instrucciones.

Me agacho brevemente para limpiar mi mano con su bata.

- Quemen el lugar, -le ordeno al guardia. - Asegúrense de que el fuego no salga de aquí. No queremos dañar el resto de las instalaciones.

- ¿Cuál es el caso? Vamos a desaparecer de todas formas.

Me encojo de hombros antes de contestar.

- Hay que darles esperanza.

Nunca he visto una extinción. Será mi primera vez.

 

Wednesday, May 4, 2022

De eternidades

¿Te imaginas vivir para siempre? No, no te lo imaginas. Es muy, muy difícil conceptualizarlo. Hay que dejar atrás las ideas de vampiros y zombies y maldiciones y fantasmas y magia y demonios y cyborgs eternos y energía espiritual interminable. Todo ese asunto viene de tiempos más románticos y suena a que sería fabuloso poder experimentarlo en carne propia, hasta que empiezas a echarle números.

Imagina vivir:

100 años más. Todos tus conocidos ya murieron. La velocidad a la que avanza la tecnología es increíble. El mundo ha cambiado.

500 años más. Has vivido -y seguramente has protagonizado- acontecimientos históricos de la humanidad. Eres parte del futuro y de los libros de historia. Qué bueno es estar vivo para verlo.

1,000 años más. Has pasado por cada situación que alguna vez hubieras pensado. En todas has tenido éxito y también en todas has fallado. Has sido pobre, rico, fugitivo, héroe, villano, víctima, vagabundo, ermitaño, filántropo, maestro, justiciero, poeta, rebelde, tirano, soñador, pionero, y sobre todo, humano. Hace siglos que decidiste dejar de amar. Duele demasiado cuando las personas más importantes para ti se van quedando atrás y tú continúas tu camino.

5,000 años más. Es difícil seguir solo cuando todos los demás han evolucionado hasta compartir una sola conciencia. Has decidido ser solo un observador, y que la humanidad siga su rumbo entre las estrellas. La ciencia ficción nunca creería lo que has visto. Estás cansado, harto de todo, pero hay que seguir viviendo, ¿no?

10,000 años más. Dejaste de contar los siglos tiempo atrás. Todo lo que has vivido se fusiona con tu presente y solo queda esperar al futuro, que a veces choca contigo y se divide, y otras te arrastra sin piedad. Pero todo pasará.

100,000 años más. A esta escala los conflictos humanos más grandes y terribles son prácticamente microscópicos, perdidos en el tiempo y en la inmensidad del frío entre las estrellas. ¿Ha valido todo la pena? ¿Queda todavía algo por vivir?

Y todavía no te acercas ni remotamente a la eternidad. Apenas has vivido 1/43,000 de la edad de la Tierra.

¿Qué tal un millón de años más?

¿O diez millones de años?

O cien veces eso último: mil millones de años. A esa edad, todavía eres un adolescente comparado con el Sol. Tienes que vivir cuatro veces más para verlo apagarse.

Y sigues lejos, muy lejos del concepto de eternidad, que va más allá de que el universo se expanda hasta perderse en la oscuridad y que se apague la última estrella y se evapore el último agujero negro.

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Aun así, todos queremos un “felices para siempre”, ¿no?

Friday, July 30, 2021

Trastes

Julio 2021

Tengo que lavar los trastes otra vez. Mierda. No quiero. Pero hay que hacerlo.

Le doy vueltas al asunto, pongo una película, veo las olimpiadas, una, dos, tres premiaciones, veo mi celular. De repente, ya es de madrugada y siguen ahí, impasibles y sucios.

Tengo que lavar los platos antes de subirme.

Y no quiero.

Alguien dijo que la vida es lo que pasa entre una y otra lavada de trastes. No era un famoso, pero no por eso es menos cierto. Y más en pandemia, cuando estás todo el día encerrado bajo el mismo techo con esos platos. Siempre están sucios, los lavas y lavas, aparecen más, los lavas otra vez, aquí hay más, va de nuevo, ajá, ya hay otros. Todos sabemos que nunca se acaban. Está bien, lo acepto.

Sí, sí, sí. Está chistoso cuando lo cuentas, pero ponte a lavar, rey.

Muchas veces los he dejado ahí. Sobre todo las ollas y sartenes. Es que qué flojera. Mejor luego lo hago. Es que están todos pegados. Es que ni están tan sucios. Pretextos hay más que vida. ¿Y al final? Se lavan y ya.

Pero estos de la madrugada (¿qué son? ¿dos, tres platos, una o dos tazas, un par de cubiertos?) realmente no los quiero lavar.

Ni siquiera quiero admitir el porqué de mi renuencia. Porque aceptarlo en voz alta, aunque no haya nadie que escuche, es... es... no sé. Una pequeña derrota, tal vez.

Así que me preparo.

Quito primero todos los que están en el escurridor, ya secos. Y a guardarlos en su lugar. Despacio, uno por uno, haciendo tiempo. Después, lavo los que están en la tarja. Todos. Hasta las ollas y sus tapas, la tabla para picar y el coso de madera ése donde se ponen los cucharones mientras cocinas para que no ensucien todo. Seguro tiene nombre. Bueno, ése también.

Sí, como sea.

Faltan los que están en la mesita de la cocina. Ni siquiera quiero voltear a verlos. Esos dos, tres platos. Una o dos tazas. Un par de cubiertos.

Sí, los que me dan miedo. 

Ya sé, ya lo dije. Como sea.

Me seco las manos. Le pongo cloro al vaso gigante donde va la fibra, y más jabón. Me pongo el cubrebocas, porque me di cuenta de que el agua que sale como regadera de la mezcladora salpica mucho cuando enjuagas los platos extendidos (platos llanos, como dice la hija, por una canción). No vaya a ser que me salpique a la cara y no me dé cuenta.

Ya no puedo posponerlo. Tengo miedo. Los tomo con cuidado de la mesa, para no tirar nada, y los pongo despacio en la tarja, con respeto. Los lavo concienzudamente, sin que se me pase un milímetro cuadrado sin jabón. Los tallo fuerte. 

Tengo miedo.

Los enjuago con cuidado, lentamente. Que no me salpique, por favor. Sé que el jabón y el cloro destruyen al bicho. Sé que con las precauciones adecuadas se minimiza el riesgo. Sé que estoy haciendo lo mejor que puedo. Pero también sé que ahí, frente a mí, esperando a que lo lave, está el virus. Y tengo miedo.

Ceremoniosamente, los pongo a escurrir aparte, en una toalla sobre la mesa.

Sin secarme las manos, voy al baño y me las lavo otra vez. Las seco a conciencia, mirando con recelo a la toalla tras volverla a colgar. Regreso a la cocina. Me las froto con gel con alcohol. Me quito el cubrebocas y respiro. Qué estrés.

Solo tengo una dosis de la vacuna, hasta ahora. Sé que no es suficiente, pero es lo que hay.

Sí, sí, estoy tomando "todas las medidas". Como sea. El riesgo sigue ahí. Es pequeño, lo sé, pero también muy real. Mañana por la noche, a repetirlo otra vez.

Y es que no me quiero morir, ¿sabes?

¿Se vale tener miedo?

Pinches trastes.

Wednesday, June 16, 2021

Mudanza

Cuando vivía con mis abuelitos y llegaba ya muy noche, en lugar de subir me quedaba en la cocina para ver qué preparar o recalentar para cenar. Invariablemente, mi abuelita escuchaba ruido y bajaba, con mucho cuidado, alternando sus pasos inseguros en los escalones: suavecito y lento, fuerte y rápido, suavecito y lento, fuerte y rápido. Ya le costaba trabajo.

- ¡Hola, m’hijito! ¿Ya llegaste? ¿Vas a cenar?

- ¡Hola! Sí, yo creo que voy a hacer…

- Hay jamón, queso, frijoles, tortillas, todavía hay guisado de carne, sopa, leche… ¡Ah!, te guardé pollo, o puedes hacerte unos bisteces, o…

- Está bien, está bien, yo veo que me preparo. ¡Gracias!

Y así era cada vez. Me recitaba todo lo que se le ocurría que podía querer alguien con hambre, y volvía a subirse a su cuarto a dormir. A veces yo la interrumpía jugando con un:

- Sí, ya sé, y hay jamón y platos y servilletas, y estufa y hielos y todo. Muchas gracias. Orita veo qué hago, no te preocupes.

Y no era que yo hiciera mucho ruido, simplemente que ella tenía oído biónico para esos casos.

Años después de que ella muriera, nos mudamos a esa misma casa. Bueno, no era la misma. Algo faltaba. Teníamos menos muebles, pero no era eso. No se sentía como si fuera el mismo lugar. Y es que las casas no son solo casas, sino una parte viva de quienes las habitan: son sus tristezas y sus risas, sus esperanzas y decepciones, sus “ahorita lo arreglo”, su polvo y sus cuadros, sus sonidos, aromas y recuerdos. Pero el encanto de regresar a donde viviste tanta vida estaba ahí, aunque había una sensación de no-pertenencia, de una casa incompleta. Tal vez fuera el fantasma de tener que pagar a tiempo las mensualidades -tan altísimas- que nos quedaron de la hipoteca lo que hacía que no pudiera relajarme en paz y sentirme tan en mi casa como quisiera. O tal vez era… no sé.

Otra vez llegué tarde, directamente a la cocina a ver qué había quedado de la comida. La puerta que daba al comedor, con una ventana con forma de cuchara, era muy grande, blanca y abatible para ambos lados, y casi siempre se dejaba abierta. Total, yo nunca hacía mucho ruido. Solo el sonido de las puertas de las alacenas al abrirlas y el del refri, ese zumbido permanentemente presente; además, era cuidadoso para que casi no chocaran los platos entre sí cuando tomaba uno. De todas formas, sabía que iba a bajar. Y sí, en un momento más se escuchó su cadencia de costumbre: suavecito y lento, fuerte y rápido, suavecito y lento, fuerte y rápido, bajando con cuidado por las escaleras. Vi sus pies bajando, zapatos cafés desgastados, el dobladillo de una falda larga y cómoda, con grandes cuadros cafés y negros. Y le di la espalda. Sabía que era un sueño, y que ella había muerto hace varios años. Sin embargo, ahí estaba yo, tan real como cada una de esas veces. Y ahí estaba ella, imposible de evitar. Justo antes de que empezara a decirme qué había para comer, di la vuelta y la abracé, sin verla a los ojos. Era muy pequeña y frágil, como siempre, y apenas me llegaba al pecho. No recuerdo mis palabras exactas, pero le di las gracias y le dije que yo iba a cuidar muy bien de la casa, que estuviera tranquila, que podía descansar. Ella guardó silencio, como si fuera lo que esperaba escuchar y sentí que justamente así se sentía, aliviada. La abracé unos segundos más, la solté despacito y me volteé nuevamente. No quise verla a la cara. Me bastaba saber que era ella y que estaba ahí, conmigo. Tan solo oí cómo volvió a subir, despacito, con un paso tal vez un poco más ligero que el de antes. Nunca dijo nada.

Y entonces, desperté.

Nunca recuerdo mis sueños y, aun así, tengo éste grabado indeleblemente en la memoria, ahí a la vuelta de donde están todas las cosas importantes.

 

Una de las primeras cosas que hice al mudarme de vuelta a la casa que -durante tantos años- fue de mis abuelitos fue apoyar amorosamente la mano en una de sus columnas y decir, muy bajito: “La voy a cuidar muy bien. Gracias por todo.” Y en general, así fue durante cinco años. No sé si me escuchó; solo supe que era lo que tenía que hacer.

Cinco años después, vendimos la casa. No fue la primera opción, pero resultó ser la mejor. Y atrás se quedó una parte importante, pero no la única ni, mucho menos, la que te define.

Llegó la mudanza, se fueron todos los muebles y una sucesión interminable de cajas y recuerdos empacados: los libros, juegos de mesa, cuadros, plantitas, fotos, juguetes, desveladas, fiestas de karaoke, olores de cocina, cumpleaños con tacos de canasta, estrenar juguetes en día de reyes, noches con los amigos, tantas y tantas primeras veces.

Solamente quedaba una caja por cargar; entre el voy y vengo y revisar que no falte nada y cerrarle al gas y checar que las luces estén apagadas, por un instante me quedé solo en el comedor. Respiré lentamente y sentí una tranquilidad especial, frente a la incertidumbre que todo nuevo comenzar trae consigo. Puse la mano en la columna. “Gracias por tanto y por todo. La cuidamos bien, ¿verdad?” -muy quedito, para que solo escucháramos yo y quien tuviera que oírlo.

Levanté la última caja y salí por la puerta de la cocina sin mirar atrás. Me alejé en paz.

Cuando te mudas de una casa dejas parte de ti en ella. Pero la que te llevas, ésa que te dice que la vida continúa a pesar de todo y que te hace levantarte todos los días, ésa que te muestra que hay una vida por delante, te acompañará a donde vayas.

Comper. Es hora de crear nuevos recuerdos.

 

 

Friday, June 19, 2020

Escaleras

Un crujido.
Una casa de madera, típica norteamericana. Hay algunos tablones desgastados en las paredes que crujen con el viento y el sol, le falta un poco de pintura, pero en general está en buen estado. Si la casa fuera una persona, sería esa mamá cincuentona cuyos hijos ya crecieron y dejaron el nido y vive sola, en las afueras, a quien los vecinos acuden simplemente porque siempre ha estado ahí. A todos nos da cierta seguridad la permanencia ajena. Nos hace sentir que hay algo de qué enorgullecernos, aunque nunca haya estado ahí para nosotros.
Hay que bajar al sótano.
Se puede entrar a las escaleras por la parte de atrás, al otro extremo del pasillo que viene de la cocina, por la salida al patio trasero, donde alguna vez hubo un jardín para que los niños cultivaran sus propias verduras. Hoy, es solo tierra seca y polvo.
El cubo de las escaleras es de la misma madera que la casa y está iluminado por la luz natural de la ventana junto a la entrada. Abajo, en el sótano, hay un umbral a un pasillo gemelo al de arriba, y las escaleras bajan otro nivel. Poco frecuente, pero no inaudito en estas construcciones a las orillas de la ciudad. Más abajo, otro umbral a otro pasillo igual, pero sin luz. El cubo de las escaleras, con paredes de tablones de madera, está iluminado por una bombilla vieja, de luz amarillenta y débil, que envuelve todo en sombras pronunciadas y texturas exageradas. En el silencio, el viejo foco se queja con un zumbido eléctrico, amenazando con apagarse.
Un crujido.
Hay más escalones hacia abajo. Continúan uno, dos pisos, tal vez más. Los umbrales que son reflejo retorcido de los de arriba ahora abren a pasillos que van en diferentes direcciones a los de los niveles superiores, todos con piso y paredes de tablas viejas, y todos oscuros.
Sigues bajando. Una vuelta más de las escaleras y en el siguiente descanso ya no hay pasillo lateral. La única opción es descender. Los escalones son más altos, más angostos, y en un par de zancadas más se vuelve una escalera en espiral. Ahora hay que sujetarse del soporte central, a la izquierda, para no tropezar. Aun así, tus piernas ceden un par de veces, tambaleándose. Los pasillos están en intervalos no equivalentes a la distancia entre un piso y otro. Algunos te invitan tardíamente a elegirlos, sugiriendo techos altos y paredes angostas, otros están más arriba de lo que deberían para mantener la integridad de la estructura. El aire es seco, rancio, viejo; la luz que se filtra entre los tablones de los escalones de arriba es escasa y poco confiable. Si la luz pudiera dar la sensación de vieja y rancia, así la sentirías.
Tienes que seguir bajando. No estás seguro de qué pasaría si trataras de regresar. El peso de todos los pisos de arriba se siente denso en el aire sobre tus hombros, en un frágil equilibrio de casa de naipes, e igualmente a punto de derrumbarse sobre ti.
Un crujido.
La madera está demasiado seca y vieja y amenaza con desmoronarse bajo tus pasos. Con los pies hacia un lado, caminas lo más pegado posible a la columna central, que no es más que el punto donde se apilan los angostos extremos de todos los escalones. Inevitablemente, uno de ellos cede debajo de ti y caes con los pies por delante, con un tirón en el estómago y la desesperación de no tener de dónde asirte.
Caes dando tumbos, sin ver nada, la nariz inundada con el aroma de astillas secas, polvo y el rancio olor del pánico.
Caes hacia la oscuridad, hacia la desesperación, hacia el miedo.
Caes. Y mueres.
Todo queda en silencio.
Un crujido.
Despiertas.
La cama es dura, angosta. La luz de un día caluroso entra por la ventana sin cortinas y cae en tu cara. Abres los ojos, desorientado. Maldición. Otra vez te quedaste dormido. De un manotazo te quitas las sábanas, ásperas y delgadas, y te levantas de un golpe.
Sin apresurarte demasiado, caminas descalzo hasta la ventana, de mal humor y rogando que no sea muy tarde.
“¡Puta madre!” Te ves a ti mismo entrando por la puerta de atrás, justo debajo de tu ventana. Ni siquiera puedes abrirla y gritarte algo para detenerte, porque lleva años atascada, la madera del marco deformada por el sol.
Un crujido.
Ya empezó. Frustrado, golpeas con los puños cerrados el alféizar de la ventana. Maldita sea. Te gustaba este cuerpo, y tenías planes de conservarlo por un buen tiempo.
En fin. Era hora de preparar todo, otra vez.



Tuesday, May 5, 2020

Vicente

Vicente está ladrando. Se escucha desesperado, histérico. No pienso asomarme.
Antes de mudarte, deben informarte si en esa casa ha habido algún asesinato, ¿no? O algo sobrenatural. Es lo que dicen en la tele. He visto suficientes películas de asesinos seriales y de casas poseídas para declararme un cuasi experto en el tema. Las historias siempre tienen los mismos puntos en común: Se mudan, empiezan a pasar cosas que poco a poco son más y más notorias, nadie les cree, pasa algo horrible, investigan, descubren una tragedia pasada, los atacan abiertamente y descubren que: o regresó el villano anterior, o es alguien imitándolo. Al final, los sobrevivientes escapan y todo vuelve a comenzar.
A mí nadie me advirtió. Y menos que volverían a terminar lo que empezaron. Parece que no quieren a nadie en su antigua casa.
Todo estaba saliendo tan bien: terminé la maestría y no tenía otra responsabilidad más que mi nuevo trabajo, el gato y Vicente, lejos de los problemas de siempre. El proceso de reclutamiento fue relativamente sencillo: me contactaron a través de la bolsa de trabajo de la universidad y, antes de graduarme, ya había pasado la última entrevista. ¿Qué si estaría dispuesto a mudarme? ¡Claro que sí! No lo pensé dos veces. Después de tantos años soportando el tráfico, la contaminación, la inseguridad, sonaba a buena idea eso de alejarse de la ciudad.
Me explicaron que la compañía se dedica a desarrollar lentes y espejos de muy alta precisión para telescopios, hornos solares y proyectos militares. Como los equipos son muy susceptibles a los efectos de la contaminación, partículas suspendidas en el aire y vibraciones no deseadas, las instalaciones están muy alejadas de cualquier centro urbano grande y a una buena distancia de la autopista más cercana. Por mí, mejor. Siempre quise vivir en un lugar aislado de las multitudes, y toda mi vida fue un lujo poder disponer de tiempo y espacio suficientes. Ya no más. Ahora, tendría todo el que quisiera.

Encontrar una casa en renta resultó más sencillo de lo que esperaba. Había varias propiedades disponibles en la zona (al parecer, desocupadas por los empleados anteriores), así que pude elegir una de dos plantas, pequeña pero muy luminosa, con grandes ventanas que daban a un jardín trasero bastante amplio, a unos cien metros del vecino más cercano. El jardín era perfecto para que corriera Vicente, con una ladera que descendía hacia un arroyuelo que se adivinaba (y se escuchaba) más allá de la sombra de los árboles en la cañada.
El gato desapareció en cuanto llegamos. ¿Por qué “el gato”? No sé, nunca estuvimos muy cómodos el uno con el otro. Traté de nombrarlo un par de veces y así darle su lugar, pero con cada nombre con el que lo llamaba parecía que me odiaba un poco más. Así que mejor llegamos a un acuerdo tácito: yo le decía “el gato” y él me toleraría lo suficiente para permitirme servirle de comer, siempre y cuando lo dejara en paz.
Para cuando bajamos la última caja del camión, al anochecer, ya estaba extremadamente inquieto y maullaba lastimosamente. Se veía que se sentía especialmente miserable. Le serví comida y lo dejé salir de su transportadora, para que reconociera su nueva casa. Con un corto gruñido de protesta, corrió entre mis piernas y salió disparado hacia los arbustos. Era evidente que no le gustó nadita la mudanza. Ya regresará, pensé.
Parado en la entrada, viendo al gato desaparecer, me llegó un olor extraño. Parece que a Vicente también, porque empezó a ladrarle a todo, como si quisiera ahuyentar algo que estaba en todas direcciones. No sé cómo no me había dado cuenta antes, pero el lugar tenía un aroma peculiar. Como a aceite caliente y a café. No solo en la puerta; era como si esa fragancia permeara todo: la casa de madera, el pasto, la tierra, las piedras, el aire, las estrellas que empezaban a brillar. Nada desagradable, pero curioso, porque no había cerca alguna planta procesadora, fábrica de alimentos o algo parecido. Y ni siquiera había viento en ese momento.
Tranquilicé a Vicente rascándole detrás de las orejas y entramos a la casa. Los trabajadores de la mudanza habían hecho un buen trabajo desempacando y acomodando todo y solo dejaron unas cuatro o cinco cajas en la sala. Ya las abriría al día siguiente. Antes de subirme con Vicente a dormir, dejé una ventana de la cocina abierta para el gato, y ahí mismo puse su plato con comida. Nota mental: Ya solo olía a polvo, a la madera de la casa y a pintura nueva. Tal vez había sido algo en el río.

El gato nunca regresó.

El día siguiente fue domingo y aproveché para terminar de desempacar todo y acomodar mis libros y mis recuerdos. Dedicado siempre a mis estudios, había vivido pocas cosas emocionantes en mi vida, y se notaba: la foto de graduación, una foto con mi papá en el zoológico, un par de medallas de matemáticas, la portada enmarcada de la revista de la escuela donde me publicaron un artículo por primera vez, una alcancía roja de cabina telefónica del único viaje que hice a Londres, la foto del día que adopté a Vicente.
Por cierto, hacía un buen rato que no lo escuchaba. Salí a buscarlo por la puerta de atrás – la comida del gato estaba intacta – y lo llamé un par de veces. Bajé hacia la línea de árboles y lo encontré escarbando en la base del tronco seco de un… ¿olmo? ¿sauce? ¿haya? No sé. Nunca he podido distinguirlos. Todos los árboles son iguales. Pero ya no estaba rascando la tierra. Estaba quieto, agazapado, como cuando jugábamos y esperaba a que le aventara algo para salir corriendo a traerlo.
Lo alcancé y vi lo que desenterró: una figura de nuestra casa tallada en madera. Se veía antigua, porque la madera estaba muy gastada, los bordes redondeados y tierra húmeda en las ventanas. En cuanto la tomé, una sensación de vértigo me envolvió, junto con el olor de la noche anterior, abrumador, multiplicado miles de veces: aceite caliente, café, aire viejo, el sabor a moneda de cobre en la boca inundando mi garganta; los ojos y las manos los sentía calientes, muy calientes. El olor me inundaba, era demasiado, tan fuerte que no podía respirar, los árboles dieron vueltas a mi alrededor, me caía, me caía. Tuve un segundo de lucidez antes de desvanecerme, y mi reacción fue arrojar lejos de mí la figura que me quemaba, con todas mis fuerzas, hacia la cañada, a donde se escuchaba que corría el río. Todo a mi alrededor se oscureció, de modo que solo quedó en el centro un punto de luz cada vez más lejano, y me desmayé.
Cuando abrí los ojos, estaba boca abajo sobre la tierra removida. Tosí, escupí tierra y vi sangre en ella. Me había mordido la lengua antes de caer. Ya solamente olía a bosque, a humedad, a río, a árboles. Al levantarme, me di cuenta de que Vicente había escarbado en el centro de un círculo de unos tres metros de diámetro donde no había pasto, ni hierbas, ni nada. Solo un tronco muerto. Había leído sobre algo así alguna vez. Un círculo de hadas, creo. Se dan naturalmente en el bosque y traen muchas supersticiones. Dicen que lo mejor es alejarse de ellos y dejarlos como los encontraste. Mmmh… difícil a estas alturas.
Caminé a tropezones por la bajada hacia el río, buscando la figura de madera entre la escasa hierba con una desesperación creciente. Nunca he sido especialmente crédulo, pero, ¿para qué arriesgarse? Maldita sea. No estaba por ninguna parte. Debió caer en el agua y, si fue así, la corriente la arrastró a quién sabe dónde.
Ya no había nada más que hacer. Ojalá se tratara de supersticiones y que todo eso de la casita de juguete fuera solo cosa de niños, una anécdota de hace mucho tiempo y ya. Sonreí, nervioso. Vicente estaba demasiado dócil junto a mí, como regañado. Me arrodillé para que se sintiera seguro y dejé que su cercanía me tranquilizara a mí también.
Con mi brazo alrededor de su cabezota y rascándole debajo del cuello, traté de sonreír y no darle tanta importancia al asunto. Además, él me defendería de lo que fuera, ¿no?
Esa noche, regresaron.

No puedo decir mucho, principalmente por que no sé bien qué es lo que pasó, si es que realmente ocurrió algo. Recuerdo fragmentos, como en un sueño: anochecía cuando entré a la regadera para quitarme el olor a tierra húmeda. Vicente estaba inquieto. Daba vueltas alrededor de mi cama, olisqueando el aire. Me metí al chorro de agua caliente y sentí cómo el aroma a tierra brotaba de mi piel, flotando con el vapor a mi alrededor. La ventana del baño es pequeña y muy alta, así que solo me deja ver el cielo. La vi estremecerse con una ráfaga de aire y escuché rechinar la reja de la entrada. Vicente ladraba tímidamente. Creí escuchar algo abajo, en la cocina. Cerré la llave del agua para estar seguro y, en ese momento, todo se calló. Como si el sonido se hubiera ido del mundo. El viento, la reja, Vicente, la ventana, nada hacía ruido. Ni siquiera oía el agua escurrirse en ese plic, plic, plic, que normalmente llena esos momentos entre los silencios.
En ese momento, más que olerlo, sentí un olor a café recién hecho escurriéndose por los resquicios de la ventana cerrada. Entré en un pánico irracional. Abrí la cortina del baño de un manotazo, di una larga zancada para salir de la tina mientras me estiraba por la toalla... y todo se volvió de cabeza. Me golpeé en el pómulo izquierdo con algo sólido, escuché un crack cuando mi cara rebotó hacia atrás y el silencio nuevamente se llenó de ruido.
Me quedé tirado en el piso, desorientado y adolorido. Y entonces se me heló la sangre. Vi de reojo que Vicente entró por la puerta que dejé abierta y se sentó atento, la cabeza ladeada, mirando arriba, hacia la ventana.
No había nada ahí.
Me paralicé y contuve la respiración. Después de un largo, larguísimo momento de tensión, Vicente se levantó de golpe y se interpuso entre la ventana y yo, enseñando los colmillos, gruñendo. De pronto empezó a ladrar, y supongo que lo que sea que haya estado ahí se alejó – aparentemente.
La cara me palpitaba y punzaba dolorosamente, así que muy lentamente, revisando todas las esquinas y encendiendo todas las luces, bajé a la cocina por algo frío para que no se inflamara tanto. Vicente iba tranquilo a mi lado, como si nada hubiera pasado. Tal vez todo era culpa de mi descuido y mis nervios. Sí, seguro exageré mi reacción. Tomé una bolsa de verduras congeladas, me la puse en el ojo y subimos a dormir.
La ventana del baño estaba entreabierta.

Al día siguiente, no quise saber nada. Hablé a la oficina con cualquier pretexto, y no salimos en todo el día.
En cuanto la luz de la tarde envejeció, encendí todas las luces de la casa y me encerré con Vicente en mi habitación. Una de las razones por las que me decidí por la casa fue la vista desde esta ventana. Era muy bella desde ahí: el jardín rodeado por altos árboles frondosos (investigué en la mañana y eran principalmente pinos y olmos), las colinas que bajaban hasta la orilla del terreno mientras se doblaban y doblaban sobre sí mismas a la distancia. Antes de que los tonos dorados del atardecer se fundieran y se escurrieran entre las hojas de los árboles, cerré las persianas y encendí la tele para distraerme, dejándola en cualquier cosa que hiciera ruido. Era un talk show sin sentido, monótono y de política. Todos vestidos de negro, discutían acerca de las implicaciones del precio del petróleo sobre no-sé-qué, y era ligeramente interesante. Seguramente en otras circunstancias le hubiera puesto atención. Pero no esta vez.
Afuera ya estaba oscuro, tal vez más de lo normal. Una ráfaga de viento empezó a castigar las copas de los árboles.
Y entonces, regresaron.
El olor. Ese mismo aroma tan presente en todo, como si nunca se hubiera ido. Algo pesado se cayó en la cocina y sentí una explosión de adrenalina en el pecho, de miedo puro. Vicente se puso frenético y corrió hacia las escaleras. Yo, más por no quedarme solo y contra toda precaución, salí detrás de él, con la energía del momento.
Al llegar abajo me paralicé. La puerta de atrás estaba abierta.
Vicente salió disparado por la cocina, persiguiendo algo que… no sé. No quise ver qué era. Di media vuelta y prácticamente volé de vuelta hacia arriba. Cerré la puerta de mi cuarto de un golpe y le recargué la silla de mi escritorio. No la atranqué, simplemente la puse ahí, como si fuera suficiente para defenderme de lo que sea que venía por mí. Busqué rápidamente algo pesado. ¿Un libro? No, qué infantil. Arranqué del baño el tubo de aluminio para colgar la toalla, me aseguré que la ventana estuviera cerrada con seguro…
Y esperé.

No sé cuánto tiempo ha pasado. Solo unos instantes, tal vez. Ya no siento esa adrenalina, solo un pánico frío en el estómago y en las palmas de las manos. Me las limpio en el pantalón y vuelvo a sujetar el tubo con fuerza. Vicente está ladrando. Se escucha desesperado, histérico. No pienso asomarme.
Pienso en todo lo que ha pasado para llegar a esto, y honestamente no comprendo por qué. Podría irme un par de días a casa de alguien – pero no conozco a nadie por aquí – o a un hotel. Debe haber alguno por aquí, supongo. ¿Qué me dirán en la oficina? Divago un poco.
Ya no escucho ladridos. Discúlpame, Vicente. No supe cómo protegerte, mientras que tú lo hiciste hasta el último aliento.
¿Y el gato? ¿Dónde estará? No sé qué pasó, pero ya no está conmigo. ¿Fui tan mal dueño? Dicen que ellos saben cosas, que te protegen o algo así.
Me arriesgo a asomarme por el borde inferior de la ventana. La luz de abajo está apagada. ¡Maldita sea!
¿Qué fue eso? Algo crujió en las escaleras.
Creo que están en la puerta de mi recámara. Tengo mucho vértigo y un fuerte gusto a café quemado en la garganta. Curioso. A mí ni me gusta el café. Llevo como cinco años sin probar uno.
¿Qué hice mal? ¿Fue mi culpa?
Ya están aquí.




Monday, April 6, 2020

Batipensamientos

La verdad, no me queda nada claro cómo le hace Batman para eso de ir a combatir el crimen.
Sale de la baticueva, llega a Gotham... ¿y luego?
¿Dónde deja el Batimóvil? ¿En estacionamientos públicos? Si lo deja en la calle, todo el mundo publicaría sus selfies con él y no sería ninguna sorpresa para los criminales. Supongamos que, como es millonario, tiene estacionamientos cerrados por toda la ciudad y que NADIE lo ve entrar a alguno. Sí, claro. Además, ¿han visto que nunca le toca tráfico?
¿Cómo se desplaza ya en la ciudad? ¿En metro? ¿Uber? ¿Bicicleta? ¿Camina por la calle? En los cómics siempre lo vemos arriba de un edificio, vigilando. Pero nunca nos dicen cómo se subió ahí. Es ilógico pensar en que usa una cuerda para subir por afuera de cada rascacielos de cincuenta, sesenta, ochenta pisos. Me imagino que conoce a todos los porteros de la ciudad y todos guardan el secreto. Cuando ve un crimen desde el piso ochentésimo, ¿se baja por su cuerdita? ¿Se avienta? ¿Usa el elevador? ¿Y si está cerrada la puerta para entrar desde la azotea? ¿Qué tal que no es tan tarde y la gente apenas está terminando de trabajar? Sería algo así:

*Se abre la puerta del elevador. Entra Batman.
(voz cavernosa) - Buenas noches, permiso.
- Es propio. Sí cabemos.
- ¿Ya a descansar?
- Sí, ya es justo. Vámonos, que aquí espantan.
...
*30 segundos de silencios incómodos, todos mirando para cualquier otro lado, sin tener contacto visual. Hacen como que nadie lo ve.
...
...
...
* PLÍNNNN
- Bueno, buenas noches. Cómper.
- Buenas noches.
- Buenas noches.
- Buenas noches.
- Buenas noches.
- Que descanse.
*Sale corriendo.
- ¡TAXI!
(Claramente, uno de los compartimientos de su cinturón tiene que ser para dinero y la batitarjeta de crédito que nos enseñaron en alguna película).
¿Y qué pasa con los malos que atrapa? Él nunca se queda a testificar, porque seguramente se le iría toda la noche en eso. Además, tendría que revelar su identidad y firmar su declaración. No, no creo que eso suceda. Pero entonces no queda muy claro cómo los procesan. Hay delitos en los que, si no hay testigos, es muy difícil comprobar que sucedieron, como una riña callejera (pueden declarar que Batman fue quien los atacó), o el robo a una viejita de su perro o de su bolso (en el caso de que se lo haya regresado y ella no acuda a declarar). En los crímenes donde sí existe evidencia, como destrucción de propiedad privada o atraco a un banco, tendrían que depender de que los videos de las cámaras de seguridad fueran de buena calidad. Con razón hay tantos malandrines que quedan libres.
Y ni siquiera tocamos el tema de cuando los supervillanos tienen una “máquina ultra malvada de aniquilación global”, que resulta destruida en la pelea final. Naaah. Todo el asunto sonaría a historia para niños, así que el malo tendría que quedar libre. Total, no hizo nada malo que fuera comprobable.
Ahora, pasemos al olor del traje. Como es antibalas, es muy caliente y no tiene nada de ventilación. Los guantes, botas, capa y capucha solo empeoran las cosas. Después de toda la noche de estar corriendo, acechando, emboscando villanos, saltando, trepando edificios, peleando y esfumándose misteriosamente, queda empapado de sudor. Obviamente, apesta peor que unas calcetas de futbol que se quedaron toda la semana dentro de la maleta. Los villanos a los que se enfrenta tendrían la ventaja de olerlo llegar desde un par de minutos antes, si no fuera porque ellos siempre tienen algún traje similar y, bueno, nadie ha sabido de un supervillano especialmente pulcro. Así que sería fácil saber dónde ha habido una pelea entre el Caballero de la Noche y algún pillo, usando solamente el olfato.
Todos sabemos que el crimen no es como lo pintan. O algo así. Pero hablando de la lucha contra el crimen, definitivamente no es tan glamorosa como la vemos en las películas...

- Amo Bruce, ya se está quejando otra vez en su blog, ¿verdad?
- No, claro que no, Alfred. Estoy checando mis correos.
- Debería estar saliendo ya.
- …
- …
- …
- ¿No vio la batiseñal?
- … ¿Mjmmmh…?
- Dicen en Tuiter que otra vez es el Pingüino, con un plan ridículo de destrucción de la ciudad.
- Está bien, está bien. Ya vooooy.

¿PUBLICAR ENTRADA?

Mmmh… no. ¿Para qué? – pensó, poniéndose la capucha. Guácalas. Todavía estaba húmeda de anoche. Y ni pensar en el olor. Ahora, ¿dónde había puesto la cartera? Seguramente iba a necesitar para el taxi. El Pingüino nunca hacía sus fechorías cerca del centro de la ciudad.
En fin. Otro día, otro supervillano que derrotar.
Ya necesitaba unas vacaciones.

Wednesday, April 1, 2020

Estrella fugaz

- Oye, Mike, responde. Cambio.
Se tardó un par de segundos en contestar, como si supiera qué era lo que seguía, pero finalmente Mike rompió el silencio en el comunicador, con un: - Roger.
- Desde aquí se ve tu casa. Cambio.
Mike respondió con tono cansado, pero ligeramente divertido. - ¿Sabes que eso dejó de ser gracioso hace como tres semanas?
- Roger. Ja. Y sabes que no por eso voy a dejar de decirlo cada que salga a una caminata, ¿verdad? En fin, prosigo con la reparación. Cambio.
- Síguenos informando. ¿Cómo se ve desde allá afuera? Cambio.
- El daño que causó el satélite al salir no fue muy extenso. Dejó una línea a lo largo de la compuerta, pero todo se ve funcional. Voy a revisar el conector y tratar de averiguar por qué no se soltó a tiempo. Cambio.
- Recuerda que lo principal es volver a fijar la cámara externa, para que puedan evaluar qué tan factible es reemplazarlo. Cambio.
- Roger. Al parecer hay pocos escombros. Procedo a recolectarlos. Cambio.
- Roger. ¿Escucharon eso, Houston? Cambio.
- Eso coincide con nuestros datos. Infórmenos del estatus de la reparación conforme vaya avanzando. Y, chicos, ya no decimos “Roger” ni “Cambio” desde la última misión del Columbia. Ya no es necesario.
- Roger.
- Roger.
El astronauta sonrió y casi pudo escuchar la sonrisa de Mike y de allá en Houston, mientras contemplaba la magnificencia del orbe azul y blanco de la Tierra, que abarcaba casi todo su campo de visión. Definitivamente, la parte favorita de su trabajo, y a la que no creía llegar a acostumbrarse nunca. Un profundo respiro, una última mirada y se enfocó en lo suyo. No importa cuántas caminatas espaciales has hecho, todas son igualmente peligrosas, y más con la mente en otro lado.
Un último inventario rápido. Brazo izquierdo, control maestro de los propulsores en la espalda: 98% de carga. Brazo derecho, monitor de signos vitales: oxígeno al 95%. Las herramientas, sujetas con velcro en las piernas, cintura y pecho. Bien. Las manos siempre deben estar libres cuando te estás moviendo afuera de la estación. Venía la parte más peligrosa de esta caminata: acercarse a los escombros del pequeño satélite fallido. Eran pocos, y aparentemente, ninguno mayor de un metro. Todos flotaban en la zona del impacto, casi inmóviles en relación con la estación. El problema es el silencio. En la Tierra, en cuanto escuchamos que algo se acerca, o incluso si sentimos que “algo” no está bien, reaccionamos y evitamos el peligro. Ese algo puede ser una corriente de aire, una vibración, un ligero cambio en la temperatura, o un objeto grande que bloquea el sonido desde esa dirección. En el espacio no existe nada de eso. Estás solo con el sonido de tu respiración y nada que te advierta que la muerte está a un parpadeo de distancia.
Volteó a ver a Mike, que lo observaba desde la pequeña ventana y le hizo la señal con el pulgar de “Todo bien”. En fin, a trabajar.

El Capitán Mikhail Skvortsov le devolvió el saludo con el pulgar y lo observó detenerse un momento a contemplar la Tierra, antes de verlo encender los propulsores y salir lentamente del limitado campo de visión de su ventana en la cámara de descompresión. Seguiría su progreso por los monitores de las cámaras exteriores. Ayudándose con los brazos, Mike flotó hasta el módulo de control de la estación. Se angustió ligeramente cuando no pudo localizarlo en ninguna de las pantallas, pero recordó de inmediato que la cámara de esa zona había sido desprendida de su lugar con el choque y ahora apuntaba a la oscuridad del espacio.
- Ya no te veo. ¿Todo bien? Cambio.
- Todo bien. Estoy llegando a la cámara. Parece que… parece que… sí, solo se desprendió de su base. Un par de tornillos y listo. ¿Ya me ves? Cambio.
Mike vio la imagen de la cámara 4E dejar de apuntar al vacío y enfocar una cara sonriente, en su casco espacial.
- Roger. Te veo claramente. Ahora, a fijar la cámara, recoger el tiradero y de regreso por una cerveza. Cambio.
- Roger. ¿Sin gas? Cambio.
- Sin gas. Sabes bien que en microgravedad, el gas no es tu amigo. Cambio.
- Roger. No me estaba quejando. Acepto la cerveza. Dame unos cuarenta minutos. Cambio.
- Roger.
- Chicos.
- ¿Sí, Houston? Cambio.
- ¿En qué quedamos con lo de Roger y Cambio? No, ¿saben qué? Ya olvídenlo.
- Roger.
- Roger.
Se escucharon risas de todos los participantes. Siempre era bueno dejar salir la presión.

Cerró los ojos y dejó escapar toda su frustración en un alarido:
- ¡AAAARGHHHH!
Se quedó sin aire, respiró muy profundamente y volvió gritar, una y otra y otra vez, hasta que le dolió la garganta y solo quedó en sus oídos el eco de ese grito dentro de su casco espacial, su respiración jadeante y el ensordecedor retumbar de su corazón.
¿Cómo había podido ser tan descuidado? Sabía perfectamente que tenía que estar pendiente de su alrededor EN TODO MOMENTO.
- ¡AAAARGHHHH!
¡Estúpido! ¿Por qué no se había encargado de los escombros del satélite ANTES de utilizar herramientas? ¡IDIOTA!
Ni siquiera era tan urgente fijar la cámara. Hay prioridades, y la seguridad siempre es primero. Pero se veía tan fácil lo de la cámara, que se apresuró a tomar el taladro de la cinta de su pierna izquierda. Miró rápidamente alrededor por precaución, estiró el brazo, sujetó la cámara y comenzó a perforar para fijarla al fuselaje.
Nunca sintió el golpe. Más bien, como si alguien se le encimara en la espalda repentinamente. Reaccionó con reflejos producto de innumerables horas de entrenamiento, agachándose y absorbiendo el impacto. Aun así, se quedó sin aire. Lo último que vio antes de perder la conciencia fue la cámara 4E, suelta y apuntando nuevamente a la negrura del espacio.

Con una angustia que le dejaba un sabor metálico en la boca, vio a la estación espacial alejarse hacia arriba en cámara lenta, inalcanzable desde el primer segundo. En realidad, él era quien estaba cayendo. Tenía miedo, mucho miedo.
Lo intentó por décima vez. Nada. Los propulsores en su mochila nunca habían fallado antes, estaba seguro. Pero, ¿de qué le servía eso?
Bajó la vista, pero lo voluminoso de su traje espacial le impedía ver al causante de su desgracia. Levantó un poco los brazos. El taladro con el que había perforado el control de los propulsores, en su brazo izquierdo, seguía en sus manos, inútil ya. Además, el impacto en su espalda había dañado también la antena.
Todavía quedaba una última luz en ese vacío, y era que Mike se hubiera puesto el traje a tiempo. Era difícil, lo sabía, pero no imposible. Tendría que haberse dado cuenta justo en el momento, asumido lo peor y equipado lo más rápidamente posible. Aún con ayuda, ponerse el traje llevaba hasta 45 minutos. Después, tendría que adivinar la trayectoria en la que cayó tras el accidente para salir a buscarlo y confiar en que estuviera dentro del rango de combustible de los propulsores.
Solo quedaba esperar a ver a Mike llegar, antes de que se acabara el oxígeno en su traje. Estimaba que todavía tuviera unas seis horas para esto, y que no estuviera cayendo demasiado rápido, o empezaría a entrar en la atmósfera y se quemaría.
Así que tendría paciencia. Y fe en su amigo.
Esperó en silencio, con una plegaria en los labios.
Y esperó.
Y esperó.

Abajo, en un campo de arroz, el anciano se tomó un respiro de sus labores. Quitándose el sombrero, se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano. Estaba anocheciendo y era hora de regresar a casa, con su viejita. Levantó la vista, como buscando algo, esperanzado.  ¡Sí, ahí! Justo en ese momento, con un trazo largo y rápido: la primera estrella fugaz de la noche. El corazón se le llenó de paz. Había pocas cosas más románticas que eso. 
Qué bien.

Tuesday, November 5, 2019

Microsueños

UN PANDA EN UNA TIROLESA NO PUEDE SOSTENER SU CAFÉ Y SE LE CAE, SALPICÁNDOLE LA CARA. Abrió los ojos, en un rush de adrenalina. No, todavía no se había pasado de su parada. Qué temprano se veía la ciudad a esta hora. Como hacía frío, todos tenían una actitud de “Qué hago aquí y por qué no estoy en mi cama”.
CLOSE-UP DE UNA BALLENA AZUL, BAJO EL AGUA. Sacudió la cabeza, para despejarla. Aquí era. Perfecto. Su récord impecable de dormirse en el camión sin pasarse ni una sola vez seguía intacto.
Ya eran pasadas las nueve, pero todavía estaba en sus minutos de tolerancia. El reto iba a ser no quedarse dormido en las tres o cuatro juntas que tenía hoy. Ya sabía que no había sido buena idea no irse dormir anoche a su hora. “Pero no me arrepiento,” pensó, mientras se recargaba en el frío costado de acero inoxidable y el elevador subía hasta su oficina. ENTRA UNA MUJER VESTIDA DE PARAMÉDICO A UNA JUNTA Y SE SIENTA EN UNA MESA REDONDA. TODOS TRAEN CAPAS ROJAS, CON UNA FILA DE ESTRELLAS DORADAS DE HOMBRO A HOMBRO, EN LA ESPALDA.
Plínnn. Se sobresaltó. Abrió los ojos como platos y se acomodó el nudo de la corbata. Listo, cuarto piso.
Despabilándose, caminó hasta su cubículo mientras buscaba una excusa. Ya nadie hace crucigramas. Ni los viejitos. No podía explicar que se había desvelado hasta las tres de la mañana con crucigramas, terminando el Matatiempo especial del mes. Pero ni modo que un simple “nueve letras, sinónimo de perfecto” le ganara. No, señor.
Alguna vez había intentado con esas cosas de los sudoku. No le funcionó. Es que, qué manera de complicarse la vida, la verdad. ¿En serio, números? De haber querido dedicarse a eso en sus tiempos libres, habría estudiado algo científico, como astrónomo o contador.
Se sentó frente a la computadora y la encendió, esperando a que se iluminara la pantalla, con ese zumbidito que hacen las máquinas cuando ya les cuesta trabajo. 
THE LUNATIC IS ON THE GRASS. 
THE LUNATIC IS ON THE GRASS. 
Sintió que se caía y dio un brinquito involuntario. Hace mucho que no escuchaba esa canción de Pink Floyd. "Brain Damage es de las mejores de ese disco, aunque sea de las más ignoradas," pensó. Le dio click al Excel del día anterior y se puso a revisar columnas y columnas y columnas. CORRES Y CORRES Y TE TIRAS DE RODILLAS, DESLIZÁNDOTE EN EL PISO, EL PELO LARGO CAYÉNDOTE EN LA CARA. TE ENSUCIAS LAS RODILLAS CON LODO.
Despertó. ¿Qué es ese ruido?
Tóctoc. Ahí está otra vez. Tocaron en el marco de la puerta. 
- Vamos a adelantar la primera junta diez minutos. ¿Está bien?
- ¿Eh? Sí, claro. Solo deja encuentro mi pluma, -dijo, sacudiendo la cabeza. Se sirvió un café de camino a la sala de juntas. 
Iba a ser un largo día.

UNA SIRENA SE DESMAYÓ PORQUE NO LA ELEGISTE PARA BAILAR. Abrió los ojos mientras respiraba profundamente y, sin llamar la atención de los demás asistentes a la reunión, se reacomodó en la silla, para despertar.
Bla. Bla. Blá. 
Esa exposición monótona del ingeniero lo despertaba y adormilaba al mismo tiempo. Y apenas llevaban diez minutos.
Se examinó las uñas de la mano izquierda. "¿Y este pellejito? Hay que jalarlo con cuidado," se dijo, distraído.
Bla. Bla. Blá. 
“Ay, ya me lastimé. Hasta sangre me salió. Ya ni modo. Voy a hacer como que estoy concentrado en el tema de la junta para chuparme el dedo, distraídamente.” UN PANDA FRENTE A UN PAYASO, OBSERVÁNDOSE MUTUAMENTE DEBAJO DE UNA JACARANDA.
Levantó la cabeza, rápida pero disimuladamente, la mirada confundida. Sabía que no lo iba a lograr. El día se veía cuesta arriba.
“Ya dejó de sangrar, pero todavía me duele. Voy a traer el dedo hinchado todo el día. Por lo menos así no me dormí.”
Continúa la presentación, con un lentísimo y muy tedioso bla, bla, blá.
LOLA BUNNY, SONRIENDO, CON EL UNIFORME DE SPACE JAM. Reaccionó. ¿Qué habían dicho? La sala estaba en silencio, como esperando a que les respondiera. ¡Ah! Alguien contestó del otro lado. Fiu. La pregunta no había sido para él. Se levantó tranquilamente, llevándose el celular a la oreja, como si hubiera recibido una llamada. Tenía que echarse agua en la cara.
En el baño, frente al espejo. El agua fría ayudó. Se veía desvelado. Parecía como si su rostro se hubiera quedado afuera del refri desde ayer, la piel con un tono poco saludable y los ojos hinchados. Se quedó viéndolos fijamente. BAJANDO POR LAS ESCALERAS ALFOMBRADAS METIDO EN UNA CAJA DE CARTÓN. MUY, MUY RÁPIDO. BAJABA Y BAJABA. ANTES DE DAR LA VUELTA EN EL ÚLTIMO SEGUNDO, ABRIÓ LOS OJOS PARA NO CHOCAR CON LA PARED. Su reflejo lo miró de vuelta tratando de enfocar bien. Se sorprendió a sí mismo, mojado, desgastado y confundido.
En fin, a regresar a la junta.

UNA CADENA HUMANA BALANCEÁNDOSE COMO COLUMPIO, CADA VEZ MÁS ALTO. Levantó el dedo de la tecla de flecha hacia abajo. Ya iba en la celda 1,220 de un documento en blanco. Maldito Excel. Estaba en su escritorio, sin estar completamente seguro de cómo terminó la junta. Tenía que ir por un espresso triple. Solo necesitaba un esfuerzo para terminar de despertar y levantarse de su UNA MUJER CON CUERPO DE SERPIENTE EN UNA TIENDA DE CAMPAÑA ROJA DE CUATRO PAREDES, EN EL DESIERTO. LE SONRÍE.
¡Ya, por favor! No lo volvería a hacer. A estas alturas, todo lo que quería era irse a su casa. Así podría descansar.
- EN REALIDAD, VAMOS A USAR SOMBRITA, -DIJO EL ENCARGADO CUANDO LE PREGUNTÓ SI HABÍA SOMBRILLAS EN EL BARCO. Se levantó tan rápido que se pegó en la espinilla. Café. Ahora.
Sí, era lo que necesitaba. De pie afuera del Cielito Querido de la esquina, aspiró profundamente el aire fresco. Los aromas eran limpios y fríos, los colores con ese tono intenso que solo tiene el mundo después de llover toda la noche. Había algo en ese olor a mañanas frías que solo el café recién hecho puede evocar. Con la mirada fija en ningún punto en especial, se recargó en la corteza húmeda de una jacaranda y se dejó llevar por el recuerdo del jardín de su casa visto desde la cocina. SE ESCUCHA EN EL FONDO WHEN I’M 64 DE LOS BEATLES, MIENTRAS SUBE EN UN GLOBO AEROSTÁTICO POR EL CIELO CLARO Y DESPEJADO, SALVO POR ALGUNAS VIRUTAS DE ALGODÓN DESGARRADO. Parpadeó tres veces, lentamente y apretando los párpados, para deshacer las telarañas de su cabeza. ¿De dónde había salido eso? Ni siquiera se sabía esa canción.
A junta otra vez. Se le quedó viendo distraídamente a un ciclista con playera de Space Jam, que se acercaba.
Suspiró, dándose ánimos. Ya casi era mediodía. Decidió que, en vez de comer, cerraría la puerta de su oficina para poder cerrar los ojos, aunque fuera por una hora. No faltaba tanto. Si tan solo pudiera…
Mantener.
Los.
Ojos.
Abiert…UNA NIÑA PEQUEÑA HACIENDO PARKOUR ENTRE DOS EDIFICIOS, VISTA DESDE EL CALLEJÓN DE ABAJO. TRAE UN ABRIGO BLANCO Y GRUESO.
De repente, alguien gritó “¡Cuidado!”, seguido de mucho ruido, un fuerte crujido… y el mundo se volvió de cabeza.

Aunque hubiera estado alerta, nada habría cambiado. Simplemente, estaba en el lugar equivocado, al final de una larga serie de improbabilidades. Una bicicleta que cruzaba el camellón se patinó al frenar en un charco con lodo, producto de la lluvia de la noche anterior. El repartidor cayó de costado junto a la banqueta, el vaso grande de café caliente que traía afuera de su mochila se aplastó y explotó con el impacto, salpicando por la ventana al chofer de una ambulancia que pasaba y quemándole la cara. Él, por reflejo, giró violentamente el volante hacia el otro lado, hacia un árbol. Sintió el golpe de las llantas cuando se subió a la banqueta, pero tuvo suerte de alcanzar a frenar y solo haberle pegado al espejo derecho. Nunca vio que hubiera alguien recargado en el árbol. Fue entonces cuando la gente empezó a gritar.

- ¿Qué pasó?
- ¡Alguien llame una ambulancia!
- ¡No lo toquen!
- ¿Eso es sangre?
- ¡Un doctor!
- ¡Necesitamos un doctor!
MORDISQUEANDO LA PLUMA. LA PLUMA SE QUEJA, CON VOZ DE NIÑA PEQUEÑA, Y LO MUERDE DE REGRESO. Ouch. Eso duele más que una mordida.
- ¡Paramédico! ¡Aquí!
FLAN DESPUÉS DE COMER, PEQUEÑO PERO MUY DULCE.
- Amigo, amigo, ¿te encuentras bien?
CREO QUE TENGO UN HERMANO GEMELO.
- Tuviste un accidente. Trata de no moverte. ¡Denle espacio!
LA VISTA AÉREA DE UNA PRESA.
- Amigo, voy a revisarte. ¿Dónde te duele?
- ¿Qué es eso? ¿Dónde está su mano?
- ¡Háganse para atrás!
COMIENDO CARNE MOLIDA CRUDA, CON TENEDOR.
- ¡Traigan la camilla!
VIENDO UNOS ZAPATOS POR ARRIBA, JUSTO PARA PONÉRSELOS. SON CAFÉS Y SUAVES POR DENTRO, DE PIEL. ¿Por qué tenía frío en los pies? ¿Y sus zapatos?
- ¡El collarín, rápido! Esperen…esperen… ¡Tú, el de playera de sirena, ayúdanos a cargarlo! A mi cuenta lo levantamos: una, dos, ¡tres! Aprieta aquí.
UN CRIADERO DE PECES BEBÉ EN UNA PILETA. TRATA DE METER LA MANO, PERO NO SIENTE EL AGUA. ESTÁN LLORANDO. ¿ESTÁN EN UN FUNERAL? 
“¿Qué me pasó? ¿Por qué no puedo ver?”
VOY MANEJANDO. JUSTO ANTES DE CHOCAR CONTRA UN CUBO DE UN METRO HECHO DE ADOQUINES, SE VAN VOLANDO, COMO DIENTE DE LEÓN. 
“Tengo frío. Y sueño. Mucho sueño. Yo creo que me voy a dormir.”
SE CAE BOCA ABAJO UNA SEÑAL LUMINOSA DE BULBOS QUE DICE “BETTER THAN YOU”, EN UNA NUBE DE CHISPAS Y VIDRIO QUEBRADO, MIENTRAS SUENA ESA LÍNEA DE LA CANCIÓN DE NIRVANA. LA FRASE SE REPITE Y SE REPITE, BAJANDO EL VOLUMEN MIENTRAS ALGUIEN APAGA LA LUZ.
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