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El peor día de mi vida

El 19 de septiembre de 1985 fue el peor día de mi vida. Mis recuerdos de ese día están ligados a una lluvia muy fuerte de la noche anter...

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Friday, May 25, 2018

Aniversario

Es un edificio muy viejo de cinco pisos en la esquina de Eje Central. Antes era muy bonito, muy elegante, con sus curvas y grandes ventanas. Tuvieron suerte de conseguirlo a buen precio. Hoy, la fachada antes impecable está descarapelada, tiene un grafiti de superhéroes en toda la pared de la planta baja y el rumbo ya no es lo que era antes.
Adentro, ella prepara la cena mientras lo espera a que vuelva de la tienda. Escucha que se abre la puerta y se asoma desde la cocina.
- Perdón por haberte mandado a estas horas, pero ya casi cerraban y yo, con mis reumas, no hubiera llegado. Ya sabes que las escaleras me cuestan mucho trabajo.
- No te preocupes, cariño. Lo bueno es que Don Luis tenía todo. Ten, te traje tu clavel blanco.
- ¡Ooh, viejito, te acordaste! ¡Gracias! Ponlo en el florero, ahí donde está el otro clavel que compré en la mañana.
Ella, a sus más de ochenta años, está preparando una cena especial por su 40 aniversario. No de bodas, ni de novios, sino de que se volvieron a encontrar y regresaron. Por sus propias razones, después de varios años juntos, cada quien quiso ir por caminos separados y, afortunadamente, no funcionó. Cuando se reencontraron por casualidad en la calle un año después, bastaron una sonrisa y un tímido “Hola” simultáneo. Él traía un clavel blanco en la mano – nunca le dijo para qué y ella no preguntó – y se lo entregó, una lágrima en su mejilla. Ya hace cuarenta años de eso. Y, como dicen en los cuentos de hadas, fueron felices para siempre.
Nada de esto es necesario mencionar cada aniversario. Hay cosas que, tantos años después, todavía duelen un poco.
- ¿Puedes prender la luz, por favor, corazón? Tú que alcanzas desde ahí. Gracias. Es que ya se está oscureciendo y mi vista no es lo que era antes.
- La mía tampoco, no te preocupes. ¿Has visto mi pipa? No sé dónde la dejé.
Ella le da su pipa, regañándolo con que debe dejar de fumar, mientras él la llena de tabaco. Pero, como cada aniversario, le acerca un cerillo y lo ayuda a encenderla. Aunque haga caras por el humo, sonríe con complicidad. Siempre le ha gustado el olor a tabaco de pipa, recién encendido. Le recuerda tanto a él.
- ¿Viste que reacomodé las fotos? No sé dónde quedaron las últimas que nos sacaron, así que puse puras fotos de nuestro primer viaje a Acapulco en los marcos de la repisa. Mañana que ya no me duela la espalda voy a buscar en la caja de abajo, en el clóset. Ahí deben de estar.
- Sí, eso estaba viendo. Se ven muy bien las que tienen los marcos dorados de madera, ¿no crees?
- Justo en eso pensé. ¡Qué guapo te veías de traje de baño, corazón!
Los dos se quedan un momento contemplando la repisa llena de polvo, las fotos amarillentas. Ella inhala profundamente, nostálgica.
- ¡Pero no has probado tu ponche, cielo! Lo hice especial, como te gusta tanto, desde aquella vez hace cuarenta años. Ah, ya se te enfrió. Pérame, te lo caliento.
- Muchas gracias, amor.
Ella regresa con la taza humeante, balanceándola con un poco de trabajo y derramando unas gotas en el platito.
- ¡Au! Tal vez quedó demasiado caliente, -dijo, chupándose un nudillo deformado por la artritis, salpicado de ponche.
- No te preocupes. Así está perfecto. Siempre me has cuidado tanto. Gracias.
Ella deja la taza frente a él.
- Orita vengo, voy por la mía. Suena a que ya está hirviendo también.
Desde la cocina, ella sigue con la conversación.
- ¿En serio? ¿Es en esa foto? De eso sí que no me acuerdo. ¡Qué buena memoria tienes, para tu edad! ¿Seguro que fue ahí? Ah, muy bien. No, no te oigo, espérame tantito, ya casi termino de servir. Sí, tienes razón, es mucho trabajo preparar una cena así. Pero solo es una vez al año, y vale la pena, ¿no crees?

Atrás de ella, el comedor está oscuro. En la mesa, puesta para dos personas, con su mantelito a gancho y su florero con un solitario clavel rojo, no hay nadie.
Apagada y fría, tirada en el suelo, la pipa vacía es su única compañía.


Wednesday, May 23, 2018

Hacerse a un lado, y lo que implica. Un diario

Día 1
No puedo leerte sin que me explote el corazón en textos, en letras para ti. Pero aún sin leerte, no dejo de pensarte un segundo. Mis lágrimas no paran, no sé cómo hacerlo. Caen hacia adentro, ahogando mi alma. Pero es mejor así. Nunca sentirla vacía.
No quería quedarme a llorar en mi oficina a la hora de la comida, la puerta cerrada. Salí a caminar, dando vueltas y vueltas sin rumbo, por donde hubiera sombrita y, de repente, estaba frente a donde te conocí. Ay, qué feo se siente eso.
Anoche lloré hasta que se me hincharon los ojos y me quedé dormido. Solo lo había hecho una vez antes, y tampoco sirvió de nada. Es mejor sonreír y aparentar ser fuerte. Los suspiros son inevitables.
No puede ser que no deje de llorar. ¿Qué tengo, diecisiete?
Qué difícil puede ser hacerse a un lado, salirse de la vida de alguien. Y ni siquiera me lo tuviste que pedir.

Día 2
No puedo escribir. Casi no puedo ni respirar. ¿Escribir? Sí, claro.

Día 3
Si por lo menos hubieras querido hablar conmigo y decírmelo, en lugar de insinuarlo por escrito y dejar que yo lo armara todo en mi cabeza...
Todos deberíamos tener derecho a despedirnos.
No, olvídalo. Hubiéramos llegado a la misma conclusión. Por lo menos así me dejaste todo a mí. No tenemos por qué estar los dos devastados. Quiero que estés bien. Y por eso me hago a un lado.
¡Había logrado no pensar en ti por una hora! De repente, dije: ya estoy mejor. Y se me llenaron los ojos de lágrimas. Y pinche vida.
Tal vez todo esto del amor verdadero y ser feliz solo sea parte de una lotería cósmica, donde te hacen creer que lo vas a lograr y que, aunque los demás no pudieron, tú sí... solo para hacerte mierda al día siguiente. Así vamos todos por la vida, en las avenidas de la tristeza.
#PutosTodos
"Sería bueno que algo tuviera sentido, para variar." - Alicia (L. Carroll)

Día 4
Mi rutina no ha cambiado mucho: eres mi último pensamiento antes de dormir y el primero en mi mente en la mañana. Veo tu foto todo el tiempo, te añoro con el pensamiento y con el alma. Recuerdo tu risa, tu voz sexy, tu mirada. Sí, esa mirada. Y, sobre todo, te nombro. Nos nombro. Solo no te escribo. Dije que no lo haría, aunque nunca deje de estar presente.
Si algo pongo por escrito, es para mí. 
¿A quién engaño? Amo que me leas. Esto que no puedo guardarme, este sentimiento indeleble, innegable, total y profundamente. Hoy me dio un mini infarto cuando vi una notificación y creí que me habías escrito. A mí.
¿A mí? Ja.
Escucharte decir que tú también sentías lo mismo, que vivías en las nubes y que la sonrisa que te provocaba en la mañana te duraba todo el día era lo máximo. ¿Cuánto tiempo más será mutuo? ¿Todavía lo es? ¿Recordarás que aquí estaré para ti? Por lo que sea que me quede de vida. 
Sé muy, muy feliz. Y nunca te conformes con menos. Nunca. Todo esto tiene que valer la pena.

Día 6
Hoy ya dolió menos. Mmmh... No, no lo creo. Más bien, hoy mi alma amaneció cansada de sentir, adormecida. La vida pasa detrás de una cortina de tristeza.
Creo que no he comido desde hace mucho. Sí, tal vez sea eso. Tengo que acordarme de comer algo. Vuelvo.
¡Te vi, de lejos! Qué fabuloso verte feliz. Estás padrísima. Valió la pena todo esto. O, por lo menos, es lo que me repito y me repito. Nada debería doler así.
Sé que dijiste que nadie podría tomar mi lugar, pero es tan fácil desaparecer a quien no está. Aún así, aquí estoy, y aquí voy a seguir. Muero de ganas de volver a abrazarte. Abrazarte con la mirada, con el corazón, con mis besos, con todo mi ser.
Sé que no crees en un "para siempre", en gran medida porque todos los demás te han fallado, pero una parte de mí - la de más adentro, la más verdadera - siempre te estará esperando.
Ten, te doy mis suspiros. Con cuidado, que se reborujan.
*le da el universo.

Día 7
¿Y el karaoke? ¿Y las fiestas de bodas, bailando La Boa, muertos de risa? Ni siquiera alcanzamos a cantar algo juntos.
Y yo que creía que ya no me quedaban lágrimas.
Aclaro: nada de esto es reclamo. Son más bien los recuerdos que no nos alcanzaron y se quedaron en el camino. Existe en mí un agradecimiento profundo, profundísimo por lo vivido, y un coraje igualmente grande con la vida por habérmelo quitado.
¿En qué fallé?

Día 10
- Y usted, ¿cómo conjuga su tristeza?
- En presente eterno.
Qué rápidamente se resigna uno. ¿Qué te queda? ¿Seguir viviendo así, sin vivir? Si madurar es aprender a esperar, ¿cómo se dice cuando esperas algo que puede que nunca suceda, porque su momento ya pasó? ¿Esperanza? Sí, claro.
¡Ya deja de llorar!
"Soñar no te hará ningún bien, Harry, si olvidas vivir." - Albus Dumbeldore.

Día 14
Dicen que bajé de peso, que cómo le hice. ¿En serio quieren saber, o es una pregunta tan hueca como el: "¿Cómo estás?" de las mañanas en la oficina?
- Solo estoy comiendo menos tortilla y pan, -respondo. Mejor así. Qué les importa, la verdad.
Eso sí, tomo mucha agua. Toda se me va por los ojos.

Día... no sé
Mi teléfono no suena. Y no creo que lo haga.

Día 85
Ya no había escrito. ¿Para qué? No quiero sonar repetitivo.

Día 128
Y entonces, un día, te darás cuenta de que a tu caja de colores solo le quedan negros y grises. Y tendrás que aprender a crear con eso.
Estoy aprendiendo.
Puedes elegir vivir devastado por una pérdida, o no... y crecer. Además, nadie ha ganado nada llorando - excepto Alicia; así pasó por el ojo de la cerradura.
Anoche ya no lloré. ¿Qué sigue? Crecer.
Pero aquí voy a estar, para ti. Solo tienes que... no sé. Con un "Hola" basta.
Sigo pendiente. Y mi corazón se salta un latido con cada vibración del celular.
Esperándote.

Tuesday, May 22, 2018

Esperanza

- Debes de conservar la esperanza, -dijo ella, quedito, y se sentó junto a él, en la banqueta.
Había llovido toda la tarde y todo estaba mojado. Seguramente aquí había estado sentado desde entonces, en la oscuridad, sin moverse de aquí. Sabía que no lo haría. Aquí es donde la había visto por última vez.
El farol de la calle estaba roto, así que no alcanzaba a ver si su ropa estaba mojada. Lo sentía junto a ella, como una presencia muy lejana. El aroma de lluvia inundó sus pulmones con un aire frío, impersonal. Siempre le había gustado esa sensación de frescura, de nuevos inicios, como si la lluvia lavara el mundo y nos dejara comenzar otra vez. Pero no hoy. Hoy era diferente. Sentía una tristeza infinita emanando de él, a su lado. Un escalofrío de empatía entró en su pecho y ahí se quedó, como ese dolor físico de extrañar a alguien. Deseó no haberse sentado en el concreto, pero no quería dejarlo a él ahí. Nadie debería sufrir solo.
- La esperanza está mal apreciada, -respondió él, pausadamente. Perdida en sus pensamientos, ella ya había olvidado haber comentado algo, pero se tragó su comentario mordaz y lo dejó seguir. 
- No tiene la definición que nos han hecho creer desde pequeños, esa que dice que te ayuda a seguir adelante y que hará que todo sufrimiento presente sea más llevadero, porque existe el sueño de que las cosas van a mejorar.
No. La esperanza es peligrosa. No es algo positivo.
De hecho, es exactamente lo contrario. Una persona que está en el fondo, en la peor situación imaginable, soportará todo y seguirá adelante por sí mismo, día a día, porque tiene que sobrevivir. Esa es nuestra naturaleza: seguir adelante.
Sus palabras eran poco más que un susurro, pausadas, pero en el fresco aire nocturno parecían brotar de todos lados y quedarse ahí, suspendidas.
- Pero, ella dijo que regresaría, ¿no? -se aventuró a comentarle, ofreciendo consuelo.
- Sí. Y eso es lo más doloroso, -contestó, monótonamente. 
Y continuó.
- Ofrécele esperanza a alguien derrumbado, un asomo de que su situación puede ser mejor o, inclusive, ser feliz, y lo destruirás. Porque ahora tendrá contra qué comparar su desdicha y soñará con el momento en que todo sea mejor. En vez de enfocarse en vivir, en soportar y continuar, la pasará soñando y, por primera vez, tendrá conciencia de la miseria a su alrededor. Ese autoconocimiento hará su existencia más difícil de llevar, insoportable. Y si le quitas esa esperanza, será peor todavía. Una vez que abres los ojos a la situación a tu alrededor, ya no puedes dejar de verlo. No hay vuelta atrás.
Hizo una pausa, como quien está a punto de suspirar, pero no. Simplemente, se quedó en silencio, recordando. Ya no le quedaban suspiros.
Ella lo esperó, dándole tiempo a acomodar sus pensamientos. Quería hacerle la pregunta obvia. Después de todo este tiempo, seguramente no seguiría esperando su regreso. Pero era cruel entrometerse así y preguntarle. Solo él podía decidir si ya era suficiente. Así que se quedó ahí, junto a él, con la pregunta en los labios.
Como si estuviera escuchando sus pensamientos, él respondió:
- ¿Yo? Tengo esperanza, pero de la bonita.
Otra pausa.
- Eso es lo que me digo.
Y se le nubló la vista, una sonrisa triste en el rostro y la mirada hacia adelante.
Ambos se quedaron sentados en la banqueta, sin hablar, acompañándose.
Arriba, en las nubes, un relámpago silencioso.
Empezó a llover.


Thursday, May 3, 2018

Suspiro

- ¿Por qué suspiras tanto?
- Porque ya no voy a llorar.
Tu mirada, distante, mostraba entre líneas que no hacen falta lágrimas para vivir llorando. Quisiste explicar más. Tal vez así, compartiéndolo, el dolor se confundiera, ya no supiera con quién irse y se diluyera un poco. Abriste la boca, buscando palabras… Ninguna quiso salir.
Suspiro.
Recordaste – y bloqueaste las imágenes inmediatamente. Es mejor no recordar. Formas, olores, sonrisas, sueños sin madurar, ideas, ganas de gritar, caos. El ruido del choque. Todo se agolpaba en tu cabeza.
Un año ya. Tú mismo habías decretado lo que duraría tu duelo. Al principio era algo tan distante, que te diste el lujo de que tu dolor llevara las riendas. El hospital; los dos días encerrado en el Ministerio Público, de los que te contaban, porque no los recordabas; los trámites, eternos y sin sentido, ¿cuántas veces más te iban a preguntar algo a lo que no tenías respuesta? No, no sé qué pasó. Ella iba manejando. ¿Y el funeral?
No lo entiendes. ¡Se supone que hoy, que se cumple un año, se acababa tu tristeza! Ya se lo habías planteado muy seriamente, despidiéndola, en esas noches sin dormir llenas de los ruidos de la ciudad. Te despediste en esos lugares comunes. “Tristeza, gracias por arroparme y hacer que mis días no estuvieran vacíos, pero es hora de dejarte ir. Ya me desgarré en silencio, sin llorar. Lo acepté, como todo aquel que acepta algo que no puede cambiar. Estoy listo para seguir adelante y recordar con una sonrisa.”
En algún lugar oíste que un año era suficiente para superar. Sigues esperando. En cualquier momento ya.
¿Te has golpeado alguna vez en el momento en que tienes que hablar frente a mucha gente y no puedes demostrar tu enorme capacidad de decir el mayor número de groserías diferentes a todo pulmón sin respirar? Te tragas ese grito que hubieras dirigido a todos tus antepasados, al mueble, al que lo fabricó y al universo y, sin perder demasiado la compostura, sigues. Pues así, cuando no puedes llorar, cuando se supone que ya lo superaste. No gritas. No lloras. Solo suspiras y sigues.
Y entonces, entra el “debes ser valiente.” Lo peor es que nadie te pregunta cómo te sientes, nadie te avisa cuando ya puedes dejar de serlo. Y crees que así debe de ser siempre. Eres el fuerte. Gracias por serlo.
Ejemplos de amar en silencio sobran. El adolescente que añora con ojos tristes a la bonita del salón y la mira irse de la mano con el novio que la maltrata. El niño que ve con adoración a su maestra y se la imagina abrazándolo, orgullosa, por el garabato rojo con un 10 en su examen. La niña que adora a su ídolo juvenil, defendiéndolo en Facebook de los chismes de las revistas de puesto de periódicos. La madre cansada que encuentra el amor verdadero mientras espera en la fila del colegio a los hijos y que, resignada, lo ve alejarse tras hablar tres minutos con él; lo recordará fantaseando, mientras prepara la cena. El estudiante que va a todos los conciertos favoritos de su mejor amiga y que la consuela cuando llora porque algún patán le rompió el corazón. Los enamorados que están tan lejos que saben que lo suyo no puede ser, no por ahora, por más química que exista entre ellos. Y tú que, aunque ya lo perdiste todo, sigues amando, porque nunca te enseñaron cómo dejar de hacerlo.
"Cuánto, cuantísimo puede doler el dolor de otro ser humano," leíste hace poco,* y lo ves, disimulado, en las miradas de quienes te rodean. El dolor conecta de formas que no conoces hasta que lo vives en su mirada, sin importar cuánto haya dolido antes. El secreto es estar ahí en ese justo momento, para conectar. O tal vez el secreto sea NO estar ahí en ese justo momento. ¿De qué otra manera podríamos vivir con nosotros mismos cada que pasamos por la banqueta junto a alguien que nos pide ayuda tan solo con su tristeza?
Si nosotros somos parte del entorno, y el entorno nos está conformando a nosotros, qué entorno tan hijoeputa.
Pero compartir el dolor tampoco trae consuelo.
¿Todavía duele? No lo sabes. Por eso suspiras, para que no duela.
Sigues esperando. Y sigues así, suspirando, sin llorar. Mejor, sonríe. Así nadie te pregunta nada.
¿Qué, nunca va a parar?


Tuesday, April 17, 2018

Niña de banqueta

Me acuerdo de Ana.

Antes de Ana, era el Chucky. Creo que alguien le puso así porque se parecía al muñeco de la película, ése feo. ¿Lo conoces? Es un muñeco muy malo. Pero el Chucky no era malo. Casi no lloraba y dormía todo el día. Pero ni se parecía tanto. Sólo era güerito y tenía muchas pecas. Ana era linda y sonreía mucho.

De Abel casi no me acuerdo. Yo era muy pequeña.

¿Y antes de Abel? Yo creo que hubo otros. Siempre hay. Siempre tiene que ir uno más chiquito. Así sacas más.

Ayer perdimos al Bebé.

Bueno, la verdad, no se llamaba el Bebé. Después de Ana, Mari decidió que ya no les diríamos por su nombre. Dice que así no te encariñas tanto, no te preocupas tanto cuando se enferman y puedes hacer como que no te importa. Casi no lloras cuando se mueren.

Nadie se dio cuenta cuando se murió el Bebé, de tan calladito que era. Se durmió en la mañana y ya no despertó. En la tarde Mari me dijo que ya no se movía desde hace rato, que se estuvo fijando bien y ya no respiraba. Y es que ella ya sabe, ya le ha pasado varias veces. Como los trae todo el día envueltos en el chal, luego luego se da cuenta.

Pero nos tuvimos que quedar hasta que juntamos todo. Cuando a Mari se le cayó Ana, nos regresamos rápido, para llevarla al hospital, pero la tía Mona se enojó mucho cuando nos vio llegar. En realidad, no es nuestra tía, pero si no le decimos así nos pega. Mari ya no llora cuando le pegan, pero a mí toyavía me duele, así que sí lloro, pero poquito nada más porque ya soy grande.

Esa vez, la tía Mona ni siquiera quiso revisar a Ana. Solo le dio más medicina para que dejara de llorar y nos mandó a la calle otra vez. Creo que se le pasó la mano, porque en la noche se la llevaron al doctor y ya no la volvimos a ver. Espero que el doctor la haya curado y ya esté bien.

Al otro día nos dieron al Bebé. Siempre tenemos que ser tres. Dicen que así funciona mejor: una niña muy grande de doce años, para que cargue al bebé; una niña grande de seis años para que pida el dinero y un bebé. Somos Mari, yo y el Bebé.

Yo ya soy muy buena en esto. Me acerco a los que van caminando, les jalo un poquito el suéter o el saco para que me vean, les sonrío y les pido una moneda. Pero no hay que tocarles la bolsa a las señoras o se enojan. En la mañana, casi siempre nos dan un pan o un bolillo y lo compartimos entre Mari y yo. Al Bebé no le toca, porque siempre está dormido. Si se despierta, le damos un dulce o tantito pan y Mari le da su medicina otra vez para que se duerma. Y así estamos en la banqueta todo el día.

¿Y qué hago mientras? ¡Pues juego! Mari es mi amiga. Ya me enseñó a contar hasta el veinte y a escribir su nombre. ¿Sabes contar hasta el veinte?

Mari se sabe muchas canciones y las cantamos juntas, pero no sé qué dicen. Suenan muy bonito cuando las canta así, despacito. Dice que me va a enseñar náhual también. Y yo soy muy buena aprendiendo cosas.

También contamos cuentos. Mi cuento favorito es el de la Cenicienta. A ella también la trataban mal (¡eso no se hace, es grosero!), pero después su hada madrina apareció y la ayudó con su magia y conoció al príncipe y se casaron y ahora es una princesa.

Yo creo que mi hada madrina no me encuentra, porque todo el tiempo estamos cambiando de banqueta. Pero siempre le dejo una moneda chiquita debajo de una piedra cuando nos vamos, para que sepa que pasé por ahí.

¿Te digo algo, que solo le he contado a Ana? (Es que es un secreto. ¡Shhh!) A veces, cuando volvemos a esas banquetas, reviso ¡y ya no están!

Un día me va a encontrar.

Vas a ver.

 


Sunday, June 1, 2008

Pensamientos aleatorios

Triste. Y muy solo.

"Is there anybody going to listen to my story...?" - Girl, The Beatles.

Vi una película. Things we lost in the fire. Bravo por Benicio del Toro. Ahí dicen algo muy importante: "Accept the Good". Debes ser capaz de reconocer cuando algo bueno te llega y aceptarlo. Pero, ¿y si no llega todavía? Tal vez es todavía más importante darte cuenta de que no va a llegar e irte a otro lado a buscar. En algún lado tiene que pasar algo bueno.

Lo peor de la vida no es que no sea justa. Eso todo el mundo lo sabe, aunque no quiera aceptarlo. Más bien, saber que la vida no es justa y que te tocó estar del otro lado, del fucked up. Eso no evita que sigas buscando algo mejor, pero sí lo hace más difícil. Y tan cansado...

La soledad es muy fuerte. La gente puede regresar con alguien que odia, o simplemente no alejarse de esa persona nunca, simplemente por no estar solo. O estar donde no quiere estar, por miedo al cambio. That's so sad. And pathetic. And real.

"La tristeza aquí no tiene lugar, cuando lo triste es vivir" - Duncan Dhu

Tu destino es el que tú mismo te forjas. Y aprendemos mejor de nuestros propios errores. Pero si tienes que volver a empezar una y otra y otra vez lo único que se vuelve más sencillo es que cada vez tienes que cargar con menos cosas. Y cuando llegas al final y te das cuenta que estás cargando solamente con un saco vacío, entonces, ¿qué?

Hoy no hubo nada entretenido en esta columna, pero no lo escribí por ti. Es más, ni siquiera lo escribí por mí. Simplemente lo escribí, con ideas incompletas, sin adornar, como una especie de respiración profunda, para lo que sea que venga después.

Y no pienso explicar más nada de esto. Ya dije lo que tenía que decir al respecto.