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Tuesday, May 29, 2018

La niña que veía los colores de las mariposas


Había una vez una niña que veía los colores de las mariposas.

Los veía en todos lados: en los árboles, en los animales, en las personas. No solo en las mariposas. Todos tenían alas de colores.

Algunas eran tenues, tímidas y transparentes; otras, vibrantes y escandalosas como una carcajada. Todas eran diferentes.

Los colores más bonitos siempre los tenían los niños y los novios caminando de la mano.

Los adultos más serios, de traje, corbata y portafolio tenían los colores más apagados, como de mariposas nocturnas.

Los colores de los viejitos eran de polillas. Excepto las señoras de cabello azul, rosa o morado. A ellas las seguían alas alegres por donde caminaran, como imitando su cabello.

Las personas enfermas tenían sus colores tristes, temblorosos, en volutas evaporándose al sol. No todos sabían que estaban enfermos. A ellos evitaba verlos a los ojos, no se fueran a dar cuenta. Mejor así, que no supieran.

¿Y los suyos? Ella no veía sus propios colores y siempre se había preguntado cómo serían. ¿Tal vez brillantes y cálidos, como si la primavera tuviera una bandera? ¿O del color de la selva después de llover? Le gustaban los colores después de la lluvia, como si alguien acabara de estrenar la caja de plumones.

No importaba, era una niña feliz.

“Qué bonito que todos tengan alma de mariposa,” pensaba. Cuando la descubrían con sus colores en la mano, dibujando la gente a su alrededor y le preguntaban qué quería ser cuando fuera grande, siempre decía: “¡Pintora!” Pero en realidad, quería ser maestra. Así les enseñaría a todos cómo ver los colores de las mariposas.

Ya verían todos qué bonito.

Sus papás le decían que qué bien, pero que estudiara primero. Así llegaría a ser una doctora muy importante, una astronauta o hasta presidente. Ellos solo querían lo mejor para ella.

La niña creció y, poco a poco, cambió los lápices de colores por libros con fotos de animales y planetas, de científicas famosas y mujeres importantes. Se volvió una ingeniera muy brillante y trabajó con cohetes y viajes a Marte y olvidó los colores de las mariposas.

Hasta que tuvo una hija, y su hija comenzó a dibujar a la gente rodeada de colores brillantes. Entonces recordó.

Y habló con su hija:

- “¿Sabes? Yo también veía los colores de la gente cuando tenía tu edad.”

- “¿Y ya no, mamá?”

- “No, amor.”

- “¿Por qué ya no? ¿No te gustaba?”

- “¡Claro que me gustaba! Simplemente, estuve tan ocupada que se me fue olvidando cómo hacerlo. Que nunca te pase lo mismo, por favor.”

- “¡Pues claro que no, mamá! ¿Qué no ves que nos estoy dibujando?”

En la hoja había una mamá y una hija. La niña tenía un vestido rosa brillante y unas alas enormes, como de hada de los arcoíris. La mamá tenía una bata blanca, lentes y el cabello recogido, y estaba rodeada de unos colores muy tenues, que se difuminaban hacia arriba, en dirección al sol entre las nubes azules.

Su hija terminó el dibujo con tres sonrisas gigantes: una en la niña, una en la mamá y una en el sol amarillo canario.

- “Mira mamá, el sol está feliz también de recibir tus colores. ¿Qué va a pasar cuando se te acaben?”

Ella no contestó. Sonrió y abrazó a su hija muy, muy fuerte. No la soltaría nunca.

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